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Las redes del terrorismo islamista en el Magreb
Colaboraciones nº 1692   |  18 de Marzo de 2005
 
Introducción
 
Los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid han puesto plenamente en evidencia las capacidades creadas a lo largo de una década por células procedentes de todos los países del Magreb en suelo europeo, aprovechando la capacidad de ocultación que les ofrece la existencia de importantes contingentes de inmigrantes del mismo origen y beneficiándose de facilidades tales como el Espacio Schengen y otras libertades garantizadas por las normativas nacionales y comunitarias. Aunque pocos recuerdan, aún hoy, que ya a mediados de los años noventa Europa sufrió los sangrientos ataques del terrorismo islamista transnacionalizado, entonces en suelo francés con los atentados en el Metro de París por parte del Grupo Islámico Armado (GIA) argelino, la envergadura de las acciones de Madrid obligan ahora a las autoridades europeas a gestionar esta verdadera amenaza y a coordinar sus esfuerzos con sus homólogos magrebíes que la conocen bien por haberla sufrido y, en algunos casos, por continuar aún sufriéndola directamente en su propio suelo.
 
Antecedentes de la presencia magrebí en las redes terroristas islamistas
 
Es importante observar cómo ciudadanos de los cinco Estados que componen el Magreb - Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez - han venido engrosando tanto las filas de los diversos grupos terroristas que han golpeado a sus respectivos países como las redes cada vez más internacionalizadas entre las que Al Qaida constituye el ejemplo más perfeccionado. Junto a los antecedentes más lejanos que podemos encontrar en los años ochenta - el Movimiento Islámico Armado (MIA) de Mustafá El Buyali que actuó en Argelia hasta su aplastamiento en 1987 y las células terroristas del Movimiento de la Tendencia Islámica (MTI) tunecino que colocó bombas en centros turísticos de Túnez o en la sede de la gubernamental Agrupación Constitucional Democrática (RCD) entre 1987 y 1991 - hemos de destacar una serie de siglas que se han hecho dramáticamente famosas a lo largo de los años noventa y hasta hoy, tanto dentro como fuera del Magreb: en Argelia, el Grupo Islámico Armado (GIA) en sus diversas facciones y el Grupo Salafista de Predicación y Combate (GSPC), creado este último en 1998 a partir de sectores del GIA y dividido en el presente año 2004, grupos ambos de gran implantación en Europa pero también en países más lejanos como Canadá; en Libia, el Grupo Islámico Combatiente (GIC), que actuó sobre todo a mediados de los noventa en el este del país - a título de ejemplo destaca entre sus acciones terroristas el asesinato de ocho policías en junio de 1996 en Darnah - pero cuyos miembros son también activos en el exterior, destacándose algunos de sus activistas en atentados recientes como los dos intentos de asesinato del Presidente de Paquistán, el general Pervez Musharraf, en diciembre de 2003; en Marruecos, el Grupo Islámico Combatiente (GIC), que ya asesinara por primera vez a occidentales - dos turistas españoles - en agosto de 1994 en Marrakech, y que debemos ubicar en el seno de la flexible y crecientemente activa nebulosa de la Salafiya Jihadiya; en Mauritania, las redes que comenzaron a ser golpeadas dentro del país desde 1995 y que traficaban con armas destinadas a los grupos terroristas argelinos beneficiándose de las dificultades para controlar el triángulo formado por su propio territorio, el Sáhara Occidental y Malí y cuyos activistas también se han transnacionalizado de forma creciente; y, finalmente, en Túnez, el Grupo Islámico de Resistencia Tunecina (GRIT), que cuenta como en el caso argelino con antecedentes lejanos de activismo a mediados de los años ochenta en las células que comenzaron a ejercer el terrorismo a partir de militantes radicalizados del entonces MTI, luego Harkat Ennahda, partido nunca legalizado por las autoridades y cuyos elementos que pudieron escapar a la detención y procesamiento de 279 de sus miembros en el verano de 1992 se exiliaron en Europa facilitando también la internacionalización de su activismo.
 
Para ilustrar sobre la internacionalización de estas redes hemos de acudir al escenario afgano de los años ochenta y a la desmovilización de los combatientes del Jihad, los “mujahidin”, a partir de 1989 tras vencer al ocupante soviético. Es importante destacar cómo en aquellos años señores de la guerra como Gulbuddin Hekmatyar o el Comandante Ahmed Shah Massud contaban entre sus filas y en puestos de responsabilidad con combatientes magrebíes. Algunos de estos siguieron compartiendo con sus jefes los avatares ligados al conflicto afgano y a su evolución posterior, otros se sumaron a los intentos de coordinación desplegados a partir de 1988 por el activo líder saudí Osama Bin Laden o por partidos de carácter panislamista como el Hizb el-Tahrir y, finalmente, otros muchos regresaron a sus países de origen para intentar arreglar situaciones que, desde su perspectiva, eran contrarias al Islam rigorista y guerrero que les había permitido vencer al segundo ejército más poderoso del mundo y hasta entonces única amenaza percibida por el poderoso Occidente. La vuelta de los “afganos” estuvo detrás de realidades como las siguientes: la ultrarradicalización del Frente Islámico de Salvación (FIS) en Argelia; los graves incidentes en Marruecos en tiempos de la Segunda Guerra del Golfo (1991), que coincidieron con los inicios de la constitución de la red Salafiya Jihadiya que aglutinaría el resentimiento contra Occidente manifestado en los ataques contra el “McDonald’s” de Casablanca, en 1991, contra el banco Société Marocaine de Dêpot, en Uxda en 1993, o contra el supermercado Makro, en Casablanca en 1994; la penetración en estructuras creadas por el Gobierno libio como la delirante Legión Islámica de la que formarían parte figuras como Madani Merzag, emir durante años del Ejército Islámico de Salvación (EIS), el brazo terrorista del FIS hasta su autodisolución a fines de los noventa; o la ofensiva que llevó a las autoridades tunecinas a descabezar el islamismo militante del Harkat Ennahda que ya a mediados de los años ochenta había comenzado a atentar contra los sensibles intereses turísticos del país.
 
Junto al surgimiento del sanguinario GIA en Argelia en 1993 - pero cuyo origen último hemos de ubicar en Peshawar (Paquistán) en 1988 - y sus diversas escisiones a lo largo de los años noventa, como el GIA del emir Kada Benchiha formado por combatientes argelinos y bosnios, durante dicha década hemos también de resaltar el creciente debate en círculos islamistas magrebíes, tanto del interior como del exilio, en torno a modelos de partidos armados como el Takfir wal Hijra, a imagen y semejanza de los radicales que actuaron en Egipto bajo ese nombre en los años setenta, o también de las ultraortodoxas consignas del Tabligh. Pronto una complejísima realidad de siglas, emires y grupos, coincidentes todos ellos únicamente en la necesidad de combatir al enemigo fuera este mal musulmán o infiel, irían surgiendo; reproduciendo la realidad de la fragmentación magrebí, tanto dentro de los países entre personalidades, clanes y regiones como entre los propios Estados. Esta fragmentación se trasladó en un principio a las retaguardias europeas de estos grupos si bien el internacionalismo creciente en el islamismo radical, así como la labor coordinadora e integradora de la red Al Qaida iba permitir a partir de la segunda mitad de los años noventa una creciente interrelación entre ellos que caracteriza a la peligrosa amenaza actual. El interés de Al Qaida por coordinar e integrar a estos grupos magrebíes tenía su lógica dentro de su deseo de expandir su proyecto universalista, pero también buscaba aprovechar su firme asentamiento en Europa. A título de ejemplo, de los catorce grupos terroristas inventariados en Argelia en 1996 seis de ellos disponían de importantes infraestructuras en suelo europeo.
 
La aproximación de Al Qaida a las redes islamistas radicales magrebíes - que también se realizaba a través de la estimulación religiosa propiciada por figuras como Abu Qutada o Abu Hamza, ambos desde Londres - iba a permitir a quienes secundaron los intentos internacionalistas de Bin Laden reencontrarse con quienes habían vuelto a sus países de origen a luchar contra los regímenes apóstatas y contra las sociedades corruptas que garantizaban la pervivencia de éstos. En un mundo cada vez más globalizado no sólo en Occidente - con la Europa de Maastricht en marcha pero también con la convulsión y el conflicto en los Balcanes, escenario este percibido de inmediato como un nuevo Afganistán - sino también en el Tercer Mundo - con el conflicto de Somalia o con los intentos federadores de Hassan el Turabi en Sudán - y en la antigua Unión Soviética donde surgía un nuevo Afganistán con la primera guerra de Chechenia (1994-1996), perpetuado con el inicio de la segunda guerra en septiembre de 1999, los activistas pudieron encontrarse e interactuar en múltiples escenarios que alimentaban y algunos aún siguen alimentando al islamismo radical.
 
En septiembre de 1995 el Gobierno egipcio denunciaba la existencia de veinte campos de entrenamiento de terroristas argelinos, egipcios y libios en Sudán y al año siguiente Libia estimaba en unos 300 los árabes de distintas nacionalidades y veteranos de Afganistán residiendo en Sudán, de los que exigía la extradición de unos 70 libios. El creciente activismo de Al Qaida se venía reflejando en la coordinación de campos de entrenamiento en Sudán y luego, desde 1996, en Afganistán pero también en ingerencias directas en asuntos internos de grupos radicales magrebíes. Tal fue el caso de la creación en 1998 del GSPC argelino en un momento en el que el combate del GIA había entrado en una fase de cierto bloqueo centrada en matanzas de civiles, que podía acabar debilitando su capacidad de socavar al Estado apóstata argelino, pero también lo ha venido siendo el aprovechamiento de las redes e infraestructuras dentro y fuera de Europa; la activación por Al Qaida del argelino Ahmed Rezzam, que penetró con normalidad en los EEUU procedente de Canadá para intentar convertirse en el “terrorista del Milenio” es un buen ejemplo de cómo Al Qaida ha instrumentalizado la capacidad de ocultación de terroristas magrebíes entre las bolsas de población inmigrada tanto en Europa como en Norteamérica para actuar. En suelo europeo los ejemplos abundan y van desde las redes ahora evidentes tejidas entre los marroquíes asentados en España hasta las más internacionalizadas células desarticuladas antes del 11-S en Frankfurt (Comando Meliani), a la que pertenecía el argelino Mohamed Bensakhria, uno de los principales detenidos en Europa como miembro de Al Qaida pero cuyo origen estaba en el GIA, o en Milán (Comando Varese), a la que pertenecía el tunecino Essid Sami Ben Khemais. También era una escisión del GIA, la dirigida por el emir Mohamed Mossab, el origen último de la tupida célula de Djamel Lunici - condenado a muerte por un tribunal de Argel por su implicación en el atentado contra el Aeropuerto Internacional “Huari Bumedián” en 1992 - desmantelada por la policía italiana en el verano de 1995 y procesada en abril de 1997. El modus operandi de estos grupos, que se repite para el caso de los “Soldados de Alá” de Abu Daddah en España, ha consistido en reclutar potenciales militantes, adoctrinarlos y enviarlos a Afganistán, Bosnia, Chechenia, Indonesia u otros lugares disponibles en cada momento para su entrenamiento y motivación definitiva; tal fue el caso del argelino Ahmed Rezzam, enviado a Afganistán desde Canadá, y lo ha sido el de Jamal Zugam, enviado a Afganistán desde España. Común a todos ellos es la interrelación con el Magreb, que permite tejer redes que se ocultan en el contexto general de la inmigración - a título de ejemplo, más de un millón de argelinos habitan en Francia y más de medio millón de marroquíes en España - y en la fluidez de los contactos humanos y comerciales. Con respecto a esto último no hay que olvidar que el comercio irregular - conocido como “trabendo” - ha constituido una actividad económica paralela en la que el islamismo radical argelino ha encontrado desde el principio una buena fuente de financiación, sobre todo a partir de que a principios de los años noventa comenzara a declinar el apoyo oficial de Estados como Arabia Saudí al activismo del FIS.
 
Un terrorismo cada vez más ambicioso y letal
 
Junto a las “fatwas” de Abu Hamza o de Abu Qutada legitimando el asesinato de civiles en Argelia o en Marruecos, los activistas islamistas de origen magrebí se han ido sintiendo cada vez más obligados por directrices de carácter internacionalista lanzadas desde el primer círculo de Al Qaida: tal fue el caso de la “fatwa” del propio Bin Laden fechada en agosto de 1996 y conocida como la “Declaración de guerra contra los americanos ocupando la tierra de los dos Santos Lugares” o, ya en un frente aún más ambicioso, la creación del Frente Unificado de Lucha contra los Cruzados y los Judíos, en 1998. Precisamente en ese año, y mientras se producían enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad e islamistas radicales en el este del país, Libia dictaba la primera orden internacional de busca y captura a través de Interpol contra Bin Laden.
 
El salto cualitativo dado por parte de los grupos magrebíes es también digno de ser destacado y se refleja en la búsqueda de objetivos cada vez más ambiciosos para lo cual se prevé también la utilización de métodos cada vez más letales. Aunque ya existía el precedente del atentado suicida cometido en 1995 por el GIA en el Bulevard Colonel Amirouche de Argel contra la Comisaría Central (una cincuentena de muertos) - el único atentado suicida conocido en Argelia excepción hecha del intento también del GIA y abortado por los gendarmes franceses en diciembre de 1994 de estrellar un avión comercial de Air France sobre París - tal salto cualitativo se produce con los atentados suicidas sincronizados cometidos el 16 de mayo de 2003 en Casablanca por terroristas de la Salafiya Jihadiya. Entre ambos hay que destacar los intentos abortados por la Dirección de Seguridad del Territorio (DST) marroquí en 2002 de lanzar lanchas con suicidas contra buques de la OTAN en el Estrecho de Gibraltar y ya más recientemente los atentados del 11-M y el suicidio de siete terroristas (seis marroquíes y un tunecino) en Leganés en abril de 2004. Como vemos, al inventario de atentados suicidas auspiciados por Al Qaida en las Embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar es Salaam, contra el “USS Cole” en Adén, los cuatro aviones del 11 de septiembre de 2001 o a los múltiples atentados suicidas cometidos en los ochenta en Líbano y en los noventa en Chechenia o en Israel hemos de añadir ahora, y probablemente en adelante, un creciente número de terroristas de origen magrebí que han entrado en la técnica terrorista más osada y letal de los grupos islamistas radicales. Por otro lado, la posibilidad de utilización de armas de destrucción masiva por parte del terrorismo islamista empieza a vislumbrarse en enero de 2003 gracias a dos operaciones policiales: la primera, la denominada Operación Laguna del Cuerpo Nacional de Policía (CNP) contra células islamistas en Cataluña, que llevó a la detención entre otros del argelino Mohamed Tahraui, vinculado al GSPC, y a la intervención de componentes del ámtrax casero; y la segunda en Londres, contra una célula argelina de apoyo a la que se le intervino material necesario para la fabricación de ricino. Una operación realizada en abril de 2004 en Londres ha confirmado ya la intención de utilizar estas sustancias con fines terroristas.
 
También es importante destacar como significativo salto cualitativo el secuestro de 32 extranjeros de diversas nacionalidades por parte del GSPC en el sur de Argelia a principios de 2003; una parte de ellos fueron liberados en mayo de ese año por las fuerzas especiales argelinas y el resto puestos en libertad en Malí en agosto tras negociarse un rescate con las autoridades alemanas y la mediación de círculos libios. Desde entonces la difícilmente controlable frontera entre Argelia y Malí y Argelia y Níger es objeto de atención reforzada no sólo por parte de las autoridades argelinas sino también de países terceros como los EEUU, que han detectado no sólo la activación de viejas redes del bandidismo en la zona y su interrelación con un GSPC que en los últimos meses ha vivido una profunda división y ha diversificado su tradicional área de actuación desde el noreste del país hacia el sur profundo, sino también un redespliegue de militantes de la red Al Qaida en toda la región del Sahel tras su dispersión desde Asia Central producida desde el otoño de 2001. Para combatir esta nueva amenaza las autoridades estadounidenses han logrado reunir el 22 y 23 de marzo de 2004 en el Cuartel General de las Fuerzas de los EEUU en Europa, en Stuttgart, a los Jefes de Estado Mayor de la Defensa de Argelia, Chad, Malí, Marruecos, Mauritania, Níger y Senegal para diseñar una estrategia multilateral de lucha contra la nueva retaguardia de Al Qaida.
 
Europa y el Magreb como espacio único de actuación para las células magrebíes
 
Europa ha añadido a su papel tradicional de retaguardia para estos grupos el de zona de actuación creciente. La idea de “santuario” que ETA aplicara en Francia durante décadas y que más tardíamente ha aplicado también a otros países más distantes como Bélgica es la que aplicaron en un principio el GIA en Francia, Italia y Bélgica, los grupos marroquíes en España, Francia e Italia o en GRIT en el Reino Unido, pero añadiéndole de forma progresiva el componente de campo de batalla potencial o real, algo que ETA ha evitado hacer. Cuando el GIA secuestró el Airbus de Air France en el Aeropuerto de Argel y se dirigió a Francia en diciembre de 1994 o cuando golpeó las redes de transporte público en París y otras ciudades francesas desde el verano de 1995 intentó llevar a suelo francés su lucha pero lo hizo de forma coyuntural. Ahora, cuando los terroristas han golpeado el 11-M en Madrid, han dado un paso estratégico pues han roto con la idea de refugio y retaguardia. En ambas decisiones, distantes en el tiempo, hay un doble componente muy similar: en primer lugar, tanto para el GIA entonces como para el GIC ahora, el suelo europeo era y es campo de batalla potencial en su activismo terrorista; en segundo lugar, la internacionalización progresiva de estas células y su radicalismo acelerado son factores que deben llevarnos a prever que en adelante será tan importante o más actuar en Occidente, máxime cuando las condiciones para hacerlo en sus países de origen son cada vez más desfavorables tal y como el ejemplo de la Argelia de hoy lo pone de manifiesto. Poco importará ya que Occidente sea lugar de descanso o incluso de refugio para importantes figuras del islamismo radical - tal es el caso del Reino Unido para Rachid Ghannuchi, líder del islamismo radical tunecino condenado a muerte en Túnez y al que Londres le concedió el estatuto de refugiado en 1993, o para Mohamed Guerbuzi, fundador del GIC marroquí - pues éstas se han beneficiado hasta ahora de la flexibilidad de la legislación de muchos países europeos con respecto a actividades como la propaganda, el reclutamiento, la financiación o el abastecimiento de armas por parte de grupos terroristas que no les han atacado directamente en su suelo.
 
Es importante destacar que, a diferencia de los grupos terroristas clásicos como ETA, el IRA, las FARC o incluso, dentro del islamismo radical, el Hamas palestino o el Hizbollah libanés, las siglas citadas para cada país del Magreb representan cada vez menos marcos cerrados y disciplinados de obediencia y de activismo; de hecho, se han convertido en carcasas flexibles, que se dividen contínuamente y que sirven en ocasiones sólo para identificar mínimamente el origen ideológico-terrorista de activistas que se establecían en células ligadas a relaciones personales y de grupo, a orígenes geográficos, a fidelidades tejidas en escenarios bélicos como Afganistán, Bosnia, Cachemira, Chechenia, etc., o a la capacidad movilizadora de la red Al Qaida. Esta característica, que constituye cada vez más el elemento identificador más importante de los terroristas islamistas, introduce una dificultad añadida, y de gran calado a quienes tratan de combatirles.
 
Las visitas a Argelia, Marruecos y Túnez en 2003 del Presidente paquistaní Pervez Musharraf (14-19 de julio) o del Secretario de Estado estadounidense Colin Powell (2-4 de diciembre), unidas a los contactos institucionalizados y cada vez más frecuentes entre mandatarios y responsables de seguridad de estos países y de sus homólogos europeos están centrados de forma creciente en la cooperación en el ámbito de la seguridad, de interés evidente para ambas partes. Junto a la condena el 16 de enero de 2002 por un tribunal de Nueva York del argelino Mokhtar Hauari a veinticuatro años de cárcel por el fallido intento de atentado contra el Aeropuerto de Los Ángeles, en enero de 2000, o el procesamiento del marroquí Zacarías Mussaui como primer acusado en los EEUU por los atentados del 11-S, no hay que olvidar la presencia de 17 marroquíes entre los detenidos en Guantánamo, cuya información fue esencial para prevenir en mayo de 2002 ataques terroristas suicidas desde la costa marroquí dirigidos contra buques occidentales de patrulla en el Estrecho de Gibraltar. Cuatro marroquíes y tres saudíes fueron entonces detenidos y luego procesados en Casablanca en junio y la operación, además de abortar los atentados previstos, puso de manifiesto la labor de activación de Al Qaida, concretamente del Mullah Bilal, entre las células magrebíes, incluyendo intentos de coordinación del GIC marroquí y del GSPC argelino, pero no permitió evitar los atentados suicidas del 16 de mayo del año siguiente. De nuevo la compartimentación, la flexibilidad y la osadía del terrorismo islamista quedaba en evidencia.
 
Es necesario que los atentados del 11-M convenzan a decisores políticos del norte y del sur del Mediterráneo de que la existencia de grupos terroristas en una orilla afecta a la otra tal y como la experiencia anterior lo había demostrado sobradamente. No hay que olvidar que el atentado de Marrakech en 1994 llevó a la detención en 1997 en Francia de miembros del GIC marroquí, a su procesamiento y condena por un tribunal de París, y que entre los condenados había ciudadanos franco-marroquíes y franco-argelinos. Ahora, el 11-M en Madrid ha provocado también detenciones en París - el 5 de abril eran detenidas 15 personas en la región de París, entre ellas el activista Mustafá Bauchi, ingeniero electrónico veterano de Afganistán - que también se han ligado a los atentados suicidas de Casablanca y entre las que también hay ciudadanos franco-marroquíes, y hay indicios de que elementos terroristas argelinos habrían colaborado en la preparación técnica de las bombas.
 
Ello nos obliga también a recordar que la interrelación entre los terroristas de los diversos países magrebíes no sólo se da en suelo europeo o en redes transnacionalizadas como Al Qaida sino que viene de antiguo y se intensifica en años recientes en todos los escenarios posibles. La detención por la policía marroquí en 1995 de un grupo de traficantes de armas incluyó a doce marroquíes del grupo Justicia y Caridad (Jamaat al-Adl wal-Ihsan) y a cinco argelinos del GIA. Transportaban fusiles de asalto “Kalashnikov”, pistolas, explosivos, equipos de radio y de visión nocturna y dos meses después de la detención ocho de ellos fueron juzgados y condenados en Marruecos por tráfico de armas con destino a los grupos terroristas argelinos. Incluso también dentro del activismo no terrorista pero violento de ciertos sectores islamistas marroquíes se copia la experiencia de los hermanos argelinos a finales de los años ochenta y primeros de los noventa, hasta antes de la interrupción del proceso electoral en enero de 1991 y la ilegalización del FIS en marzo del mismo año: en marzo de 2002 el diario marroquí Libération advertía de la presencia de bandas islamistas organizadas como milicias privadas que vigilaban las costumbres de los habitantes de los barrios. Todo ello se complicaba aún más con el ejercicio puntual del terror, como sucediera en Fez por esas fechas con controles para identificar conductores, castigar el consumo de alcohol, etc., así como la detención en enero de 2003 en Meknes por la Gendarmería Real del sargento del Ejército Yusef Amani por robar fusiles de asalto en el cuartel de Guercif con destino al terrorismo islamista. Por otro lado, y junto a la participación de dos terroristas tunecinos del GRIT en el asesinato del comandante Massud, cometido el 9 de septiembre de 2001 en Tayikistán, hemos de destacar el atentado suicida cometido en suelo tunecino en abril de 2002 cuando un camión bomba destruyó la sinagoga de La Ghriba, en Yerba, matando a 19 personas, la mayoría de ellos turistas alemanes. Dos meses antes, en febrero de 2002, siete tunecinos encabezados por Essid Sami Ben Khemais, importante pieza de Al Qaida en Europa junto con el argelino Mohamed Bensakhria detenido en junio de 2001 en Alicante, eran procesados en Milán por preparar un atentado contra la Embajada de los EEUU en Roma, y días antes, el 30 de enero, un tribunal militar en Túnez condenaba a penas de entre seis y ocho años de cárcel a tres tunecinos extraditados por Italia por pertenencia a banda armada.
 
La realidad descrita nos muestra ya un único escenario de actuación privilegiado, el euro-magrebí, para el terrorismo islamista, con una importante proyección de la ofensiva terrorista realizada por terroristas euro-magrebíes fuera de ese marco geográfico también inventariada. Ello debe de llevar a los decisores políticos europeos y magrebíes a intensificar su cooperación ya que la experiencia acumulada nos demuestra que la ausencia o la escasa intensidad de ésta durante largos años ha abonado el terreno permitiendo la germinación de una amenaza real, muy motivada y buena conocedora de todas nuestras debilidades.
 


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