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Irak, la nueva estrategia funciona
En letra impresa nº 802   |  8 de Agosto de 2007
 
(Publicado en La Razón, 7 de agosto de 2007)
 
Los demócratas quieren perder la guerra. Bush quiere ganarla. Los primeros dominan las dos cámaras del congreso pero no tanto como para neutralizar un veto del presidente, que es el comandante en jefe. Con la derrota tendrían en el bolsillo las elecciones del 2008. Respecto a Irak, no cuentan más que con un vocabulario de desesperación. Para peder lo mejor es convencerse de que ya está perdida. Es la prefecta coartada moral para actuar como si ya fuera un hecho. Bush tiene sus índices de aceptación, especialmente en lo que a la marcha de la guerra se refiere, en mínimos históricos. Oscila en un par de puntos por encima o debajo del 30%. Pero la popularidad del parlamento a duras penas sobrepasa el 15 y los incesantes y siempre fracasados esfuerzos de los mayoritarios por imponer una retirada de las tropas, más bien varias, pues no se ponen de acuerdo entre ellos sobre la fórmula, no contribuyen en absoluto al prestigio de la que llaman “asamblea más importante del mundo”.
 
La soledad de Bush es su fuerza. Puede hacer lo que le parezca conveniente. Su peligro, una rebelión del partido. Si los demócratas están en lo cierto, los leales republicanos no sólo se juegan la Casa Blanca, a priori perdida, sino muchas carreras políticas. Seguir con su jefe puede ser el beso de la muerte, traicionarle, hacer el juego al enemigo. Sobre el filo de esa cortante navaja, Bush avanza con la fe del iluminado y la porfía del obseso. Y casi contra cualquier esperanza, sus posibilidades han mejorado. La nueva estrategia que propuso en enero y entró en pleno funcionamiento desde mediados de junio, está dando resultados. Puede que sea muy poco y muy tarde. Es demasiado temprano para juzgarlo, pero los primeros síntomas son buenos. No sólo le favorece lo adecuado del nuevo planteamiento militar sino que además, la dinámica de la guerra ha dado algunos pasos en su dirección.
 
La estrategia ha recibido el curioso nombre de surge, subida brusca e intensa. En Latinoamérica algunos lo han traducido por repunte. Hay militares americanos que prefieren hablar de contraofensiva. Ninguna de estas palabras define el contenido. El nombre proviene del aumento de tropas. Eso no es una estrategia y además no es para tanto. Cinco brigadas, 21.500 hombres (y mujeres, obviamente). Al final parece que lo que han conseguido rebañar de las sobrecargadas fuerzas terrestres americanas han sido unos 30.000, el equivalente a siete brigadas, totalizando los 160.000, cifra que no sobrepasa la alcanzada en el 05, cuando fue necesario asegurar tres votaciones generales.
 
La diferencia está en los procedimientos de actuación. El nuevo comandante sobre el terreno, Petreus, ha pasado al modo de contrainsurgencia, que corresponde a lo que ha sido, desde el principio, la naturaleza de esta guerra. Parece sencillo, pero históricamente a todos los ejércitos les ha costado mucho adaptarse a ese tipo de guerra. Y esa, como cualquier otra, está siempre cambiando. Los juicios facilones de los estrategas de tertulia ignoran las extraordinarias novedades que supone, respecto a la guerrilla clásica, un conflicto en el que los insurgentes no utilizan más que explosivos en carreteras y, mucho más importante, suicidas que buscan asesinar civiles por docenas cuando no lo consiguen por centenares. ¿Dónde se ha visto antes?
 
La respuesta americana se perfila ya desde el segundo año. Clear, hold and build. Esas si que son palabras definitorias. Clear, despejar el terreno, siempre urbano, esta es una guerra casi exclusivamente de carreteras y sobre todo de ciudades, del enemigo. Hold, mantener las posiciones, build, reconstruir, para ganarse a la población. La primera fase los americanos la llevaron a cabo en ciudades del curso medio del Eufrates y la fontera con Siria en el 05 y dos veces en el 06 en Bagdad. En los primeros casos con éxito momentáneo, no así en la capital. El primer triunfo no se mantuvo al no ir seguido por las otras dos fases. En cuanto los americanos se retiraban, los terroristas volvían. Desde la voladura del santuario chií de Samarrá, el 22 de febrero del año pasado, el conflicto ascendió varios peldaños en la escala de la violencia. Comenzó una sanguinaria depuración étnica entre árabes suníes y chiíes, acercándose a la media de los 100 asesinatos diarios, en su inmensa mayoría varones civiles arrancados de sus casas. La seguridad en la capital bajó a cotas abismales. La disyuntiva era contener el proceso o darlo todo por perdido. El método ha sido completar las tres fases. Los refuerzos se han dedicado exclusivamente a esa labor. Para ello, vivir en el medio de los barrios que van “despejando”. No es la purga de San Benito pero la cifra de víctimas está cayendo en los últimos meses. Las depuraciones étnicas casi se han detenido. Y observen la localización de las hazañas de los suicidas de la órbita de al Qaida: siguen matando pero, por lo general, cada vez más lejos del centro de Bagdad. Objetivos cada vez más “blandos”. Zonas enteras de la capital y de la que había sido la más problemática de las provincias, Anbar, así como de su cabeza, Ramadi, han retornado a la vida. “Ganar las mentes y los corazones”, lema central de la contrainsurgencia, está en marcha. Muy pronto para cantar victoria pero lo suficiente para no perder la esperanza.


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