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Turquía se nos va
En letra impresa nº 796   |  24 de Julio de 2007
 

(Publicado en La Razón, 24 de julio de 2007)

Elecciones libres no agotan la democracia. En especial si se trata de un hombre, un voto, una vez. La vez se refiere a lo de libres, no a lo de elecciones. En Turquía, triunfo de islamistas es pérdida de democracia. A lo mejor no, pero difícil. Lo que el rotundamente victorioso partido Justicia y Desarrollo vende en el mercado político occidental es que ellos son la versión islámica de la Democracia Cristiana europea. Confesional sí, pero demócrata también. Está por ver y no son muy potentes las razones para concederles el beneficio de la duda. La marea verde que nos acosa no es alentadora.
 
Erdogán, el alma del partido y jefe del gobierno, estuvo en la cárcel por exhibir desafiantemente sus convicciones frente a la doctrina fundacional del estado. Desde entonces decidió ser mucho más prudente. Otros dirían que hacer uso de dos caras. Una que conforta a sus partidarios mientras les pide calma y otra que trata de tranquilizar a los que ven en el secularismo la esencia de la Turquía moderna y sus posibilidades de progreso e integración en el mundo occidental. Son los que cuando miran a su alrededor, exclaman: ¡pero vean de qué gente estamos rodeados! Erdogán no ha dejado de acercarse a ese vecindario. Nada que objetar si sólo se trata de buena diplomacia. El problema es si lo hace por afinidad, porque comparte lo que los hace poco deseables a los ojos de los turcos que prefieren las perspectivas occidentales. Los jihadistas no se andan con rodeos, pero muchos otros totalitarios han sabido distinguir muy bien entre los objetivos tácticos a corto plazo y los estratégicos a largo, sorteando con habilidad las aparentes contradicciones entre los primeros y los segundos. Chávez intentó la vía golpista. Fracasado, se volvió a la democracia como método, para, mediante su manipulación, destruir poco a poco la democracia como sistema.
 
El partido ya gobernante y ahora mayoritario también ha empezado a laminar las instituciones en las que se basa lo que de democrático tiene el estado kemalista surgido de la primera guerra mundial y la revolución de los jóvenes turcos. Las elecciones en las que ahora han barrido son el fruto del fracaso de Justicia y Desarrollo en el intento de conquistar por otros métodos la presidencia de la República, uno de los reductos de esa separación entre islam y estado que para los turcos modernos constituye la condición sine qua non de la democracia. Nada pueden aborrecer más que la imposición de la Sharía, la ley islámica, como fundamento jurídico de la sociedad y el estado. Por eso, la apasionada agitación política que ha precedido estos comicios ha sido un choque entre islamismo y secularismo. Es una peculiaridad local. Como en Francia, que se refieren ante todo al republicanismo.
 
Sólo cuando son débiles pueden las democracias ser destruidas con votos populares transformados luego en técnicas pseudodemocráticas. El estado que Mustafá Kemal, más conocido por Ataturk o padre de los turcos, creó se basaba en un estricto respeto de la religión confinada a la esfera privada. La casi totalidad de los ciudadanos se inscriben en el censo como musulmanes. Una de las sorpresas del país es que el festivo sea el domingo y el viernes un día cualquiera de semana. Los guardianes de ese estado han sido los militares, de entre los que salió el propio Ataturk. No muy democrático y un serio obstáculo para la ya imposible entrada en la Unión Europea. Pero en todas las ocasiones, el ejército, una vez corregido el desvío del rumbo, ha devuelto el poder a los civiles. La gran incógnita de la nueva situación es ¿qué hará ahora? Los antecedentes de Erdogán apuntan a que seguirá actuando con el mismo cuidadoso incrementalismo que hasta el momento, tratando de elevar el umbral de tolerancia hasta que la situación sea irreversible. Pero sólo lo será cuando controle el ejército. Un tema extraordinariamente delicado para el inmediato futuro.
 
Delicado para ambos. La gran masa rural y casi analfabeta ha vivido en el limbo de la Turquía moderna. Uno de los significados de las actuales elecciones es el salto de esas gentes al primer plano de la política, en el momento en que el desarrollo económico, ¡por fin! sacude su tradicional pasividad, la urbanización se dispara  y Estambul y Ankara crecen elefantiásicamente. Una intervención militar sería ahora claramente contra la mayoría, aunque le falte unos puntos para ser absoluta. En otras ocasiones se trataba de salvar al país de la corrupción y la ineficiencia partitocrática. Los islamistas pretenden ser el partido de la honestidad y comparativamente lo están siendo. Otras experiencias similares permiten abrigar toda clase de dudas respecto al largo plazo. La estabilidad política que trajeron consigo ha favorecido el desarrollo y viceversa. La bonanza económica ha comprado muchas voluntades que doctrinalmente son más que escépticas. Justicia y Desarrollo no es pues, al menos por el momento, un nombre inadecuado. No carece de una pluralidad de matices internos y cuenta, como queda dicho, con votos condicionales. Enfrente está la mayor parte de clase ilustrada del país, divididos entre varios partidos, cuyos votos sumados superarían a los indiscutibles ganadores. A estos el sistema les da una mayoría abrumadora de escaños, pero no los dos tercios indispensables para enmendar la constitución. Las espadas están en alto. 


 

 


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