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Las armas de la discordia
En letra impresa nº 209   |  7 de Febrero de 2004
 
(Publicado en ABC, el 7 de febrero de 2004)
 
El debate está servido. Las declaraciones de David Kay, jefe de inspectores de la CIA en Iraq, la creación de comisiones de investigación en el Capitolio y en los Comunes y la necesidad de tapar el escándalo Carod han reavivado las brasas del debate sobre las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein. Bienvenida sea la polémica.
 
Con ánimo de poner los datos en orden y aclarar algunas ideas paso a enumerar algunos hechos que me parecen fuera de toda discusión.
 
1.             La existencia de arsenales de armas de destrucción masiva en Iraq no fue el invento de ninguna agencia de inteligencia. Se comprobó su existencia cuando fueron usadas contra los soldados iraníes o contra la población kurda. El gobierno iraquí reconoció su existencia y se comprometió a destruirlas en el alto el fuego tras la guerra de 1991.
 
2.             El Consejo de Seguridad ha venido repitiendo en sus resoluciones que Iraq se encontraba en grave violación de sus obligaciones y que sus armas de destrucción masiva y programas de misiles suponían una amenaza.
 
3.             Los inspectores de Naciones Unidas localizaron y destruyeron grandes cantidades de armamento químico y biológico y consideraron que su trabajo no había concluido cuando el gobierno de Iraq interrumpió su actividad en 1998.
 
4.             Los servicios de inteligencia norteamericano, británico, francés, alemán y ruso afirmaron que Iraq, después de 1998, seguía produciendo y almacenando armamento de destrucción masiva y misiles de alcance superior al permitido en los acuerdos de alto el fuego. La clase política europea y norteamericana estaba convencida de ello.
 
5.             El 8 de noviembre de 2002 el Consejo de Seguridad aprobó, a instancias de Estados Unidos, la Resolución 1.441, por la que se exigía a Iraq un “cumplimiento pleno e inmediato, sin condiciones o restricciones, de sus obligaciones...”, se le daba “una última oportunidad para cumplir con sus obligaciones de desarme” y se establecía un régimen de inspecciones para lograr y verificar la total destrucción de los arsenales.  Era porque todos creían que había armas por lo que se buscaba su incautación.
 
6.             Carece de sentido que quien entonces apoyó la resolución ahora diga que siempre supo que no había armas y que la acusación era un invento de tal o cual gobierno. Si lo sabían, respaldar la Resolución carecía de sentido. Tenían que haber defendido directamente el levantamiento de las sanciones. Pero esto no ocurrió, porque también ellos lo creían.
 
7.             La citada resolución dio a Iraq treinta días para presentar una declaración precisa y completa de todos sus programas de destrucción masiva y misiles. Iraq presentó la declaración y afirmó no disponer de dichos programas ni de arsenales. La declaración no convenció a nadie porque la información era insuficiente y no se explicaba el tamaño de los arsenales ni el cuándo, cómo y dónde de su destrucción. A partir de este momento se inició un debate, de sobra conocido, entre los miembros del Consejo sobre el uso de la fuerza y la misión de los inspectores, si iban a recoger o a buscar, si había que darles más tiempo o no. Pero nadie dijo que Iraq ya había cumplido con sus obligaciones, había destruido los arsenales y era el momento de poner fin al régimen de sanciones.
 
8.             El jefe de inspectores de la CIA, David Kay, ha hecho un conjunto de declaraciones –lamentablemente poco leídas entre nosotros, aunque muy comentadas- que, a fecha de hoy, resultan la fuente más solvente para conocer el estado de estos programas antes de la última guerra. En su opinión Sadam Hussein llegó a convencerse de que el mantenimiento de grandes arsenales era un problema para sus objetivos de política exterior. Aprobó su destrucción, que se desarrolló a lo largo de la segunda mitad de la pasada década. Pero Sadam mantuvo su interés por estos programas, que no fueron cancelados. En este sentido, afirma Kay, Iraq violó tanto el acuerdo de alto el fuego como las resoluciones y continuó siendo una amenaza, aunque menor. El plan de Sadam era lograr el levantamiento de las sanciones e, inmediatamente después, reanudar la producción. Durante este tiempo los laboratorios continuaron funcionando y se desarrollaron especialmente algunos programas, como ricina, misiles y algunos aspectos del programa nuclear.
 
9.             Kay afirma que está documentada la salida hacia Siria de elementos indefinidos de estos programas, confirmando las primeras sospechas, anteriores a la guerra, planteadas por fuentes israelíes.
 
10.          Kay reconoce que la inteligencia norteamericana perdió su capacidad de actuar sobre el terreno desde 1998. Esta sería la razón de que no tuviera información solvente de la destrucción de los arsenales -que no de los programas- y, sobre todo, del avanzado proceso de descomposición del régimen baasista. Sadam Hussein no escatimó en estos últimos años esfuerzos financieros para desarrollar investigaciones en este terreno, pero buena parte deldinero fue a parar a los bolsillos de los propios investigadores. Algo que difícilmente hubiera ocurrido, por lo menos en esa magnitud, años atrás.
 
11.          Pero no sólo las agencias de inteligencia erraron. Los propios oficiales del ejército regular iraquí estaban convencidos de que disponían de ese armamento y de que, muy probablemente, sería utilizado en el campo de batalla. Cada uno de ellos era consciente de no disponer de esa munición, pero suponía que otra unidad próxima sí lo tenía. Todos estaban convencidos de que el grueso del arsenal estaba en manos de la Guardia Especial Republicana.
 
12.         Es función de la oposición desgastar al gobierno y es normal que aprovechen cualquier ocasión para hacerlo. Pero no es correcto dar una información falseada de los debates en el Reino Unido y Estados Unidos. Tanto los conservadores británicos como los demócratas norteamericanos saben que sus respectivos gobiernos actuaron desde el convencimiento de que los arsenales existían, porque ellos se comportaron de la misma forma. De ahí que las investigaciones se centren en los fallos mostrados por los servicios de inteligencia a la hora de evaluar el tamaño de los arsenales.
 
A día de hoy parece realista suponer que no hallaremos grandes depósitos de armas de destrucción masiva en Iraq, pero no por eso podemos concluir que fue un error hacer la guerra o que no estaba suficientemente justificada. Era Sadam quien tenía que demostrar que había destruido los arsenales y no lo hizo. Incumplió los acuerdos del alto el fuego y las resoluciones del Consejo de Seguridad al mantener activos los programas, desarrollando incluso nuevas técnicas. Es evidente que trataba de lograr un acuerdo con Naciones Unidas para que se pusiera fin al aislamiento y a las sanciones, pero la amenaza persistía, porque los laboratorios podían ponerse a producir en cualquier momento. Lo grave no es sólo almacenar sino, sobre todo, estar dispuesto y poder producir. Y Sadam lo estaba.
 
Lord Acton nos explicó que el poder corrompe, pero que el poder absoluto corrompe absolutamente. Nuestros clásicos nos enseñaron además que el poder enloquece. Si Sadam hubiera tenido la cordura suficiente para aportar las pruebas de que había destruido los arsenales y, al mismo tiempo, ocultar los programas, la guerra no habría tenido lugar y estaríamos frente a un Iraq gobernado por un tirano, con una población condenada a la privación de libertades y abusos de todo tipo y en pleno rearme químico, biológico y nuclear. Afortunadamente eso ya no podrá ocurrir.


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