Después de meses de surrealismo, el debate de Irak ha adquirido de manera bastante súbita una vinculación a la realidad. Tras la victoria Demócrata del pasado noviembre, senadores Republicanos presa del pánico empezaban a peinar el diccionario buscando exactamente la fórmula precisa para expresar con precisión el matiz adecuado para establecer con exactitud la distancia acertada con respecto a la política de Irak del presidente, al tiempo que los Demócratas de Murtha buscaban exactamente el recoveco legislativo adecuado para forzar una retirada de Irak sin aparentar estar haciéndolo.
En el último mes, sin embargo, mientras ha emergido un consenso sobre la realidad sobre el terreno en Irak, se ha iniciado un debate razonado. Un buen número de observadores equilibrados, tanto críticos como partidarios de la guerra, están de acuerdo en que el incremento gradual ha rendido un progreso militar considerable, mientras que a nivel nacional, el gobierno Maliki sigue siendo un desastre.
El informe más reciente procedente del campo de batalla viene de Carl Levin, presidente Demócrata del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado y feroz crítico de la guerra de Irak. Volvía diciendo esencialmente lo que hemos escuchado a Michael O'Hanlon y Kenneth Pollack, de la Brookings Institution, y a varios congresistas progresistas, siendo el último Brian Baird, D-Wash.: Al-Qaeda ha recibido un revés serio al cambiar de bando los líderes tribales sunitas de Anbar, Diyala y otras provincias, de la insurgencia a nuestro bando.
Mientras los críticos reconocen la mejora militar, la administración está por fin empezando a reconocer la realidad política de que el gobierno Maliki es infumable. El propio consejero de seguridad nacional de Bush lo había llegado a decir en un memorando filtrado el pasado noviembre. Otros y yo llevamos meses argumentando eso. Y cuando Levin volvía y llamaba abiertamente al Parlamento iraquí a disolver el gobierno Maliki, el presidente se abstenía puntualmente de contradecirle.
Esta convergencia en la situación real en Bagdad resta parte del drama del momento Petraeus altamente anticipado del mes que viene. Sabemos lo que el general y el embajador Ryan Crocker van a decir cuando testifiquen ante el Congreso porque múltiples fuentes ya nos han dicho lo que está sucediendo sobre el terreno.
Estarán, por supuesto, los Harry Reid y aquellos en la extrema izquierda que negarán la inconveniente realidad. Reid continuará llamando un fracaso al incremento, como viene haciendo incluso desde antes de que comenzara. Y la izquierda continuará retratando al general David Petraeus como un mando militar sin escrúpulos bastante dispuesto a enviar a sus tropas a una batalla insalvable con tal de impulsar sus ambiciones políticas (aunque cómo funciona eso exactamente no está claro).
Pero las voces serias prevalecerán. Cuando el candidato presidencial Demócrata reconoce que el incremento "está funcionando" (muy tarde no obstante) contra la insurgencia, y cuando Petraeus en persona reconoce que el incremento no puede continuar indefinidamente, haciendo inevitable una reducción de las tropas en algún momento a mediados del año que viene, los términos del debate de Irak se estrechan y la pregunta política se simplifica: ¿qué hacemos ahora mismo -- continuar con el incremento o ajustarlo e iniciar la retirada?
Las personas serias como Levin argumentan que con un gobierno bagdadí disfuncional y sectario, nunca podremos lograr la reconciliación nacional. Por tanto los actuales éxitos militares se tornarán efímeros.
El problema de este argumento es que confunde el plazo largo con el corto. A largo plazo, tendrá que haber un gobierno de unidad nacional. Pero a corto plazo, nuestra premisa de que un gobierno de unidad nacional era imprescindible para aplacar a la insurgencia súbita resultó ser falsa. Los sunitas se han revuelto contra Al Qaeda y gradualmente están cambiando de bando en ausencia de cualquier acuerdo sobre crudo, federalismo o des-baazificación que salga de Bagdad.
En el ínterin, el incremento está impulsando nuestros dos objetivos inmediatos en Irak: (a) derrotar a Al Qaeda en Irak y evitar la aparición de un mini-estado bajo su control; (b) pacificar a la insurgencia sunita, que comenzó la espiral post-liberación de matanza sectaria, estancamiento económico y reconstrucción abortada.
Levin acierta en que necesitamos un gobierno nacional verdadero en Bagdad para lograr nuestro objetivo ultimo, lo que O'Hanlon y Pollack llaman "estabilidad sostenible". La administración había esperado en vano que el incremento proporcionase una ventana para que el gobierno Maliki se reformase y se convirtiera en este tipo de gobierno. No lo hará.
Deberíamos haber abandonado a Maliki hace tiempo y comenzado a trabajar con otros partidos en el Parlamentó iraquí para disolver el gobierno, montando o bien una coalición nueva de partidos menos sectarios o, como ha sugerido Pollack, nuevas elecciones.
La elección es difícil porque reemplazar al gobierno Maliki llevará tiempo y porque no hay garantías de éxito político final.
No obstante, continuar con el incremento mientras intentamos por fin cambiar el gobierno central es la elección más racional, porque la única alternativa disponible es la derrota -- una derrota que no es inevitable en absoluto y que sería tanto catastrófica como autoinfligida.