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La palabra olvidada: asimilación
Colaboraciones nº 1818   |  11 de Julio de 2007
 
La amnistía ha muerto. Ahora, hablemos de otra palabra que empieza con “A”. Es la palabra y el concepto totalmente olvidados durante el debate de la inmigración: asimilación.
 
El año pasado, cientos de miles de manifestantes extranjeros ilegales salieron a las calles presionando a favor de la amnistía. Con una mano, los manifestantes agitaban sus pancartas que decían “¡Amnistía ahora!”, pero con la otra mano ondeaban las banderas de sus países de origen. Los estrategas de las fronteras abiertas sustituyeron rápidamente las banderas extranjeras por la de Estados Unidos después que los militantes activistas provocaran una repercusión negativa en la opinión pública el año pasado. Los periódicos nacionales hicieron de dedicados propagandistas y desplegaron oportunas fotos patrióticas de aquellas masas de “indocumentados” envueltas en rojo, blanco y azul para despertar simpatías.
 
Pero ahora que han perdido la batalla de la amnistía, ¿aún seguirán adoptando los símbolos y las tradiciones de Estados Unidos? ¿O todo era teatro? ¿Y qué de todas esas promesas de extranjeros ilegales dispuestos a estudiar ciudadanía y educación cívica? ¿Y estudiar inglés? ¿Por qué tenemos que sobornarlos con la promesa de una visa temporal de trabajador invitado y un masivo perdón gubernamental para adaptarse a nuestra forma de la vida? ¿Cuándo se convirtió la asimilación en el medio en lugar del fin en sí mismo?
 
El punto de inflexión quizás pueda remontarse al momento cuando se permitió que los políticos invocasen la perogrullada “Estados Unidos es una nación de inmigrantes” como justificación sin sentido de las fronteras abiertas.
 
El hecho es que: No somos una “nación de inmigrantes”. Esto es un error fáctico y una incongruencia afectiva y difusa. El 85% de los residentes de Estados Unidos en realidad nacieron en el país. Claro que casi todos somos descendientes de inmigrantes. Pero no somos una “nación de inmigrantes”.
 
(A propósito, ¿no es curioso ver cómo los multiculturalistas políticamente correctos que afirman que somos una “nación de inmigrantes” son tan insensibles con los indios americanos nativos, los nativos de Alaska, Hawai y los descendientes de esclavos negros que no “inmigraron” a Estados Unidos en el sentido común de la palabra?)
 
Incluso si fuéramos una “nación de inmigrantes”, eso no explica por qué deberíamos estar en contra de un control sensato de la inmigración. Y si los abogados de las fronteras abiertas leyeran realmente historia americana en vez de enmendarla, verían que los Padres de la Patria insistían enfáticamente en la necesidad de proteger al país contra la inmigración masiva indiscriminada. Insistían en la asimilación como condición previa, no como una reflexión a posteriori. El historiador John Fonte aglutinó su sabiduría:
 
*      George Washington, en una carta a John Adams, afirmaba que los inmigrantes debían ser integrados a la vida americana de modo que “gracias a una mezcla con nuestra gente, ellos o sus descendientes, consigan asimilar nuestras costumbres, medidas, leyes: en una palabra, convertirse pronto en un solo pueblo.
 
*      En 1790, durante un discurso al Congreso sobre la nacionalización de los inmigrantes, James Madison indicó que Estados Unidos debe dar la bienvenida al inmigrante que pudiera asimilarse, pero excluir al inmigrante que no pudiera “incorporarse a nuestra sociedad” fácilmente.
 
*      Alexander Hamilton escribió en el año 1802: “La seguridad de una república depende esencialmente del poder de un sentimiento nacional en común; de una uniformidad de principios y hábitos; de ciudadanos exentos de inclinaciones y prejuicios foráneos; y de ese amor a la patria que casi invariablemente se encontrará estrechamente interconectado con el nacimiento, la educación y la familia”.
 
*      Hamilton fue más lejos advirtiendo que “Estados Unidos ya ha sufrido los males de incorporar a una gran cantidad de extranjeros dentro de su conglomerado nacional; al promover en diversas clases, diversas predilecciones en favor de ciertas naciones extranjeras y de antipatías contra otras, esto ha servido mucho para dividir a la comunidad y sembrar la distracción en nuestros consejos. A menudo, probablemente inclinándose a comprometer los intereses de nuestro propio país en favor de otro. El efecto permanente de una política semejante será, que en momentos de gran peligro público, siempre habrá un número de personas de quienes se podría desconfiar justificadamente; pero la sola suspicacia debilitará la fortaleza de la nación, no obstante la fuerza de ese grupo en realidad puede ser empleada para ayudar al invasor”.
 
*       La supervivencia de la república norteamericana, Hamilton afirmaba, depende “de la preservación de un espíritu nacional y de un carácter nacional”. “Admitir a extranjeros de forma indiscriminada con derechos de ciudadanos desde el momento que ponen pie en nuestro país equivaldría a nada menos que meter un caballo de Troya en el bastión de nuestra libertad y soberanía”.
 
No somos una nación de inmigrantes. Somos primero y antes que nada una nación de leyes. La Constitución de Estados Unidos no dice que sea deber supremo del gobierno “venerar la diversidad”, “auspiciar el multiculturalismo” o dar un trabajo a “cada trabajador dispuesto” del mundo. El Preámbulo de la Constitución de Estados Unidos dice que la Constitución fue establecida para “proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la Libertad”
 
Como reconocieron nuestros Padres Fundadores, cumplir con estas obligaciones fundamentales es imposible sin un sistema ordenado de inmigración y entrada que discrimine a favor de los que están dispuestos, como bien dijo George Washington, a “asimilar nuestras costumbres, medidas y leyes”.
 
Ahora que celebramos nuestro día de la Independencia, para que no haya ninguna duda sobre los peligros de no hacer caso al consejo de los Padres Fundadores, yo le invito a contemplar el abismo en la Zona Cero de las Torres Gemelas. “La seguridad de la república” está realmente en juego.

 
 
Michelle Malkin es autora del nuevo libro: “Unhinged: Exposing Liberals Gone Wild”.
 
 
©2007 Creators Syndicate, Inc.
©2007 Traducido por Miryam Lindberg


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