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Gruñidos imperiales
Reseñas nº 89   |  28 de Mayo de 2007
 

(Del libro Gruñidos imperiales. El imperialismo norteamericano sobre el terreno de Robert D. Kaplan. Ediciones B. Barcelona, 2007. Publicado en Suplementos Libros de Libertad Digital, 25 de mayo de 2007)

La literatura de viajes es un género clásico y antiquísimo, aunque no se popularizó hasta el siglo XVIII, el siglo del viaje ilustrado y de la aparición de Thomas Cook, la primera agencia especializada en trasladar grupos de personas de una punta a otra. Entre los más destacados escritores del género en nuestros días se encuentra el periodista norteamericano Robert D. Kaplan, bien conocido entre nosotros por el éxito de crítica y público de alguna de sus obras traducidas al castellano entre los que destacaría Fantasmas balcánicos y Viaje a los confines de la Tierra.
 
Kaplan comenzó haciendo viajes convencionales, es decir a un país o región determinada, para trasladar sus impresiones a aquellos lectores que, con una experiencia de vida semejante, podían valorar sus comentarios y sensaciones. Kaplan impresionaba por su fácil, precisa y rica prosa; por su capacidad para comprender gentes y conflictos lejanos; y, muy especialmente, para enmarcar hechos presentes en la historia. Su formación histórica es relevante, como lo es su facilidad para recurrir al pasado para explicar el presente. Todo ello tiene como resultados obras extensas que requieren de un lector sin prisa, dispuesto a saborear la descripción matizada e inteligente. Un lector que no se conforma con dos o tres ideas sencillas para explicar un conflicto.
 
Con en el tiempo Kaplan comenzó a ensayar otro tipo de viaje. En Viaje al futuro del Imperio optó por un “viaje imaginario” a su propio país, tratando de hallar las consecuencias de los procesos de cambio sociales y urbanísticos en curso. Una obra fascinante para todo aquel interesado por la evolución de las grandes ciudades occidentales. En Gruñidos Imperiales el objetivo está en el tiempo presente, pero no en un lugar determinado. Si un Imperio es siempre, entre otras cosas, un despliegue militar capaz de defender los intereses de la gran potencia, ello implica hombres, una formación militar determinada, unos objetivos y una variopinta gama de realidades en las que tienen que desarrollar su trabajo los soldados. Kaplan ha recorrido el conjunto de los mandos regionales con los que Estados Unidos trata de estar presente en todo el planeta, ha acompañado a los oficiales en su trabajo cotidiano y ha palpado tanto su visión de Estados Unidos y de los países en que estaban destinado como su valoración de las misiones que se les encomiendan.
 
Al lector europeo, poco conocedor de la realidad americana y sumergido en el pensamiento único reinante, le sorprenderá el patriotismo que se respira entre los jóvenes soldados americanos. Procedentes en su mayoría de esos estados que quedan fuera de los circuitos turísticos habituales, son hombres que han recibido en sus familias unos sólidos ideales trasmitidos de generación en generación. Leyendo a Kaplan y conociendo a sus protagonistas se comprenden mejor las colas de ciudadanos americanos que un día cualquiera recorren con fervor los monumentos bélicos del Mall de Washington. Sin embargo, como no deja de señalar Kaplan, los vientos de cambio también soplan en el Imperio y algunos de los soldados se quejan de la falta de ideales que perciben entre muchos de sus coetáneos de la sociedad civil. Un relativismo que se trasluce en la prensa y se refleja en el Capitolio ¿De qué vale tener un potente ejército con profesionales entregados y entrenados, si los que deben tomar las decisiones se sienten tentados a optar por la vía fácil y gruñir, incluso ladrar, pero no morder? ¿De qué valen sin en mitad del fragor de la batalla sus congresistas discuten abiertamente sobre la posibilidad de retirarse? El contraste entre capacidades militares e imagen internacional es extraordinario. Nunca un imperio fue tan poderoso y nunca se le percibió de forma tan generalizada como un “tigre de papel.


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