Idealismo e interés en el punto de partida
Desde sus comienzos, en los duros años de la posguerra mundial, hasta nuestros días el proceso de construcción europea se ha movido en la tensión entre el ideal y la necesidad. Es cierto que ya antes de la guerra existía un movimiento pan-europeo, animado por la figura del conde Richard Coudenhove-Kalergi
[1], que se hizo más fuerte tras el drama del conflicto bélico, pero este movimiento, este noble ideal, resulta a todas luces insuficiente para comprender el nacimiento y desarrollo del proceso de convergencia europeo. La necesidad jugó un papel determinante.
Cuando el gobierno norteamericano llegó al convencimiento de que las sociedades europeas se sentían débiles y vulnerables, ante el pésimo estado de sus infraestructuras económicas y la creciente amenaza soviética, temió que se vieran abocadas a procesos revolucionarios que convirtieran estos países recién liberados en repúblicas populares o, en el menos malo de los casos, que subordinaran sus políticas exteriores a los dictados del gobierno de Moscú, lo que años después se conocería como finlandización. Éste fue el origen del
European Recovery Program o “Plan Marshall”. Se trataba de inyectar dinero en el sistema para reactivar lo antes posibles las economías europeas. Era un plan político. La Administración Truman había llegado al convencimiento de que el mejor muro de contención a la expansión del comunismo eran unas clases medias fuertes. Para constituir esta presa había que dinamizar la economía en un tiempo
record, y eso no resultaría fácil. De ahí que esta iniciativa político-económica viniera acompañada de condiciones que el tiempo demostró revolucionarias. El dinero norteamericano se situó en un organismo de nueva creación, el Comité de Cooperación Económica Europea, y su reparto se hizo desde una perspectiva global, forzando acuerdos entre las naciones. Desde Washington resultaba evidente que sólo una Europa unida podría contener el expansionismo soviético y que era interés nacional promover ese proceso. El Plan Marshall abrió la puerta hacia una mucha mayor colaboración entre los estados europeos y facilitó la maduración, ya en la década siguiente, del Tratado de Roma
[2].
La experiencia de los acuerdos de paz que pusieron fin a la Gran Guerra, y sus fatídicas consecuencias años después, estuvieron también presentes en las mentes de los dirigentes europeos de aquellos años. La humillación infligida a Alemania alimentó el espíritu de revancha, el populismo nacionalista y, a la postre, la aparición del nacional-socialismo. La gestión de la derrota alemana requería algo más que un castigo ejemplar. Había que facilitar su pronta recuperación, afianzar a una clase política comprometida con los valores democráticos y vincular al renovado estado en la gestión de los asuntos continentales. Las nuevas instituciones europeas no respondían sólo a la necesidad de reconstruir la economía, fortalecer a las clases medias y contener a la Unión Soviética. Otro objetivo a lograr era la recuperación/contención de Alemania, que evitara la reanudación del ciclo derrota-humillación-revanchismo-guerra que tan desastrosas consecuencias había tenido.
El punto de partida tiene pues un componente idealista, el movimiento europeísta, junto a otros que responden a necesidades o intereses: recuperación económica, consecución de una sociedad basada en clases medias con valores democráticos, contención de la Unión Soviética e integración de Alemania. Esta conjunción de elementos variopintos marcó desde el principio un proceso que trataba de superar una historia de fracaso, caracterizada por el nacionalismo, las doctrinas totalitarias y, finalmente, la guerra, pero que no sabía a ciencia cierta a donde iba. Más aún, cualquier intento de definición del modelo de organización a la que se quería llegar se convertía en un punto de discordia, pues ponía en evidencia no sólo las diferentes visiones sino, y sobre todo, las distintas culturas políticas desde las que se partía.
Sin un guión claro sobre el camino a seguir, la historia de la Europa unida es la de un proceso negociador en el que las distintas partes reconocen que el estado-nación no es ya el instrumento idóneo para defender los intereses nacionales, por lo que realizan concesiones a una entidad distinta, que ni es estado ni nación, para dirigir una acción con carácter multilateral. La historia de esta aventura es una secuencia de cesiones y ajustes institucionales que, con el paso del tiempo, proporcionan la visión de un hecho revolucionario pero incompleto. Los estados ni quieren ni, de hecho, pueden dar marcha atrás; la cesión de competencias a las instituciones europeas es extraordinaria; pero sigue sin resolverse el equilibrio último entre Unión y estados.
Europa como modelo
El Viejo Continente había dado pruebas de decadencia desde principios del siglo XX. Esta decadencia se podía valorar comparándolo con otros estados emergentes, pero se hacía mucho más evidente observando sus propias crisis internas. El declive del parlamentarismo liberal; el auge del totalitarismo; dos aterradoras guerras mundiales en las que se experimentó un nivel de violencia y destrucción desconocido hasta entonces; el Holocausto; las purgas en la Unión Soviética… todo ello ponía en evidencia una profunda crisis de valores que parecía anunciar el fin no sólo de la hegemonía europea, sino de su propia civilización.
Ante tanto desastre Europa, cual Fénix, revivió incardinando sus valores centenarios en un nuevo proceso de largo recorrido, la unidad europea. Desde ese nuevo marco resolverían tanto las viejas disputas nacionales como el reto de la solidaridad y la justicia social. El estado de bienestar europeo, sin duda el más avanzado del planeta, mostraba al mundo que la economía de mercado continuaba siendo el mejor modelo económico para generar riqueza, además de ser perfectamente compatible con la distribución de esa riqueza y la generación de servicios sociales de alta calidad: sanidad, enseñanza, pensiones… Europa es una extraordinaria potencia económica, al mismo tiempo que ofrece a sus ciudadanos un bienestar nunca antes conocido. Pero es también un espacio en el que la violencia ha sido superada. Donde las diferencias nacionales se resolvieron por las armas durante siglos, ahora existe concordia; donde fronteras y murallas separaban, ahora autopistas y empresas vertebran un espacio político y ciudadano crecientemente multinacional; donde primaban valores de exclusividad ahora reina un espíritu europeo. Nadie piensa que Alemania o Italia puedan resolver problemas de importancia de forma autónoma, porque son parte estructural de una entidad colectiva.
Desde hace décadas vemos como las empresas se fusionan, se “opan”, o realizan acuerdos de colaboración (Joint ventures) para poder ser más eficaces en un mercado que se ha hecho global. De la misma manera, en todas partes resulta evidente que los retos del siglo XXI exigen de la colaboración entre estados. Las organizaciones regionales continúan desarrollándose, en unos casos en torno a los problemas de seguridad, en otros por razones de índole política o económica. En este contexto, Europa es un modelo atractivo para el mundo. Su desarrollo económico, su forma de superar viejos problemas históricos, su actitud cívica despierta el interés de gentes de todo el planeta. La historia del proceso es estudiada en todas partes, la bibliografía crece de forma incesante y las bibliotecas están atestadas de trabajos de investigación o divulgación. Europa es para muchos el modelo de civilización, pero no todos piensan igual.
Para unos el auténtico espíritu europeo recaló al otro lado del Atlántico. Aquellos valores que hicieron fuerte a Europa, que aseguraron su crecimiento económico y su expansión por todo el orbe, se encuentran en clara decadencia entre nosotros. Por el contrario, son los que están tras el vigor de la potencia norteamericana. Individualismo, espíritu emprendedor, un estado poco intervencionista, un modelo de bienestar que recae sobre el principio de responsabilidad individual y no sobre las arcas del Estado, disposición a asumir compromisos y a hacer valer sus intereses en cualquier parte del planeta… Dos modelos con resultados a la vista: mayor crecimiento económico, mayor productividad y mayor generación de patentes en Estados Unidos. Una economía al borde del estancamiento, una crisis demográfica, elevados costes de gestión para el conjunto de servicios del estado de bienestar, paro estructural y dejación en el estado la resolución de los problemas sin disposición a ceder en los derechos adquiridos. Si en una orilla priman valores tradicionales del mundo judeo-cristiano, en la otra crece el relativismo
[3].
Para aquellos que van más allá del siempre difícil equilibrio entre libertad y solidaridad, para los que rechazan de plano los valores característicos de Occidente, Europa es el ejemplo de la corrupción y de la decadencia. El islamismo, que ve en Occidente al enemigo con el que resulta inevitable un choque de civilizaciones- de la misma forma que el socialismo soviético juzgaba inviable la convivencia entre capitalismo y socialismo sin que el primero contaminara y minara al segundo-, considera a Europa como el ejemplo supremo de la decadencia. Un ámbito en el que el hombre ha abandonado a Dios, se ha entregado al consumismo, la codicia y los bienes materiales hasta el punto de minar su cohesión y convertirse en una entidad débil incapaz de defender sus inexistentes valores y sus demasiado apetecibles bienes. En su visión, el renacimiento del Islam pasa por librarlo de la influencia materialista de Occidente y por derrotar e imponer en sus naciones la sharia y la hegemonía islámica. Algo que es posible precisamente por los efectos sobre la población de esa decadencia, que la hace incapaz de luchar y dispuesta a ceder al chantaje del terrorismo.
Para los islamistas Europa y Estados Unidos representan las dos caras de una misma moneda. La naturaleza de sus regímenes y sociedades es la misma, su negativa influencia sobre la evolución del Islam equivalente. Sin embargo, la corrupción de valores ha avanzado más en el Viejo Continente, donde la homosexualidad ha sido reconocida en mayor medida, el feminismo se ha impuesto y el rechazo al uso de la fuerza se ha extendido hasta el punto de plantearse un caso de indefensión voluntaria. El lema “antes rojos que muertos” característico de la Francia de los últimos años de la Guerra Fría, a ojos de los radicales del Islam se ha generalizado a un “antes cualquier cosa que muertos”. Si Estados Unidos representa la cara
hard de Occidente, Europa sería la
soft[4].
Esta diferencia de caras es asumida por otros muchos, aunque con un contenido no idéntico. Europa está más dispuesta a ensayar fórmulas de colaboración para tratar de resolver problemas complejos, con bajas exigencias de control del uso de los recursos financieros aportados, mientras que Estados Unidos está menos dispuesta a la colaboración desde el Gobierno, cuando lo hace exige más control del gasto y cambios en el corto y medio plazo y, en último lugar, está más preparada para hacer uso de la fuerza si otra vía no fuera posible para resolver el problema en cuestión
[5].
En cualquiera de los casos citados en párrafos anteriores, Europa es una realidad vista desde fuera. En muchas ocasiones, su unidad es más evidente desde fuera que desde dentro de sus fronteras. Puesto que es percibida como tal, se espera de ella una actuación acorde con su prestigio y su capacidad. Como raramente ocurre esto, por razones que más adelante analizaremos, la imagen de Viejo Continente como actor internacional es la de una entidad de efectividad limitada. Mucha gente desea vivir como en Europa, se respeta el camino andado, pero el prestigio de su labor internacional es bajo.
Una opción inevitable
En la medida en que los estados cedían competencias y las instituciones europeas las iban recibiendo se iba haciendo más y más evidente la necesidad de dotar a estas últimas de una dimensión mayor. Si la Comisión había llegado a tener un papel determinante en la gestión del comercio, inevitablemente tenía que asumir responsabilidades en el ámbito de las relaciones internacionales. No era posible seguir manteniendo por mucho más tiempo el reparto de papeles entre los estados y la Comunidad, en el que los primeros eran plenamente responsables de la gestión de la política exterior, de seguridad y de defensa, mientras que la segunda se concentraba en el área económica.
En los tratados de Maastricht (1992) y Ámsterdam (1997) se abordó este tema, asumiendo que era necesario dotar a la Unión de una dimensión internacional, en forma de una Política Exterior y de Seguridad Común. Puesto que estas áreas eran competencia de los estados, no de la Comisión, quedaría bajo el ámbito del Consejo. Para dirigirla, en coordinación con los estados, se creaba la figura de un Alto Representante, que asumiría también la Secretaria del Consejo. Era un cargo delicado, pues tenía que ser capaz de dar forma a algo común, cuando la realidad mostraba una amplia diversidad de puntos de vista dentro del Viejo Continente, por lo que requeriría paciencia y habilidad. A la dificultad citada se añadía otra no menor. La Comisión había ido desarrollando su propia dimensión internacional, a partir de su exclusivo ámbito competencial. Con la creación de la PESC y la aparición en escena de Mr. PESC la Unión disponía de dos responsables diplomáticos, aunque, de hecho, carecía de una auténtica política exterior. El hecho era expresión del grado de desarrollo del proceso de convergencia. Los estados no estaban dispuestos a realizar tamañas concesiones a la Comisión, pero entendían que tenían que avanzar, y avanzar mucho, en la coordinación de sus políticas exteriores. Pero por fácilmente comprensible que fuera el origen de tan paradójica situación, no dejaba de ser una fuente inagotable de tensiones entre los responsables de ambos puestos y una manifestación pública de lo anacrónico del entramado jurídico-institucional. Si la aparición de los dos nuevos pilares era una muestra del dinamismo del proceso, lo era también de la inadecuación de los instrumentos de los que se había dotado. Para que la Unión pudiera desarrollar correctamente su nueva dimensión internacional resultaba imprescindible un nuevo tratado con vocación refundacional, “constitucional”, que implicara un auténtico salto adelante.
El rodamiento de esta nueva política exterior y de seguridad común, con el trasfondo de la Crisis de los Balcanes, puso en evidencia hasta qué punto era inviable sin una equivalente política de defensa, algo ya previsto en el Tratado de Maastricht. De nuevo un tema llevaba a otro, siempre en la misma dirección: que la Unión fuera asumiendo el conjunto de las políticas propias de un estado, dejando a éstos la gestión subsidiaria. Este proceso no sólo era el resultado de la propia inercia de la convergencia europea. Podemos destacar algunas circunstancias que fueron determinantes en su desarrollo.
1. Crisis de los Balcanes. La descomposición de Yugoslavia como consecuencia de la crisis de la Unión Soviética, del fin de la utopía comunista y de la emergencia de viejos movimientos nacionalistas, colocó a la Unión Europea en una delicada situación. No era posible quedarse de brazos cruzados ante la crisis humanitaria en curso. Puesto que era un problema exclusivamente europeo, que no representaba una crisis de seguridad mayor, Estados Unidos no tenía porqué intervenir. La Administración Clinton así lo entendió. Era una responsabilidad europea, pero los europeos no sabían qué hacer, carecían de un marco institucional apropiado desde el que intervenir y, tras años de protectorado norteamericano, andaban faltos de arrestos para involucrarse militarmente en un área que a lo largo del tiempo había resultado ser una trampa para distintas grandes potencias. Los europeos tuvieron que humillarse y solicitar repetidamente a Estados Unidos que asumiera, una vez más, el liderazgo europeo en la resolución de esta crisis. Las voces contrarias en Washington fueron muchas y relevantes ¿Por qué había que poner en peligro vidas norteamericanas si era una crisis menor y europea? ¿No llevaban años los europeos quejándose del liderazgo norteamericano y demandando una mayor autonomía? Clinton finalmente cedió a las demandas, preocupado por el efecto que la crisis podía tener en la cohesión de la Alianza Atlántica. El principio de solidaridad podía deteriorarse si Estados Unidos despreciaba las demandas de sus aliados. Por otro lado, la crisis humanitaria podía finalmente llegar a Macedonia, lo que podría involucrar a Grecia y Turquía, agravando un viejo conflicto que ya había creado serios problemas a la Alianza. A la humillación de tener que reconocer que no se era capaz de afrontar una crisis de esas dimensiones y, por lo tanto, verse obligado a solicitar la intervención norteamericana, se sumó otra más: la de ver como el mando norteamericano actuaba con tanta eficacia como desconsideración hacia sus aliados. No había consultas, salvo con el Reino Unido, sólo comunicaciones a posteriori. Europa aprendió en Balcanes que necesitaba una capacidad de seguridad y de defensa propia.
2. Inicio de la crisis de la OTAN. La Alianza Atlántica es un sistema de defensa colectivo que representa el compromiso de Estados Unidos con la defensa de Europa ante la amenaza soviética. Desaparecida ésta última la Alianza había perdido su sentido fundacional, el pegamento que había garantizado su cohesión. Resultaba a toda luz evidente que los intereses de europeos y norteamericanos eran en gran medida comunes y que tendrían que seguir trabajando juntos para garantizar su seguridad. Pero el nuevo entorno estratégico, a juicio de muchos europeos, ya no hacía necesario el Protectorado norteamericano, ni su tantas veces agobiante liderazgo. La OTAN debía continuar existiendo, pues su utilidad como foro de seguridad estaba fuera de toda discusión, pero los europeos debían ahora avanzar en un sistema de seguridad y defensa propio y exclusivo, en el marco de su proceso de convergencia.
3.
Búsqueda británica de liderazgo en Europa. Tras el fin del largo período de hegemonía conservadora en el Reino Unido, iniciado por Thatcher y concluido por Major, la nueva mayoría laborista, liderada por Tony Blair, trató de adoptar una nueva política hacia Europa con un tono más positivo y de colaboración, aunque sin afectar a las diferencias fundamentales de este país con el proceso de convergencia, como eran la moneda única y el Tratado de Schengen. Si el Reino Unido había quedado voluntariamente fuera del primer y tercer pilar de la Unión y, al mismo tiempo, quería jugar un papel relevante en la política europea sólo le quedaba el segundo pilar como ámbito de acción. Para Blair éste era, además, un espacio cómodo. El Reino Unido posee el ejército más capaz entre los europeos, con una continuidad en el ejercicio de su actividad. Para la clase dirigente y el alto mando de este país, el uso de la fuerza en el mayor número de ocasiones se realizará en conjunción con otros ejércitos. Previsiblemente serán escasas las situaciones puramente militares en que las Fuerzas Armadas británicas tendrán que actuar solas. Una propuesta europea no planteaba ninguna dificultad, siempre y cuando no fuera entendida como una alternativa a la Alianza Atlántica. Éste fue el origen de la Cumbre anglo-francesa de St. Malo, punto de partida de la primera iniciativa de seguridad y defensa europea, que quedaría abortada tras la crisis europea por la Guerra de Iraq
[6].
4. Búsqueda francesa de una alternativa al liderazgo norteamericano. Para Francia Europa no ha sido nunca un ideal, sino un instrumento de proyección nacional. Con el Reino Unido fuera, parcial o totalmente, y Alemania dentro, Europa suponía el marco institucional para evitar una nueva hegemonía alemana y consolidar la hegemonía francesa. Sin embargo, el propio proceso de convergencia exigía continuamente a Francia concesiones dolorosas. El derribo del Muro de Berlín y la descomposición de la Unión Soviética hicieron posible la unificación alemana, un país de sesenta millones de ciudadanos con la economía más potente del continente. Para François Mitterand, entonces Presidente de Francia, la única opción viable para contener lo que parecía la inevitable emergencia de una hegemonía alemana era huir hacia delante, profundizando en el proceso de unificación. Asumido que Francia sólo podía ser grande empapando las instituciones europeas de su propia cultura, la clase dirigente gala creyó llegado el momento de comenzar el “desenganche” con Estados Unidos. No se trataba de iniciar una política antinorteamericana. Europa y Estados Unidos seguirían necesitándose durante mucho tiempo y tenían que ser capaces de actuar conjuntamente cuando los intereses mutuos así lo requirieran. De lo que se trataba era de mantener la OTAN, pero sin adaptarla al nuevo entorno estratégico, mientras se concentraba toda la energía en desarrollar el segundo pilar de la Unión. Europa sería entonces más autónoma y podría comenzar a jugar un papel más relevante en la escena internacional, tratando de equilibrar la influencia de la “hiperpotencia” norteamericana con un acercamiento a Rusia y China.
La asunción por parte de la Unión Europea de competencias en los ámbitos de política exterior, seguridad y defensa tenía que provocar cambios en el entramado de seguridad occidental. La Alianza Atlántica fue el resultado de la colaboración de un conjunto de estados. Pero desde el momento en el que algunos de esos estados formaban parte de la Unión Europea y ésta comenzaba a desarrollar estructuras y políticas de seguridad y defensa era inevitable que ese proceso acabara afectando a la Alianza. De ahí que en 1994 la OTAN creara en su propio seno la Identidad Europea de Seguridad y Defensa, para coordinar mejor la acción de ambos organismos y utilizar de la mejor manera posible los recursos propios.
Vista desde la otra orilla del Atlántico la transformación en curso planteaba algunas dudas. Por una parte parecía la lógica consecuencia de un proceso de convergencia que venía de muy atrás y que podía tener consecuencias positivas tanto para Europa como para sus aliados americanos. Por otra, surgía la duda de si sólo era una operación de “desenganche” europeo, en el marco de una estrategia dirigida a conformar una Europa autónoma y a poner fin a la Alianza. En palabras de Henry A. Kissinger,
“From a long-range point of view, a European military capacity is a logical parallel to the emergence of a European political identity. And such a force is bound to have a certain capacity for autonomous action, much as the various national forces do, whether or not they are technically assigned to NATO. The worrisome aspect of the European Force is that its autonomy seems to be treated as its distinguishing feature, and cooperation with NATO appears to be conceived as a special case”
[7]
Las sospechas norteamericanas han sido alimentadas por determinadas declaraciones de dirigentes y analistas europeos, ansiosos de consumar sus propios ideales. Pero, al mismo tiempo, han sido desestimadas por los hechos, no por fidelidad a los principios atlantistas sino por falta de interés en dar credibilidad a ambas instituciones. La escasa inversión en defensa de la mayor parte de los estados europeos hace que sus fuerzas tengan un bajo nivel de operatividad lo que, por consiguiente, afecta por igual a la Alianza Atlántica y a la Unión Europea. Mientras esta situación no se revierta, lo que no parece vaya a ocurrir en un tiempo breve, la cohesión de la OTAN se irá erosionando y la dependencia de la Unión Europea respecto de las Fuerzas Armadas norteamericanas seguirá siendo muy grande.
Una opción contradictoria
Europa ha asumido que necesita refundar la Unión desde una base nítidamente política. Sólo entonces podrá superar, entre otras, las disfunciones que se vienen produciendo en su acción exterior y desarrollar ésta plenamente, tal como exige la ciudadanía y como apunta el proceso de convergencia en marcha. El trabajo realizado hasta la fecha por el Alto Representante ha sido relevante. Las reuniones periódicas de los directores políticos de los Ministerios de Asuntos Exteriores han permitido un mejor conocimiento de las perspectivas ajenas, todo ello en un ámbito discreto y a través del trabajo cotidiano de diplomáticos profesionales. De particular utilidad ha sido el análisis temprano de crisis emergentes, que ha hecho posible el estudio y evaluación conjunto, base para el establecimiento de una posición común. Sin embargo, esta demanda de unidad choca con la realidad. Europa no está preparada para tal cometido y son varias las circunstancias que obstaculizan este objetivo.
Europa se compone de naciones que tienen en común su pertenencia a un entorno cultural determinado, que han compartido una historia, pero también que han vivido experiencias distintas y que han desarrollado culturas políticas diferentes. El Reino Unido y Francia son dos grandes potencias con una activa presencia en todo el planeta desde hace siglos y que no tienen reparo en hacer uso de la fuerza cuando lo consideran oportuno para defender sus intereses nacionales. Por el contrario, son muchos los estados que por tamaño, por razones históricas o por ejercicio del neutralismo rechazan jugar una activa política internacional y, por lo tanto, apuestan por una Europa replegada sobre sí misma, abierta al comercio, pero cerrada a experiencias internacionales más arriesgadas o que impliquen el uso de la fuerza. Todas estas visiones son legítimas y ninguna es más europea que otra. Sencillamente Europa ha sido y es plural y no resulta fácil establecer un punto de convergencia.
Cuando las diferencias entre las perspectivas de unos estados y otros es tan grande y la presión política exige la toma de una posición común en el Consejo la tendencia es establecer un acuerdo de mínimos, una posición tan insustancial que no evita la decepción de la población pero que consolida la imagen de un organismo incapaz de jugar un papel relevante en la escena internacional. Este hecho se hace más evidente ante la paralela actuación de determinadas diplomacias europeas. Las grandes naciones tienen agendas propias, resultado tanto de su historia como de sus intereses, que a menudo resultan contradictorias entre sí. Es impensable que en un tiempo breve se produzca un cambio tal que lleve a la desaparición de estas características particulares. El Reino Unido y Francia son naciones que han ido perdiendo, de forma gradual, peso en la escena internacional. De una etapa anterior les queda su condición de miembros de pleno derecho, con capacidad de veto, en el Consejo de Seguridad. De hecho ese es el principal activo de ambas diplomacias. Francia y el Reino Unido están obligadas a pronunciarse sobre cada hecho relevante que acontece en la escena internacional y lo hacen desde perspectivas exclusivamente nacionales. Unas perspectivas que, a pesar de que ambas naciones son europeas, muy a menudo no son coincidentes. Ante la situación anacrónica en que el Consejo de Seguridad se encuentra hay en marcha un proceso de reforma. Otra gran potencia europea, Alemania, exige con todo derecho entrar a formar parte con carácter permanente de este Consejo, aunque se vea obligada a renunciar a la capacidad de veto. En el caso de que Alemania entrara, otro estado europeo consolidaría allí su posición, lo que revertiría en el desarrollo de otra posición propia.
Una acción exterior requiere varios elementos presentes a lo largo de la Historia: identidad, reconocimiento de intereses, definición de objetivos, disposición al uso de la fuerza si fuera necesario. Ninguno de estos cuatro elementos está presente hoy en la Unión Europea. Más aún, una de las características de nuestro tiempo es la generalización de una actitud relativista, que facilita la disolución de la idea de estado-nación y del conjunto de valores que han caracterizado a Europa, pero que no facilita la constitución de una alternativa. Junto al relativismo hallamos otra novedad característica del pensamiento contemporáneo: la idea de que la paz es un derecho adquirido, como el acceso a la sanidad pública o las vacaciones pagadas, así como que la guerra es un mal en sí mismo. Durante siglos se consideró que la paz era el resultado de una acción disuasoria o preventiva, llevada a cabo con decisión y continuidad. Es evidente que hoy Hitler lo tendría mucho más fácil, que sería difícil encontrar personas dispuestos a sacrificarse por la soberanía nacional y por la libertad individual. Si la paz es un derecho y su logro depende sólo de nuestra voluntad, la acción exterior queda seriamente condicionada. Las Fuerzas Armadas se reducen en tamaño y capacidades y dejan de cumplir el papel complementario a la diplomacia que han ejercido durante años. La labor del embajador estuvo siempre condicionada a la disuasión que proyectaban las capacidades militares que le avalaban. De esta forma se hacía evidente cuales eran los riesgos en el caso de que la vía negociada fracasara. Hoy la diplomacia actúa sin ese respaldo, enviando involuntariamente el mensaje de que el no acuerdo puede tener un coste cero.
El desarrollo de una dimensión internacional de Europa va unido al debate sobre las relaciones trasatlánticas. En unos casos la voluntad de ruptura del vínculo que ha dado estabilidad y seguridad al Viejo Continente es pública. En otros, surge continuamente la duda sobre si es posible o no mantener unas relaciones estrechas con Estados Unidos, a la vista de las importantes diferencias sobre cómo afrontar los grandes problemas de nuestro tiempo. Sea cual sea la posición, no parece discutible que las amenazas son las mismas a ambas orillas del Atlántico, como son también idénticos los intereses a defender. Europa se está desenganchando de Estados Unidos, al mismo tiempo que su dependencia en términos de seguridad y defensa no deja de aumentar, ante la falta de inversiones y de políticas comunes en el Viejo Continente.
Con todos sus problemas el proceso de convergencia europeo sigue adelante. Según penetra en ámbitos propiamente políticos las dificultades son mayores. Se está negociando sobre el núcleo histórico de la soberanía: orden público, justicia, diplomacia, defensa y hacienda y la renuncia por parte de los estados a parte de estas competencias no puede ser fácil. Sólo con el paso del tiempo se irá consolidando una opinión pública europea, que aporte la base para una acción exterior que vaya más allá de un mero acuerdo entre perspectivas nacionales. Por otro lado, la historia del proceso de unificación es también la historia de cómo el reconocimiento de la imposibilidad de que los estados puedan afrontar con éxito determinados retos ha llevado a formidables saltos adelante en la construcción de una Europa unida. En un mundo global los estados europeos carecen del tamaño crítico para poder actuar como actores de referencia. De la misma forma que las empresas constituyen joint ventures o se unen para poder competir con garantías, los europeos necesitan desarrollar una política común. Sin embargo, de nada valdría disponer de unas estructuras institucionales si no se tiene una clara conciencia de qué se quiere defender y voluntad para ello.