(Publicado en La Razón, 3 de julio de 2007)
Al Qaida es una organización para matar. No gobierna en ninguna parte. No resuelve los problemas de nadie. No tiene una doctrina económica ni política. Se basa en una interpretación extremadamente radical del Corán, pero no se toma la molestia de defenderla con argumentos teológicas dentro de su propio credo. No participa en debates religiosos o de ideas. Sus rotundas condenas tanto de cruzados, judíos e infieles de toda especie como de supuestos apóstatas dentro del mundo islámico, y sus siembra de muerte, son suficientes para atraer un flujo continuo de reclutas que llenan los huecos dejados por los que se inmolan, arrancándoles la vida por igual a enemigos y a correligionarios, nunca en combate, siempre blancos fáciles para un suicida, por eso sobre todo civiles, de forma masiva, indiscriminadamente.
Da salida a las frustraciones de muchos -¿cuántos?- musulmanes, para quienes el mundo moderno es a la vez una tentación y una amenaza; a la rabia de masas de jovencitos sin oficio ni beneficio que componen el estrato de edad abrumadoramente mayoritario en su países; al complejo de profesionales de clase media con experiencia de un Occidente al que no se adaptan.
Su campo de batalla es el mundo y matan donde encuentran la oportunidad. Su frente central es hoy Irak y el secundario Afganistán. Pero hay otros muchos. Tienen que mantener bien alto el espíritu de sus partidarios multiplicando las acciones. Tienen que luchar contra los gobernantes de los países islámicos, enemigos jurados. Tienen que competir con la otra versión de la revolución islámica, la que se propaga desde Teheran, enemigos siempre y colaboradores en ocasiones. Por eso no es fácil descubrir una finalidad específica y diferencial detrás de un atentado. A veces puede ser la iniciativa de una célula más o menos espontánea que quiere “hacer algo” que después de todo nunca viene mal para los fines de los grandes estrategas del movimiento. Puede que se trate de, o bien que se aproveche para, debilitar al enemigo que se les enfrenta en los países donde se les da caza con medios militares.
En todo caso ceder es siempre servirles una victoria en bandeja. Su rotundo éxito en España los llevó Londres. ¿Se hubieran librado los ingleses si hubieran salido con las manos vacías de España? No lo sabemos, pero puede. ¿Nos hubiéramos librado nosotros si Zapatero no les hubiera prometido retirar nuestras tropas? Qué hubiera pasado después si, como con el asunto de nuestra entrada en la OTAN, hubiera dicho que las circunstancias habían cambiado y hubiera tenido la gallardía de reforzar nuestro contingente.
Tampoco lo sabemos, como no sabemos cual es el significado de los últimos ataques que hemos sufrido. Quién fue en Líbano y por qué nosotros. Unos minutos antes habían pasado por allí tropas portuguesas. ¿Puramente casual? Puede. El asesinato de nuestros compatriotas en el Yemen no parece ofrecer dudas sobre los autores. ¿Les toco la aciaga lotería al azar, como occidentales cualesquiera o pagaron su nacionalidad con la vida? Antes de nuestro 11-M circuló por las páginas jihadistas un análisis político de la situación española, en el que se nos consideraba el eslabón más débil de la coalición antiterrorista en Irak. Por casualidad o sin ella acertaron. ¿Siguen apostando contra nosotros por el mismo motivo? La actitud conciliatoria con nuestro propio terrorismo no habrá sido precisamente lo que les quite esa loca idea de la cabeza. Si nos impusieran un nuevo tributo de sangre, sería insensato seguir negando.