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Las lecciones que aprender del atentado en Líbano
Colaboraciones nº 1826   |  13 de Julio de 2007
 
La emboscada contra las fuerzas españolas en el Líbano ha permitido que salga a flote, en el debate político posterior, toda la miseria y las contradicciones que rodean la política de seguridad de España tanto en el interior como en el exterior.
 
Por una parte, el gobierno y sus aliados han reaccionado con toda rapidez señalando la acción criminal como un incidente más en una misión de paz. Por otra, la oposición ha puesto el dedo en la llaga que indica que la llamada misión de paz se ejerce en el marco de una guerra global y que probablemente la elección de las fuerzas españolas como objetivo tiene que ver mas con la retirada de Irak en el pasado y con actitudes de debilidad ante el terrorismo yihadista, e islamista en general, que con la oportunidad brindada por la misión concreta que realizaba la patrulla española a escasos kilómetros de la frontera con Israel.
 
La dotación o no de inhibidores en los blindados españoles es, obviamente, una decisión técnica admisible o no en función de los análisis que se hagan sobre el escenario en el que hay que actuar. Y si, frente a los que dicen los expertos de sus propios servicios de inteligencia, un gobierno concreto basa parte de sus expectativas de riesgo en conversaciones en capitales europeas con representantes oficiosos de Hizbulah que aseguran que no hay peligro de acciones contra la ONU a la vez que gritan que las fuerzas internacionales están en el Líbano para defender un status quo “favorable a Israel” y para espiar “para los sionistas”, ese gobierno se ha encerrado en su propio trampa. Se inhabilita así para hacer un análisis eficaz sobre los peligros de los soldados que ha ordenado desplegar sobre aquel territorio.
 
De hecho, España está allí en función de una resolución de la ONU que plantea varios problemas. De un lado, la posibilidad de desarmar a Hizbulah no se plantea. Por otro, acepta la resolución establece una vigilancia para que los terroristas no se rearmen que queda neutralizada por la obsesión de, al mismo tiempo, no incomodar a Siria, no disgustar a Irán y no admitir que la complejidad de las redes de los grupos terroristas libaneses excede a Hizbulah.
 
Una forma de entender aquel conflicto
 
La participación española en Líbano no se  produce en el vacío político sino que es producto de un gobierno concreto, con una visión particular del conflicto de Oriente Próximo y de acuerdo con una resolución de Naciones Unidas que avala una determinada concepción o al menos una aceptación de un escenario determinado.
 
Cuando se produjeron los enfrentamientos entre el ejército de Israel y las milicias del Partido de Dios (Hizbulah) en el sur del Líbano después de que, en una acción terrorista, estas últimas secuestraran a dos soldados israelíes dentro de los límites internacionales del Estado de Israel aceptados por la ONU y que no son objeto de discusión, al menos oficialmente, mas que por los que aspiran a “echar a los judíos al mar”, en España hubo una serie de reacciones:
 
Una: el presidente Rodríguez Zapatero apareció en un acto público con un pañuelo palestino al cuello, ese pañuelo que lucen desde los fedayin hasta los hippies del mundo entero como expresión anti sistema, de protesta contra todo y de íntima e inconsciente (o muy consciente) solidaridad con el terrorismo.
 
Otra: el dirigente socialista José Blanco comparó a Israel con Hizbulah estableciendo “responsabilidades” para los dos bandos y acusó a Israel de buscar “conscientemente” victimas civiles entre la población libanesa y entre las fuerzas de la ONU.
 
Ni una palabra sobre los escudos humanos de Hizbulah, los subterráneos bajo los puestos, y ante las narices, de las simbólicas fuerzas de la ONU en el sur del Líbano, desde donde se lanzaban misiles contra la población civil en Israel y ni un solo gesto, por supuesto, de solidaridad con el único Estado democrático de la zona atacado en aquel momento en varios frentes por organizaciones que han sido calificadas como terroristas por organismos internacionales de toda solvencia y que representan a las democracias occidentales entre las que se encuentra España.
 
De esa concepción del conflicto de Oriente Próximo, formalmente equidistante y por lo tanto acorde a la propaganda de los que defienden la destrucción de cualquier institución democrática, moderna, de tolerancia o de soberanía popular, nace la negación de la existencia de un choque de valores civilizacionales y por lo tanto una falta de orgullo sobre los valores propios que entraña una renuncia a defenderlos, establecerlos, extenderlos y fortalecerlos.
 
Las Fuerzas Armadas y el pulso de la Nación
 
A pesar de las exhibiciones abandonistas de los compromisos internacionales, presentadas como “opciones por la paz”, las fuerzas armadas españolas han recibido constantemente el aplauso de la inmensa mayoría de la sociedad en cuanta ocasión se ha presentado.
 
A pesar de la falta de los presupuestos necesarios y de algunos cambios erráticos en las opciones estratégicas y, con ellos, de los procesos de renovación y modernización de conceptos, dotaciones de armamento y opciones tecnológicas, el ejército español ha mejorado su preparación y su capacidad aunque siga teniendo un déficit de reclutamiento que sería cuestión de otros análisis. Y eso ha sido percibido por una sociedad que, en su mayoría no gritona, siempre ha sentido una especial vinculación y un lazo emocional indudable con las Fuerzas Armadas.
 
¿Es bueno este vínculo?, es necesario?, ¿es útil? Es dudoso que el gobierno lo crea así, aunque ciertamente lo proclama. Las Fuerzas Armadas constituyen una de las visualizaciones de la nación. Con la particularidad, además, que sus miembros a veces mueren por ella, a las ordenes de su gobierno y en cumplimiento de una misiones arriesgadas para las que son preparados sus integrantes.
 
Todo eso exigiría una actitud especial de los gobiernos. No solo que las fuerzas armadas estén bien dotadas, sino que sientan el agradecimiento público, el sostén social, el aliento de la sociedad cuyos valores defienden, el pulso de una nación convencida de que esos hombres y esas mujeres son la última (y a veces la primera) línea de defensa de sus libertades y de la integridad territorial tal como dice la Constitución. Y no una integridad territorial como expresión de un pacto sagrado, mítico, una suma de victorias y derrotas, sangres y leyendas. No. Se trata de algo más. De la integridad territorial que sostiene un marco geográfico que ha vivido una historia compartida de miles de años y sobre la que un conjunto de leyes que garantiza unas libertades que deberían hacernos a todos iguales y en las que una merma de esa integridad no podría ocurrir sin acarrear una merma de esas libertades.
 
Y para expresar ese apoyo, un gobierno tiene que hacer gestos formales que en los tiempos recientes han perdido fuerza. En los entierros de las víctimas en Afganistán y en Líbano, en los actos institucionales de las Fuerzas Armadas, en el mimo a los símbolos comunes, ha faltado discurso, liturgia de la nación, pulso del gobierno… Seguramente hay quienes consideran que esas son majaderías rancias pero se equivocan. En las naciones fuertes, unidas por sus libertades y la adhesión mayoritaria a su unidad diversa, los ritos expresan esa fuerza en cada una de sus manifestaciones. Y solo las naciones fuertes son el sólido marco de las libertades y la referencia y el baluarte de la defensa de los derechos civiles y políticos allí donde estos no existen por el fanatismo y la brutalidad.
 
Un gobierno que no cuida esos gestos, que no los mima, no trasmite a la sociedad ese pulso necesario, no ofrece confianza y fortaleza a una nación que tiene enemigos externos que recientemente se han manifestado criminalmente y enemigos internos que no dejan de maquinar para destruir las libertades de todos.
 
Y esa es también, por razones obvias, una de las columnas clave de la lucha contra el terrorismo, tanto contra el que ejerce el crimen con la coartada identitaria y nacionalista como el que se ejerce en nombre del fanatismo y la guerra contra los infieles. Y cuando se afirma, en plena ofensiva del terrorismo yihadista, que el principal enemigo de la sociedad es el cambio climático o se frivoliza diciendo que el terrorismo provoca menos víctimas que los accidentes de tráfico, no solo se expresa una imbecilidad doctorada sino que se trasmite un fatalismo y unas falsedades que solo aprovechan a los terroristas.
 
El Líbano tenebroso
 
El Líbano es un escenario complicado, muy complicado, que ha ido cambiando rápidamente las últimas décadas. De una situación donde la democracia existía y parecía tener un horizonte de estabilidad se pasó, por la pugna entre las esferas de influencia francesa e  inglesa, por el irredentismo árabe unido a una acelerada dinámica demográfica de la población musulmana, por la llegada masiva de palestinos a raíz de sus derrotas en Jordania y frente a Israel, países de donde fueron expulsados o huyeron, y por las maquinaciones de Siria que no acaba de aceptar la existencia de Líbano como país independiente sino que sigue soñando con la Gran Siria, al caos generalizado y sangriento.
 
Líbano se ha convertido en un laberinto tenebroso donde conviven grupos cristianos que fundaron la democracia y han sido parte esencial del Estado, con sus milicias y sus historias de terror; musulmanes, divididos entre sunnitas y en chiitas, entre éstos los hay de Hizbulah y contrarios; drusos, con sus propias milicias; y palestinos hacinados en campos de refugiados donde, divididos entre pro sirios y contrarios, de Fatah o islamistas, sueñan con la destrucción de Israel y conspiran contra el Estado libanés.
 
Todos estos grupos tienen sus milicias bien armadas, sus unidades terroristas y sus apoyos internacionales y en ese tenebroso panorama se mueven como pez en el agua los agentes sirios  e iraníes dedicados a impedir cualquier estabilización y a preparar acciones contra el Estado de Israel y los intereses occidentales.
 
Eso explica un grupo que puede estar detrás del atentado contra las tropas españolas, Fatah Al-Islam, que antes se denominaba Fatah Al-Intifada, que simpatiza con Bin Laden y que tiene su sede en Damasco, que critica a Hizbulah por sus creencias “herejes” pero que acepta la colaboración con ellos en algunos sitios, que es criticado por palestinos no islamistas pero que nunca fueron expulsados de los campos de refugiados por las fuerzas palestinas obedientes al Arafat o a Abu Mazen.
 
El gobierno libanés y las Fuerzas 14 de Marzo, el bloque aliado contrario a la persistente presencia siria en el país, han acusado a Siria de entrenar y armar a los militantes de Fatah Al-Islam, y de traerlos al Líbano. Ellos aseguran que Siria ordenó a la organización lanzar un ataque a gran escala sobre el ejército libanés para impedirle al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobar el establecimiento de un tribunal internacional por el asesinato de Hariri, ex primer ministro libanés, del que se acusa oficialmente al gobierno de Damasco.
 
Además, las Fuerzas 14 de Marzo vinculan el ataque de Fatah Al-Islam sobre el ejército libanés a amenazas hechas recientemente por el Presidente sirio Bashar El Assad. Según esas fuentes, Assad amenazó, en una conversación con el Secretario General de las Naciones Unidas Ki-Moon, con prenderle fuego a la región “desde el Mar Caspio al Mediterráneo”. En otra oportunidad, amenazó con una guerra civil que irrumpiría en el Líbano si el tribunal era aprobado.
 
Ese es el escenario donde se ha producido el atentado contra las tropas españolas y para investigar el cual, el ministro Miguel Angel Moratinos ha pedido colaboración a los servicios de inteligencia de… Siria e Irán. Sobran comentarios.
 
La paz y la guerra
 
Ha estallado la discusión sobre si la presencia de tropas españolas, e internacionales, en Líbano forma parte de una misión de paz o de guerra.
 
El gobierno de Rodríguez Zapatero cuyo gran eslogan propagandístico contra el gobierno Aznar fue defender la “paz” frente a  “la guerra” necesita combinar la realidad de sus compromisos internacionales con la apariencia que necesita de que no se ha incorporado al campo “de la guerra”. De ahí que todo su lenguaje sea humanitarista y que sus soportes parlamentarios y mediáticos hagan piruetas lingüísticas e intelectuales para hacerle coro a sus viejas canciones en las que las tropas españolas parecieran que llevan fusiles por necesidades de atrezzo aunque, en realidad, constituyen una “ONG de uniforme”.
 
Pero es una discusión imposible. Entre otras cosas porque parte de una separación casi quirúrgica entre las líneas de la paz y de la guerra que no tiene nada que ver con la realidad.
 
La paz nace de una guerra anterior y las guerras nacen del desequilibrio de una situación de paz que dio fin, al menos provisionalmente, a un conflicto. La paz no nace de una decisión de voluntad sino de unos acuerdos donde unos imponen condiciones y otros las aceptan y, si el acuerdo no es posible, la guerra es la que, con la victoria de unos sobre otros, crea las condiciones para la paz del futuro. Esto es así y no deja de serlo por más que se cante a la paz o se invente una mística sobre ella.
 
La misión en el Líbano, en un marco determinado y en una resolución determinada de la ONU, es una misión de paz en la medida en que intenta superar la situación de guerra del pasado verano pero es una misión de guerra en la medida en que se inscribe, les guste o no a los participantes, en una guerra global entre el terrorismo yihadista y los valores occidentales del bienestar, la libertad y la primacía de la ley.
 
Hizbulah no atacó, y ataca a Israel, solo para intentar resolver a su favor un viejo contencioso sino en el marco de una pugna entre diversos fanatismos islámicos, todos empeñados en imponer una teocracia, en desarrollo de una estrategia que pasa por el creciente protagonismo chiita en la región y tras él la conversión de Irán en gran potencia nuclear que imponga un nuevo orden en todo el Medio Oriente, desde Pakistán al Mediterráneo.
 
Ignorar que Líbano, Afganistán y (¡oh, palabra maldita!)… Irak, forman parte de un mismo problema, una misma amenaza, una misma necesidad de victoria de los valores occidentales, es prescindir de un elemento esencial a la hora de definir un plan, una estrategia, y unos recursos y resoluciones adecuados a la misma.
 
Pero el gobierno de Rodríguez Zapatero no está en estas claves. Entre la negación de una guerra del terrorismo islamista contra Occidente y lo que representa, la búsqueda de una alianza de civilizaciones y el intento permanente de establecer equidistancia entre agresores y agredidos entre liberticidas y defensores de los derechos humanos, se ha perdido en un laberinto al que va arrastrando a todos.
 
El atentado del Líbano ha sido una lección más y lamentablemente no parece la última. Solo que parece que tampoco está vez el gobierno esté sacando de ella las enseñanzas más necesarias y útiles para que nuestra sociedad salga fortalecida y convencida de que derrotarla va a ser muy difícil.

 
 


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