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La retirada soviética de Afganistán: ¿último acto o cambio de escenario?
Archivo nº 18   |  1 de Marzo de 1989
 

Revista Aeronáutica y Astronáutica, nº 579

La nueva política afgana del Kremlin
 
La salida simbólica de algunas unidades del Ejército Rojo de territorio afgano en septiembre de 1986, aunque más tarde reemplazadas por otras, marcó un cambio en la estrategia del Kremlin hacia el conflicto afgano. Ello y el clima creado por el nuevo liderazgo reformador de Mijail Gorvachov, inmediatamente alentó el optimismo sobre el fin del conflicto. La nueva estrategia de Moscú partía del reconocimiento de tres factores. En primer lugar, una situación militar de estancamiento. Aunque no se podía hablar de derrota de las fuerzas soviéticas, era notoria su incapacidad para imponerse a la resistencia y lograr por medios militares el objetivo de la intervención, la consolidación del régimen pro-soviético afgano. En segundo lugar, los costes en política exterior generados por la intervención, más gravosos aún si la Perestroika necesitaba de un período de distensión y de la colaboración activa de Occidente para tener éxito. Y tercero, los costes en la política interior. Pese a que las autoridades soviéticas primero suprimieron toda información sobre la guerra y más tarde trataron de recabar apoyo para ella, ésta se hizo crecientemente impopular. Tras más de 13.000 muertos, retirando sus tropas de Afganistán, Gorbachov no sólo eliminaba un motivo de descontento interno sino que incrementaba el consenso en torno a su liderazgo y a unas reformas que pueden tener importantes costes sociales.
 
Por otra parte, en la medida en que las prioridades inmediatas del Kremlin habían cambiado con el nuevo Secretario General, algunas de las causas que condujeron a la invasión habían perdido peso frente a sus costes tanto en política interior como exterior. Éstos eran lo suficientemente gravosos, sobre todo cara a la "Perestroika", para que Gorbachov estuviera dispuesto a asumir la pérdida de la excelente posición estratégica afgana, o la quiebra de la doctrina Breznev que supondría la caída del gobierno comunista. Tampoco le resultaban fundamentales los importantes intereses soviéticos en la explotación de materias primas. La nueva estrategia de Moscú daba prioridad a una resolución de la guerra que posibilitase la retirada de su contingente. Sin embargo, sus posibilidades de desentenderse del régimen de Kabul estaban limitadas incluso en contra de su voluntad.
 
Con la Perestroika haciendo crujir el mosaico multinacional soviético, el Secretario General no podía, ni puede permitirse la perspectiva de una Jihad en el sur de la Unión Soviética donde existen más de 40 millones de musulmanes. La frágil estabilidad del vientre de la URSS quedó demostrada por los disturbios antirrusos del Kazahistán en diciembre de 1986 y por los sucesivos choques entre azerís y armenios en el Cáucaso durante 1988. Una estabilidad que Moscú ve amenazada por intervenciones exteriores como se manifestó el 2 de junio de este mismo año en la protesta presentada a Turquía por la infiltración a través de su frontera de agitadores apoyados por Irán hacia Armenia(1). La preocupación es máxima, cuando se considera que el conflicto afgano había alcanzado en algunos momentos la frontera soviética y ciertos líderes de la guerrilla declararon varias veces su intención de extender la guerra a Samarcanda y Bokhara(2) Así la política soviética se encontró con la necesidad de garantizar en Kabul un régimen cuando menos no hostil, pero que no necesitase de la presencia masiva del Ejército Rojo para su supervivencia. Evidentemente no se trataba de renunciar gratuitamente a ninguna de las ganancias del golpe comunista de 1978, pero podían ser objeto de negociación con un límite: bajo ningún concepto se podía dar paso en Kabul a fuerzas proclives a continuar la guerra en el interior de la Unión Soviética.

Este objetivo exigía un nuevo líder y un plan de negociación. El primero llegó el 6 de mayo de 1986 cuando Brabak Kamal, el hombre que había abierto la puerta a los tanques de Moscú en 1979, fue sustituido al frente del PDPA (Partido Democrático Popular Afgano, comunista) por Mohammed Najibullah, general ex-jefe del KHAD (servicios secretos afganos). El objetivo del recambio era relevar a un líder que había sido incapaz de congregar un mínimo de apoyo en torno al régimen y dar un aspecto más nacionalista a éste que le permitiera aparecer como un interlocutor válido ante la guerrilla. En enero de 1987, el nuevo líder, inició una tregua y lanzó la "Política de Reconciliación Nacional". Ésta incluía una nueva constitución, una ley de partidos políticos y otras medidas, y culminó, tras la visita del líder afgano a Moscú en julio de 1987(3), con una oferta a la oposición para participar en un gobierno de Reconciliación Nacional. Por otro lado la oferta de paz coincidió con una intensificación de las operaciones militares. En el interior de Afganistán el Ejército Rojo se empleó a fondo para dejar hecho el máximo trabajo a sus colegas afganos ante una eventual retirada, empujando a la resistencia hacia la negociación. En Pakistán, el incremento de los bombardeos y las acciones terroristas patrocinadas por la KHAD (985 incidentes fronterizos en 1986 frente a 1.541 en 1987)(4) tuvieron también este último objetivo. Eran el acicate para que este país se sumase a las presiones sobre los afganos para conducirles hacia un acuerdo.
 
La tercera pieza de la nueva política del Kremlin hacia el conflicto pasaba por las negociaciones interpuestas entre Pakistán y Afganistán que se celebraban desde 1982 en Ginebra. Auspiciadas por un mandato de Naciones Unidas, el foro languideció hasta el cambio de la política soviética hacia el conflicto. Éste se reflejó en una lenta aproximación entre los calendarios de retirada propuestos en principio por Moscú (48 meses) e Islamabad (8 meses). Las perspectivas de solución se manifestaron cuando, en octubre de 1987, el Viceministro de Exteriores soviético, Yuri Vorotsov, en un encuentro con Michael H. Armscort, Subsecretario de Estado para Asuntos Políticos norteamericano, le comunicó que la ronda de negociaciones pakistaníes-afganas de febrero de 1988 debía ser la definitiva. El anuncio a finales de noviembre del General Najibullah, repetido por Gorbachov en la cumbre de Washington, de que las tropas soviéticas podrían dejar Afganistán en 12 meses, confirmó que las negociaciones podían concluir en breve.
El camino a los Acuerdos de Ginebra.
 
A finales de diciembre de 1987, pese al optimismo reinante, subsistían problemas para llegar a un acuerdo. El Kremlin unía la retirada a la formación de un gobierno de transición en el marco de la "Política de Reconciliación nacional" que les resultaba aceptable. La negativa de la guerrilla a participar en dicho gobierno bloqueaba las negociaciones. Las declaraciones del Ministro de AA.EE. soviético, Eduard Shevardnadze, en Afganistán el 6 de enero de 1988(5) desligando ambas cuestiones parecieron eliminar el problema y marcaron la renuncia soviética a obtener garantías sobre el futuro afgano a través de los acuerdos. Con la retirada a la vista, Moscú dependió desde entonces de la capacidad negociadora de Kabul para influir en ese futuro. La nueva posición soviética fue concretada por Gorbachov el 8 de febrero(6) ,que propuso un plazo de retirada de 10 meses a partir del 15 de mayo, si el acuerdo se firmaba antes del 15 de marzo.
 
Fueron los pakistaníes los que a principios de febrero resucitaron la cuestión del gobierno de transición, tanto para influir en el futuro afgano como porque una situación caótica desalentaría a los 3 millones de refugiados asentados en Pakistán de volver a su patria. Esto y la exigencia soviética del cese de toda asistencia militar a la guerrilla tras el acuerdo eran los dos principales obstáculos que persistían cuando se reiniciaron las conversaciones de Ginebra, con retraso, el 2 de marzo de 1988. Declaraciones del Presidente Reagan y miembros del Departamento de Estado(7) habían ligado esta exigencia soviética al cese de la asistencia militar al gobierno de Kabul. Pero a finales de febrero se detectó un cambio de posición de la administración norteamericana tendente a detener la ayuda sin una garantía real de reciprocidad. Ambos problemas se fueron resolviendo durante el mes de marzo. La exigencia pakistaní de un gobierno provisional se diluyó a medida que soviéticos y afganos incrementaron las presiones políticas y militares. La firme posición del Congreso de los EE.UU.(8) definitivamente sentó la "Doctrina de la Simetría", ligando el cese de la ayuda norteamericana a una decisión soviética equivalente. Su aceptación "de facto" por los soviéticos(9), supuso que los acuerdos no mermarían la capacidad militar de la guerrilla. Lo que no era sino una dificultad añadida tanto a las posibilidades de supervivencia del gobierno de Kabul, como a su capacidad negociadora.
 
El último empujón a las negociaciones dado en la entrevista de Tashkent entre el General Najibullah y Mijail Gorbachov condujo directamente a la firma de los acuerdos el 14 de abril. Los soviéticos se retirarían en un plazo de 9 meses a partir del 15 de mayo, comprometiéndose a tener fuera de Afganistán el 50% de sus tropas antes del 15 de agosto. Los acuerdos, compuestos de 4 documentos (3 firmados por Pakistán y Afganistán y una declaración de garantías firmada por la URSS y los EE.UU.) recibieron fuertes críticas por varias razones. Primero, prohibían expresamente el apoyo pakistaní a la guerrilla, pero no se hacía mención equiparable de la presencia del Ejército Rojo en Afganistán o de cualquier otra forma de intervención soviética. Segundo, preveían la vuelta de los refugiados en 18 meses, sin tener en cuenta a los que rehusasen regresar en ese plazo a la vista de las condiciones internas afganas. Tercero, sólo se mencionaba tangencialmente la retirada soviética considerándola un acuerdo bilateral entre Kabul y Moscú (10), referido exclusivamente, sin cuantificarlas, a las tropas uniformadas. En cuarto lugar, porque la "Doctrina de Simetría", afirmada por la declaración de George Schultz en Ginebra, no se incluía en el texto, con lo cual se podía considerar contradictoria con éste. Y quinto, no establecía ningún mecanismo de verificación fiable. Así, se podía prever que, pese a la aceptación soviética de la "Simetría", los acuerdos daban un amplio margen de maniobra a la URSS.
 
La retirada del Ejército Rojo.
 
El convidado de piedra de todo el proceso de Ginebra, la resistencia, recibió el acuerdo con escepticismo. Tras más de 8 años de lucha, las diferencias entre los 7 principales grupos guerrilleros aparecieron como un grave interrogante sobre el futuro afgano. Pese a los intentos unificadores en torno a la constitución de una alianza, la "Unidad Islámica de los Mujaidines de Afganistán", y un proyecto de gobierno de transición, las esperanzas de unidad no estaban en Peshawar, sede de la dirección de la resistencia. Si existían, estaban entre los comandantes del interior que habían tenido que colaborar durante la guerra. El fraccionamiento de la oposición, alimentado desde Kabul (11), sin duda favorecía las perspectivas de supervivencia de Najibullah, pero dificultaba a los soviéticos la posibilidad de encontrar un interlocutor con el que negociar el futuro del país.
 
El 15 de mayo, el Ejército Rojo comenzó su retirada de las 14 provincias donde estaba desplegado. Dos fueron las principales vías de evacuación, el paso de Salang, al norte de Kabul y la ciudad de Herat en el este del país. En la primera semana habían dejado Afganistán 1.300 soldados soviéticos (12). Pero la frontera no era cruzada sólo hacia el norte. Informes de inteligencia de finales de mayo, señalaban la infiltración de soldados soviéticos de origen centroasiático, difíciles de distinguir de los afganos, en el interior de unidades del ejército afgano con la misión de encorsetarlas. A la vez, se empezaba a poner en manos de Kabul grandes cantidades de equipo soviético. El Ejército Rojo se retiraba, pero estaba lejos de abandonar a sus camaradas afganos. La guerrilla, por su parte, mientras trasladaba sus arsenales al interior de Afganistán incrementó la presión militar especialmente en torno a la capital. A partir de mediados de mayo, los bombardeos sobre la ciudad se hicieron habituales, mientras se informaba de salidas de la aviación soviética para detener mujahidines en localidades próximas.
 
Dos meses después de iniciada la retirada, no había señales del previsto desmoronamiento del régimen de Najibullah. Pese a la actividad militar y a las divisiones en el seno del PDPA, el Presidente afgano, no daba muestras de excesiva preocupación. La guerrilla seguía siendo políticamente débil. El anuncio de la formación de un gobierno interino hacia finales de junio, interpretado por muchos analistas como una mera plataforma para reclamar la gestión de los fondos para la reconstrucción del país, no ocultó las permanentes divisiones de la alianza mujahidin (13). En Washington comenzaba a cuestionarse la misma eficacia militar de la resistencia cuando tras repetidos anuncios de una ofensiva general, su realización parecía alejarse. Pero sobre todo preocupaban las consecuencias del apoyo pakistaní a Gulbuddin Heckmatyar, líder de Hezb-i-Islami, uno de los grupos más anti-occidentales y donde se barajaba la idea de extender la Jihad a la URSS.
 
En julio, la presión sobre el régimen de Kabul aumentó según el número de tropas soviéticas evacuadas del territorio afgano, 30.000 el 29 de junio según fuentes del Ejército Rojo, disminuía la capacidad militar comunista. Mientras los bombardeos sobre Kandahar se intensificaban esperando la completa salida soviética para asaltarla, en el Este se especulaba con la caída de Jalalabad en manos rebeldes. El empeoramiento de la situación se reflejó en el artículo del Mayor General Tsagolov publicado en Ogoniok (14), donde se dudaba de la permanencia del régimen comunista tras la retirada. Para mediados de agosto, los soviéticos concentraban el 40% de sus efectivos en torno a la capital (15), donde se depositaba la mayor parte de la legitimidad del gobierno y, por tanto, buena parte de su capacidad para sobrevivir y negociar. La crisis estalló a solo dos días del fin de la primera fase de la retirada en el Norte. Grupos guerrilleros de Jamiat-i-Islami, dirigidos por Ahmad Shad Massud ocuparon Kunduz. Era la primera capital de provincia tomada por los rebeldes. Sin embargo, el día 14 de agosto el General Gromov, jefe del contingente soviético, negaba toda posibilidad de que sus tropas se comprometieran en la reconquista de la ciudad y declaraba concluida la primera fase de los acuerdos de Ginebra. La presencia de tropas del Kremlin se reducía a sólo 6 provincias en tres núcleos y un corredor desde Kabul al Norte.
 
La ocupación de Kunduz apenas duró dos días. El 15 de agosto Najibullah aseguró que Kunduz había sido recuperada por tropas afganas. El respiro fue breve. A principios de septiembre un aumento de los bombardeos y las incursiones sobre la capital señaló un incremento de la acción guerrillera. La retirada soviética se detuvo a finales de mes. Pese a ello la situación militar siguió empeorando en octubre. El aeropuerto de Kandahar fue cerrado al tráfico civil y se extendieron rumores sobre la caída de Tarin Kot, la capital provincial de Uruzgan. El 27 llegó a Afganistán, Yuri Vorontsov, en calidad de nuevo embajador de la URSS. Su misión era obtener de la guerrilla alguna garantía para Kabul que permitiera reanudar la retirada antes de que el invierno lo imposibilitase. Su fracaso y la recuperación soviética de protagonismo en los combates hizo inevitables las declaraciones del Primer Viceministro de AA.EE. soviético, Aleksander Bessmertnij, el 4 de noviembre (16): la retirada soviética de Afganistán quedaba suspendida.
 
El intrincado futuro afgano.
 
El anuncio de Bessmertnij declaraba el fracaso de Najibullah para garantizar su permanencia en el poder sin un masivo apoyo exterior. Ni siquiera el asesinato por desconocidos del General Zia-ul-Haq que reforzó a los grupos pakistaníes deseosos de llevar a la guerrilla a la negociación le había permitido mantenerse en posición de llegar a algún acuerdo. Ello llevó a Moscú a buscar un recambio a Najibullah, más aceptable para la guerrilla que el antiguo jefe del KHAD. Hacia finales de septiembre se barajaban varios nombres, como el del Vicepresidente Abdul Rahim Hatif, o incluso algún personaje no perteneciente al PDPA. Sin embargo la operación fracasó cuando la reunión del Comité Central del Partido, a principios de noviembre, reforzó la posición de Najibullah. Sin embargo, con o sin él, el Kremlin continúa tratando de negociar con la guerrilla. Durante el reciente viaje de Gorbachov a la India, el Secretario General propuso la celebración de una conferencia internacional con participación de todas las partes implicadas en el conflicto (17). El panorama no pareció muy prometedor para la propuesta cuando Abdul Had, uno de los comandantes del interior, al día siguiente de la oferta del Secretario General, pidió negociaciones directas. A principios de diciembre, esta petición era atendida iniciándose contactos en Arabia Saudí.
 
Los soviéticos reanudaron unas pocas semanas más tarde su retirada confiando en alcanzar una solución negociada que permitiese una participación comunista en el futuro gobierno de Afganistán. Pero las conversaciones con la guerrilla estaban suspendidas a principios de 1989. La victoria estaba demasiado cerca para que los mujahidines estuvieran dispuestos a cambiarla por un acuerdo. A la vez, la presión militar sobre el gobierno de Kabul se elevaba. La capital comenzaba a sufrir esporádicas carencias de alimentos y la baja moral de las fuerzas armadas del PDPA se traducía en deserciones.
Aún con ello, Moscú aceleró la evacuación. A primeros de febrero, sus efectivos en Afganistán se reducían a 10.000 soldados (18) y su personal diplomático a 100 funcionarios. Las unidades soviéticas sólo se comprometían en combate para asegurar su retirada y se esperaba que esta se completase antes de lo previsto. En cualquier caso la ayuda soviética continúa llegando a la capital en forma de pertrechos militares y víveres. La ausencia de moral de combate y la escasa fiabilidad política del Ejército Afgano llevó en las mismas fechas a Najibullah a crear una fuerza de elite que se encargara de su seguridad personal (19). Mientras, se incrementaba la leva de civiles y el adiestramiento militar de los miembros del Partido. Kabul se está preparando para resistir.
 
Pese a la frenética actividad diplomática soviética, las posibilidades de negociar un nuevo gobierno con participación de comunistas es ahora más escasa que nunca. Los mujahidines rechazan su presencia en cualquier órgano de poder. La alternativa que se les ofrece a los soviéticos, forzar el abandono total del poder por el PDPA, es demasiado humillante para ser aceptada, máxime si se tienen en cuenta las tensiones que ya provocó la propia retirada en las filas del Ejército Rojo (20). Ello supondría, además, perder la única pieza de cierta fiabilidad para Moscú en el tablero afgano. Los soviéticos pueden estar dispuestos a sacrificar a Najibullah, pero difícilmente a condenar por su propia mano a todo el régimen. La guerrilla, por su parte, parece más dividida que nunca. Las críticas de los comandantes del interior hacia sus dirigentes políticos han aumentado. Gorbachov no tiene ante sí un movimiento unificado con el cual poder alcanzar un acuerdo sino un conjunto de grupos dispares cuyo único elemento en común es el rechazo a la presencia extranjera en su suelo. Estas diferencias no sólo han hecho inútil los planes del Kremlin para garantizarse un Afganistán no hostil en el futuro sino que están impidiendo lograr un mínimo acuerdo sobre el régimen que ocuparía el lugar del PDPA. Parece poco probable que en estas circunstancias las presiones pakistaníes y la mediación de la ONU vayan a tener éxito.
 
El PDPA podría mantenerse en el poder más de lo que se prevé. La guerrilla se ha mostrado incapaz hasta el momento de ocupar ciudades importantes y los soviéticos pueden seguir prestando apoyo aéreo al régimen de Kabul. Además, no hay duda de que hay sectores de la población afgana lo suficientemente comprometidos con el régimen como para que de la supervivencia de éste dependa la suya propia. Esto podría ayudar a los comunistas a permanecer más tiempo en el poder; pero difícilmente aumentaría sus posibilidades de lograr un acuerdo con la guerrilla. Los mujahidines han esperado diez años para derribar el régimen del PDPA bajo la ocupación del Ejército Rojo y es difícil imaginar que renuncien a una victoria total por dificultades de última hora. Si, como es probable, esta tiene lugar, Gorbachov puede encontrarse con un torbellino integrista agitándose a las puertas de una región tan sensible como el Khazakistán, donde ya han comenzado a surgir grupos nacionalistas al amparo de la política de Perestroika (21). Un panorama nada tranquilizador.
 
No obstante parece que existe una forma de escapar a tal perspectiva en la que los soviéticos llevan trabajando algún tiempo. En el Norte del país existe una franja bajo fuerte control comunista, en torno a la ciudad de Mazar e-Sharif, que ha recibido entidad administrativa propia y para la que se creó una "representación del Consejo de Ministros para el Norte" el mismo día que se iniciaba la retirada soviética (22). Un área donde ya se han empezado a evacuar a las familias de los miembros del Partido en Kabul y que ha venido siendo fortificada desde mediados de 1988.
 
Los soviéticos tienen los ingredientes para crear una franja, del estilo a la establecida por Israel en el sur del Líbano. Ante la debacle del gobierno de Kabul, los elementos más duros del régimen podrían retirarse a esa zona. De esa forma, la franja cumpliría una función esencial, impermeabilizaría la frontera frente a las incursiones mujahidines, y todavía dejaría algo que decir a los soviéticos en los asuntos afganos. No es paz, pero posiblemente lo más parecido a ella que Gorbachov podría conseguir para su frontera suroccidental. Eso si el desmoronamiento del régimen no es tan rápido y definitivo como para que no quede nada que salvar. Probablemente, el Secretario General desearía volver a los tiempos en que Afganistán era un vecino tranquilo y casi complaciente. Pero el golpe de estado de Mohamed Taraki abrió la caja de Pandora afgana y ahora no se puede cerrar. Alguien debería haber creído en el Kremlin en aquel viejo proverbio hindú: "De la picadura de la cobra y de la venganza del afgano, líbrennos los dioses".
 
Román David Ortiz Marina
Investigador
Grupo de Estudios Estratégicos
 
Notas
(1) Foreign Report, 2 de junio de 1988
(2) The Economist, 25 de junio de 1988
(3) El País, 22 de junio de 1988
(4) Afganistán: eight years of Soviet occupation Washington D.C. U.S. Department of State, december, 1987. En realidad las incursiones de las Fuerzas Armadas de Afganistán continuaron durante el año 1988 con creciente intensidad. La incursión más profunda en territorio pakistaní por la aviación de Kabul se produjo en junio de ese año. En International Herald Tribune, 2 de junio de 1988
(5) International Herald Tribune, 8 de enero de 1988
(6) International Herald Tribune, 9 de febrero de 1988
(7) International Herald Tribune, 4 y 8 de enero de 1988
(8) KLASS, Rosanne "Afganistán: The Accords" en Foreign Affairs, (Summer 1988)
(9) Agencia Oficial de Noticias de Pakistán, 7 de marzo de 1988
(10)Acuerdos sobre Afganistán, versión inglesa, U.S. Departament of State
(11) Internacional Herald Tribune, 16 de febrero de 1988
(12) The Economist, 21 de mayo de 1988
(13) The Economist, 25 de junio de 1988
(14) International Herald Tribune, 25 de julio de 1988
(15) International Herald Tribune, 15 de agosto de 1988
(16) El País, 5 de noviembre de 1988
(17) El País, 21 de noviembre de 1988
(18) The Economist, 4 de febrero de 1989
(19) El País, 2 de febrero de 1989
(20) Foreign Report, 2 de junio de 1988
(21) Foreign Report, 5 de enero de 1989
(22) El País, 16 de agosto de 1988
 


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