(Publicado en ABC, 18 de mayo de 2007)
América, por ser una nación joven, tiene poca memoria y olvida que los enemigos, cuando no se sienten derrotados, alimentan dentro de sí sus ansias de venganza. Eso es lo que le está pasando a Paul Wolfowitz, el ideólogo de la hegemonía norteamericana y el arquitecto de la intervención en Irak, a punto de ser expulsado de su puesto en el Banco Mundial por sus enemigos, internos y externos.
Se le acusa de haber intercedido a favor de su “novia”, una funcionaria con años de trabajo en el Banco, promoviéndola para que aceptase un traslado forzoso, al considerarse que era incompatible su desempeño profesional bajo la dirección de su pareja. El comité de ética recrimina ahora, más de un año después, la decisión de Wolfowitz, y eleva un informe al respecto al comité de dirección del banco. Muy pocos se lo han debido leer porque sus enormes contradicciones y lagunas explican por qué Paul Wolfowitz no acepta marcharse con deshonra. Quiere que el banco cargue con su parte de responsabilidad antes de dejarlo.
Se equivoca. No debería irse. Deberían marcharse quienes le han tendido la trampa en la que, por ingenuo, ha caído. Entre otros, el principal acusador, el vicepresidente para recursos humanos, Xavier Coll quien ahora afirma que Wolfowitz se saltó las prácticas habituales del BM, pero que calla sobre la nota que le hizo llegar a su jefe en la que le obligaba, en la práctica, a no inhibirse y tomar una decisión sobre el traslado y la compensación de la señorita Riza. Como tampoco ha hablado sobre otras dos en donde argumentaba por una decisión flexible y finalmente expresaba su satisfacción por una solución que juzgaba adecuada para los intereses de todos, incluida la institución.
Wolfowitz está en el disparadero de la burocracia del BM, lo más parecido a un ministerio de la URSS, por querer reformar sus prácticas, y en el de los enemigos de América por lo que es y representa. Es el trato que le dan sus aliados. Desgraciadamente para Wolfowitz América tiene poca memoria.