(Publicado en La Razón, 3 de septiembre de 2007)
Libros se escribirán sobre él y muchos. De momento, ha decidido abrir camino poniéndose a trabajar en sus memorias, que lo harán millonario y lo volverán a situar en el centro de una gran polémica sobre el significado de las presidencias que tanto contribuyó a configurar.
El 31 de agosto se hizo efectiva la dimisión de Karl Rove, a quien Bush, su jefe y amigo, llama con razón el arquitecto, pues construyó toda su carrera política desde la primera campaña para gobernador de Tejas hace 14 años, hasta culminar en la reelección de noviembre del 2004, con mayoría del partido en ambas cámaras. En ese momento se hubiera retirado con laureles de triunfo. Ahora, tras las elecciones del medio plazo del 2006 en que los demócratas se hicieron con todo el Congreso, y ante las turbias perspectivas republicanas para el 2008, su retirada se parece más bien a la napoleónica de Moscú.
No siendo más que un consejero, se lo considera el tercer político más poderoso de EEUU, por más que no sea esa su posición jerárquica. Tampoco Cheney es el número dos real por serlo en el escalafón. Lo que cuenta es la influencia sobre el número uno. Desde un puesto constitucionalmente enclenque, Dick Cheney ha sido el hombre clave en algunas de las más importantes políticas, como el recorte de impuestos y la guerra. Para Rove todo es elecciones, mayorías y partido. Nadie pone en duda su magisterio como táctico político. Es la bestia negra de los demócratas por sus éxitos, no por sus fallos, aunque mucho más por ser el álter ego de Bush, cuya legitimidad nunca aceptaron, desde la historia de los minúsculos trocitos colgantes en las papeletas de voto de Florida.
Rove es un mago del análisis de las encuestas políticas y los resultados electorales, materia prima del diseño estratégico de sus campañas. Su dimensión histórica no depende sólo de los triunfos sino de su gran designio de arrebatar la mayoría natural del país a los demócratas, en cuyas manos ha estado durante cuarenta años. El cambio comenzó a mediados de los 90 con Newt Gingrich, cuando los republicanos triunfaron en el legislativo. Nuestro hombre quería culminar el proceso y hacerlo permanente. En el 2000 Bush obtuvo un 0,2% menos de votos populares que Gore. En el 2004 Kerry superó a su predecesor en ocho millones de sufragios pero Bush venció con una ventaja del 2,5% por ciento. La estrategia de Rove no fue la consabida en las democracias de ganarse al centro no comprometido, sino la de arrancar de su pasividad a los habituales abstencionistas de la derecha. Los rivales siguieron su ejemplo y también consiguieron una movilización mucho más alta, pero no suficiente. Parecía confirmarse que la cantera conservadora era más amplia que la izquierdista. Sobre todo los republicanos realizaron avances en cotos demócratas: hispanos, negros, mujeres, clase
media urbana.
En el 2006 la guerra frenó esos logros. La cuestión es si acabó con ellos. El partido del asno espera que el 2008 confirme la inversión de la tendencia para unas cuantas décadas. Lo que está en juego, por tanto, es mucho más que una presidencia. La guerra seguirá siendo un factor decisivo.
Rove no la quiso. Su olfato electoral la desaconsejaba. Pero nunca contradijo a su jefe, al menos ante otros miembros del equipo. Lealmente articuló la propaganda en torno a las armas de destrucción masiva, tema que parecía aglutinante de la opinión pública americana y obvio como hecho. El asunto se comenta sólo. Ese fue un error que nadie pudo predecir, pese al cúmulo de interesadas mentiras de quienes lo niegan. Mucho más oscuro es el papel del gran consejero en otros tropezones de Bush en su segunda presidencia. Como la poco hábil reacción inicial ante el desastre provocado en Nueva Orleans por el huracán «Katrina». La pretensión de colocar a su consejera jurídica, sin experiencia constitucional, en una vacante del Tribunal Supremo, que alzó a la base conservadora contra su jefe máximo. El intento de adjudicar la administración de una serie de puertos americanos a una compañía árabe, igualmente incomprensible, por razones de seguridad, para muchos y no sólo en la derecha. La posición liberal de Bush, hasta el punto de coincidir en un proyecto de ley con el izquierdista Ted Kennedy en el tan importante como intratable tema de la inmigración ilegal, en enfrentamiento, una vez más, con la base del partido.
Para un buen conocedor de la política americana, estaba cantado el antagonismo en esos casos de una importante masa de votantes republicanos. ¿Dónde estuvo el legendario olfato de Rove? ¿O es que no fue escuchado? Estas serán algunas de las incógnitas que sus memorias despejarán. Otro fracaso, quizás menos sonoro pero no de menor calado, se debió a una iniciativa directa de Rove, el cual concibió la reforma del sistema de pensiones de jubilación en sentido privatizador como el tema estrella de la segunda presidencia. Los tiempos no estaban maduros y, sin demasiado ruido, todo quedó en agua de borrajas. Contadas así las cosas, el saldo parece negativo. Está por ver. Rove es un optimista casi patológico. La derrota el 2006 fue por un pequeño margen. Algunos casos de corrupción pueden que hayan pesado más que la guerra misma. Y, sobre todo, los americanos, desilusionados, no están todavía decididos a perderla.