Revista Aeronáutica y Astronáutica, nº 579
El País
La importancia de Afganistán reside en que, a pesar de su endiablada orografía, es un punto de tránsito entre el Oriente Medio, Asia Central y la India y ha sido atravesado por todos los invasores del subcontinente índico. El Oeste del país está formado por desiertos (Seistan y Registán) que prolongan los del oriente iraní. Luego viene un piedemonte recorrido por la carretera de Herat a Kandahar, con pequeños valles que forman oasis y luego aparecen las montañas que ocupan la mayor parte del país, con la gran dorsal de Hindu-Kush, que de Oeste a Este ocupa la parte central del país, con sus cumbres de más de 6.000 m. y una altura media de 5.000 m. y puertos en torno a los 3.000. Al Norte, entre las montañas y el río Amu Daria (el Oxus de la antigüedad), que forma la frontera con la Unión Soviética, se extiende el Turquestán afgano con Mazar-i-Sharif como principal centro urbano. Región arenosa e insalubre, escasamente poblada, es la Bactriana de los sucesores de Alejandro Magno, época en la que floreció con numerosos canales de riego. Más al Este se encuentra Badajshan, región de altitudes medias con valles fértiles, completamente aislada del Sur por la principal alineación del Hindu Kush. Una pequeña región con fisonomía propia la forma el valle del Kabul y sus afluentes, que desaguan en el Indo. Contiene las tierras más fértiles el país y en la antigüedad formó parte del reino grecobudista de Gandhara. Del resto sólo los valles y algunos oasis son económicamente aprovechables. Del atraso del país da idea el hecho de que ni siquiera su superficie es conocida con exactitud. Estará, según los métodos de cálculo, entre 630.00 y 700.000 kilómetros cuadrados.
El clima es típicamente continental: extremado y seco, muy frío en invierno y muy cálido en verano, con precipitaciones concentradas en los primeros meses del año y que en raros puntos sobrepasan la media de 500 mm., con lo que la verdadera fuente de riqueza del país es el agua.
La actividad económica más importante es la ganadería lanar, rebaños de un tipo indígena de carneros que acumulan en el rabo gran cantidad de grasa para las épocas en que escasean los pastos. En los valles bajos bien regados se cultivan los cereales y algunas leguminosas. La fruta es abundante y de calidad y los afganos abusan de ella para su alimentación. El nivel de vida es muy bajo y la casa rural carece de mobiliario, pero no se percibe el grado de miseria apreciable, por ejemplo, en la India. A ello contribuye sin duda que el país ha sido poco afectado por la revolución sanitaria moderna y la mortalidad infantil sigue siendo muy alta, cruel método de regular la presión demográfica. El primer censo moderno se estaba realizando cuando se produjo la invasión soviética. Las estimaciones más fiables para esas fechas (1979) dan una población de algo más de 15 millones de habitantes, de los que una tercera parte pueden haber huido del país (unos tres millones a Pakistán y dos a Irán). El éxodo provocado por la política de tierra calcinada seguida por los soviéticos para restar apoyo a la guerrilla, ha producido también fuertes migraciones interiores. Los que no han podido cruzar la frontera se han refugiado en las ciudades, que han crecido mucho durante la guerra. El número de personas que han perdido su hogar y su medio de vida puede muy bien representar la mitad de la población.
Las etnias.
Tema mayor cuando se habla de la población afgana es su división en grupos étnicos, lingüísticos, religiosos y tribales. La unidad social básica para la mayoría de los afganos es la tribu y ello tiene profundas implicaciones políticas. Islámico lo es todo el país, de un islamismo especialmente tradicional, con un claro predominio de los sunitas. A pesar de que hay más lenguas que grupos étnicos el panorama lingüístico se simplifica por el hecho de que casi todos los que no son pathanes hablan farsi (persa) además de su idioma materno. Los patanes, naturalmente, hablan su propio idioma, el pushto o patán. Con todo, el número de lenguas diferentes supera las treinta, pertenecientes a varias grandes familias, con predominio de dos grandes troncos, el indoeuropeo y el uralo- altáico. En cuanto a las etnias, concepto de contornos siempre difusos, determina la identidad social de los afganos en medida variable pero siempre importante, entremezclada con la identidad tribal clásica y familiar.
Algunos antropólogos clasifican los grupos étnicos distinguiendo entre los que están organizados tribalmente y los que no lo están. Los datos demográficos se refieren al período anterior a la invasión soviética y son siempre aproximados. Los pushtun o pathanes, de raza blanca, son tribales y constituyen el grupo más importante desde todos los puntos de vista. Con unos siete millones representan poco menos de la mitad del total de la población y a su iniciativa se debe la precaria unidad del país. Sin embargo esa cifra no es, a su vez, más que una mitad escasa de los efectivos totales de este grupo que vive a caballo sobre la frontera afgano-pakistaní, con ocho millones en el territorio del segundo país. Sus valores y su cultura se pueden considerar típicamente afganos y han influido en grados diversos en otros grupos. Desde sus áreas fronterizas han desbordado hacia otras regiones, desplazando a sus habitantes originales hacia tierras más pobres, como ha sucedido con los hazaras del centro del país, empujados desde los valles a las montañas. Los pathanes son casi todos sunitas y muchos pertenecen a órdenes religiosas sufíes.
Los hazaras, sobre un millón, ocupan el macizo central, hablan un dialecto persa y constituyen la mayor comunidad chiita del país. Su piel es amarilla y su origen probablemente mongol. Se consideran descendientes de los soldados de Gengis Kan, pero no es nada seguro. Son más pacíficos que casi cualquier otro grupo y especialmente pobres. En las ciudades, hay muchos en Kabul, suelen desempeñar oficios humildes. En un universo social de continuas disputas de rango son unánimemente desdeñados por todos los demás, sin embargo, su comportamiento en la guerrilla ha sido notable.
Los aimaq, casi un millón, campesinos y nómadas de las montañas del Oeste, de cultura centroasiática, con los hazaras, son sunitas.
Los nuristanis, en las montañas al Nordeste de Kabul, son solamente cien mil, pero hablan varios dialectos emparentados entre sí. De piel clara y cabello rubio, de claro origen indoeuropeo, fueron convertidos al Islam, a la ortodoxia sunita, por medios violentos, a finales del pasado siglo. Su región fue rebautizada como Nuristán, "país de la luz", y perdieron su antiguo nombre de Kafires. Aunque fanáticos musulmanes conservan muchos rasgos de su antiquísima cultura.
Los baluchos viven en su mayoría en Persia y Pakistán y sólo unos cien mil nomadean por los desiertos del Oeste de Afganistán.
Las principales etnias no tribales son los tayikis en el Noreste, unos dos millones, hablan dialectos persas y forman una continuidad con sus hermanos de la Unión Soviética. La mayoría son sunitas, pero algunos son chiitas o ismailíes. Los uzbecos y los turcomanos hablan dialectos de estirpe turca, situados en el Norte, se hallan también a caballo sobre la frontera con la Unión Soviética. Suman aproximadamente un millón. Los mismos efectivos humanos representan los farsiwan, en la zona de Herat, de idioma persa, confesión chiita y origen iranio. También se llaman tayikis a gentes de diversos orígenes, de idioma persa y religión sunita, distribuidos por todo el país y que culturalmente no tienen nada que ver con los tayikis propiamente dichos del NE.
Una cierta familiaridad con el mapa étnico de Afganistán resulta indispensable para ubicar adecuadamente los grupos de la resistencia. Para la comprensión de la misma es todavía más importante conocer el mundo de valores que ha producido una sociedad tan fragmentada. Con un noventa por ciento de población rural y un enorme apego al terruño los extranjeros los ven como un pueblo -o colección de pueblos- tremendamente cerrados sobre sí mismos. Pero ellos se ven de muy diferente manera. En el cruce de las rutas de caravanas, conquistadores y migraciones de pueblos, de lo que da testimonio su abigarramiento étnico, se sienten parte protagonista de la historia universal en el pasado y en el presente. Tanto por razones geográficas como por razones históricas las condiciones de vida en el país han sido siempre muy duras. Estas condiciones han desarrollado un feroz individualismo que se plasma en un exacerbado sentido del honor, concebido como autoestima y exigencia de reconocimiento y respeto por parte de los demás. La reputación de valor personal e incluso brutalidad va pareja con la lealtad y sentido de hospitalidad. La vida se concibe como una lucha de todos contra todos por el honor, la riqueza y la tierra. Los niños son adiestrados desde pequeños en el uso de las armas, para luchar por sí mismos. Al mismo tiempo, cuando la amenaza es externa a la propia unidad social, ésta, familia, clan o tribu, suspende sus rivalidades internas y se une frente al invasor.
Ese arrogante y fiero individualismo y ese fuerte localismo son poderosas fuentes de resistencia frente al invasor, pero suministran una base muy débil para la unidad en un país casi carente de sentido nacional, en el que la oposición a los esfuerzos centralizadores ha sido históricamente un elemento de aglutinación de la conciencia tribal o étnica, desempeñando en ocasiones un papel análogo al de la agresión exterior. La superestructura estatal sólo se acepta como protectora de los mil particularismos que caracterizan esa comunidad de pueblos que es Afganistán. Pero como ha sucedido en muchas comunidades tradicionales, el elemento de identidad más amplio, el que crea ciertos vínculos entre gentes que se miran como extrañas, es la religión.
Independientemente de la organización tribal, los líderes religiosos han representado el papel de jefes de la jihad o guerra santa frente, por ejemplo, a rusos e ingleses en el siglo XIX, y lo vuelven a representar en la actualidad, pero eso no anula el sentido pragmático y terrenal de los afganos y ningún fenómeno parecido al Jomeinismo se ha dado en Afganistán. Por lo demás, la lucha actual ha creado algunos nuevos vínculos entre combatientes que quizás pudieran significar un cierto avance de la conciencia nacional, pero la persistencia de las divisiones sigue siendo muy visible y la lucha afgana por la independencia tanto o más que lucha por un gobierno libre lo es por verse libre de un gobierno.
El legado de la historia.
Desde la época de Ciro el grande, el país que hoy llamamos Afganistán ha sido en ocasiones centro y en otras parte de grandes imperios, persas, griegos, hunos, chinos, mongoles, turcos e indios. El Afganistán moderno arranca de la descomposición, a mediados del siglo XVIII, del imperio persa sefévida, del que formaba parte. Un jefe de una tribu pathan, los Durrani, se hizo elegir rey y con diversa fortuna y grado de autoridad sus sucesores, aunque no siempre por línea directa, consiguieron mantener la dignidad dentro de la misma familia hasta la llamada revolución de Saur, de 1978. En muchos momentos ha sido un típico estado tampón, pero nunca como en el siglo XIX desempeñó tal papel, hasta el punto de que puede decirse que debe su existencia actual a esa función de tierra de nadie entre el imperio ruso que avanza implacablemente hacia el Sur por la estepas de Asia Central a lo largo de todo el XIX y el imperio británico que no desea a ninguna gran potencia en los aledaños de la India (no debe olvidarse que la India británica incluía todo el Pakistán actual). Inglaterra comenzó a preocuparse a partir de la paz de Tilsit (1807), cuando Napoleón le dio a Alejandro I vía libre en Oriente, a pesar de que por entonces el oso ruso se hallaba todavía lejos de los confines indios. Un primer intento inglés de asegurarse la frontera del NO (primera guerra afgana, 1840-41), se saldó con un desastre en el paso de Jiber. Cuando en 1879 una misión inglesa fue asesinada, el ejército inglés ocupó Kabul (segunda guerra afgana) y procedió a instalar en el trono a Abdur Rahman, de la familia Durrani, protegido del zar durante años y verdadero estadista que aceptó un protectorado inglés como mejor vía hacia la independencia y protección frente a su poderoso vecino del Norte. En la última década del siglo XIX quedaron fijadas las fronteras con Rusia, a la que tuvo que ceder algún territorio, y la India, y esa extraña apófisis que es en el NE la franja de Waham, en la meseta de Pamir, el techo del mundo, en la actualidad prácticamente anexionada por los soviéticos, da testimonio de la función del país entero como separador de dos imperios.
Su hijo y sucesor Habibullah (1901-19) consiguió durante la Primera Guerra Mundial mantener una neutralidad favorable a Inglaterra a pesar de las simpatía que en el país gozaba la causa otomana, lo que le llevó a morir, como la mayor parte de sus predecesores, asesinado. Su hijo Amanullah (1919-1929) proclamó desde el primer momento la plena independencia del país, lo que, tras alguna resistencia fue aceptado por los ingleses en el tratado de Rawalpindi (1919). Amanullah quiso realizar una rápida modernización del país que se le indigestó a sus muy tradicionales súbditos y le costó el trono en el 29, pronto ocupado por una nueva dinastía, siempre dentro del clan Durrani. Desde el 33 gobernó el rey Zahir hasta la eliminación de la monarquía en 1973. Un momento decisivo llegó con el abandono de la India por parte de los británicos en 1947. Los dirigentes afganos se dirigieron entonces a Estados Unidos para contrapesar la influencia rusa y como fuente de ayuda para la modernización. De manera especial, ése fue el intento de Daud en 1953. Daud, primo del rey, ocupó el cargo de primer ministro del 53 al 63. Continuó con energía los intentos de transformar el ejército y el país, pero rechazado por los americanos se decidió a jugar la carta rusa. Por aquellos años los americanos desdeñaban el valor estratégico de Afganistán, convencidos de que en la era de la aviación había desaparecido el interés de los pasos de montaña afganos como puertas que controlaban el acceso al subcontinente indio. Los americanos vieron incluso con buenos ojos que junto a sus programas de ayuda al desarrollo del país aparecieran una serie de iniciativas rusas, especialmente en áreas educativas y militares, presentándolo como ejemplo de la colaboración de ambas superpotencias en la ayuda al Tercer Mundo.
Durante el primer período de Daud (53-63) los soviéticos comenzaron a edificar una infraestructura de penetración en Afganistán y el país dio un paso adelante en su lento proceso de modernización. Las novedades de mayor impacto social se dieron en el campo educativo. Se desarrollaron instituciones universitarias y de formación de maestros, creándose así, muy especialmente en Kabul, una élite crecientemente politizada e insatisfecha. Eran muy pocas decenas de miles de estudiantes, profesionales, funcionarios y oficiales del ejército, una gota de agua en el conjunto del país, pero ocupando una posición clave para influir en el proceso político.
Tras la caída de Daud se aprobó una constitución (1964) según las líneas propuestas por el propio Daud, y el país se transformó formalmente en una monarquía democrática. Las elecciones estuvieron bastante controladas por las autoridades, como en casi cualquier país del Tercer Mundo, pero algunos líderes izquierdistas consiguieron hacerse elegir miembros del parlamento, y, con altibajos, floreció una notable libertad de prensa. Este período (1963-73), llamado de Nueva Democracia, fue de gran efervescencia política e ideológica. Se fundaron más o menos clandestinamente partidos políticos que abarcaban todo el espectro desde el comunismo hasta el radicalismo islámico, aunque a lo largo del período, la creciente frustración y la falta de un apoyo firme del rey a sus propios jefes de gobierno propició una progresiva polarización en la que los dos extremos citados fueron marginando las opciones más centristas y occidentalistas. En enero del 65 se creó un partido comunista con el nombre de Partido Democrático del Pueblo de Afganistán que agrupaba diversas facciones rivales de la extrema izquierda con vistas a las inmediatas elecciones. A mediados del 67 el partido se hallaba ya escindido en dos facciones conocidas por los nombres de sus respectivos órganos periodísticos: Parchab (bandera) de Babrak Karmal, veterano líder estudiantil, tayiki, de clase alta, y Jalk (pueblo), cuyo principal líder era Mohamed Taraki, pathan de humilde origen, fundador del partido, con Hafizullah Amin como segundo.
El descontento contra la monarquía condujo a un golpe militar que llevó de nuevo a Daud al poder, esta vez como presidente de una flamante República. Daud se apoyó en elementos izquierdistas, pensando en utilizarlos, no en ser utilizado por ellos, como había pretendido hacer en su anterior período de gobierno con la ayuda soviética, pero jugó a aprendiz de brujo. Su persecución a los comunistas llevó a que estos reconstruyesen momentáneamente su unión y pusiesen en marcha un golpe de estado militar en abril del 78, conocido por el nuevo régimen nacido en esa fecha como la Gran Revolución Saur, del nombre islámico del mes en que tuvo lugar. En realidad no hubo movilización popular ni participación civil excepto en la dirección del golpe. Los enfrentamientos entre unidades militares produjeron alrededor de mil víctimas y toda la familia de Daud fue asesinada. A partir de ese momento hubo en Afganistán un régimen comunista encabezado por Taraki, y la brutalidad de sus métodos para civilizar el país originó a los pocos meses un movimiento de resistencia islámica. Esto asustó a los soviéticos, así como la arrogante independencia de que hacía gala respecto a su embajada. Ello condujo a su asesinato y sustitución por Hafizullah Amin, su lugarteniente, hombre mucho más adaptable, tanto, que la KGB comenzó a sospechar a los pocos meses que se entendía con la CIA. Sin embargo la KGB pensaba que Afganistán era un país ingobernable e inmanejable, que con cualquier régimen seguiría manteniendo una arisca neutralidad que en nada perjudicaría los intereses soviéticos, pero Breznev arrastró al Politburó para que actuase en consonancia con la doctrina que lleva su nombre, y así la invasión de los últimos días del año 79 estuvo motivada esencialmente por el mantenimiento del principio de irreversibilidad de un régimen comunista.