Cuando en España pensamos en el terror jihadista se nos impone nuestro inmediato Sur. En términos más generales, lo asociamos con el mundo árabe. No así en el Reino Unido donde disfrutan del poco envidiable privilegio de un surtido de procedencias nacionales mucho más variado entre los adoradores del bombazo, pero en el que la voz tronante la llevan los pakistaníes. Cosas de su pasado colonial, pero que resultan coincidir con la realidad del guerrasanterismo de la rama suní del islam, aquellos tipificados por Al Qaida y su emir (príncipe) León hijo de Laden, convenientemente traducido, cuya mortífera rabia se adscribe en los últimos tiempos al salafismo, en un esfuerzo por no mancillar el honroso nombre del Islam, pero que como cualquier otro calificativo religioso o sectario está sometido a la restricción de que aunque todos los de su credo hacen una interpretación del Corán en sentido inquietantemente rigorista, no todos abogan por la violencia.
Aunque Irak sea ahora el frente central de la lucha contra los enemigos de toda laya del Islam, cruzados, judíos e infieles varios, amén de apóstatas, como los chiíes y los dictadores de los países árabes, por muy piadosos que finjan ser, Pakistán es la metrópoli, el centro de mando y control, el mayor vivero de reclutas, y el país más prometedor para la causa del califato islámico. Una fruta a punto de la plena madurez. Nada como desbancar a los saudíes, hacerse con la península arábiga, su petróleo y, mucho más importante, los santos lugares mahometanos. Pero la odiada familia que da nombre al país está resultando un hueso demasiado duro de roer y el país de los puros, que eso significa Pakistán, sería un magnífico trampolín desde donde llegar hasta la Meca y lanzarse a la reconquista de las tierras de Alá.
Afganistán sólo es importante por su proximidad y la ocasión de contribuir al desgaste del país que encabeza el esfuerzo cruzado. Pero Pakistán es un piélago islámico en plena efervescencia. Y posee algo por lo menos tan valioso como todo el oro negro del mundo, las armas nucleares. Las anhelan tanto como sus hermanos enemigos y colaboradores circunstanciales, los ayatolás de Teherán, pero los guerreros reducidos a la clandestinidad no cuentan con un estado que posea toda la infraestructura tecnológica para desarrollarlas. Pakistán les proporcionaría el estado y las armas.
Por eso cuando Bush mencionó el eje del mal en su discurso sobre el estado de la unión a finales de enero del 2002, cuatro meses después del 11-S, tanto los que rasgaron hectómetros cuadrados de vestiduras por tan incorrecta alusión, como los que se sintieron complacidos por tan desenvuelta franqueza, echaron de menos, para desacreditar el análisis o apuntalarlo, a Pakistán. Unos y otros estaban en lo cierto. Pakistán es el eje del eje. Comparte las características que cualifican, o cualificaban, al Iraq de Sadam, al Irán revolucionario y a la Corea de los dinastas Kim. No es lo peor en represión interna, pero las armas del terror supremo no es que las busque sino que las tiene y en cuanto al terrorismo, durante años organizó y apoyó a los que lo practican en la Cachemira india y ha sido el artífice y principal valedor de los Talibán, con cobijo incluido a los campamentos de Al Qaida. Y todo ello sobre un gran sarpullido del más genuino radicalismo islámico.
¿Por qué entonces no ocupó el lugar de honor que le correspondía en el discurso de Bush? Porque el país se halla en la intersección con otro eje, el de la Guerra contra el Terror Global, en cualquiera de sus denominaciones, al menos bajo su actual régimen, que es militar, como lo han sido, abierta o solapadamente, todos los anteriores. Sin el apoyo de Musarraf Estados Unidos no hubieran llegado al corazón de Afganistán para asestarle una estocada, ahora sabemos que no del todo mortal, al único régimen islámico que además de proporcionarles un santuario, satisfacía los exigentes estándares islámicos de Bin Laden y compañeros martirizadores. El dictador militar dio un giro de 180º y abandonó a su suerte a los talibán. Se dejó someter a una inmensa presión americana que después de todo le impulsaba hacia lo que ya tenía in pectore. Los islamistas estaban penetrando entre las filas de los militares y escapándoseles de las manos. Con el tiempo, ¿quién iba a controlar a quien? El legendario ISI, servicio de inteligencia militar, se había identificado con su criatura, el rigorista régimen afgano, más allá de los intereses de su creador.
Aunque diezmada, quedando sólo un tercio de los que movían los hilos a la altura del 11-S, la cúpula de Al Qaida consiguió sobrevivir y se ha ido recuperando en el área de la inaccesible frontera del NO. Las armas nucleares siguen están ahí y necesitan desesperadamente ser controladas. Quien sino él puede contener el caldero islamista. Musarraf sigue siendo indispensable. Estremece pensar en cualquier cambio. Washington siempre pidiendo más y teniendo que contentarse con lo que consigue de este supremo funambulista y campeón del tira y afloja. La lucha contra el eje del mal no se libra de componendas y compromisos. A esta luz, el episodio de la mezquita roja, no es más que un botón de muestra. Y para el resto del mundo, un oportuno recordatorio.