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Justa muerte final para un mal proyecto de Ley Migratoria en EEUU
Colaboraciones nº 1751   |  11 de Junio de 2007
 
El cacareado proyecto de Ley de Reforma Migratoria no ha pasado hoy los votos necesarios en el Senado de los Estados Unidos. Al igual que ya ocurrió con la errada nominación judicial de George W. Bush en la persona de Harriet Miers para el Tribunal Constitucional -decisión que luego hubo de remendar el propio Presidente Bush-, también esta vez la base social conservadora ha exigido a sus senadores cordura logrando así detener un proyecto de Ley que favorecía la amnistía y la ilegalidad. La impactante noticia, inesperada por muchos demócratas y algunos republicanos despistados, demuestra que la escisión ideológica del Partido Republicano resultará, a la larga, positiva para recuperar los principios conservadores y para optar con el empuje ciudadano a ganar las elecciones presidenciales de 2008.
 
El líder de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid, impactado ante la falta de votos para pasar el proyecto de ley migratoria.
 
Como suele ocurrir en toda verdadera democracia representativa, la voz del pueblo acaba oyéndose en Estados Unidos y los políticos acaban viéndose obligados a escuchar a la ciudadanía. En esta misma columna, Diario de América les contaba ayer los peligros del proyecto de Ley de Reforma Migratoria, debatida estos días en el Senado. Advertíamos de la capacidad divisoria de esta iniciativa legislativa en lo político.
 
No han pasado ni 24 horas y ese proyecto de ley, tan mal trazado como precipitado, no ha avanzado en el Senado y por tanto ha quedado muerto y, con toda seguridad, apartado ya para nueva ocasión en los próximos meses. El mal llamado proyecto bipartidista quedó estancado cuando el Senado quiso seguir añadiendo enmiendas y no aceptó limitar ese debate. Sólo 45 senadores votaron por aceptar la aprobación frene a los 60 votos que se necesitaban para alcanzar una decisión rápida sobre la iniciativa y aprobarla para trasladarla al Congreso.
 
Se trataba del segundo fracaso en un mismo día para los partidarios del proyecto de ley en sus esfuerzos por limitar el debate y meter con calzador un proyecto que cada vez presentaba más dudas y menos coherencia. Ya en la sesión matinal del jueves los senadores habían rechazado la iniciativa por 63 votos contra 33.
 
Como es de esperar, las agencias de noticias y la prensa en general indicará que este fracaso por reformar el sistema de emigración de Estados Unidos no es del Partido Demócrata sino más bien de George W. Bush y del Partido Republicano. Nada más lejos de la realidad. De hecho, algunos demócratas –incluido el líder de la mayoría Harry Reid- ya se han apresurado a afirmar que se trataba de un proyecto de Bush y no de ellos. Sin embargo, la realidad es que el arquitecto de este fracasado proyecto legislativo ha sido, otra vez, el senador Edward Kennedy.
 
Prueba de cuanto decimos es que incluso el senador republicano Jon Kyl, que en principio había colaborado desafortunadamente en la redacción del proyecto, votó en contra respecto a pasar la ley sin discutir más enmiendas. Lejos de ser éste un proyecto de ley bipartidista, se trataba de un proyecto con la impronta del Partido Demócrata y que a lo largo de unas enojosas 790 páginas trazaba un farragoso plan de amnistía con la mirada puesta más en electoralismos que en un verdadero interés por solucionar el problema.
 
El líder de la mayoría demócrata Harry Reid señaló su profunda desilusión por la imposibilidad de aprobar el proyecto y anunció que lo retiraría a fin de que el Senado pueda proseguir con otros asuntos y temas. Por su parte, el líder de la minoría republicana -Mitch McConnell- aseguró que las prisas en el proceso no habían beneficiado a nadie al poner en peligro el frágil compromiso que ambos partidos habían creado. En su empeño de no querer reconocer su fracaso, el senador demócrata Edward Kennedy dijo que seguiría promoviendo la legislación.
 
Durante las sesiones, los legisladores ya aprobaron varias enmiendas que no hicieron sino complicar más el apoyo final y sacar a la palestra la realidad de una ley preparada a finales de mayo entre bambalinas y casi secretamente, sin los necesarios mecanismos de audiencias en el Senado y otros medios comunes para este tipo de proyectos de ley. Todo eso se presentó como un pacto bipartidista que no ha resultado ser ni tan bueno ni tan consensuado como se decía.
 
En último término, se trataba de mucha demagogia y poca efectividad. Los votos de hoy en el Senado resultan ser una victoria para la ciudadanía, en especial la base conservadora, que encuesta tras encuesta se oponía consistentemente a las condiciones de este proyecto de Ley desde que se anunciara a finales de mayo. Estamos así ante una victoria para la democracia representativa norteamericana y para el Estado de Derecho que juzga que no debe recompensarse a quienes quebrantan la ley cualquiera que sea el fin que tengan para ello.
 
Los votos de hoy han sido, a su vez, un gran triunfo para la mayoría de la ciudadanía de los estados fronterizos con México, para esos votantes que en inmenso número se oponían a este proyecto de ley y que así se lo hicieron saber a sus senadores. Ese movimiento cívico con millones de llamadas a las oficinas de los senadores, con correos y mensajes a sus representantes para detener este proyecto ejemplifica la grandeza de un sistema verdaderamente democrático en el que ni siquiera la voluntad del Presidente y de muchos de los senadores republicanos -errados en este particular- ha podido con la fuerza de la ciudadanía votante de ese mismo partido.
 
Frente a la complacencia y el creer que los políticos y el Gran Gobierno solucionará los problemas de la ciudadanía, el pueblo norteamericano ha demostrado estar pendiente de los acontecimientos de la vida política. Aunque es cierto que había un sector del Partido Demócrata –en especial los sindicatos- bastante descontentos también con este proyecto de ley, la fuerza para detener esta iniciativa legislativa ha venido fundamentalmente de la derecha conservadora de los Estados Unidos, capaz de hacer reaccionar a sus senadores y poner en jaque hasta a su mismo Presidente, aunque sea de su propio partido.
 
La cuestión de la emigración, como apuntaba ayer Diario de América, requiere de una serie reflexión y de un plan serio que empiece por apuntalar la seguridad fronteriza y que haga cumplir la legalidad en todos los frentes, desde la ciudadanía a los negocios privados, pasando por todas las necesarias fórmulas para promocionar la emigración legal y acabar con la ilegal. En los próximos meses, varios senadores demócratas como Harry Reid y Ted Kennedy intentarán retomar este asunto. Por ahora, el pueblo ha hablado y los políticos en Washington no han tenido otro remedio que escuchar a sus votantes.

 
 


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