Aunque la orquesta del Titanic siga tocando mientras se hacen chistes sobre el iceberg, se ridiculiza el nivel de escora, se mitifican los botes de salvamento y, todo lo más, se admite discutir sobre la fortaleza del casco del buque, ha sido una historia de rendiciones.
ETA ha frenado en seco la estrategia antiterrorista de José Luis Rodríguez Zapatero, que en realidad ha consistido, y consiste, en la vieja filosofía del apaciguamiento.
Ese apaciguamiento, que tantas lecciones nos ha dejado en la historia de que es el camino más corto a la confrontación total, sigue fuertemente inscrito en los genes ideológicos de la izquierda. Y no sólo de ella; sintoniza bien con sectores de la sociedad que prefieren desconocer los problemas a enfrentarse a ellos y, además, es la base de un discurso trampa que repite que los que se oponen al apaciguamiento se oponen a la paz, creando un difícil clima para explicar la necesidad de la defensa de las normas y las instituciones como primera barrera contra el fanatismo terrorista. Además despoja de todo sentido moral a la lucha contra el crimen de coartada política y profundiza con todo ello la debilidad de las sociedades para hacer frente, con abnegación, sacrificio y ganas de victoria a los planes para destruirla.
Por primera vez en la historia del terrorismo nacionalista vasco, la banda armada sale reforzada, “militar” y políticamente, de un intento más de engañar al gobierno con una tregua para “la paz”.
Desprecio del rol de la propaganda como arma
La lucha contra el terrorismo en España, que ha venido convirtiéndose en los tres últimos años en una serie de cesiones a los violentos enmascaradas en una especie de campaña para seducir a los partidarios del terror y “convencerles” de las ventajas de la vida democrática y civilizada, es cada vez mas objeto de un debate en el que se rozan los argumentos surrealistas. Como, además, por parte de los defensores de la negociación con los terroristas, ésta se explica con mentiras envueltas en falsedades y justificadas con la mitología nacionalista, la discusión acaba en un bucle, no solo melancólico que diría Jon Juaristi, sino al servicio de la propaganda de los pistoleros.
Porque es precisamente en este terreno, en el de la propaganda, instrumento supremo del terrorismo, donde encallan todos los proyectos de procesos “de paz”, y donde se pierden todas las batallas de seducción, aunque fueran de buena fe.
Y es esta incomprensión, o desprecio, de la propaganda como objetivo estratégico de los terroristas, lo que hace reales las acusaciones de rendición aunque a primera vista parezcan exageradas, catastrofistas y, desde esta apariencia, manipuladas, descalificadas y ridiculizadas por los canales ideológicos de los partidarios de una “incorporación del tejido de la violencia al sistema democrático”.
Durante los años de gobierno del presidente Aznar, que se hicieron tan largos para los socialistas, era frecuente escuchar a los dirigentes del PSOE, el mismo que había firmado el Pacto en Defensa de las Libertades, el Pacto Antiterrorista, afirmar que, en el fondo, el PP se equivocaba. Aseguraban sin el menor embarazo que la política de Aznar de dureza contra el nacionalismo y firmeza en todos los frentes contra su variante terrorista, proporcionaba votos al nacionalismo radical y no contribuía a avanzar hacia la derrota del terrorismo. “Política –afirmaban- hace falta mas política y menos dureza legal y policial”. Política era la palabra mágica y ahora vemos en todo su esplendor lo que querían decir.
Es una obviedad afirmar que el terrorismo, y por lo tanto la lucha contra él, tiene no solo una dimensión policial, judicial y social, sino, además, moral, política y, en gran parte, de propaganda. Pero esta obviedad no parece ser admitida por todos o, al menos, algunos actúan como si despreciaran está siempre afirmación.
Contra lo que algunos parecen pensar, el terrorismo hace tiempo que desechó la idea de tomar el poder directamente por las armas, es decir que no considera seriamente un proceso que acabe con el asalto armado a las instituciones del poder, arriar la odiosa bandera, izar la propia y recibir al enemigo para firmar la rendición. No es así; el terrorismo, ni el clásico del cual ETA es uno de los epígonos, ni el del fanatismo islamista, se mueven con ese guión.
Y, cuando lo hicieron, esa perspectiva fue lejana. No hay demasiados ejemplos de terroristas tomando directamente el poder en una acción armada, aunque si ocupándolo como consecuencia de un hundimiento del sistema a que fue conducido por acciones combinadas de terrorismo, agitación, crisis económicos de un lado y cobardía, renuncias, ensoñaciones y debilidades de otro.
Los movimientos terroristas siempre supieron que la violencia era el instrumento clave para hacerse con el poder, no necesaria e inevitablemente como producto de un asalto final armado, sino como producto del caos en las filas enemigas donde la violencia introduciría contradicciones, miedo, cobardía, parálisis y rendición final. De ese caos nacerían las condiciones para tomar el poder y esa toma podía ser armada, política, a través de elecciones incluso y con plena apariencia democrática, o como resultado de un insoportable vacío de poder. Ejemplos hay en la historia de todos esos casos, mitificados convenientemente por los exegetas de la violencia. Cuando Marx afirmaba que “la violencia es la partera de la historia” estaba dando un diagnóstico y ofreciendo una receta que Mao lleva hasta el extremo en su afirmación de que “el poder nace en la punta del fusil” pasando por todas las recomendaciones organizativas del “Qué hacer” de Lenin, manual del cinismo y la impiedad revolucionaria en el que todo, desde el crimen a la mentira, vale para hacerse con el poder en nombre de la santa causa.
Para que este proceso madure, la propaganda fue siempre clave en el terrorismo, entendida esta como ocupación de espacios mediáticos, colocación de sus mensajes como explicaciones “verdaderas” de la realidad, dosis de guerra psicológica contra los mensajes del “enemigo”, deslegitimación de las razones del adversario en la misma medida en que se hacen aparecer los crímenes llenos de razón o, al menos, como productos de una realidad sociológica “inevitable” (injusticia histórica, agravio étnico, racial o de clase social, o reacción desesperada ante la supuesta opresión).
Esto siempre ha quedado de manifiesto para los estudiosos del fenómeno aunque no se sabe si para los actuales gestores de la lucha contra el terrorismo en España:
Desde la aparición del primigenio terrorismo anarquista, concebido por sus autores como “propaganda por el hecho”, hasta prácticamente la actualidad ha existido una notable certeza acerca de la vertiente esencialmente comunicativa de toda violencia terrorista. La comisión de todo tipo de actos de violencia indiscriminada buscaba no sólo la propagación ilimitada del miedo y la ansiedad en sus víctimas, sino la transmisión a una audiencia mayor de un mensaje más o menos elaborado a través de la agresión contra determinados colectivos, individuos o símbolos. A ello debe sumarse la primacía informativa que tradicionalmente ha recibido la violencia terrorista en los medios de comunicación de masas, autentica “llave maestra” que ha permitido a los grupos terroristas copar el espacio mediático y establecer una comunicación directa con la ciudadanía a través de la propagación de su ideario y reivindicaciones. (1)
La orquesta del Titanic
La historia de la gestión de la política antiterrorista del gobierno de Rodríguez Zapatero es una historia de rendiciones. Aunque la orquesta del Titanic siga tocando mientras se hacen chistes sobre el iceberg, se ridiculiza el nivel de escora, se mitifican los botes de salvamento y, todo lo más, se admite discutir sobre la fortaleza del casco del buque, ha sido una historia de rendiciones.
Porque despreciar los gestos formales de cesión dado que, “en lo fundamental” no se cede es, además de una ingenuidad, una solemne demostración de desconocimiento del terrorismo. Cuando, veinticuatro horas antes del cese de Fungairiño en la Audiencia Nacional, Arnaldo Otegui recordaba a Rodríguez Zapatero su compromiso en este terreno y el presidente se apresuraba a dejar caer en fiscal jefe, ¿se cedía en lo fundamental?... No. Pero fundamentalmente se cedía.
Es decir, no se trataba para ETA de ocuparle al gobierno el cuartel general, pero sí probar que se podían tomar posiciones en una cota simbólica para su propaganda. Se arrancaba al gobierno un símbolo, demostraba a los suyos que podía hacerlo y humillaba al adversario.
Pero eso no fue más que el inicio del camino. Ya se había roto el Pacto Antiterrorista, se colocaba al PP en el punto de mira y se le aislaba, se le denominaba derecha extrema, y ahora se cedía en Cataluña el espíritu constitucional con una vertiente de mensaje hacia el terrorismo vasco, se hacían cesiones en la política penitenciaria en una carrera cuya guinda mas escandalosa ha sido el asunto de De Juana Chaos, el ex sargento de las Ertzaintza que fue uno de los pistoleros insignias de ETA rescatado ahora por la banda para una operación propagandística con éxito en todos los frentes establecidos y se hacía una complicada trampa jurídico electoral para que ETA tuviera listas municipales mientras se abría una posibilidad de pacto PSOE-Nacionalismo en Navarra y se hacían continuos gestos de “comprensión” de los agravios del nacionalismo.
Cuando el Fiscal General del Estado afirma que algunos quieren hacer de la ley de partidos un “Guantánamo” entrega a la propaganda terrorista una pieza de oro. Como icono es impagable y por eso la reacción del entorno de ETA ha sido fulminante. En cuestión de horas se apropiaron del término y calificaron al fiscal general de… “fascista”. La lógica se ha cumplido una vez más. La izquierda, priorizando el ataque a la derecha nacional frente al terrorismo nacionalista, le hace a éste un regalo impagable y recibe de los criminales el peor de los insultos para ellos. No hay mejor ejemplo del enorme error que comete el gobierno socialista en su tratamiento del terrorismo y sus crímenes.
Precisamente en torno a esta denuncia de la cesión ante el terrorismo se ha venido desarrollando un sofisma que ha calada en determinados sectores y que algunos sedicentes intelectuales enarbolan sin el menor sonrojo. “Se acusa –dicen- al gobierno de que no hace mas que ceder y anuncian toda clase de catástrofes y ahora los terroristas dicen que vuelven a matar”. Y, concluyen: “…esta es la demostración de que el gobierno no ha dado nada a los terroristas sino que se ha mantenido fuerte”. Es increíble pero es verdad. No se paran un segundo a pensar que precisamente porque ha cedido, aunque nunca lo suficiente desde el punto de vista de los terroristas, aumentan la presión para ver si ganan más ni que la supuesta tregua actual no es fruto de aquellas cesiones sino la prolongación propagandística de una situación de hecho en que la banda terrorista fue colocada al borde de su derrota por la alianza de PP y PSOE en el Pacto Antiterrorista.
Tras el asesinato de Miguel Blanco se produjo un efecto catalizador de todas las energías de la sociedad española en una sola dirección: la de la necesidad de derrotar al terrorismo de una forma irreversible. Cambió la emocionalidad y el impulso colectivo, se recuperó la iniciativa psicológica, cristalizó una voluntad nacional democrática hasta el punto de que en el propio País Vasco se manifestaron decenas de miles de personas exigiendo el fin de los crímenes, rodearon las herriko tabernas, derrotaron en las calles a quienes hasta entonces se habían apoderado de ellas y crearon un clima nuevo. A caballo de aquella reacción nació una política antiterrorista mas decidida aún y que pasaba por la presión a ETA en todos los frentes: el policial, el judicial, el financiero, el político y, lo que era mas importante, el emocional y el ideológico, entendido este último como la recuperación de orgullo de proyecto nacional democrático y la decisión de discutir punto por punto el cúmulo de falsedades, tópicos, sinrazones y argucias que han construido y alimentan el mito nacionalista.
Todo esto lo dilapidó el presidente Rodríguez Zapatero en un santiamén y ahora que ETA ha dado el portazo no parece en la mejor de las situaciones para volver a aquella situación y a aquel capital político que costó tanto acumular.
ETA, fortalecida
De cada una de sus treguas anteriores ETA salio debilitada. Aún tras el episodio errático de las negociaciones de Argel seguido de una ofensiva terrible del terrorismo, la banda terrorista recibió golpes policiales casi definitivos, perdió terreno en sus relaciones internacionales, se creó en aquel momento una brecha importante con un sector del nacionalismo vasco y se dio paso a un estrechamiento de la colaboración España-Francia en el terreno anti ETA sin precedentes hasta ese momento.
Ahora la situación es diferente. Aunque ETA, como en cada tregua, ha reforzado su capacidad organizativa y logística, ha intentado rearmarse con un éxito parcial y ha intentado redibujar sus mecanismos de seguridad en un intento de resolver su obsesión ante las infiltraciones de los servicios de inteligencia españoles, su mayor éxito es político.
ETA y su aparato político, casi liquidado y enterrado cuando Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa han regresado con sones de fanfarria convirtiéndose en sujetos de la escena política española, han recuperado espacio mediático como protagonistas nada menos que de “un proceso de paz”, han conseguido volver legalmente a las instituciones con voto popular, con lo que eso significa de acceso a presupuesto y a datos estratégicos claves para ellos.
Es mas, en algunos sectores del socialismo vasco se ha pensado en algún momento, y probablemente se piensa aún, en un escenario que refleja bien a las claras la visión que tiene la izquierda del terrorismo vasco y su mundo. Estos socialistas han llegado a pensar en la posibilidad de construir, tras un abandono formal de las armas por parte de ETA, un acuerdo tripartito, similar al catalán, en el que el papel que ocupa Esquerra Republicana fuera ocupado por Batasuna para desplazar al PNV de las instituciones vascas.
La vuelta al crimen de manera abierta no puede ser enfrentada ahora de la misma manera en que hubiera podido ser combatida hace tres años. Pero los instrumentos si deben ser los mismos: la unidad de los dos grandes partidos nacionales, la voluntad de vencer y la de arrancar a los terroristas toda esperanza. Eso es lo que está sobre la mesa y lo que hay que discutir. Esperemos que la orquesta del Titanic no haga tanto ruido que impida oírse.
(1) Manuel R. Torres Soriano. Política y Estrategia, Nº 96, Octubre-Diciembre 2004