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Palestinos, la guerra sin fin
En letra impresa nº 782   |  26 de Junio de 2007
 

(Publicado en La Razón, 25 de junio de 2007)

Guerra civil es lo que se lleva en la zona y los palestinos no han podido sustraerse a la tendencia, por más que durante décadas uno de los asideros de su maltrecho orgullo era que nunca se enfrentarían entre hermanos. En ningún momento fue del todo verdad y de lo que fue no queda nada. ¿Cómo van a sostener ahora su autoestima? Nada tiene de asombroso que encuestas y clínicos sobre el terreno coincidan en que el estado de ánimo predominante en la calle es la depresión.
 
La suerte de los palestinos ha ido lenta pero inexorablemente de mal en peor a lo largo de 60 años o incluso desde un poco más atrás. Su primera guerra con los llegados del fondo de la historia la tuvieron ya bajo mandato británico, coincidiendo del 36 al 39 con la civil española.
 
De las muchas agudas y mortificantes frases que se han dicho para caracterizar al pueblo y sus conflictos, la de Abba Eban es una de las más incisivas: “los que nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad”. Últimamente han estado trágicamente sembrados en ese proceso de dejar pasar su vez, mucho más dinámico que el de la paz. Los israelíes, por su parte, han andado listos en sacar tajada a cada una de las ocasiones que los otros desechaban. Siempre han estado dispuestos a un arreglo sobre la base del status quo, ajustado mediante negociaciones. La respuesta a cada negativa ha sido trocearlos en rodajitas cada vez más pequeñas. El status quo no ha parado de encogerse territorialmente mientras el mal palestino se agrandaba en los espíritus.
 
El último tajo se lo han dado a sí mismos. La explicación resulta bastante enigmática. El Oriente Medio es el paraíso de las conspiraciones, lo difícil es distinguir entre las infinitas imaginarias y las numerosas reales que están incesantemente tramando. Quién se propuso qué es ahora la cuestión. El rabioso fanatismo islamista de Hamas es un elemento, pero ¿quién lo ha manejado? La cosa se complica porque las facciones son en sí mismas facciosas, nunca homogéneas. El radical de entre los radicales no es Ismail Haniya, el jefe de gobierno ahora depuesto por el presidente Abbas, sino el líder exiliado, Meshaal, que controla los elementos armados, desde Damasco, nada menos. ¿La clave está dentro o fuera? Más probablemente es una conjunción de grandes estrategias foráneas e tácticas locales. Lo llamativo es que los intereses supuestamente opuestos de los hermanos enemigos pueden encajar a la perfección y al final cada uno tiene lo que buscaba.
 
En su guerra de cinco días los enmascarados de Hamas han cometido verdaderas salvajadas contra los hombres de Fatah, que no pueden haberlas recibido como plato de gusto, pero la incapacidad para resistirse de esos aguerridos milicianos es tan sorprendente como la simultánea pasividad de su jefe, el presidente de Fatah, de la OLP y de la Autoridad Palestina, el proyecto de estado que pretendía unir a las dos fragmentos territoriales entre los que se reparte el pueblo. Ahora cada uno va por su lado y los que dominan Cisjordania desde Ramallah no parecen lamentarlo. Muy al contrario, se han dado prisa por adaptarse a la nueva situación, deshaciéndose del lastre de Gaza, dejándoselo como regalo envenenado a sus rivales islamistas y dándole la vuelta al resultado de las elecciones que llevaron al poder a Hamas en enero del 2006. La comunidad internacional ha actuado con igual celeridad, confiriendo el título de “moderados” a los que considera laicos, nacionalistas y dispuestos al compromiso. También corruptos y terroristas, pero recordar eso ahora es de mal tono. No sólo títulos tan apreciados en el Oeste como desdeñados en  Este, sino sobre todo ayudas de todo tipo han empezado a llover sobre quienes han aceptado tan mansamente el divorcio.
 
La nueva situación ha creado esperanzas y peligros. Los radicalismos de todo tipo no han hecho más que progresar en todas partes y partidos. Predicadores incendiarios y pistoleros implacables no son exclusivos de uno de los territorios. Los islamistas confesos son minoritarios en la orilla occidental, pero no escasos. No se quedarán de brazos cruzados. Otros derramamientos de sangre se avecinan.
 
¿Podría Gaza convertirse en un santuario de al Qaida o en una cabeza de puente de la ambiciosa revolución iraní? La expectativa general es que se cueza en su propia salsa. Lo que no sabemos es hasta donde llegarán las chispas. Y muchos serán los que intenten meter su cazo en ese puchero. El minúsculo y superpoblado territorio carece casi de economía propia. La mayor parte de la población malvive de la caridad internacional, cuya espita se cierra. La electricidad, el agua y otros servicios básicos los recibe de Israel, que de momento ha decidido continuar proporcionándoselos. La vista gorda egipcia que permite la entrada de armas, cortesía de Teherán por sinuosas vías, podría afinarse en cualquier momento. Israel, con un problema libanés al N, estaría dispuesto a cortar por lo sano cualquier peligro meridional. Las opciones de Hamas no son envidiables y su victoria puede resultar peor que pírrica.
 
En todo caso nada es ya igual. Aparecen nuevas propuestas y reaparecen otras vetustas. No ya dos estados, sino tres, subrayando las múltiples diferencias que, después de todo, existen entre Gaza y Cisjordania.  O vuelta al 67: la primera para Egipto, la segunda para Amman.  


 

 


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