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Respondiendo a Mr. Jenkins: la decadencia de Europa no es una exageración
Colaboraciones nº 1755   |  12 de Junio de 2007
 
Se está produciendo una revolución ante nuestros ojos y si ha habido exageración ha consistido en no darse cuenta antes. Ahora está a pleno rendimiento. Está naciendo un nuevo hombre europeo, ¿se va haciendo una idea de cómo va a ser?
 
Philip Jenkins, un conocido estudioso y escritor, ha publicado su último libro: El continente de Dios: cristiandad, Islam, y la crisis religiosa de Europa. El Padre Neuhaus, uno de los líderes de la intelectualidad católica americana, ha escrito en su revista First Things un excelente artículo http://www.firstthings.com/article.php3?id_article=5488 en la esperanza de que el argumento del Sr. Jenkins sea correcto. ¿De qué se trata? Jenkins piensa que, citando a Mark Twain, las noticias acerca de la muerte de Europa son muy exageradas. ¿Lo son?
 
Dice el Padre Neuhaus: “A lo largo del libro, sobre la población y otras cuestiones preocupantes, Jenkins sugiere que no es la primera vez que ocurren y que la evolución no ha sido tan tremenda como muchos predecían”. Además, las naciones son capaces de integrar grandes minorías, destaca. Por otra parte, “Jenkins presta mucha atención a la supuesta muerte del cristianismo en Europa, señalando a muestras de renovación aquí y allá”. Finalmente, “Las perspectivas están marcadas por el elitismo que caracteriza el liderazgo en las sociedades europeas”.
 
“Nadie puede negar”, escribe Jenkins, “que las naciones europeas en las décadas por venir habrán de tener en cuenta aspectos de la cultura musulmana, o más bien de las culturas norteafricanas y asiáticas, traídos por inmigrantes musulmanes; pero esto es bastante distinto a prever una completa Islamización… A largo plazo, las presiones subyacentes favorables al acomodamiento y la tolerancia, serán difíciles de resistir”.
 
Otro argumento apuntado por el Sr. Jenkins es la posibilidad de hacer sitio a un Islam moderado en Europa. Para ilustrar esta consideración el nombre que plantea, de entre todos los posibles, resulta ser el de Tariq Ramadán.
 
Jenkins resume su esperanzadora posición: “Si juntamos todos estos elementos podemos imaginar una Europa en el futuro reciente que será cualquier cosa menos uniformemente secular. Mientras los musulmanes se involucrarán en el debate crítico acerca de su relación con la modernidad y argumentarán cómo su fe puede reconciliarse con las ideologías nacionales, los cristianos también redefinirán su fe y su papel público. Aunque el número de cristianos declinará, continuarán organizándose en grupos o movimientos que serán, quizá, más comprometidos y activos de lo que han sido durante mucho tiempo, transformándose en grupos de interés más identificables”. Aunque aumenten las dificultades para propiciar una presencia pública más notable de las religiones cristiana e islámica, sin embargo “el continente de Dios sigue teniendo más vida en él de lo que nadie hubiera pensado hace tan sólo unos años”.
 
El Padre Neuhaus sostiene: “Hay varios puntos en la argumentación de Jenkins que son poco convincentes. Se solapan pero hay siete u ocho. En primer lugar, las analogías que insiste en hacer con los Estados Unidos son poco más que distracciones. (…) Así, su comparación con la inmigración en los Estados Unidos es poco persuasiva”. Además: “Jenkins minusvalora gravemente la amenaza ideológico-religiosa del yihadismo”. Otro elemento en contra del razonamiento de Jenkins es: “que coloca muchas esperanzas en la aparición de musulmanes ‘moderados’. Su confianza en Tariq Ramadán y su visión del Euro-islam como una Europa religiosamente plural no es tranquilizadora. Ramadán tiene un pasado notorio por adoptar posiciones contradictorias, desde lo más pacífico hasta lo insurrecto”. Neuhaus señala por fin que, “Jenkins dice que la cristiandad europea debe acomodarse a convertirse en una minoría creadora. Por desgracia, en relación con el Islam, eso suena demasiado a aceptar su condición de ‘dhimis’”.
 
En conjunto, el Padre Neuhaus hace un buen trabajo al mostrar su escepticismo por algunos de los razonamientos de Jenkins. Sin embargo, desde un punto de vista europeo, se pueden decir otras cosas. Ahí van algunas.
 
Neuhaus aporta una lista completa de libros recientes sobre la decadencia de Europa. Cita a Bat Ye’or, Mark Steyn, Melanie Phillips, por supuesto George Weigel y Bruce Bawer, entre otros. ¿Significa esta tendencia algo por sí misma? ¿Acaso quiere decir algo que un grupo de gente eminente haya tenido al mismo tiempo una intuición sobre el mismo fenómeno? El Papa Benedicto XVI también ha escrito, y dicho, bastante sobre el asunto. De hecho, hace poco, dijo a los obispos europeos: “Europa ha emprendido un camino que puede llevarla a desaparecer de la Historia”. Crudas palabras, ciertamente. ¿Realmente piensa el Sr. Jenkins que la ‘moderación’ de Tariq Ramadán cambia algo a esto?
 
El Sr. Jenkins no parece entender correctamente la mentalidad de los europeos de nuestros días. El Papa, volviendo a él, ha llamado la atención sobre el hecho de que hemos estrechado demasiado el concepto de verdad a lo que puede ser empíricamente demostrable. En Ratisbona pidió una vuelta a una idea más abierta de la razón, que al menos admitiera la posibilidad del misterio de la fe. Y no son sólo las elites las que se rasgan las vestiduras ante tal postura, sino masas enteras. Jenkins no debiera olvidar además hasta qué punto es ajeno a los europeos el principio de ‘democracia desde abajo’. Un diario publica algo, lo creemos, y punto. Es así. Hay incluso una carencia dramática de contra-elitismo entre los medios más seguidos. Especialmente notable en el ámbito de la televisión y sólo paliada en algunos países como España, gracias a la radio.
 
Por estas razones, entre otras, muchos escritores necesitan la retórica. La retórica ha sido utilizada a lo largo de los tiempos por escritores y oradores para lograr persuadir a sus semejantes. Por desgracia, la corrección política y el poder de los medios dominantes sobre las conciencias, ideas y creencias la convirtieron en un arma insuficiente para defender la verdad. Concepto sospechoso entre nosotros, dicho sea de paso. Ya sabe, cada uno tiene ‘su’ verdad y ‘sus’ valores y hemos de aprender a entendernos. En breve, la demagogia anega cualquier intento de decir algo verdadero, y lo deshace casi inmediatamente. Por seguir citando a Twain: “Cuando una mentira ha dado la vuelta al mundo, la verdad todavía se está poniendo los zapatos”.
 
La retórica incluye, a veces, el recurso a la exageración o la hipérbole. Lo hace con la intención de despertar a las conciencias e incitar algún tipo de respuesta en el lector u oyente. Oiga usted Sr. Jenkins, ahí va una verdad: con independencia de lo estupendos escritores que son algunos, nadie escucha. No importa cuantos “Londonistan” o “America alone” se escriban, nuestros contemporáneos siguen pensando que todo va bien. Y tienen buenas razones para creerlo. Los últimos cincuenta años han traído una prosperidad desconocida y considerable a los pueblos europeos. En algunos países además, como el mío, brilla el sol y al infierno con el resto. Referencia, por cierto, que sólo oirá en este contexto. Nos hemos encontrado con un grado de riqueza con el que contamos y no queremos ser molestados. De manera similar hemos nacido en un mundo en el que la libertad y el Estado de Derecho son, más o menos, en algunos países más que en otros, parte del paisaje. Ve usted, Sr. Jenkins, creemos que estas cosas crecen en los árboles y nos sentimos en franquía para preocuparnos por el calentamiento global y echarles la culpa a los americanos por ello. De hecho, para echarle la culpa a los americanos de cualquier cosa: desde el clima a la política, pasando por las nuevas costumbres, tomadas de la televisión y adquiridas en establecimientos de McDonald’s.
 
Los europeos de hoy somos incapaces de entender lo que hace falta para construir una civilización. Nuestros sistemas educativos, públicos, han hecho mucho para lograr que la historia desaparezca de nuestras mentes. En consecuencia, nos cuesta mucho creer en nada artificial creado por el espíritu humano, como la Ley. Esto, desde luego, con la notable excepción de la ciencia pura, especialmente aplicada a la medicina, e incluyendo el aborto, que es, por supuesto, algo únicamente científico, y nada más. Las cosas están ahí para nuestro disfrute y ya está. Así que, exagerada o no, la verdad hay que decírnosla de vez en cuando, aunque nos traiga sin cuidado. Ni siquiera necesitamos drogas para olvidar, aunque sigan estando ampliamente disponibles.
 
El terrorismo, por ejemplo, no es una amenaza. Es tan sólo un cauce por el que expresar un miedo legítimo o  responder a un peligro exterior engendrado por el imperialismo o cualquier otra opresión. Por tanto, no se debe combatir a los terroristas sino entenderlos, de preferencia antes que le ataquen a uno. Y en eso podemos coincidir, en que es mejor morir entendiendo que sin enterarse de nada.
 
El filósofo español Marías dijo que siempre se puede contar con que a mucha gente no le interese la verdad. El escritor francés Revel dijo que siempre se puede contar con que a mucha gente no le interese la libertad. Mucha gente no es todo el mundo. Sin embargo, esa es la tendencia. Enfrentados a eso, ¿acaso no podemos decir algo aunque no se escuche? ¿No era esa la labor de los profetas? Se lo preguntaremos a Podhoretz que escribió un libro sobre ellos. No, espere, que ese es un neoconservador monstruoso, dejémoslo. O mejor, ¿no habría manera de acusarlo ante un tribunal internacional?
 
El Sr. Jenkins piensa que las predicciones apocalípticas son inapropiadas y no enteramente ciertas para el futuro inmediato. ¿Y algo más allá? Las tendencias en las costumbres, en el respeto por el Estado de Derecho, en las tasas de nacimiento, en el incremento de la inmigración, en la debilidad mental, son estremecedoras. ¿Deberían estos escritores esperar un lustro cuando no sabemos si la gente seguirá entendiendo lo que dicen? Ese es el problema con la decadencia. Se alcanza un momento en que las personas ya no son capaces de asumir lo que ocurre. Esté usted seguro, Sr. Jenkins, que este momento ha llegado para muchos. El instante en que ya no se comprende a los demás. Al final del Imperio Romano la calidad del latín decreció tanto que se desarrolló una especie de nuevo idioma. Eventualmente evolucionó en cada una de las lenguas romances. ¿No se pregunta qué sucedió antes? La gente no podía comunicarse. ¿Deberíamos esperar a entonces? Quizá eso sí fuera exagerado.
 
Por resumir, hemos dejado de tener creencias, sólo tenemos ideas, o así pensamos. Las sociedades tratan de manera distinta a ideas y creencias. Conocen intuitivamente a qué campo pertenece cada una. Las creencias se transmiten entre las personas mediante un lento proceso de transformación que permite su adaptación y aceptación. Se convierten así en raíces sólidas sobre las que asentarse. Las ideas, por su parte, son la invención de algunas personas, están sujetas a interpretación, son problemáticas, nunca seguras y siempre a punto de resultar vencidas por otra idea mejor. Difícilmente algo sobre lo que instalarse. Incluso la gente más capacitada para vivir de ideas, los filósofos, viven de creencias. Nosotros estamos haciendo ahora la experiencia de vivir de ideas. Ni siquiera las nuestras, lo que podría ser aceptable, sino las que distribuyen los medios dominantes. Más bien hacia la izquierda, por si no sabía.
 
Se está produciendo una revolución ante nuestros ojos y si ha habido exageración ha consistido en no darse cuenta antes. Ahora está a pleno rendimiento. Hemos cambiado el concepto de Estado de Derecho – muy fluido estos días -, modificado el significado del matrimonio, hemos rechazado la religión que sólo aceptamos como un resto del pasado, hemos olvidado la historia, no sabemos ya como hablar con propiedad, cómo construir un discurso que pueda ser entendido, no digamos ya ser bonito. Está naciendo un nuevo hombre europeo, ¿se va haciendo una idea de cómo va a ser?
 
¿Qué hacemos, entonces? Supongo que el propósito de todos esos libros que hablan de la decadencia de Europa es otra de esas frases de Mark Twain: “Siempre haz lo correcto. Les gustará a algunos. Y a los demás los dejará atónitos". Lamentamos mucho, Sr. Jenkins, que usted haya decidido estar entre los segundos.

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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