Grupo de Estudios Estratégicos RSS
Portada > Análisis > Revolución conservadora: razón o voluntad





Buscar artículos publicados por el GEES
Buscar BuscarEspanol - Ingles
Revolución conservadora: razón o voluntad
Análisis nº 189   |  29 de Mayo de 2007
 
La nueva revolución americana, quién sabe si la española, parece tener como finalidad o consecuencia, al menos, reequilibrar las cosas entre derecha e izquierda. Y eso, naturalmente, ya es una revolución.
 
La corta pero monumental obra de José María Marco, “La nueva revolución americana” (Ciudadela, 2007), ha entrado en la tormenta intelectual acerca del movimiento neoconservador en Estados Unidos, pero también en Europa. cuando el futuro de los Estados Unidos en Irak parece turbio, cuando el Frente de la Paz perfila su proyecto de cambio de régimen en España, la izquierda agita el fantasma de la derecha neoconservadora y su influencia en la Casa Blanca como aviso de contagios españoles. Aunque es ya demasiado tarde, los dogmas progresistas españoles tienen ya un nuevo anticristo, aquel que situar junto a Aznar y Jiménez Losantos en el infierno democrático: la derecha neoconservadora.
 
En España, la izquierda progresista alerta a menudo del peligro neocon, de las desgracias que provoca, y del peligro de su importación española. ¿Cómo no recordar las apocalípticas advertencias lanzadas por los columnistas estrellas de El País, desde los partidos políticos, incluso por el Presidente del Gobierno? Hace pocas fechas, Manuel Vicent se dejaba llevar en El País (20 de mayo de 2007), por la cruzada antineocon; “Nunca dejan de cazar. Es probable que en ese momento estén devorando por teléfono a una presa débil, confiada. También en la sabana el plato preferido de los guepardos son los antílopes cojos”. Convertidos en criaturas del infierno, los apestados se defienden, a costa de reírse de los inquisidores; “a quienes así se nos llama, normalmente con el propósito de insultarnos o descalificarnos sin más, no tenemos cola puntiaguda, no llevamos un tridente ni tampoco apestamos a azufre. Es más, no nos consideramos merecedores de ser pasto de las llamas eternas del infierno” (Rafael Bardají, “Qué piensan los neocon españoles”, Ciudadela, pág. 265)
 
Heterogeneidad y homogeneidad teórica
 
La izquierda española lo desconoce casi todo de Estados Unidos, la extrema izquierda absolutamente todo -Jorge Verstrynge: “yo he vivido un año en Estados Unidos”(?)-, lo que no le impide hacerle culpable de los males del mundo, e imaginar una secta neoconservadora a la que atribuyen rasgos no sólo diferentes, sino contradictorios. La imagen que la izquierda cultural y política tiene de la derecha americana, en relación con la inmigración, la economía, la religión o la nación no es ni inexacta ni falsa; procede de unas creencias, de unos dogmas, de una fértil imaginación. Es de desear que el libro de Marco aclare dudas; es de temer que, en los templos fideístas del progresismo, su lectura sea lectura prohibida o despreciada.
 
Para éste, lo imaginado es más reconfortante que lo real: ¿Qué decir de quienes en España alertaban del fanatismo religioso que rodeaba a Bush? No está claro que la conspiración que ha girado alrededor de Bush sea católica, evangelista o judía. Cada una de ellas conlleva prácticas religiosas y civiles diferentes; matices inadvertidos para el laicismo militante. Siguiendo a Marco, “pocos neocon son practicantes, aunque den mucha importancia a la religión”, (pág. 173). El progresista, Clinton en Nueva York o Rodríguez Zapatero en Madrid, desprecia la religión como hecho humano, le atribuye todos los males y propone un sustituto. No parece ser la religión un elemento común a una derecha americana variada, lo que no ha impedido en Europa atractivas imágenes de akelarres ultracatólicos en el despacho oval.
 
¿Idealismo mesiánico? Si un neoconservador es un “realista con principios”, según célebre definición de Manuel Coma, el neoconservador parece ser más realista que los realistas; ¿acaso no son los principios morales o ideológicos tan reales como las reglas de la diplomacia, de las alianzas y tratados? No existen principios, existen intereses, respondería Morgenthau a la pregunta por las relaciones internacionales. El realista desprecia la moral como distracción y anomalía racional, y convierte la diplomacia en técnica formal alejada de contenidos.
 
Pero toda acción política y estratégica conlleva principios; ¿cómo obviarlos? En términos filosóficos, la imagen que se tiene de la realidad favorece una determinada realidad. En términos clausewitzianos, la guerra depende de la paz que los contendientes tienen en su mente tanto como de las leyes de la guerra o las normas de la diplomacia. ¿Dónde acaba el mecanismo neutro del derecho internacional y dónde la ideología que profesan los jefes de Estado? En España, el Frente de la Paz aboga por el cumplimiento del derecho internacional; ¿alguién duda en qué papel queda éste cuando contraría a la ideología progresista? Sadam Hussein despreció el derecho internacional hasta el momento mismo de morir ejecutado; pero las iras progresistas se dirigieron contra quienes lo habían apartado de un poder inmoral, ilegal e ilegítimo.
 
En vano se encontrará una explicación unívoca –ideológica- a la intervención americana en Irak; ¿seguridad nacional? ¿seguridad internacional? ¿democratización? Los problemas que acosan a la Administración Bush parecen venir precisamente, más que de una ideología única, de la confluencia de varios puntos de vista, en su aspecto último incompatibles entre sí. el humanista apela a los derechos humanos para no entregar Irak al yihadismo; el obsesionado en seguridad nacional clama por que se haga cuanto antes, el analista pesimista exige que se aguante el tiempo que haga falta.
 
¿Obedece la intervención militar en Irak a un asunto de principios? La eliminación de un régimen indigno corresponde tanto a un intento humanitario como a un asunto de seguridad nacional, por lo menos bajo cierto aspecto. Pero si Niebuhr era partidario del New Deal y Kennedy condujo al mundo al borde mismo del abismo nuclear, ¿con qué derecho asociar intervencionismo internacional con derecha, y la derecha con el intervencionismo? El mito de la derecha militarista encarnada en unos neocon enloquecidos debe ser aún demostrada por la experiencia.
 
A propósito del imperialismo, el mito parece repetirse. En cuanto supuesta ideología, Bush abriga la esperanza de dominar el mundo. Pero la realidad es que "Estados Unidos no estaba preparado para un ataque como el del 11S (…) y tampoco tenía una doctrina que permitiera articular una respuesta coherente" (Marco, pág. 369). El imperialismo como ideología carece de fundamento respecto a la administración Bush ; Antes del 11S, Bush parecía más aislacionista que otra cosa, nada partidario de introducirse en aventuras por el mundo, concentrado en un conservadurismo compasivo de escaso interés para los moralistas progresistas que defienden un socialismo rapaz; ¿con qué argumento calificarlo de imperialista?
 
¿Anidaba en los neoconservadores una ideología imperial? La respuesta afirmativa carece de sentido; "Los neoconservadores, en contra de lo que suele afirmarse, no desdeñan el multilateralismo efectivo, sino que señalan sus límites históricos” (R. Bardají, “El momento neocon en EEUU”, Cuadernos Pensamiento Político, enero 2005). De nuevo la riqueza de matices prohibe hacer la caracterización ideológica que apasiona a la izquierda a este lado del Atlántico, siempre empeñada en encontrar conjuras entre militaristas, petroleras, cristianos y la Asociación Nacional del Rifle. Lo cierto es que Estados Unidos jamás ha sido un Imperio, y nada parece apuntar a la posibilidad de que lo sea ni a que los neocon pienen en términos imperiales.
 
En consecuencia, la existencia de una ideología parece anidar exclusivamente en la mente de la izquierda norteamericana y, sobre todo, europea. “El término ni siquiera es aplicable ya a la segunda generación de neoconservadores”, observa Marco (pág.174). El mito del izquierdista revolucionario convencido por la experiencia histórica de las bondades del liberalismo es válido en muchos casos; no en otros, ni en la generación que ha experimentado las bondades liberales y sólo ha observado los crímenes izquierdistas y las licencias progresistas. La nueva derecha, europea o norteamericana, no ha pasado necesariamente por el izquierdismo, pero abomina en cualquier caso cuando la derecha se convierte en el escolta despreciado del progresismo.
 
El termino neocon se ha convertido por tanto en una etiqueta para designar, “a veces una actitud, otras un grupo, y también una conjura, una conspiración” (Marco, pág 174). Más allá de eso, la conjura que asusta a la izquierda esconde querellas, polémicas, distinciones y contradicciones; como afirma Lourdes López, muestra al lector, ciudadano o estadista, el funcionamiento real de los EEUU y de su derecha, más allá de las caricaturas paranoicas europeas.
 
¿Y en Europa? Marco señala algunos de los grupos y personas que integrarían el movimiento neoconservador europeo; Alain Finkielkraut, André Glucksmann y Henry Lévy en Francia, Joao Carlos Espada en Portugal; Federico Jiménez Losantos, Jon Juaristi o el propio GEES en España. No constituyen un grupo homogéneo, lo que no impide que sean acusados por la inquisición progresista de neoconservadores. ¿Por qué? La respuesta aparece también en el libro de Marco; probablemente, la revolución conservadora no sea una cuestión de doctrina o de ideología, sino de actitud y de voluntad.
 
Voluntad y determinación en la derecha
 
La denuncia de los vicios del pacifismo no es ni conservadora ni neoconservadora, sino que se hunde en la mejor tradición realista europea; entre Aristóteles y Niebuhr se sitúan  Maquiavelo, Aron, Schmitt, Popper. El comunismo no era menos realista que Morgenthau, y Lenin es, a los ojos de estrategas y politólogos, un consumado realista, capaz de fundir los intereses de la Rusia zarista con las necesidades ideológicas del bolchevismo revolucionario. Frente al pacifismo cínico o decadente, el Project for the New American Century, hijo del Comité on the Present Danger, puede ser neoconservador, pero a fuerza de ser realista; ¿con qué derecho presentar a los pactistas como realistas cuando manifiestamente renuncian al reconocimiento de lo real?
 
Del libro de Marco se desprende la complejidad ideológica del neoconservadurismo; desilusión para la izquierda que ve una conspiración de los ricos maquiavélicos en cada esquina. Así la segunda lección que se deriva de la obra de Marco parece ser sociológica; la nueva revolución americana parece afectar precisamente a la voluntad y a la actitud de la derecha americana, y no tanto a sus ideas, ni únicas ni esencialmente nuevas. Lo que provoca el miedo en la izquierda española es el hecho de que se trata de “una derecha sin complejos” (capítulo 2) inmune a los pecados de que le acusa la izquierda.
 
Lo que parece caracterizar a la revolución conservadora es, precisamente, su carácter de revolución, de reacción. Y como toda revolución, es una revolución en contra de las habituales estructuras de poder; “todavía hoy, los partidos, las universidades y casi todos los medios de comunicación siguen obsesionados con las mismas ideas. Convertidas en lugares comunes, muy eficaces eso sí, y sin apenas contrapartidas ideológicas, han sustituido y reciclado las propuestas puramente socialistas caídas en el descrédito” (pág. 17). Por primera vez, la izquierda como contrapoder constituído parece tener así mismo un contrapoder.
 
En América como en España, los dogmas progresistas campan a sus anchas por aulas, redacciones y estudios de radio; ¿Cómo no convenir en que, contra toda lógica sociológica y política, la izquierda domina el mundo de la cultura, el periodismo, el arte? Incluso la derecha, a un lado y otro del atlántico, parece querer acomodarse al imperio progresista; durante años, los neoconservadores americanos deambularon por escalones medios de la administración, a la sombra de Rumsfeld o tocando el poder desde carteras secundarias con Reagan (pág. 170). Ni siquiera con George W. Bush han dominado la diplomacia y la estrategia norteamericanas como sus adversarios afirman.
 
Así a diferencia de una izquierda que sustituye las ideas por ideología, y a diferencia de cierta derecha ansiosa por recoger los restos del poder progresista, los neoconservadores partieron desde el único punto posible; desde Las fábricas de Ideas (capítulo 3), semanarios, think tanks, fundaciones. Desde una sociedad civil consciente de los límites de la sociedad civil. Desde Commentary hasta el American Enterprise Institute, desde el Weekly Standard hasta la explosión mediática de la FOX, esta derecha se conformó al margen de un poder que despreciaba, por relativista o por falto de principios, y al que combatía sin piedad, tanto si se trataba de un partido Demócrata relativista y nihilista como si se trataba de un partido Republicano cínico y cortoplacista. Entre la política y la teoría, la tensión constante entre liberales, paleoconservadores y neoconservadores recorre el análisis histórico de Marco.
 
Así, las fábricas de ideas se convirtieron en el origen y no el instrumento de nuevas políticas; “Si las ideas de los neoconservadores han tenido éxito y han sido asumidas por los responsables políticos, no se debe a su capacidad de intriga, sino a la fuerza y consistencia de su visión” (pág. 118). Frente a la política, la voluntad de cambio provenía de los centros de estudio; forzados los políticos a confrontarse, tarde o temprano con ellas, verían una amenaza intelectual en cada think tank. Éstos parecen contribuir así al equilibrio de poder de la sociedad americana.
 
En “La nueva revolución americana”, los capítulos del cinco al ocho muestran el conjunto de doctrinas y teorías más o menos heterogéneas que llamamos derecha, así como del neoconservadurismo. No parece que constituya un corpus ideológico completo, una ideología en sentido estricto. Más bien parece lo contrario; el análisis de Marco muestra la complejidad de la derecha, económicamente, religiosamente, estratégicamente y culturalmente, dividida en familias, algunas de las cuales parecen más cercanas al Partido Demócrata que al Republicano; ¿constituye el movimiento único que obsesiona a la izquierda? No lo parece en absoluto. Su unidad parece venir más bien de una actitud.
 
Los capítulos dos, tres y cuatro muestran la actitud revolucionaria de éste, que probablemente constituya el cambio histórico esencial en las relaciones entre izquierda y derecha que desesperan a la primera; “Voluntad de cambio, moral de combate y ambición de victoria. Ésos son los componentes esenciales de la visión neoconservadora” (pág.120). Pero ¿Cómo obviar que la izquierda constituye ahora la voluntad de permanencia, el espíritu de rendición, el nihilismo político? Ideológica y culturalmente, la izquierda se parece cada vez más a la derecha que imagina en su mente, es el poder que domina medios de comunicación  universidades por todo Estados Unidos.
 
Lo cierto es que la revolución conservadora es posible en el momento en que la derecha toma conciencia de que, al menos, no es inferior a la izquierda. Hoy, en España, una “tropa liberal conservadora” más desordenada y más desorganizada, se bate caóticamente desde Libertad Digital, desde La Razón, desde GEES o desde la Cadena COPE contra los dogmas progresistas y contra el instrumentalismo de derecha que parece querer acoplarse a ellos. Como en Estados Unidos, la heterogeneidad parece ser algo consustancial a esta derecha. Lo que no parece serlo es su voluntad de lucha, de cambio y de victoria.
 
Razón por la cual, el enemigo de esta nueva derecha parece ser también precisamente la derecha; ubicada ideológicamente como poder histórico establecido, la izquierda española señala el papel de la derecha, y le exige no salirse del guión histórico. Convertida en convidado de piedra de los dogmas progresistas, esta derecha asiste entre atónita y escandalizada al auge de una derecha que se niega a pedir perdón por unos pecados que no ha cometido, y que exige disculpas a la ideologías que en el pasado cometieron crímenes en masa. El surgimiento de una nueva derecha española no parece sorprender menos a la izquierda que a parte de la propia derecha.
 
Como en América, esta derecha española es revolucionaria también para la derecha. Participa del espíritu del discurso de Reagan en 1976; “no cedáis en vuestros ideales. No pactéis. No cedáis a la rutina. Y por el amor de Dios, y aunque hayáis visto como funcionan las cosas desde dentro, no os volváis cínicos. No, no os volváis cínicos” (cit Marco, pág. 103). Claro que como advierte el propio autor, la tentación acomodaticia, la autocomplacencia y el gusto por el poder y sus placeres no es un peligro ajeno tampoco a la nueva derecha, que por humana, no parece poder escapar de los vicios del hombre. Así las cosas, la nueva revolución americana, quién sabe si la española, parece tener como finalidad o consecuencia, al menos, reequilibrar las cosas entre derecha e izquierda. Y eso, naturalmente, ya es una revolución.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


© 2003-2008 GEES - Grupo de Estudios Estratégicos
Aviso legal | Mapa Web | Lista de correo | Contactar