Grupo de Estudios Estratégicos RSS
Portada > Análisis > ¿Es la izquierda esencialmente corrupta?





Buscar artículos publicados por el GEES
Buscar BuscarEspanol - Ingles
¿Es la izquierda esencialmente corrupta?
Análisis nº 187   |  17 de Mayo de 2007
 
Auto asignándose a sí misma un papel histórico y aún transhistórico, concibiendo a la derecha como la negación misma del progreso y aún de la misma paz, la izquierda se da a si misma la legitimidad de cualquier tipo de comportamiento con la seguridad de que, fuera de él, cualquier cosa que haga la derecha será incomparablemente peor.
 
Diríase que la misma pregunta ya presupone cierta respuesta, respuesta a todas luces injusta: la corrupción, el comportamiento deshonroso es independiente de la adscripción política del gobernante. Entendida como utilización para fines privados de los bienes públicos, la tentación está al alcance de cualquiera. Una visión desapasionada y desideologizada de la política sólo proporciona una certeza. ¿Existe una predeterminación política a la corrupción? De ninguna de las maneras. Pero esta constatación antropológica sencilla, no esconde un hecho evidente; hoy, el atento observador asiste con pasmo la vuelta de la corrupción con un gobierno socialista, y las comparaciones históricas se hacen inevitables y dolorosas. La pregunta acerca de la relación entre la corrupción y la izquierda española contemporánea no carece de sentido.
 
Partido Socialista Obrero Español; to p’al pueblo
 
En 1996 José María Aznar desaloja de La Moncloa a un gobierno socialista sumido en el pozo de la corrupción; catorce años separaban 1982 de la victoria del PP. Las hemerotecas muestran un torrente de corrupción bajo el mandato de Felipe González; la geografía del fraude se extendía desde el Banco de España hasta la Guardia Civil, la vicepresidencia del Gobierno, TVE, la Cruz Roja. En el peor de los casos, el del terrorismo de Estado, aquel que hizo retroceder el fin de ETA durante años, se robaba para matar y se terminó matando para robar. Desbocada, la corrupción económica, política e institucional recorría de lado a lado la administración de Felipe González.
 
El mantenimiento del poder durante un tiempo dilatado favorece la corrupción, enseñan los sociólogos; El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente. Poder cualitativamente absoluto, cuando no existe potencia alguna que limite su capacidad; poder temporalmente absoluto, cuando cualquier otra potencia se ve desgastada por el paso del tiempo. ¿Cómo no convenir en que, a izquierda y derecha, el poder absoluto es la más evidente fórmula de corrupción? En 1996, catorce años de gobierno y mayorías absolutas parecían la causa de toda corrupción política. Pero toda teorización al respecto parece fuera de lugar cuando se observa la historia tal y como fue y no tal y como la sociología y aún el sentido común parecen indicar.
 
Cualquier recurso fácil a Lord Acton carece de sentido en lo relativo a la historia reciente de España; El 28 de octubre de 1982, el PSOE ganaba las elecciones, y el primer caso de corrupción ocurría menos de cuatro meses después. En febrero de 1983 se produce la expropiación de Rumasa, al glamoroso grito de “!tó p’al pueblo¡”. La expropiación, vía Decreto-Ley del Gobierno socialista, se producía en medio de un ambiente que después sería familiar en la España de los ochenta y los noventa; escuchas ilegales, utilización teatral de las fuerzas de seguridad del Estado, filtraciones a la prensa, escándalos judiciales.
 
La utilización con fines particulares de los mecanismos del estado, de las fuerzas de seguridad, la presión a la justicia, vendría acompañado del enriquecimiento de quienes se situaban junto al poder; en la reprivatización, “Galerías Preciados” era vendida al amigo de Felipe González Carlos Andrés Pérez por tres mil millones de pesetas, y  a los tres años revendida por más de cincuenta mil millones. En nombre del tó p’al pueblo, la corrupción se hizo real desde el principio mismo del mandato socialista.
 
¿Corrupción? Más bien “Asalto al poder”, certificaba Jesús Cacho en su célebre libro de 1998. Lo cierto es que, histórica y cronológicamente, la corrupción de los gobiernos socialistas no pareció consecuencia de un poder absoluto, sino parte esencial de éste. El asalto a los mecanismos del Estado y la corrupción económica, aparecieron ya desde el primer momento, desde que Alfonso Guerra defendiera la expropiación, desde el Gobierno y al margen de los tribunales, de Rumasa al grito de tó p’al pueblo.
 
¿Qué consecuencia sacar de ello, cuando en la primavera de 2007, Felipe González manifiesta su intención de hablar de la derecha? En 1992, el poder de Felipe González podía ser absoluto; en 1983 no lo era de ninguna de las maneras, y eso no impidió que la corrupción rodeara a su gobierno desde los primeros momentos. Lo cierto es que la corrupción acompañó al PSOE desde el principio, y no le abandonó hasta el final. Hoy,  con sorpresa, el expresidente reaparece diez años después para reivindicar su legado al grito de "nunca ordené matar ni siquiera a un hijo de perra”.
 
Más de veinte años después, Felipe González entra en campaña, cuando la historia se repite: ¿Cómo obviar que las hemerotecas hablan ya del año 2005 como el de las oscuras operaciones y reuniones secretas celebradas a la sombra de otro gobierno socialista? Un gobierno en minoría, dependiente tanto de Izquierda Unida como de ERC, y con un futuro electoral incierto no impidió las maniobras irregulares a la sombra de La Moncloa ya desde el principio: “la nueva beutiful de Zapatero ya estaba manos a la obra apenas unas semanas después de llegar al poder” (Jesús Cacho).
 
En 2005, como en 1982, el gobierno socialista ni  llevaba años en el poder ni gozaba de un poder absoluto. Eso no impidió que, a la sombra del gobierno de Rodríguez Zapatero, surgieran los casos de corrupción, como antes ocurrió con Felipe González. La experiencia histórica muestra una certeza insoportable para una concepción honrada del socialismo. En España, el asalto al poder y el asalto al dinero han corrido parejos en el caso de los dos presidentes del Gobierno. Y en ambos casos, la apelación ideológica como forma de huir de la realidad parece una constante.
 
La apelación ideológica y el regreso de González
 
La justificación de la izquierda ante la corrupción se convierte en una justificación estrictamente ideológica; recibe su sentido desde una concepción ideal de la historia, del hombre y de la política. ¡Tó p’al pueblo! se convirtió en los ochenta en la expresión castiza y popular de una venganza histórica contra el capitalismo, contra la especulación, contra la impunidad del rico. Una historia concebida en unos términos que en la campaña de 2007 aparecen como el pueblo contra los poderosos. Hoy, de manera menos zafia pero igualmente intuitiva y primaria, la izquierda justifica sus propios casos de corrupción acusando a la derecha de unos males peores, y postulándose a sí misma como el mal menor.
 
En plena campaña electoral de mayo de 2007, Felipe González, el presidente del gobierno bajo el que se cometieron crímenes horrendos, entra en campaña electoral en términos históricos, ligando la suerte de Rodríguez Zapatero a la suya propia;"Necesitamos una derecha más respetuosa y democrática, y para conseguirlo el PP ha de estar en la oposición. No aceptaron lo que ocurrió en marzo de 2004 lo mismo que no aceptaron los resultados de las elecciones de 1993, ellos creían que deberían haber ganado y los ciudadanos que no". Advirtiendo de que el PP se escora hacia posiciones radicales, el expresidente habla de los casos de corrupción durante su mandato: “hubo casos de corrupción, pequeñas muestras de lo que estoy viendo ahora en los tinglados institucionalizados”(14 de mayo 2007)
 
“¿Tinglados institucionalizados?” Entre 1996 y 2004 los casos de corrupción que afectaron al PP fueron mínimos, no absolutamente –nunca lo son-, pero sí en relación a los que pudrieron las instituciones españolas entre 1982 y 1996. ¿A qué se refiere González cuando habla de corrupción institucionalizada? En términos concretos, no lo hace, porque lo que interesa al expresidente es alertar de un peligro histórico; "Pepiño Blanco no me deja hacer por mi cuenta una campaña por toda España para que yo vuelva a explicarle a los ciudadanos españoles de qué va lo que está haciendo está derecha"
 
Sin excesivos miramientos, Felipe González interpreta la historia en clave socialista. La corrupción política y económica de la izquierda palidece ante lo que es la corrupción histórica y política por excelencia, la de la derecha; la derecha que logra el poder antidemocráticamente (1996) y que cuando no lo hace se comporta antidemocráticamente (1993, 2004). Y más allá de eso, la derecha convertida en un poder de facto, al margen de las urnas amenaza siempre la estabilidad democrática. ¿Cómo defiende la honradez socialista el expresidente? Denunciando que los "corruptos, no de maletines, sino de contenedores de billetes, tengan el rostro de poner denuncias por corrupción”.
 
Felipe González denuncia la corrupción esencial de la derecha; pequeños pecados de la izquierda en relación con el pecado mortal de la derecha, que va más allá del PP, Aznar o Rajoy, y que apunta a su misma existencia. La derecha es antidemocrática, movida por intereses económicos siempre oscuros y por tanto esencialmente corrupta. El 3 de febrero, el presidente Rodríguez Zapatero había ya cerrado intuitivamente el círculo ideológico, del que desconoce lo fundamental pero que no le impide propagarlo. Atacando a la derecha y no al Partido Popular, advertía; "Ellos lo que quieren es vivienda libre, cara, como un bien únicamente de la especulación y del mercado".
 
Ya en plena campaña, con sus asesores cercados por la corrupción, con las comprometedoras cintas de Ibiza resonando por las radios, Rodríguez Zapatero aborda en Valladolid (13 de mayo) el tema de la corrupción, para hacerlo en términos inequívocamente ideológicos: “Zapatero arremetió contra la gestión de la derecha en los ayuntamientos, donde "se construye todo y, a la vez, se destruye la ciudad y el medioambiente", y contrapuso esta política a la Ley del Suelo aprobada esta semana en el Parlamento que, entre otras cosas reserva un 30 por ciento del terreno a viviendas de protección oficial y garantiza el respeto al patrimonio natural.
 
Criticó, por el contrario, la anterior ley "popular" en la que "todo el suelo era libre" y se construía "sin control, sin dirigir el desarrollo urbanístico racional", lo que provocó que el precio de la vivienda aumentara "dos veces y media" y se dio el "mayor número de casos de especulación y corrupción urbanística que hemos tenido en este país (Agencia EFE, 13-5-07)
 
Intuitivamente, Rodríguez Zapatero enuncia la tríada progresista libertad-especulación-corrupción: la libertad de mercado conduce a la especulación, y ésta a la corrupción. En la era de Educación para la ciudadanía y Aquí hay tomate, no por simple y primitiva esta manera de razonar es menos ideológica. Establece un problema, la corrupción; una causa, la especulación; y una responsable, la derecha. Rodríguez Zapatero actualiza en clave electoral uno de los dogmas izquierdistas de todos los tiempos; la derecha es corrupta, porque el mercado conduce necesariamente a la corrupción a través de la especulación. Y en cuanto defensora del libre mercado, la derecha es culpable de corrupción en el más alto grado; una corrupción histórica y aún transhistórica, que une en una misma lógica a los propietarios de todos los tiempos, a los poderosos, a los ricos.
 
¿Y la izquierda? Sigamos a Héctor Guiretti (Cuadernos de Pensamiento Político, marzo 2004); “La derecha aparece originariamente como todo aquello excluido por la izquierda, sean ideas, hombres, instituciones o movimientos” Hoy, definiendo a la derecha como todo aquello que no es de izquierda, arrojada del paraíso progresista, para Rodríguez Zapatero no es que la corrupción sea de derechas, sino que si la derecha es la corrupción misma, la izquierda es la negación también de ésta.
 
Desengaño para ingenuos y alegría de desvergonzados, no hay nada que pueda hacer la izquierda que pueda considerarse estrictamente corrupción, en la medida en que ideológicamente la izquierda es su misma negación de la especulación y el libre mercado; ¿con qué derecho critica la derecha la corrupción de la izquierda cuando la historia de la humanidad es la historia del robo institucional ejercido desde la propiedad privada? , se pregunta el progresista convencido. ¿Qué más dá, -en ultimo término-, que Aznar saneara la vida pública, cuando su mismo gobierno, vía Prestige, Irak y 11M, es ilegítimo?, se pregunta el progresista; ¿acaso no hay relación directa entre los intereses económicos, el dinero y las mentiras y la guerra?, se pregunta el comunista que acompaña a Rodríguez Zapatero y González en las críticas a la derecha.
 
¿Acaso la voracidad liberal no va unida a la mentira? Ésta constituye otro de los pecados originales de la derecha, unida no sólo a la especulación, sino a Irak o al 11M: A la pregunta por el escándalo de la CNMV, de las comisiones en Ibiza y el asalto al BBVA, Rodríguez Zapatero y José Blanco responden con las mentiras de las armas de destrucción masiva y el 11M. A la pregunta por los maletines repletos de millones que circulaban entre los miembros de su administración, Felipe González responde hablando de contenedores de dinero, figura abstracta e ideológica, tan alejada de lo real que impide cualquier posible refutación.
 
La inocencia eterna de la izquierda
 
Convertida ideológicamente la derecha en especuladora y corrupta, limitada a ella en sentido propio la palabra corrupción, nada de lo que haga la izquierda en el día a día podrá compararse al pecado original de la derecha, el que se deriva de su propia naturaleza especuladora y por tanto corrupta. Una corrupción que arrastra desde el inicio de los tiempos, y que a los ojos del progresista la inhabilita para denunciar los escándalos de cientos o miles de millones. Puesto que la derecha es responsable de la corrupción en cuanto tal, ¿cómo condenar los pecados veniales de la izquierda cuando se hacen bajo la consigna de tó p’al pueblo?
 
¿Cómo escandalizarse ante las tramas oscuras de la Oficina Económica del Presidente del Gobierno cuando éste tiene por misión instaurar la paz en España, hacer avanzar las libertades y los derechos ante la oposición de la derecha? La falta de paz, recuerda el Frente gubernamental, procede de la negativa de la derecha a establecer, en 1978, las reformas necesarias que Rodríguez Zapatero sí está dispuesto a abordar hoy; ¿con qué derecho, se pregunta el progresista, puede la derecha criticar el turbio comportamiento de la izquierda cuando ella misma es en sí misma corrupta y aún antidemocrática?
 
Lo cierto es que desde una concepción ideológica de la izquierda, cualquier pecado cometido por ella, desde la corrupción económica al crimen de Estado, resulta insignificante al lado del mayor crimen contra la historia que es el que comete la derecha; ¿qué no está permitido a la izquierda, cuando, como dice José Luís Rodríguez Zapatero, es ella la que hace avanzar la democracia ante la oposición de la derecha?
 
Auto asignándose a sí misma un papel histórico y aún transhistórico, concibiendo a la derecha como la negación misma del progreso y aún de la misma paz, la izquierda se da a si misma la legitimidad de cualquier tipo de comportamiento con la seguridad de que, fuera de él, cualquier cosa que haga la derecha será incomparablemente peor. ¿Cómo no cometer determinados actos cuando sabemos que, en cualquiera de los casos, será peor en manos del adversario?
 
La izquierda, la corrupción y la ideología
 
Estamos en condiciones así de volver al inicio; la pregunta del comienzo, ¿es la izquierda esencialmente corrupta? viene acompañada así por la pregunta acerca de su intensidad ideológica; ¿es la izquierda esencialmente ideológica? El progresista creyente en el cumplimiento de la profecía histórica responderá afirmativamente; el socialdemócrata conocedor del carácter prosaico y complejo de la política responderá negativamente, o al menos se lo pensará dos veces antes de anteponer absolutamente sus deseos a la realidad. La tercera pregunta por tanto hace referencia a la existencia de tal izquierda en España y en Europa; ¿existe una izquierda que no sea esencialmente ideológica?
 
La respuesta a las dos últimas preguntas da respuesta a la primera; en la medida en que la izquierda se guía exclusivamente por la teoría y la visión que tiene de sí misma y de la realidad, más alto sitúa el listón de su aguante moral; cuanto mayor es la misión histórica del progresista y mayor es la perversión política y moral de la derecha, los pecados de la izquierda se convierten en más disculpables; ¿qué pequeño desliz –Filesa, GAL, Intermoney- no le está permitido cuando se trata de hacer avanzar la democracia, otorgar derechos constitucionales y asegurar la paz en Euskadi? Fuera del peor gobierno posible de la izquierda, cualquier mejor gobierno posible de la derecha será, en cualquier caso, más corrupto, puesto que la teoría dice que lo será.
 
Tal punto de vista no es, al menos teóricamente, necesario en la izquierda; allí donde la ideología no sustituya a la realidad del día a día, allí donde la visión ideal de los gobernantes no se imponga sobre la realidad histórica y política, o al menos allí donde el socialista combine la ideología con los aspectos judiciales, electorales o constitucionales, la corrupción parece menos probable. Cuanto menos intensa es la ideología, otras consideraciones entran en juego, y menos justificadas quedan las acciones por el hecho de ser de izquierdas. El crimen de Estado deja de ser moralmente aceptable, y la financiación y el tráfico de influencias, también.
 
Pero poca esperanza parece quedarle al español que observa como el pasado de Filesa y los GAL se suma al presente de Intermoney. En la primavera de 2007, difícilmente se podrá obviar el carácter intensamente ideológico del discurso desplegado por Felipe González y Rodríguez Zapatero; uno y otro parecen justificar sus pecados, la corrupción generalizada y el crimen de Estado el primero, la corrupción en las altas esferas el segundo, por el valor democrático absoluto que otorgan a la izquierda y el carácter corrupto y antidemocrático de la derecha. Idea que comparte el Frente de la Paz que los acompaña en la denuncia de la derecha. Los males propios se justifican, al fin y al cabo, por el peligro externo de un mal mucho mayor. Es en este sentido en el que la izquierda española hoy es intensamente ideológica, es decir, intensamente corrupta.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


© 2003-2008 GEES - Grupo de Estudios Estratégicos
Aviso legal | Mapa Web | Lista de correo | Contactar