(Publicado en ABC, 6 de julio de 2007)
Mientras la policía británica se movía deprisa para arrestar a los terroristas de Londres y Glasgow, la ministra de Interior, Jacqui Smith, daba su primera rueda de prensa para denunciar los «atentados del terrorismo internacional».
Ya debía saber a esas alturas que los sospechosos se llamaban Abduláh, Mohamed y cosas así, oriundos de Palestina e Irak aunque trabajando legalmente en el Reino Unido, pero hablando de terrorismo internacional, eligió ocultar la verdad: que se trataba de la yihad, de terroristas islámicos. La motivación, los objetivos, el método, todo respondía a las pautas conocidas de la violencia islamista. No reconocerlo es un grave problema.
Si la política se basa en la experiencia y no sólo en la esperanza, los años 80 y 90 nos debieran haber enseñado algo muy claro: no por ignorar a nuestros enemigos éstos desaparecen del mapa. Al contrario, nuestra inacción es percibida como impotencia y ésta como debilidad. Y no hay nada que más incite a un agresor que la debilidad de sus víctimas.
En Europa, a diferencia de América, nos negamos a ver en la yihad una amenaza global. Es más, intentamos explicar los atentados terroristas como fenómenos aislados, hechos excepcionales que sólo responderían a la locura inconexa de unos pocos. La premura de Miguel Angel Moratinos en negar cualquier conexión entre el ataque en el Líbano y el de Yemen, dejando al azar que los muertos fueran españoles, es buena prueba de este pensamiento cegado por la niebla.
Europa no sólo tiene un pensamiento débil, sino confuso. Ahora está de moda el concepto de la batalla por las ideas, con el énfasis puesto en que nuestras palabras bastarán para ganarse los corazones de nuestros adversarios.
El problema es que mientras nuestro gobierno se enzarza en una supuesta alianza de civilizaciones, hay otra guerra por debajo entre la yihad y el mundo occidental que tiene como fruto los cadáveres de nuestros compatriotas. Negarlo y permanecer impasibles sólo nos acarreará mayores sufrimientos.