Revista Aeronáutica y Astronáutica, nº 579
A las 11:55 horas del día 15 de febrero, el Teniente General Boris V. Gromov, Comandante en Jefe soviético en Afganistán, cruzaba el "puente de la amistad" sobre el río Amu-Darya camino de la ciudad fronteriza de Termez, en territorio de la URSS. Él era el último soldado del Ejército Rojo que abandonaba, tras nueve años y 50 días de ocupación, el suelo afgano. Sin embargo, la salida de las fuerzas invasoras no significa el fin de una guerra que ha costado 15 mil muertos en el bando soviético y algo más de un millón en el pueblo afgano. Cuando la URSS cruzó la frontera de Afganistán en diciembre de 1979, entró en un país en plena guerra civil, con graves problemas de control político y sufriendo una desastrosa situación económica. Diez años más tarde, la URSS deja Afganistán en una situación mucho más horrorosa si cabe, con mayores dificultades en el gobierno, y con una guerra civil abierta y que amenaza con convertirse en un baño de sangre.
La guerra de Afganistán es una obra dramática en la que, con la retirada soviética, sólo se ha bajado el telón del primer acto. La escena que se está desarrollando en la actualidad tiene como actores principales a la guerrilla y al gobierno comunista de Najibullah, enzarzados en una lucha por la supervivencia. Y el desenlace, sea cual sea el futuro del gobierno de Kabul, del Partido Democrático del Pueblo Afgano en el que se apoya y de las milicias con las que resiste, parece no poder ser otro que el de un país dividido, en el que pugnan distintas tribus, grupos y facciones entre sí y sobre el que pesan intereses varios de las naciones de la zona y de fuera de ella. Afganistán es hoy un juego complicado y trágico de diversos actores. Mañana puede convertirse en una partida sangrienta en la que nadie gane y todos pierdan.
Las tribulaciones de Najibullah
Falto del apoyo militar directo de las tropas de la URSS, el actual dirigente afgano se encuentra ante la difícil tarea de defender Kabul y el resto de ciudades aún controladas por su gobierno con un ejército más numeroso que la guerrilla (unos 150 mil hombres) pero sobre cuya disciplina, moral, y entrega para el combate no dejan de arrojarse serias dudas. Hay quien afirma que uno de cada dos soldados puede llegar a desertar a medida que la presión guerrillera aumente.
Tal vez por ello, Najibullah crease escasos días antes del 15 de febrero un cuerpo especial de choque destinado a la defensa de la capital, bien armado gracias al material dejado atrás por los soviéticos, y con una fuerza humana de unos 20 mil hombres. Es más, en los días inmediatamente anteriores a la salida de las tropas de Moscú, el gobierno autorizó repartir armas entre los miembros de su partido, el PDPA. Así, 30 mil militantes comunistas habrían sido armados en Kabul y unos 15 mil en otras ciudades, dispuestos a "defender la causa por la que el pueblo ha sufrido tantas pérdidas", según la agencia TASS. El 5 de febrero, 10 mil hombres armados del PDPA desfilaban por el centro de Kabul entonando marchas revolucionarias y el propio presidente Najibullah, en traje militar de faena, enardecía a sus fieles para una batalla sin cuartel en defensa del partido y de su programa.
Posiblemente también en defensa de sus vidas mismas. En lo que parecen las últimas horas de la experiencia comunista en Afganistán, no todos los que se han beneficiado de una u otra manera de la misma han conseguido salir del país o tener los visados listos para escapar de una represalia y de las matanzas. No sólo los funcionarios del gobierno, sino también la pequeña burguesía enriquecida de las ciudades que, aún descontentos de Najibullah, encontraron en la experiencia centralizadora el medio para su prosperidad y a la que se hayan obligados a defender ante las amenazas del fundamentalismo y del tribalismo de la guerrilla. Además, el sangriento ejemplo de la toma de Kunduz por las fuerzas guerrilleras, el saqueo, la rapiña y las violaciones, ofrecen poco espacio para la esperanza de aquellos que aún quedan en los núcleos urbanos.
No obstante, durante los últimos momentos de la evacuación soviética se corrió el rumor de un golpe de Estado desde el propio gobierno contra su actual presidente, posiblemente encaminado a negociar con la guerrilla una salida no sangrienta para las ciudades. Pero de momento el rumor ha carecido de fundamento y de concreción. Las oportunidades para un acuerdo gobierno-mujaidines se perdieron bien antes de que los rusos se marchasen y ya nada hace que la guerrilla quiera sentarse a la mesa con Najibullah.
Todo lo contrario. Una de las medidas más recientes tomadas por Kabul avanza en la dirección contraria. Parece que para Najibullah es bastante lograr sobrevivir en sus bastiones urbanos, bien defendidos, con provisiones y equipos suficientes para aguantar un largo asedio, y confiar en que las crecientes diferencias entre los grupos de la guerrilla impidan una ofensiva frontal y decisiva contra las ciudades. De lograr aguantar unas semanas, unos meses, quizá se encuentre en capacidad de negociar acuerdos por separado con los diferentes señores de la guerra que se reparten el campo del país. De ahí que, lejos de abrir su gobierno, se haya decidido por renovarlo completamente dejando fuera a los 9 ministros no comunistas y escorando la composición de su gobierno de crisis hacia el ala más firme y contraria al fundamentalismo islámico, la facción Halq.
Mientras los mujaidines no se apoderen de un núcleo urbano de importancia -y que arrastre psicológicamente al resto-, Najibullah puede ostentar alguna esperanza.
El estallido de la guerrilla.
Efectivamente, la guerrilla no supo cómo obtener el control de una sola de las ciudades importantes durante la guerra con los soviéticos, y nada apunta a que esté capacitada ahora para hacerlo. Máxime si ni siquiera hay un acuerdo político y estratégico entre los distintos grupos sobre el plan a seguir en la lucha contra Najibullah, por no hablar de un arreglo político para la eventual transición del régimen actual a otro distinto, tras la caída de Kabul. La primera discordia se ha saldado con la falta de acuerdo entre los jefes políticos y militares sobre cómo y cuándo actuar contra las ciudades. Para unos, Jalalabad debe ser objetivo prioritario puesto que, una vez conquistada, Kabul caería como una fruta madura. Para otros es precisamente la capital el símbolo de la victoria y sobre la que se deben concentrar todos los esfuerzos posibles. Pero entre éstos, nadie ha decidido si atacar frontalmente la fortificada ciudad, cuyas defensas constan de cinco cinturones de seguridad defendidos cada uno por más de 3 mil soldados, o si someterla a un prolongado asedio para ir minando la resistencia de la población y agotar al régimen.
Abdul Haq, jefe en la zona en torno a Kabul de Hezbi Islami (el movimiento radical guerrillero encabezado por Heckmatiar) y buen conocedor de las capacidades de los 40 mil soldados que aguardan en Kabul un asalto mujaidin, prefiere esperar y recoger los frutos de los hombres que ha logrado introducir en la capital a modo de quinta columna y cuya misión es sembrar el descontento entre las filas de Najibullah, prometiendo una amnistía y mejores condiciones de vida a quien se pase a su bando.
Pero sin duda el gran fracaso de los grupos de la guerrilla ha tenido su expresión en las profundas divergencias políticas que han surgido a la hora de discutir el futuro del país tras Najibullah. Después de una intensa y larga preparación del primer Shura o consejo consultivo de Afganistán, ningún acuerdo salió finalmente de sus debates que concluyeron, asombrosamente, a los 50 minutos de abrirse la sesión.
El objetivo de la reunión era el nombramiento de un gobierno provisional que en plazo de pocos meses convocase elecciones en Afganistán así como la delimitación de la representación que cada grupo guerrillero tendría en el parlamento provisional, en el Shura. En principio, se había aceptado que cada una de las 7 fracciones guerrilleras de la Alianza contase con 60 escaños. Por su parte, los guerrilleros shiís, con base en Irán, habían demandado para ellos 120 escaños frente a los 60 que les concedía la Alianza. Negociando secretamente, el hasta hace escasos días presidente de la Alianza, Sebgatula Mojadedi, les ofreció 90 y sobre esta cifra sellaron el compromiso. Este trato secreto, indignó a los radicales de la Alianza (4 partidos) que lo consideraban una artimaña de Mojadedi (un moderado) para dotar de más fuerza a los moderados y cortar así las iniciativas de los radicales en el Shura. El resultado final fue la discusión abortada en el Shura y la dimisión obligada del presidente de la Alianza, Mojadedi, y con su caída, la dislocación del futuro esquema de gobierno afgano, ya que él sería el candidato a la Presidencia de Afganistán y un radical, Ahmed Shah, como contrapeso al frente del futuro gabinete.
Pero no sólo el fracaso de la reunión del consejo consultivo avivó también las diferencias entre los guerrilleros de la Alianza, basados en Pakistán, y los ocho grupos shiís que actuaban desde Irán. Tras la negativa de los radicales de la Alianza a concederles una mayor representación, Karim Jalili y los demás líderes shiís, abandonaron la ciudad paquistaní de Rawalpindi, donde se debía celebrar el Shura, sin que las presiones ni el gobierno iraní ni del paquistaní sobre los guerrilleros lograsen acercar sus diferencias.
De momento lo que queda claro es que, una vez desaparecido el enemigo soviético venido de Moscú, poco queda de común en la guerrilla, salvo la caída de Najibullah. Cualquier compromiso de reparto del poder parece condenado al fracaso al menos que se haga mediante las urnas, una posibilidad cada día más remota. Lo más probable es que, si cae algún día Kabul, las guerrillas se hagan definitivamente dueñas del territorio bajo su control, en una especie de "feudalización" del país, y que cualquier otro intento centralizador se tenga que hacer con las armas y en contra de los vecinos.
Todo el mundo espera un baño de sangre en Afganistán. Primero en la lucha contra el régimen títere de Moscú. Pero después en la lucha por el poder entre las guerrillas. Y tal vez sea desgraciadamente así. Pero también cabe pensar que tras la caída de Najibullah, la experiencia histórica de Afganistán evitará una sangría civil. La historia de Afganistán es la de una ficción. Nunca ha existido completamente como nosotros concebimos un Estado moderno, sino que el poder y la autoridad central han estado siempre muy mermadas en aras de zonas enteramente autónomas que funcionaban de forma cuasi soberana respecto al centro. Durante la resistencia antisoviética, los mujaidin se han guardado muy mucho de cruzarse en las zonas controladas por otros grupos guerrilleros, manteniendo dentro de lo posible, claras fronteras de influencia. No resulta, por tanto, ilógico imaginar que unos reinos de Taifas son posibles en Afganistán. Dado el nivel de armamento en el país, se evitaría una cruenta guerra civil. Es más, aún hoy los estados implicados indirectamente en la contienda ejercen una significativa influencia en los distintos movimientos que han apadrinado y podrían, si quisieran, jugar un papel moderador en el futuro del país.
Sin embargo, precisamente esa debilidad estructural del centro político afgano, ese tribalismo rampante y generalizado, hace aparecer su territorio apetitoso a los ojos de las potencias regionales. Pakistán ha estado siempre presente en la evolución del conflicto y atenta a los millones de refugiados afganos que se asentaban en su país huyendo de las fuerzas soviéticas, pero sin olvidar que parte de su suelo había pertenecido otrora a los afganos. Irán, libre de su guerra con Irak, ha dado un giro a su diplomacia, mostrándose crecientemente interesada por el desarrollo de los shiís entre la resistencia. Arabia Saudita, por apartada geográficamente que parezca, también tiene algo que decir a través de su apoyo al grupo musulmán Wahhabi.
La encrucijada de las ayudas.
Todos los actores quieren jugar su papel en la escena. Moscú no quiere cortar por lo sano y desentenderse, en un pésimo ejemplo para sus aliados, del régimen que ella misma ha impuesto, aunque el apoyo venga de otra manera. Los EE.UU. tampoco están decididos a abandonar por completo la guerrilla, aunque comiencen a mostrarse más cautos sobre el destino de las armas. Las Naciones Unidas claman por las catástrofes por las que pasa el pueblo afgano.
De hecho, la situación de Kabul y de otras ciudades, asediadas por la guerrilla, ha provocado que la ONU fletase aviones cargados de avituallamientos de primera necesidad con destino a Kabul y a fin de limitar los sufrimientos de la población. La primera reacción fue detener dichos transportes en Pakistán ya que la guerrilla se oponía a los mismos, por considerar que prolongaba el asedio y los sufrimientos mutuos. Lástima que, faltos de tacto político, estableciesen como condición para no atacar los vuelos, que se entregara a los guerrilleros el quíntuple de los que se enviase a Kabul. Al final los aviones despegarían de Pakistán pero la entrega de las mercancías se haría de una manera altamente discriminatoria, para evitar que el gobierno de Najibullah se aproveche de la misma (bajo control médico, repartida por medio de hospitales, etc.).
En cualquier caso, a Najibullah parecen sobrarle ahora mismo harina y municiones. Los soviéticos a través de un puente aéreo estuvieron depositando diariamente en Kabul cerca de 600 toneladas de materias primas alimenticias, que han sido almacenadas cara al cerco completo de la ciudad. Si a eso le sumamos las toneladas de munición, armamento pesado, carros, helicópteros y cazas que Moscú ha dejado tras de sí en Afganistán, se comprende la capacidad defensiva del gobierno del PDPA.
Precisamente ante este aprovisionamiento de material bélico, los EE.UU. han rechazado dejar de apoyar militarmente a la guerrilla, puesto que ésta se encuentra desigualmente abastecida y un embargo en la actualidad supondría una neta ventaja para las tropas de Najibullah.
El destino de Kabul
Sea como fuere, Moscú ha vuelto a promover en los últimos días un plan para el cese de las hostilidades en Afganistán. Justo cuando el Teniente General Gromov volvía su mirada a la tierra abandonada, el Kremlin hacía pública una declaración en la que expresaba su deseo de llegar a una solución pacífica para Afganistán y proponía un "alto el fuego entre los grupos afganos acompañado del cese de la ayuda militar a Afganistán desde terceros países, incluidos los EE.UU. y la propia Unión Soviética".
La misma oferta sería hecha directamente a los EE.UU. gracias a una carta personal de Mijail Gorbachov al nuevo presidente americano, George Bush. Sin embargo, la respuesta de la Casa Blanca sigue siendo la misma: no sería justo para la oposición a Najibullah.
No obstante, en Washington comienzan a oirse voces de preocupación frente a lo que se configura como una nueva fase en la guerra del pueblo afgano, la guerra que se hagan entre ellos una vez desaparecido el régimen de Kabul. Los EE.UU. han estado alimentando a la guerrilla con armas vía Pakistán. Allí, el material era distribuido según los designios de los militares paquistaníes que han ido en estos años a los cuatro partidos radicales de la Alianza guerrillera y en particular al liderado por Heckmatiar. Ahora que se trata de recoger los frutos de la lucha guerrillera y que un régimen moderado parece cada día más inviable, los EE.UU. se preguntan a quién deben apoyar. Y lo mejor parece ser no apoyar a ninguno en una lucha intestina que no tiene como enemigos ni a Moscú ni a Najibullah. Y, mientras tanto, someter a un estricto control todo lo que se envía a la guerrilla.
Pero el futuro del país no es para mañana, ni tal vez para pasado mañana, ni para el otro. Kabul no piensa rendirse y su conquista puede acarrear un baño de sangre, si es que llega a ser exitosa. El después es ya otra cosa. En cualquier caso, ni ese después, ni este ahora, puede ser mucho mejor que la situación de 1979. No, no se ha retrocedido 10 años en la historia. Es cierto, los soviéticos se han marchado, pero quedan los afganos, más y mejor armados que nunca.
(*) Rafael L. Bardají, Director, Grupo de Estudios Estratégicos