(Publicado en ABC, 22 de junio de 2007)
Si hay algo que nos enseña la Historia es que nunca aprendemos de ella. Treinta años intentado contentar a los palestinos dichos moderados en la esperanza de hacerles así más fuertes, y en contra de toda la experiencia y la toma violenta del poder en Gaza por Hamás, aún se sigue en la misma línea: «Hay que ayudar a los palestinos» ha sentenciado Javier Solana; «hay que reforzar a Abbás», han acordado Bush y Olmert en la Casa Blanca. Desgraciadamente, confiar en Abbás ha sido parte del problema. Está por ver que sea parte de la solución.
Todos quieren correr en dar más dinero y ayuda al pueblo palestino. La UE ya lo ha acordado formalmente. ¿Pero cómo explicar que los palestinos sean los mayores recipientes de ayuda per capita del mundo o que hayan recibido ya más dinero que el Plan Marshall para toda Europa y aún sigan dependiendo en un 30% de la ayuda directa del exterior? Simplemente, porque les hemos acostumbrado a vivir de nosotros.
Otro ejemplo: Estados Unidos y Europa han dado armas y entrenamiento al aparato de seguridad y las fuerzas de la Autoridad Palestina. ¿Cuál ha sido el resultado? Que a pesar de triplicar sus efectivos sobre los milicianos de Hamás, en cuanto se han producido los primeros choques han salido huyendo.
Ni siquiera se han quedado para defender a sus compañeros heridos, muchos abatidos en hospitales por los asaltantes de Hamás. Mucho menos han hecho por defender sus instituciones. Dinero y armas sin control han dado más que pobres resultados.
El riesgo está en apostar de nuevo por alguien que no tiene la capacidad, asumiendo que tenga la disponibilidad, de hacer algo por su propio pueblo, como frenar a Hamás, y acercar sus posiciones hacia una paz con Israel.
Abbás no es un interlocutor creíble porque su instinto de supervivencia le llevará a acomodarse a Hamás, sus verdaderos enemigos también en Cisjordania donde, con toda probabilidad, muy pronto veremos su fuerza. Si se quiere de verdad acabar con Hamás, Abbás no es el más indicado.