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Afganistán: un combate desigual
Archivo nº 17   |  1 de Marzo de 1989
 
Revista Aeronáutica y Astronáutica, nº 579
 
Cuando los primeros integrantes de la 105 División Aerotransportada del ejército soviético comenzaron a desembarcar en el aeropuerto de Kabul el día 24 de diciembre de 1979, los planificadores soviéticos seguramente no contemplaban la posibilidad de que la estancia de unidades soviéticas en Afganistán fuese a prolongarse hasta la actualidad.
 
En principio el esquema era muy claro, se trataba de apoyar a un gobierno afín -a pesar de que éste no había solicitado la ayuda oficialmente-, y dada la desorganización general existente en el país se creía que con la mera presencia de unidades soviéticas en número suficiente, el control de los centros de decisión concentrados en Kabul y alguna operación de castigo contra las tropas rebeldes, todo volvería a la normalidad en cuestión de meses.
 
Además, de esta forma se podría sustituir al presidente Amin por otro elemento más flexible como era Karmal. Sin embargo, los hechos se han empeñado en demostrar que la planificación se ha quedado muy desfasada y el ejército soviético se ha visto envuelto en un conflicto para el que no iba preparado. Trataremos de analizar en estas líneas las distintas etapas por la que ha ido pasando la guerra y las enseñanzas militares que de ella pueden extraerse.
 
La invasión
 
La concepción y desarrollo de la operación de entrada de fuerzas soviéticas en Afganistán siguió moldes clásicos. La combinación de efectivos aéreos y terrestres buscaba garantizar la sorpresa y conseguir la rapidez suficiente para lograr en el menor plazo de tiempo posible el control de los centros neurálgicos del país, imposibilitando una reacción fuerte por parte del ejército afgano o de los numerosos grupos rebeldes que ya habían tomado las armas desde la revolución de 1978.

El país se encontraba en una situación caótica, con un gobierno incapaz de controlar a su propio ejército que sufría constantes purgas y deserciones. Se trataba de unas fuerzas armadas equipadas e instruidas por la URSS, con unos efectivos estimados en 90.000 hombres articulados en tres Divisiones Acorazadas, diez Divisiones de Infantería, tres Brigadas de Montaña, una Brigada de Artillería y tres Regimientos de Artillería en 1978. Desde los sucesos de 1978 la degradación fue constante, como lo demuestra el hecho que durante ese año no se realizaron ya las llamadas a filas correspondientes y eran frecuentes los casos de unidades completas que se pasaban a engrosar los efectivos de la resistencia al gobierno. De esta forma, a principios de 1980, el ejército regular afgano no sumaba más de 32.000 hombres, sin que pudiera esperarse de ellos una contribución significativa a los planes soviéticos.
 
Por otra parte, las características del país determinaban casi de antemano la forma en la que habría de llevarse a cabo la invasión del territorio. En efecto, la ausencia de ferrocarril interior, una esquelética red de carreteras que totalizaba 12.000 km., de los que únicamente unos 4.000 km. podían considerarse en buen estado, y un aeropuerto importante en Kabul, donde se concentraba la totalidad del poder político, permitían definir claramente las líneas que seguirían las fuerzas invasoras.
 
Desde la URSS llegan líneas férreas a Termez, Kushka y Kubduz, por lo tanto estos fueron los puntos de partida de las columnas que comenzaron a entrar en el país a partir del 27 de diciembre. Desde Termez salieron con dirección a Kabul la 360 y la 201 Divisiones de Infantería motorizada soviéticas y desde Kushka lo hicieron la 357 y la 66 Divisiones de Infantería motorizada hacia Herat y Kandahar. En total, contando los integrantes de la 105 División Aerotransportada y efectivos de las 103 y 104 Divisiones Aerotransportadas, que fueron transportadas directamente a Kabul desde tres días antes, suponían 85.000 hombres, cifra que parecía suficiente para lograr los objetivos que se perseguía: asegurar a Karmal al frente del gobierno, controlar los centros de comunicaciones e impedir una hipotética defensa del presidente Amin por parte del ejército regular.
 
Desde luego, esta primera parte del conflicto se saldó con éxito y prueba de ello es que gran parte de las unidades afganas fueron desarmadas y encerradas en sus acuartelamientos; únicamente la 8 División afgana continuó resistiendo hasta el 5 de enero, y unos 40.000 hombres se pasaron a la resistencia.
 
Los soviéticos habían utilizado en esta operación unidades de categoría 3, formadas principalmente por reservistas, excepto las aerotransportadas, con una instrucción y equipo poco envidiable. Esto contribuye a fomentar la idea de que no se trataba de unidades con misión de combate en terreno abierto contra un ejército enemigo, sino más bien de un ejército de ocupación que permitiera realizar las reformas políticas que se consideraban necesarias por parte soviética.
 
Los mandos soviéticos emplearon soldados procedentes de Asia Central (kazakos, tayikis, turcomanos y uzbecos) pertenecientes a etnias emparentadas con las del territorio a ocupar. También era propósito soviético emplear al ejército afgano en primera línea, reservándose las unidades propias en cometidos de apoyo y control de objetivos ya consolidados. Con todo ello, los planificadores del Kremlin pretendían:
 
a) utilizar tropas con un mejor conocimiento del terreno y mejor acondicionadas al medio;
b) evitar enfrentamientos étnicos y rechazos de la población afgana y;
c) amortiguar el rechazo entre la población soviética europea a la intervención exterior empleando ciudadanos de segunda clase.
 
Los resultados fueron muy distintos a los esperados. La afinidad existente entre ambos bandos propiciaba aún más la deserción y la entrega de material y equipo a los rebeldes. El empleo de unidades regulares afganas en primera línea obligaba a un enfrentamiento entre miembros de la misma etnia, fomentando de esta forma una guerra civil y además la situación ya comentada del ejército afgano hacía que no pudiese confiarse realmente en su capacidad de combate para cumplir una misión de forma autónoma, más bien era una carga que una ayuda y esto obligó desde el primer momento a una mayor participación en el conflicto del ejército soviético. De hecho a finales de enero de 1980, el mando soviético había entendido que la fase de invasión había finalizado y dispuso un despliegue de control que permitiera el dominio absoluto de las carreteras y de las principales ciudades. Con un total de 90.000 hombres se dividió el país en dos zonas:
 
NE - .CG. del 40 Ejército en Bagram y EM. de la 201 DIMT.
.201 DIMT en Salang.
.360 DIMT entre Kabul y el desfiladero de Jiber.
.105 DIAT y elementos de 103 y 104 DIAT en Kabul y alrededores.
.16 DIMT, que había llegado a principios de enero, en el NE apoyando al ejército afgano.
SO - .66 DIMT a lo largo de la carretera Herat-Kandakar.
.357 DIMT al sur de Herat.
.54 DIMT, que había entrado a principios de enero, sobre la carretera Herat-Kushka.
 
Evolución de las tácticas empleadas en el conflicto.
 
Guerra convencional (enero 80/otoño 80)
El hecho de que apenas hayamos hablado hasta el momento de combates no quiere decir que el ejército invasor no hubiera encontrado oposición armada alguna a sus planes. En realidad los grupos rebeldes ya estaban enfrentados desde el primer momento al gobierno de corte marxista que ocupaba el poder, impidiendo que éste pudiese llevar a cabo la transformación del país en contra de las creencias tradicionales de tipo religioso.
En este sentido, para los mujahidin (emplearemos esta expresión para designar a la totalidad de los grupos rebeldes, teniendo en cuenta la gran diversidad de orígenes y objetivos que presentan) la invasión soviética será únicamente la iniciación de una nueva etapa en su lucha por volver a un Afganistán más libre de dictados extranjeros.
La resistencia contra el invasor se produce desde el primer momento, aunque esto no impide la realización de los proyectos soviéticos dada la evidente disparidad existente entre las maquinarias bélicas puestas en juego.
 
En los dos primeros meses del año las actividades militares se vieron prácticamente paralizadas debido a las adversas condiciones climatológicas y esto facilitó la ocupación de las principales ciudades y pueblos por efectivos soviéticos. Pero ya el 20 de febrero se produjo un levantamiento general de la población de Kabul que se cerró a los tres días con un saldo de 500 fusilamientos y 1.200 personas detenidas.
 
Esto pudo haber sido el primer aviso para los soviéticos, pero no debieron entenderlo así y se mantuvieron en la idea de que con el empleo de grandes unidades en masa, concentrando esfuerzos en el punto requerido conseguirían disuadir a los mujahidines de continuar la lucha. Su idea se basaba en la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y en los ejemplos de ocupación posterior en los países de la Europa del Este: empleo rápido y masivo de medios de combate para controlar los principales órganos y centros del país, al mismo tiempo que se destruye toda posibilidad de resistencia desde el primer momento.
Sin embargo, en un país montañoso y con zonas desérticas en el que las comunicaciones por carretera eran escasas, unas tropas poco habituadas al combate y mal instruidas para este escenario -aunque ya en la primera mitad del año se relevaron por otras unidades mejor preparadas- sólo podían tener bajo control los núcleos de población importante; mientras tanto, amplias zonas del este y noroeste eran del completo dominio de la resistencia y las rutas de abastecimiento a las guarniciones no ofrecían seguridad frente a los constantes golpes de mano de que eran objeto los convoyes organizados.
 
Los vehículos de combate se mostraron claramente inapropiados para operar en este tipo de enfrentamientos y la organización operativa presentaba una inflexibilidad que le impedía adaptarse al carácter del enemigo que se les oponía. En esas condiciones no era fácil conseguir la estabilidad propicia para que el régimen de Karmal se asentase rápidamente, permitiendo la retirada soviética sin verse aún más implicada en los sucesos del país.
 
Los mujahidines se hicieron cargo desde el primero momento de su imposibilidad -tanto por cuestiones tácticas, como por las rivalidades existentes entre los diversos grupos- de enfrentarse al invasor en términos clásicos. Recurrieron inmediatamente a la táctica de guerrillas contando con bases de apoyo en Pakistán y en Irán y funcionando de una manera autónoma y sin coordinación entre los líderes de los distintos grupos guerrilleros. Cada uno combatía en el valle o en la zona de asentamiento de sus miembros dando golpes de mano, dificultando el tránsito de las tropas soviéticas y rehuyendo un combate en el que se encontrarían siempre en inferioridad de condiciones.
 
Una de sus primera formas de combate consistía en sitiar poblaciones, con su guarnición, obligando al enemigo a organizar columnas de abastecimiento que exigían un mayor empleo del personal soviético y que eran fácil blanco de sus ataques. Con esto conseguían dar la imagen de inseguridad, al mismo tiempo que cada pequeño éxito era explotado para elevar la moral propia y para reclutar más voluntarios.
 
Para contrarrestar estos efectos los soviéticos consiguieron en marzo romper los sitios y obligar a los mujahidines a retirarse a sus zonas -existen datos fehacientes que muestran un temprano empleo de armas químicas desde febrero. Inmediatamente los mandos soviéticos intentaron explotar el éxito para dar un golpe decisivo expulsando al enemigo de los valles que ocupaban. Se creó una zona de seguridad en torno al paso de Jiber, despoblando más de cien villas, con la idea de cortar la corriente de suministros y personal procedente de Pakistán.
 
Aceptación del reto (invierno 80/invierno 83)
 
La división del territorio a finales de 1980 en siete áreas de responsabilidad bajo el mando de un oficial soviético y un comisario político afgano marca el inicio de una nueva fase en los planes soviéticos. Ante los continuos levantamientos que se producen en Kabul, Herat, Jalalabad, Sorubi y Aybak y dada la feroz resistencia que presentan los rebeldes desde el principio de la ocupación, la URSS tratará de asegurarse el control territorial con una estrategia defensiva que busca la aniquilación de la guerrilla a largo plazo. Con estas medidas los planificadores soviéticos reconocían que ya no pensaban en un final inmediato del conflicto y se preparaban para asegurar las posiciones conquistadas.
Existen varios aspectos tácticos relevantes en esta época que demuestran cómo paulatinamente los mandos soviéticos intentan adecuar una estructura operativa excesivamente rígida a las condiciones del combate al que deben hacer frente. Podemos resumirlas en:
 
Aparición de la AGT. y del GT. como Unidades fundamentales de maniobra, combinando elementos de diferentes Armas con la misión de profundizar en las zonas de dominio de los mujahidines para asestar golpes selectivos.
 
Incremento del uso de los helicópteros ya no sólo en labores de transporte, como ocurría en la primera fase, sino también como elemento de apoyo por el fuego. También se produce una descentralización en la asignación de medios aéreos a niveles más bajos para dotar al jefe de la Unidad de un apoyo inmediato y autónomo.
 
La combinación de los dos factores anteriores permitía desarrollar una táctica de destrucción mediante el envolvimiento vertical, con Unidades hostigando a los grupos guerrilleros y otras helitransportadas que cerraban la retirada o destruían al enemigo fijado en el terreno por las anteriores. En estas acciones los CC,s únicamente eran empleados en apoyo por el fuego.
 
El empleo de agentes químicos es común en la batalla. En fiel colaboración con los destacamentos de envolvimiento tenían misiones de reconocimiento, protección de flancos y empleo de gases en zonas inaccesibles para los fusileros.
 
Generalización de la táctica de aislamiento que pretende cortar a la guerrilla su base logística entre la población. Para ello se emplean diversos métodos que van desde la compra de las cosechas y del ganado a los campesinos, hasta el empleo masivo de la artillería en las zonas rurales, pasando por el arrasamiento de zonas con el fin de despoblarlas e impedir los movimientos. De esta forma obligaban a los mujahidines a retirarse a las montañas, lejos de sus bases de apoyo y de sus posibles objetivos militares.
 
A finales de 1981 el ministro de defensa soviético Sokolov visitó Afganistán y comprobó que con los efectivos existentes no era posible ni siquiera desarrollar una estrategia defensiva como la planeada. A partir de entonces se incrementó el número de soldados soviéticos hasta alcanzar la cifra de 120.000 poco tiempo después. En estas condiciones durante 1982 se desencadenaron dos ofensivas en el valle del Panshir y una más en Herat contra los hombres de Mansour. El resultado más evidente de las mismas fue la tregua acordada con el famoso líder guerrillero, reconociendo por parte soviética la imposibilidad de destruir al enemigo y permitiéndole a éste ganar tiempo para reorganizarse tras las pérdidas sufridas. De hecho los mujahidines aún tuvieron fuerzas en ese año para tomar parte de Herat y combatir en Pagham (cerca de Kabul).
La falta de iniciativa existente en los mandos intermedios soviéticos y la rígida sujeción a modelos de acción preestablecidos impidieron lograr éxitos más concluyentes.
 
Por su parte los dushmanos, como eran denominados los guerrilleros por los soviéticos, seguían demostrando que aunque la victoria militar era imposible, era factible evitar la derrota. Con un armamento procedente en un 80% del enemigo, que variaba enormemente en procedencia y calidad -no todos los mujahidines tenían un arma- y una organización anárquica en la que únicamente se mantenía la disciplina por el carisma de cada líder, no había fórmulas viables de coordinar esfuerzos.
 
Únicamente Mansour y Kalis aplican en sus respectivos grupos principios de organización que suponen una instrucción permanente de sus hombres, encuadrados en grupos locales y móviles con una dirección única que permitía, a su escala, tomar la iniciativa y planear de una manera global las operaciones. La falta de comunicación entre los diversos grupos y la falta de unidad política y militar impedía plantear objetivos mayores. La realidad era que los guerrilleros no dominaban más que aquellas zonas que el ejército soviético no consideraba vitales y es evidente que de esta forma su lucha por un Afganistán libre de presencia extranjera no era más que un deseo quimérico.
 
Los apoyos en dinero y en armas que desde el principio venían prestándole EE.UU., China y los países árabes moderados no conseguirían romper este esquema.
 
Operaciones especiales (invierno 1984/invierno 87)
Al igual que en las etapas anteriores el cambio viene marcado por la actitud soviética frente al conflicto. Tras los resultados logrados hasta esas fechas parece claro que la victoria militar soviética tampoco será posible y se abre paso la vía diplomática, comenzando las negociaciones para buscar una solución no militar al conflicto.
Sin embargo, en el campo de batalla aún pueden apreciarse nuevos intentos de mejorar las posiciones logradas. Por parte soviética sus acciones muestran las siguientes características:
 
Gradualmente las unidades soviéticas han ido convirtiéndose en fuerzas contraguerrilleras. La idea es volver a contar con el ejército regular afgano, en la medida que se pueda, para atender al combate clásico, apoyado por fuerzas blindadas soviéticas, mientras el grueso se destina a la destrucción de los rebeldes en sus bases nacionales.
El helicóptero de ataque se convierte en un arma fundamental, a pesar de la vulnerabilidad que manifiesta en un conflicto en el que los frentes no son lineales y no están bien definidos. Se generaliza también su uso en misiones de reabastecimiento, reconocimiento, transporte, apoyo de fuego, y mando y control.
 
Perfeccionamiento de la táctica de tierra quemada, destruyendo las cosechas y las poblaciones (en 1985 se destruyeron todos los núcleos de población en un radio de 50 km. alrededor de Kabul). Se trataba también de una guerra económica que dificultase la subsistencia de la guerrilla, aunque el coste era la destrucción de la base económica del país.
 
Empeño en cortar las bases de apoyo en el exterior. Para ello se sistematizó el sembrado de minas en las zonas limítrofes con Irán y Pakistán, así como la utilización de unidades de operaciones especiales. Se buscaba con esto un resultado directo, impedir el refuerzo a la guerrilla, y otro indirecto, acercar la guerra a los países vecinos para movilizar sus voluntades hacia un arreglo rápido del conflicto. Sin embargo, en ningún caso se dió el paso a bombardear en masa las zonas de refugiados -algo que Israel realizó numerosas veces en sus enfrentamientos con los palestinos-, lo que hubiera supuesto una escalada generalizada en la zona. En ningún momento llegaron a conseguir un pleno éxito en este tema.
 
La llegada de Gorbachov permite realizar un balance de la situación. En 1985 los soviéticos tenían 120.000 soldados en Afganistán, a los que había que sumar 30.000 del ejército afgano. Su despliegue se concentraba en una tercer parte en la zona de Kabul, así como en Mazar-i-Sharif y Kunduz al Norte, Herat y Farah al Oeste, Kandahar al Sur y Jalalabad al Este. Según fuentes del Departamento de Estado norteamericano los costes soviéticos en el período 1979-84 se elevan a 13.000 muertos, 40.000 heridos, 5.000 vehículos de todo tipo destruidos, 600 aeronaves y 17.000 millones de dólares en todo tipo de ayudas al país.
 
Por parte afgana se habían producido 500.000 muertos y unos cuatro millones de habitantes se habían refugiado en Pakistán e Irán. Los mujahidines representaban un total de 100.000 hombres en armas, aunque esta evaluación está sujeta a los constantes trasvases de personal desde los campos de refugiados a las zonas de operación de los grupos rebeldes. Los mujahidines ponen en marcha también ese mismo año la Alianza Islámica de los Mujahidines, consiguiendo la unidad política que necesitaban para desarrollar una estrategia común. La realidad es que esto no llegó a lograrse, pero sí fue posible resistir en mejores condiciones las renovadas ofensivas soviéticas a través de una incipiente coordinación en el terreno militar y la llegada de un arma como el Stinger, que por sí sola produjo un nuevo giro en el curso de las operaciones.
 
Hasta 1986 los helicópteros soviéticos podían moverse con relativa facilidad, pero el empleo del Stinger provocó inmediatamente una pequeña revolución, el obligar a los aviones y helicópteros soviéticos a variar su forma de actuación. Hasta el acuerdo para la retirada de los efectivos soviéticos en 1988 los mujahidines han derribado más de 300 aparatos y esto, independientemente de los efectos económicos y tácticos producidos en el enemigo, elevó considerablemente la moral de los rebeldes que seguían demostrando una capacidad de resistencia admirable.
 
No obstante, a lo largo de todo el conflicto no han sido capaces de generar un líder que pudiera aunar los esfuerzos realizados por grupos con intereses e ideologías tan dispares y la Alianza no ha sido capaz de resolver problemas tan fundamentales como:
 
  • coordinar la estrategia militar y un sistema de distribución de armas coherente con aquélla;
  • articular un programa de protección de las rutas de aprovisionamiento;
  • evitar la infiltración de agentes en sus filas;
  • mantener una instrucción conjunta y permanente de calidad para todos los mujahidines.
 
De esta manera en octubre de 1988 asistimos a un recrudecimiento de los combates, con la finalidad de obtener las mayores ventajas posibles cara al inminente acuerdo para la finalización del conflicto.
 
La fase final de las hostilidades y los sucesos que a partir de la retirada soviética se están produciendo, no ofrecen novedades desde el punto de vista táctico. En el tablero militar la partida ha terminado en tablas, aunque esto no sea exactamente lo mismo en el aspecto político.
 
Conclusiones
 
Del análisis de la actuación de ambos contendientes pueden extraerse a lo largo de los ocho años de combates algunas evidencias:
 
Bando soviético.
Entrar en un país con tropas de reservistas, mal entrenadas y equipadas supone un error de cálculo considerable. Confundir a Hungría y Checoslovaquia con Afganistán, creyendo que la sorpresa y rapidez de los primeros momentos bastarían para controlar el país y permitir la consolidación del régimen, al mismo tiempo que se aniquilaba toda posibilidad de resistencia, muestra un desconocimiento palpable de la realidad del escenario en el que se va actuar.
 
La pretendida calidad de las tropas soviéticas en combate nocturno o en montaña, no resiste la comparación con los hechos y esto debería hacer pensar a los analistas, a la hora de realizar las comparaciones cuantitativas de efectivos OTAN-PV, que no todo se queda reducido a la cuestión numérica. La reacción soviética con la creación de un centro de adiestramiento en Asia Central dedicado exclusivamente al combate de montaña indica que éste era uno más de los aspectos en los que su instrucción estaba desfasada.
La moral del combatiente sigue ocupando un lugar privilegiado en cuanto a los requerimientos para alcanzar la victoria. Entre los soldados soviéticos la desmotivación ha provocado numerosos problemas de alcoholismo y drogas. Junto a esto cabe hablar de las características del individuo soviético que, por su educación, muestra una falta de iniciativa y de capacidad de improvisación que se han puesto reiteradamente de manifiesto entre los mandos intermedios, ante unas condiciones que exigían flexibilidad y descentralización a todos los niveles.
 
Afganistán se ha convertido en un magnífico campo de pruebas para nuevos equipos (helicóptero Hind, lanzagranadas AGS 17, ...) y para el personal. Se calcula que aproximadamente un millón de soldados han combatido durante los ocho años del conflicto y unos 60.000 oficiales de todas las graduaciones. La experiencia de combate de estos hombres provocarán seguramente cambios doctrinales y de organización importantes.
 
Es la primera vez que unidades soviéticas se retiran unilateralmente de un país en estas condiciones y probablemente esto repercutirá en su actuación en otros escenarios. La necesidad de sacar adelante las reformas proyectadas por Gorbachov exigen una dedicación más intensa en todos los órdenes a las cuestiones anteriores. Según datos del Pentágono, habrían sido necesarios unos 500.000 hombres para lograr la victoria militar, pero la URSS no puede actualmente asumir los costes que eso supondría.
En el terreno de la táctica, Afganistán no ha aportado novedades sustanciales en relación con lo ocurrido en Vietnam. Esto significa que para los mandos soviéticos aquel conflicto no supuso ninguna enseñanza propia. El ejército soviético mantuvo sus esquemas inalterables demostrando así que nadie aprende en cabeza ajena.
 
Resistencia.
Su desunión ha servido para demostrar cómo la falta de una cabeza rectora en el terreno militar impide tomar la iniciativa, elaborar una estrategia global y lograr la victoria militar. Sus objetivos se han reducido a mantener la inestabilidad general y desgastar al enemigo, lo cual no es poco si tenemos en cuenta la falta de formación militar de muchos de su líderes, la heterogeneidad de su armamento y en muchas ocasiones la falta de potencial humano en el que reclutar a sus combatientes (se habla de 50-100.000 muertos durante todo el conflicto).
 
La existencia de bases de apoyo en los países vecinos fue fundamental para mantener la actividad bélica y resistir la táctica de arrasamiento y de guerra económica impuesta por los soviéticos. Sin el apoyo iraní y paquistaní habría sido posible reducir a la guerrilla hasta niveles inoperativos. Junto a esto hay que resaltar igualmente el constante apoyo de la población, factor básico en el mantenimiento de cualquier movimiento guerrillero.
De la misma forma que en las Malvinas el Exocet fue la estrella entre los sistemas de armas empleadas, ahora puede decirse lo mismo del misil S/A Stinger. Proporcionado por los EE.UU., permitió variar el curso de la guerra en un momento en el que los helicópteros y aviones a baja altura podían moverse con gran libertad en persecución de los mujahidines. Su empleo ha venido a destacar una vez más la vulnerabilidad de los helicópteros en ausencia de frentes estabilizados y sin una protección de elementos cercanos.
 
El antisovietismo y el islamismo han funcionado como motores que han activado a la totalidad de los mujahidines. Poco más les unía, pero esto se ha demostrado suficiente para, al menos, evitar la derrota y obligar al enemigo a buscar una solución al conflicto en otros campos distintos a los de batalla.
 
Jesús A. Núñez Villaverde, Investigador , Grupo de Estudios Estratégicos
 


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