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Zapatero el implacable o el revés de la trama
Colaboraciones nº 1785   |  25 de Junio de 2007
 
El presidente Rodríguez Zapatero declaró formalmente hace unos días ante la nomenclatura socialista que iba a ser implacable con el terrorismo, mas concretamente contra ETA. La frase sugiere fructíferos juegos verbales sobre si va a ser implacable ahora porque antes no lo fue, deslumbrado por su mesianismo de convertirse en el gran pacificador por la vía del apaciguamiento, o si el mensaje era que va a seguirlo siendo de acuerdo con la imagen que ahora necesita de sí mismo en una de esas afirmaciones tan solemnes como vacías propias del discurso del actual presidente del gobierno.
 
En cualquier caso, la nueva fase discursiva de Rodríguez Zapatero ha sido parte de la coreografía para reunirse con el líder de la oposición Mariano Rajoy, prometerle que será duro contra los terroristas sin especificar medidas, ni plazos ni acciones concretas y para intentar frenar lo que parece ser una clara tendencia a  la caída electoral evidenciada en las recientes elecciones municipales y regionales.
 
Pero conviene analizar la frase a la luz de la historia de la lucha contra terrorista desde el punto de vista de los socialistas desde la aprobación de la Constitución y el fin de la Dictadura.
 
Y, como anticipo, valga otra frase del presidente Rodríguez Zapatero al afirmar que la ruptura de la tregua por parte de ETA corresponde a una decisión de los más “descerebrados” de la banda. Otra vez la teoría de las dos ETA, o las dos corrientes. Otra vez el mito de “duros y blandos”, otra vez la necesidad de imaginar una ala con la que se puede negociar frente a otra irreductible. Psicológicamente, Rodríguez Zapatero no ha abandonado la esperanza de encontrar dirigentes de ETA con quienes firmar una paz negociada. Políticamente tampoco.
 
Una historia, una política
 
Una cosa sí se puede decir de la política antiterrorista de los socialistas y es que siempre ha partido de la misma base estratégica que es, en el fondo, ideológica: no se derrota al terrorismo por “la vía policial” sino con medidas “políticas”.
 
Detrás de esa frase repetida como un mantra y coreada como un eco perverso por todos los nacionalismos que lamentan las acciones terroristas pero “comprenden” que estas existan por los “agravios históricos y políticos”, no hay mas que una exigencia de esos nacionalistas: la de que si ellos obtienen compensaciones políticas, el terrorismo se verá privado de causas y todo irá mejor.
 
Treinta años de cesiones al nacionalismo y veinte de poder de esos nacionalismos con todo lo que ha implicado de creación de tejido cultural anti español, de creación de redes de favorecidos, agradecidos y benefactores solo han visto multiplicarse las acciones criminales, los muertos… y las exigencias nacionalistas.
 
Lo curioso de esa frase es que cuando se profundiza en la conversación con los que la repiten una y otra vez se observa que, para ellos, esa acción policial que se rechaza como ineficaz se produce en un marco de emergencia, de ausencia de libertades, de excepción, es decir, un escenario que nadie plantea, que nadie desea y que, en el fondo refleja la desconfianza en la democracia como sistema capaz de imponer soluciones policiales, junto a las judiciales y otras en el marco de legalidad, de respeto a las leyes y de garantías propios de  un sistema de libertades. Y una segunda sorpresa, la única vez que ha aparecido, de una manera estructurada, organizada, teorizada y explotada con mas o menos eficacia, algo que recuerda ese escenario terrible ha surgido, principalmente, en ámbitos cercanos a los que enarbolan la famosa frasecita. ¡Paradójica e instructiva experiencia!
 
La diferencia entre los distintos gobiernos socialistas no ha sido de base sino de gradación, de táctica, de mensaje. Esa política ha oscilado entre la brutalidad (GAL) y la cesión. Solo que la acción policial y la guerra sucia nunca han estado al servicio de la derrota total de ETA sino de preparar la alfombra roja para que los dueños del terror llegaran a la negociación en situación de aceptar las medidas políticas y de cesión suficientes para que aceptaran y no tan graves como para que los socialistas fueran echados del poder.
 
La comprensión de ese método por parte de los nacionalistas “moderados”, los que no tienen las armas en la mano, les ha dado a estos un margen de maniobra, de presión, de imposición de condiciones, inmejorable.
 
Esta es la clave que Xavier Arzallus definió tan claramente en su ya famosa frase a ETA: “unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces”. Lógica perversa pero que se ha venido cumpliendo de manera precisa.
 
El socialismo español venía de una dictadura en la que el PSOE prácticamente había desaparecido como oposición. Cuando aparece el terrorismo de ETA, en los años sesenta, la izquierda española, en aquellos momentos influida sobre todo por el Partido Comunista de España, reaccionó entre la fascinación y el cálculo. Se produjo un fenómeno de admiración, rápidamente aprovechado por los terroristas, sus cómplices y algunos que pasaban por intelectuales del anti franquismo y el cálculo de cómo podía afectar ETA a los intentos de derribar la dictadura. Ese fue el único debate. No hubo ni dilema moral, ni consideraciones éticas acerca del terrorismo. Todo valía contra Franco como todo valía para hacer la revolución. Pero, incluso desde ese análisis perverso, nadie quiso ver que ETA no elegía sus objetivos por ser terminales de una dictadura o símbolos del “fascismo” sino por ser españoles y representar la negación de una patria vasca. Ese simple análisis hubiera permitido comprender que ETA no iba a pararse tras el franquismo sino a matar mucho más como ha ocurrido.
 
Por el contrario, el razonamiento que se hizo creó la gran trampa del futuro y algunas miserias de aquel presente. En aquellos días no faltaron militantes del PCE, a título individual pero con decisión clara, que participaron con ETA en crímenes horribles, que la justificaron, estimularon y difundieron con ella bulos que acabaron mitificándose y son hoy repetidos a mayor gloria de la causa vasca.
 
Para el futuro, la trampa quedaba dispuesta. El PSOE, que emergió del fin de la dictadura como gran aparato de la izquierda, sostenido desde terminales confesables unas y otras inconfesables, como “necesaria contención al comunismo” heredó todo aquel bagaje de pensamiento sobre el terrorismo y se puso a la tarea. Se trataba de resolver “el contencioso vasco” y otros y para ello nada de polémicas ideológicas con el nacionalismo, había que abandonar España como idea democrática, comprar la mitología etnicista del independentismo vasco y catalán y aún de otros mas exóticos y otorgar estatutos de autonomía lo mas amplios posibles, cediendo en el control del poder político y de la creación de ideología que suponía la enseñanza, así como en algunos mecanismos de vertebración del Estado de naturaleza fiscal y, sobre todo, en las fuentes de la legitimación misma de España como marco de las libertades de todos.
 
Con el chantaje de no aparecer como nacionalistas españoles, ni siquiera se defendió la idea de nación que nace de la revolución francesa y de donde nos llega el concepto progresista de ciudadano como miembro de una nación de iguales en contra del reaccionario de integrante de una nación ligada por la raza, la lengua, la sangre o los agravios. La izquierda se puso al servicio de la legitimación del nacionalismo identitario y lo cubrió de “progresismo”.
 
De aquellas lluvias, estos lodos. A partir de ahí, frente al terrorismo, si se estaba en la oposición el socialismo exigía acelerar transferencias a los nacionalistas “moderados”. Así, de camino, se creaban condiciones para una gran alianza con ellos contra la derecha “franquista”. Si estaban en el poder la cosa era diferente. Si la presión terrorista era tan fuerte que el sistema crujía, aparecía la guerra sucia. Si la presión era menor y se necesitaban grandes alianzas, se cedía, se negociaba, se apaciguaba.
 
Así, el GAL y las conversaciones de Argel o las de Santo Domingo, o las “tomas de temperatura” en el sur de Francia y otras geografías han sido caras de una misma moneda y una costumbre nunca abandonada en la práctica.
 
Por cierto, una lección de Argel que Rodríguez Zapatero no ha aprendido: en dichas conversaciones las cosas comenzaron a hacerse imposibles cuando ETA planteó el sistema de las dos mesas. Es decir, una mesa entre ETA y el gobierno para resolver los problemas “técnicos” y otra entre los partidos, la mesa política, para elaborar “un nuevo marco político para el País Vasco”.
 
Al margen de las vicisitudes de aquellos días en que los negociadores del gobierno disintieron entre sí y se produjo la anécdota de un comunicado pactado que no salió y que fue la excusa de ETA para volver a matar, fue el sistema de las dos mesas lo que no pudo ser aceptado.
 
En la fase de negociación que emprendió Rodríguez Zapatero, los enviados del gobierno aceptaron las dos meses desde el inicio y PNV, PSOE y Batasuna se reunieron varias veces para elaborar la agenda de la misma.
 
Aún así, a pesar de que Rodríguez Zapatero empezó donde Felipe González clausuró Argel, ETA quiere el cielo: la independencia, la anexión de Navarra y la unión con el País Vasco francés.
 
El resumen caricaturesco de toda esta historia socialista es Rodríguez Zapatero y su política frente a ETA. Con menores sutilezas (sus capacidades reales no las hacen posibles), con mayor cinismo, con un mejor aparato mediático, el presidente tiene un plan: descentralizar aún más, difuminar más la idea de España como nación de hombres libres, aceptar las patrias identitarias con ciertos límites y apaciguar al terrorismo dándole muestras de buena voluntad. Solo que... tal vez al terrorismo no le baste eso. ETA también tiene un plan y Rodríguez Zapatero no entra en él más que como instrumento posible en una fase intermedia.
 
Las consignas trampa…
 
En la víspera de su encuentro con Mariano Rajoy, Rodríguez Zapatero afirmó: “No pondré condiciones ni exigiré rectificaciones”. ¡Solo faltaba! Es como el delincuente que pillado in fraganti le dice al juez… “Que conste que no pido disculpas a la policía por detenerme…y tenga en cuenta que no me resistí…”
 
Junto con la repetida afirmación de que, “contra el terrorismo hay que apoyar al gobierno” el discurso presidencial conforma la gran trampa que atrapa incautos y, lamentablemente, crea contradicciones en algunos sectores de la opinión pública y hasta en algunos dirigentes de la oposición.
 
Porque ambas afirmaciones provienen de un Rodríguez Zapatero que ha sido un maestro en romper la unidad contra el terrorismo: no solo mantuvo contactos, su partido, con Batasuna cuando ya era ilegal como consecuencia de una serie de medidas apoyadas por el PSOE en el marco del Pacto Antiterrorista con el PP sino que la crítica a la gestión, por parte del gobierno Aznar, de la comunicación tras el atentado del 11-M fue el principal instrumento electoral del socialismo que aspiraba a gobernar.
 
En aquellas tristes y fatídicas horas se afirmó desde la izquierda, con toda rotundidad, la responsabilidad del gobierno en el atentado, se convocaron desde instituciones públicas manifestaciones frente a las sedes del PP en la jornada de reflexión y se gritaban lemas como “vuestras bombas, nuestros muertos” o “las bombas de Bagdad estallan en Madrid”. Jamás condenó Rodríguez Zapatero aquellos actos antidemocráticos y, además, sugiere los mismos argumentos en cuantas ocasiones se le presentan. Es verdad que el PP se coloca en eso a la defensiva intentando negar que el atentado del 11-M fuera consecuencia de la guerra de Irak en la que España, por cierto, es obvio que no participó aunque se empeñe José Blanco.
 
Es indudable que los islamistas no atentaron por la guerra de Irak sino como un paso en una estrategia contra Occidente. Pero es cierto también que la guerra de Irak les dio una oportunidad de explicar propagandísticamente la matanza, labor en la que la izquierda en general ha sido un instrumento, tal vez inconsciente, tal vez, pero sin duda de un gran valor.
 
Admitir siquiera una discusión sobre la relación causa-efecto entre la guerra de Irak y la matanza de Atocha (o la de Londres) es una estupidez como sería la de abrir un debate sobre la responsabilidad del gobierno británico de la época en los bombardeos de la Fuerza Aérea Alemana sobre Londres… por haber declarado la guerra a Hitler.
 
Hablábamos de la unidad. Rodríguez Zapatero y su maquinaria ideológica y mediática insisten constantemente en la necesidad de la unidad. Es la gran propuesta trampa, como lo ha sido la de la paz. Porque se presenta de tal manera que cualquiera que ponga matices a la propuesta es presentado como contrario a la misma.
 
Pero el presidente solo propone la unidad sobre la base de la unidad misma, no sobre un paquete de medidas que haya que apoyar unidos.
 
Lo que dice la historia y el futuro que viene…
 
¿Ha acabado la negociación del gobierno con ETA y el nacionalismo que asesina? No. No es posible. EL PSOE no puede abdicar de esa idea que constituye su más íntima concepción de las raíces de los crímenes de coartada política. Para el PSOE, y para toda la izquierda, el terrorismo no es producto del fanatismo, de una concepción estratégica ni de unos valores que consisten en la ausencia de valores humanos. No, el terrorismo, para la izquierda que lo recuperó, lo teorizó, lo adornó, lo usó y lo admiró durante el siglo XX, es una expresión de de las opresiones, las miserias, las desigualdades y la desesperación. No basta con que los hechos desmientan esa falacia. No basta con observar en un mapa que las acciones terroristas se han dado en su mayor parte en Europa, Oriente Próximo, Norte de África y América. Nada basta. Es el paradigma socialista inmutable. Y Rodríguez Zapatero no reflexiona, no sabe, sobre los paradigmas. Solamente los aplica para conservar el poder.

 
 


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