Revista Aeronáutica y Astronáutica, nº 579
Afganistán no es Europa, ni tampoco el área cubierta por el Tratado del Atlántico Norte, y por ello habrá quien, sin duda, se extrañe ante el intento de extraer posibles implicaciones para la política de seguridad aliada de un conflicto local, tercermundista y, para colmo, en la periferia de la Unión Soviética. Pero el dato está precisamente ahí, fue la URSS y no otra nación quien invadió Afganistán en 1979. Y la URSS, todavía sigue siendo la amenaza militar más importante para las democracias occidentales a pesar de los cambios introducidos por Mijail Gorbachov que todavía no han modificado en lo esencial su poderío militar.
Por otra parte, somos conscientes de que la afirmación "los generales piensan las campañas futuras anclados en las guerras pasadas" se ha convertido en un tópico que no refleja la realidad, si es que alguna vez fue exacta: hay innovación en el pensamiento estratégico y militar, máxime si ha habido una derrota de por medio, como aparentemente ha sucedido en Afganistán tras 8 años de escaramuzas y combates. Y que, por lo tanto, extrapolar conclusiones de un teatro de operaciones a otro, con situaciones políticas, sociales, militares, tan dispares, puede parecer inútil cuando menos o, cuando más, arriesgado y erróneo.
Y es cierto. No pretendemos, por tanto, apuntar los cambios que la experiencia de Afganistán ha podido potenciar en los planificadores militares del Kremlin, que seguramente no serán pocos. Sin embargo, si queremos subrayar algunos puntos de la actuación soviética en Afganistán que razonablemente expresan algunas convicciones estratégicas y operativas de los líderes de Moscú y que, por asentadas, sí pueden llegar a tener relevancia para nuestra propia defensa. No en vano la ocupación de Afganistán por las tropas de la URSS siguió algunas pautas operativas ensayadas ya en Asia (ocupación de Manchuria) al final de la Segunda Guerra Mundial y refinadas con la invasión de Checoslovaquia en 1968. Ciertamente, si la URSS se decidiese a lanzar algún día un ataque contra la OTAN en Europa no podemos estar seguros de que repetiría las estrategias y tácticas ensayadas en otros lugares y en otros momentos, pero tampoco tenemos la certeza de que no lo vaya a hacer. Cualquier lección que Afganistán nos traiga para mejorar nuestras defensas e impedir esa situación, bienvenida sea.
Lecciones de un ataque.
1. La OTAN no es una isla protegida de las tempestades que azotan al resto del mundo. Efectivamente, aunque la OTAN tiene un marco geográfico de actuación bien definido y limitado -según establece el artículo 5 de su Tratado fundacional- que responde a las condiciones de su origen, el miedo a una agresión soviética en centroeuropa y un Tercer Mundo aún dormido y colonial, no es insensible a cuanto acontece fuera, en el resto del mundo. A mediados de los 70, la URSS disfrutaba de evidentes capacidades de proyección de poder, los conflictos regionales sacudían la superficie del globo, y la dependencia energética y comercial de los países occidentales ponía en entredicho que su seguridad empezase en sus fronteras. Afganistán, sin ser de manera evidente una amenaza directa a la seguridad aliada, sí se va a revelar como un acontecimiento con graves implicaciones para la OTAN: ocupando Kabul, la URSS forzó un cambio de actitud en los EE.UU. que va a marcar el paso de la política de complacencia y distensión hacia Moscú (cuyo cúlmen se fecha en 1975 con la firma de los acuerdos de Helsinki) a una línea de firmeza, rearme y contención, cuyos símbolos más evidentes son el primer Ronald Reagan y el comienzo de los 80 con la llamada "segunda guerra fría". Lo quisieran los aliados o no, en particular los europeos, Afganistán enterró la distensión y la OTAN tuvo que hacer frente a una nueva realidad. Y todo por la suerte de un pequeño y lejano país.
2. La OTAN no funciona "fuera de área". A pesar de todo lo anterior, la OTAN en tanto que tal, no quiso, no supo o no pudo adoptar decisión alguna para frenar a la URSS, salvo las acciones que algunos de sus miembros llevaron a cabo individual y voluntariamente, en especial los EE.UU. aunque también el Reino Unido. De hecho, la Alianza se fracturó entre quienes pensaban que la URSS avanzaba sobre Afganistán por razones de seguridad de sus fronteras contra el fundamentalismo islámico (prácticamente todos los europeos) y quienes creían que Moscú perseguía su tradicional búsqueda de los mares cálidos (prácticamente los americanos).
3. La URSS contaba con la segura falta de acuerdo de los aliados occidentales -y su lógica inacción-, cuando decidió la invasión. Mucho se ha dicho sobre la capacidad de sorpresa del Ejército Rojo atacando Kabul, pero la verdad es que tanto los servicios de inteligencia occidentales, como los chinos y los propios afganos, tenían serios indicios de una posible acción militar soviética contra el régimen de Hafizullah Amin. De hecho, una prolongada visita a la capital afgana del mariscal ruso Pavlosky durante el otoño de 1979, inspiró serias ideas sobre la inminente agresión soviética. Por otra parte, tal eventualidad se vio reforzada cuando los servicios de inteligencia norteamericanos detectaron la movilización de algunas tropas del Ejército Rojo, diez días antes del inicio de la invasión. Por tanto, ni el hecho de la invasión, ni el cuándo de la misma, pueden considerarse una total sorpresa. Pero tampoco el dónde. Kabul era el objetivo más inmediato y el más visible dada la peculiar estructura de poder en Afganistán. Como ningún analista se vería sorprendido porque las fuerzas de invasión, una vez asegurado el control de la capital, se hicieran con la ruta de Salang, principal vía de ocupación desde suelo de la Unión Soviética. Por tanto no podía ser la sorpresa lo que estaba en la mente de los planificadores militares del Kremlin, sino el convencimiento de que una posible respuesta de la OTAN se diluiría en las interminables disputas aliadas sobre qué medida adoptar.
De hecho, el momento de la invasión pareció guiado más por condicionamientos de los aliados occidentales que de la propia situación en Kabul: el final del mandato presidencial de Jimmy Carter en unos EE.UU. faltos de confianza y atentos al destino de sus rehenes en Teherán. Igualmente, la fecha del golpe sobre Kabul, del 24 al 25 de diciembre, pareció estar más relacionada con las festividades del mundo occidental -con media OTAN de permiso- que con el desarrollo de la crisis del gobierno afgano.
En cualquier caso, la invasión mostró que la URSS era capaz de una movilización -al menos parcial- en plazos de tiempo mucho más cortos de lo previsto usualmente por los planificadores occidentales. Los contingentes que ocuparon Afganistán vía terrestre pertenecían a unidades de categoría II, esto es, que en tiempo de paz se encuentran al 50-70% de sus efectivos, y que habían sido alertadas solamente 10 días antes del asalto. Prácticamente 10 días después de éste, las tropas soviéticas habían ocupado la mayoría de los objetivos de importancia y se encontraban en disposición de atravesar las fronteras con Irán y Pakistán.
Lecciones de un conflicto.
La invasión y posterior ocupación del territorio afgano estuvo facilitada por el dominio absoluto del aire por parte soviética. Al igual que en otras intervenciones exteriores del Ejército Rojo (Finlandia, Polonia, Manchuria, Hungría y Checoslovaquia), la URSS contó con una supremacía aérea indiscutida que hizo posible, en primer lugar, un pacífico aerotransporte de tropas y material hasta el corazón mismo del país ocupado, apoyo táctico para las unidades de invasión del territorio, en segundo lugar, y, finalmente, operaciones de bombardeo, sin que se encontrara ninguna oposición.
No obstante, el dominio del aire por las fuerzas de Moscú quebraría durante 1986 debido a la aparición en la guerrilla de SAM portátiles. La introducción de sistemas sofisticados como el misil SAM Stinger de producción norteamericana, o el británico Blowpipe, logró modificar el equilibrio aéreo al amenazar a los aparatos rusos en las cotas bajas, justo aquéllas más importantes para proporcionar apoyo directo a sus fuerzas de tierra y posiblemente las más rentables para la lucha antiguerrilla. De hecho, el helicóptero, un arma cuyo papel se había revelado fundamental al inicio de las batallas, quedó relegado a un segundo plano a causa de su vulnerabilidad ante estas armas.
Sin embargo, el armamento avanzado en manos de la guerrilla nunca fue muy numeroso, y su poder derivó, probablemente, no tanto de su eficacia en combate cuanto del shock psicológico que los mandos soviéticos sufrieron tras las primeras pérdidas de aparatos. La pérdida de la tranquilidad en los cielos y la posibilidad de que hubiese zonas relativamente defendidas afectó a los pilotos disuadiéndolos de cumplir ciertas misiones y terminaron por inhibir al mando de una libre utilización de sus recursos aéreos.
En tierra, el contingente humano de las fuerzas de invasión se mostró poco fiable. Las primeras unidades que entraron en Afganistán estaban integradas por uzbecos, tayikis y turquestanos, grupos de origen centroasiático y de creencias musulmanas, y que no tardaron mucho en llegar a confraternizar con la población. Bien por el temor al contagio ideológico de sus tropas, bien por su pérdida de efectividad militar, Moscú decidió relevar gran parte de dichas unidades a los pocos meses, introduciendo en el país personal originario de la Rusia europea. Para el paseo-invasión de Checoslovaquia en 1986, Moscú pudo utilizar fuerzas del Pacto de Varsovia, pero para la guerra, sólo cierto tipo de tropas resultaba fiable a los ojos del Kremlin.
A pesar del reducido teatro de operaciones, el ejército soviético se encontró, a medida que pasaban los días, con serios problemas de mando y control, falto de la flexibilidad necesaria para hacer frente a una guerra altamente móvil, sin frentes definidos y con encuentros violentos pero no prolongados. Además, Afganistán enseñó a los militares soviéticos la no universalidad de los medios acorazados pesados, poco aptos para el terreno y las formas de lucha elegidas por los guerrilleros. Igualmente, el empleo masivo de la potencia de fuego de las fuerzas de ocupación tampoco condujo a resultados definitivos, pues éste era indiscriminado y adolecía de una guía clara y de precisión. Los soviéticos podían arrasar poblados y zonas enteras gracias a sus bombarderos o artillería, pero sin causar la derrota de sus enemigos. Hechos que no han pasado desapercibidos al alto mando soviético.
Si bien su dominio del campo fue paulatinamente disminuyendo frente a la guerrilla, el ejército soviético así como las unidades regulares afganas, siempre han mantenido un control efectivo de las ciudades. Como en Stalingrado, al igual que en la guerra de Irán-Irak, los núcleos urbanos se han revelado posiciones de bloqueo difícilmente superables por el atacante aún cuando la defensa contase con unas fuerzas relativamente reducidas. En Afganistán el Ejército Rojo defendía; en centroeuropa, una de las zonas más densamente urbanizadas del mundo, las fuerzas soviéticas, llegado el caso, se encontrarían al ataque.
Lecciones de una retirada.
La retirada de las tropas soviéticas prueba que la URSS sí puede llegar a abandonar posiciones políticas, militares y geográficas que han estado bajo su control. Ahora bien, la retirada puede estar tan motivada por conveniencia política de los líderes reformistas del Kremlin -empeñados en mostrar sus buenas intenciones hacia el mundo-, como por un acercamiento y acomodo con su vecina China, como por una derrota en el campo de batalla. O, muy posiblemente, por una combinación de todas ellas. En cualquier caso se trata de una derrota política aunque Mijail Gorbachov la haya convertido en un clamoroso homenaje a la paz mundial.
No obstante, la capacidad militar de la guerrilla ha sido un factor fundamental en la evolución del conflicto y en su refuerzo ha jugado un papel clave la asistencia militar occidental. No han sido ni el efímero embargo de grano ni el simbólico boicot a las Olimpiadas de Moscú ni las tímidas protestas diplomáticas la oposición clave a la presencia soviética en el país, los Stinger sí. Como también la experiencia de Unita en Angola demuestra, la asistencia militar a grupos guerrilleros ha sido un excelente medio para oponerse al expansionismo soviético por su relación "coste-efectividad".
El "containment" es posible. Con una política de firmeza, consensuada y estable en el tiempo, es posible modificar elementos sustanciales del comportamiento internacional soviético, negándoles una victoria militar gracias a una derrota política.
Pero negar la victoria a las fuerzas de ocupación, desgraciadamente, no basta. Para los aliados occidentales es necesario mantener unos objetivos político-estratégicos de largo alcance, que trasciendan el conflicto en sí, que apunten y permitan la normalización pacífica de la vida política del país. Primar la vertiente militar de la resistencia sin hacer caso de las diferencias políticas y los diferentes proyectos que conllevan, puede conducir a una situación como la previsible ahora en el Afganistán postsoviético: un baño de sangre y la futura libanización del país.
Conclusión.
Hoy es posible llegar a acuerdos con la URSS. Ahora bien, esto es así probablemente por el nuevo talante de Mijail Gorbachov, pero sobre todo por la firmeza de algunos gobiernos occidentales. En la Unión Soviética de hoy no hay cambio porque Gorbachov sea un reformador, sino que Gorbachov está en el poder porque la URSS como sociedad y como sistema político requiere profundas reformas. La retirada de Afganistán no es producto de la benevolencia del Kremlin, sino de la combinación de sus debilidades, de la fortaleza de los afganos y de la firmeza occidental. La URSS no nos regala nada, y si algo debe tener claro la Alianza Atlántica es que es la hora de negociar, no de regalar.