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La Francia de Sarkozy
En letra impresa nº 761   |  15 de Mayo de 2007
 
(Publicado en La Razón, 15 de mayo de 2007)
 

Francia está muy bien, uno de los primeros países del mundo, con alto nivel de vida, de educación, de cultura, de productividad, de avances científicos, una infraestructura moderna y otras importantes bazas cara al futuro. Pero este año está peor que el pasado y mejor que el próximo. Ahí está lo malo. Los franceses lo saben y no se encuentran a gusto. Muchos son los que obtienen su bienestar de la omnipresente red protectora estatal. El bienamado acquis, lo adquirido. Lo que se da no se quita. Es como las famosas conquistas revolucionarias, irrenunciables para quienes las imponen y disfrutan. Y el que venga detrás que arree. Como no se puede ser tan cínico, se ideologiza justificativamente todo el tinglado. Ya que no hay fantasma franquista al que apelar y la extrema derecha camina por su propio pie, queda el recurso a la acusación de salvajismo. Salvajes son los capitalistas que quieren cambiarlo todo. A estas alturas no deberían tener plaza en tan civilizado país. “Anglosajón” sirve para designar vitandos vicios de política económica y social. El acquis es una piedra de molino al cuello de la nación.
 
El voto ha puesto de un lado a los que se aferran al sistema de onerosos privilegios bajo el prestigioso manto de progreso y del otro a los que están dispuestos a renuncias para devolverle dinamismo al país y asegurar futuro a la posteridad. Los primeros, inmovilistas, se llaman de izquierda, los segundos, partidarios del cambio, constituyen la derecha. La izquierda busca soluciones en un aumento de las prebendas a cargo de un estado cada vez más arrullador y arrollador. La derecha parece dispuesta a pensar que cada uno se arrulle a sí mismo y el estado arrolle lo estrictamente indispensable. Eso sí que es progreso y hasta revolución, porque Chirac representaba todo lo contrario.
 
La polarización ha suscitado apasionamiento y la asistencia a las urnas ha batido records. Es ya casi imposible rebañar más votos de los pasivos que se quedan en casa. Con tanta emoción puesta en el sufragio, los resultados tienen que haber significado algo y algo importante. Sólo hay desacuerdo sobre lo qué. Y es que, contra los comentarios al uso, no es tan sencillo interpretar la suma de gran número de decisiones individuales, cuando incluso éstas pueden resultar obscuras hasta para sus autores. ¡Francia quiere el cambio! A lo sumo el 53%,  porque el otro 47 se opone. Ambos están a un 4% de perder lo ganado o ganar lo perdido. Sarkozy ya es monarca-presidente en la muy republicana Francia, pero los ciudadano están muy divididos y falta un mes para la elección de la Asamblea Nacional. Si no revalida su victoria las cosas se le ponen feas. Cohabitar con los enemigos del cambio pone el cambio en la picota. La constitución le asegura vara alta en exteriores y defensa, pero si no puede nombrar al jefe de gobierno que le plazca gran parte de la política interior se le escapa y se convierte en el producto de un forcejeo. En la nueva consulta pesan factores locales y cacicatos bien enraizados. El horizonte no está todavía despejado.
 
Sarkozy, que en la segunda vuelta se ha tragado casi entero a Le Pen, en contra de su hirsuta recomendación abstencionista, y al diminuto partido del ultranacionalista degauliano Philip de Villiers, ha tendido una mano hacia el centro izquierda, como lo demanda la aritmética electoral. El alarde de fuerza del centrista Bayrou, con el 18’5% por ciento en la primera, se ha repartido por mitades entre los campeones de la segunda. Puede haber bastante más que transitorias retóricas de campaña. La intensa movilización dejó al esperpéntico fascistoide Le Pen en la mitad de la votación, proporcionalmete, recogida hace cinco años. Podría tener consecuencias permanentes y cerrar una herida en la derecha abierta hace más de veinte años con los maléficos oficios del sinuoso Miterrand, que no deseaba otra cosa que debilitar a los gaulistas. No se pueden predecir los efectos del carisma de la vacua Ségolène en el muy dividido socialismo, salvo que posiblemente existirán, sobre todo si su derrota se ve amplificada en las parlamentarias.
 
En todo caso, los partidarios del mantenella y no enmendalla en socializaciones, intervencionismos estatales y pantalla contra la mundialización, que es competencia, no son los que se quedan de brazos cruzados esperando la próxima consulta. París no es París más que cuando levanta su pavimento, decían los franceses en el prolíficamente revolucionario siglo XIX. En eso la izquierda de las barricadas no ha cambiado mucho. Ahora acostrumbra a paralizar el país con huelgas nacionales y bloqueos de carreteras, ante la resignada pasividad del resto. Como si fuera lo democrático. Quizás en esto también haya cambio. Quizás el comportamiento electoral haya que leerlo como “hasta aquí hemos llegado”.  Eso es lo que Sarkozy representa y quiere, pero no basta con quererlo. Si alguien puede es él, pero no se lo van a poner fácil.
 
Y quedan los desheredados de la fortuna francesa, habitantes de la banlieu, el extrarradio de las grandes ciudades, a los que no les llega el pastel estatal. Esos metecos, en la terminología greco-aznavouriana, son en realidad moracos (disculpas, sólo como licencia poética, sin el menor ánimo despectivo). Ya han quemado más de mil coches desde las elecciones. Eso sí que es prisa.

 


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