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Occidente, una civilización en declive
En letra impresa nº 755   |  9 de Mayo de 2007
 

(Publicado en el Anuario de Historia de la Universidad de Navarra Memoria y Civilización nº 8, 2005)

Cada época tiene sus retos. De la capacidad de respuesta de una sociedad determinada o del conjunto de una civilización a esos retos concretos que caracterizan una época dependerá su futuro, su éxito o fracaso, su supervivencia o su desintegración. Somos conscientes de que a lo largo de la historia los pueblos han pasado por períodos de auge y decadencia,  muchos se han extinguido y  otros se han trasformado. La realidad es en extremo compleja y no siempre está al alcance del hombre poder dirigir los acontecimientos. Tan cierto es esto como que el papel de las sociedades a la hora de modelar su propio destino es enorme y que de su voluntad, enraizada en sus creencias, depende en gran medida su futuro. Los hombres somos responsables de nuestra vida porque tenemos capacidad para tomar decisiones, para hacer o no hacer, para ir en una dirección o en otra. Y esta capacidad viene determinada por nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro entorno, por el conjunto de creencias, principios y valores que dan sentido a nuestro ser individual y social. No tenemos los medios para comprender plenamente la realidad, pero sí la inteligencia suficiente para razonar, para indagar y para extraer conclusiones. Del acierto en nuestros análisis, de la inteligencia de nuestras estrategias y de nuestra coherencia y habilidad en ejecutarlas dependerá nuestro éxito y, por lo tanto, nuestra pervivencia.
 
Una crisis secular
 
Los horrores de la I Guerra Mundial llevaron a los europeos a un desastre aún mayor. No fueron capaces de adaptar sus viejos regímenes liberales a las necesidades de los nuevos tiempos y comenzaron a considerarlos como restos de un pasado que nunca volvería. La emergencia de las masas en la vida política, las demandas de acciones sociales y la aparición de idearios totalitarios llevaron a una creciente radicalización de la opinión pública. Era un momento de cambio en el que parecía que el legado ideológico de siglos se venía a bajo y que lo urgente era asegurar el interés inmediato, el interés de clase. Para ello se hizo del Estado, el instrumento máximo para el ejercicio del poder, un mito a cambio de negar al individuo el margen de autonomía que tanto esfuerzo y tiempo había costado. Los nuevos ismos –comunismo, fascismo, nazismo, falangismo- tenían en común el rechazo al individualismo, el desprecio al legado judeo-cristiano y el culto al Estado. La revolución comunista mundial o el nacionalismo se convirtieron en las nuevas alternativas a un mundo decadente.
 
La crisis del liberalismo y la emergencia de los ismos eran el resultado de una previa crisis de valores, de unos valores que procedían del origen de eso que llamamos Occidente, del mundo clásico, del legado judeo-cristiano y de las grandes revoluciones del pensamiento que culminaron en la Ilustración, las revoluciones británica y norteamericana y el triunfo del liberalismo político sobre el Antiguo Régimen. Hechos históricos resultado de cambios anteriores en el ámbito del pensamiento a partir de una delicada trama de valores. La falta de confianza en un legado de siglos y el miedo a un futuro que se tornaba tan incierto como peligroso llevó a una huida hacia delante, a la toma de un inexistente atajo que sólo conducía al desastre. Decía el gran pensador británico Edmund Burke que:
 
“Siendo la ciencia de gobernar por sí misma de una naturaleza tan práctica, y teniendo que resolver problemas de índole práctica; siendo una materia que requiere experiencia superior a la que puede obtener cualquier persona en el transcurso de su vida, sean cualesquiera su sagacidad y poder de observación, es indudable que sólo con infinitas precauciones se podría uno aventurar a destrozar un edificio que durante siglos ha cumplido de manera conveniente los fines generales de una sociedad; o a volver a edificar este edificio sin tener  ante los ojos modelos y ejemplos de probada utilidad”
 
“La naturaleza del hombre es intrincada; los fines de la sociedad tienen el mayor grado de complejidad y, por esta razón, ningún sencillo poder de disposición o dirección puede convenir a la naturaleza del hombre o a la calidad de sus negocios”
 
“Cuando oigo que buscan y alaban la sencillez de invención en las nuevas instituciones políticas, no encuentro dificultad para decidir que sus artífices tienen la más burda ignorancia de su oficio o descuidan completamente sus deberes. Los Gobiernos simples son fundamentalmente defectuosos, por no decir algo peor. Sin duda que, no considerando la sociedad más que desde un punto de vista, todas estas formas sencillas de la política son infinitamente cautivadoras”[1]
 
Burke adelantó que el experimento revolucionario en Francia generaría desastres y los hechos le dieron la razón y la gloria. Tras la I Guerra Mundial Europa se encontró ante una situación semejante, de nuevo se arrumbaba un régimen político sin valorar toda la experiencia de siglos de convivencia que, como argamasa, daba solidez a un sofisticado entramado jurídico e institucional. Se optó por el cambio, por la adopción de un “Gobierno simple” fruto de la razón, olvidando que es una “materia que requiere experiencia superior a la que puede obtener cualquier persona en el transcurso de su vida” y los resultados fueron mucho peores que los ocasionados por la Revolución Francesa.
 
La crisis del liberalismo alteró radicalmente la vida política de la mayor parte de los estados europeos y, como consecuencia, el sistema internacional. La balanza de poder, que mal que bien había actuado como mecanismo rector del concierto de las naciones, se vino abajo ante la emergencia de regímenes totalitarios con vocación imperial. El riesgo de una nueva guerra continental resultaba evidente y evitarlo fue el principal objetivo de los regímenes democráticos. Siguiendo una lógica más propia de la negociación entre gobiernos liberales o del Antiguo Régimen se intentó satisfacer las ambiciones de las potencias nazi-fascistas con importantes cesiones. Era un ejemplo de Realpolitik: se sacrificaban pueblos e individuos a cambio de la paz. Era una estrategia que renunciaba a fundamentarse en valores y que, sobre todo, ignoraba la naturaleza de la otra parte. Aquellos regímenes no se sintieron satisfechos con las cesiones hechas, pero éstas les mostraron hasta qué punto los gobiernos democráticos eran débiles, estaban dispuestos a ceder, violando derechos y obligaciones, con tal de evitar la guerra. Eran, a sus ojos, los restos de una civilización declinante ante la pérdida de valores, mientras que ellos representaban el futuro, la emergencia de otros valores y de otras formas de gobierno.
 
Los regímenes nazi-fascistas tenían parte de razón cuando tildaban de decadentes a los regímenes parlamentarios. Estas formas institucionales son la expresión política de una sociedad. La democracia puede ser entendida en sentido estricto como un mero mecanismo de toma de decisión, un conjunto de acuerdos arbitrados para resolver la gestión de los asuntos de interés común que está en la base de la convivencia. Pero, en un sentido más amplio, es la plasmación de los principios que rigen un grupo humano. De ahí que utilicemos la expresión “democracia liberal” cuando queremos hacer referencia a aquellos sistemas parlamentarios donde priman los principios del liberalismo político. Sabemos que reina en Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania, de la misma forma que sabemos que no responde a los modelos ruso, venezolano o argentino en nuestros días. En la década de los treinta los valores que habían dado forma a Europa estaban disolviéndose y con ellos su propia cohesión. Los nazis, fascistas y comunistas se equivocaron al creer que sus alternativas revigorizarían al Viejo Continente y abrirían las puertas a nueva época. No fue así. Lo único que consiguieron fue provocar horror, destrozar la vida de millones de personas y agravar la decadencia de Europa.
 
Una crisis pospuesta
 
Las tensiones políticas vividas durante los años veinte y treinta sumadas al horror de la II Guerra Mundial y la dureza de la postguerra supusieron un choque de realismo para los supervivientes. A partir de 1945 los europeos que quedaron fuera de la influencia soviética comprendieron que las políticas de apaciguamiento habían fracasado, que las potencias totalitarias no sólo no se habían contenido sino que la demostración de debilidad implícita las había animado a seguir adelante. Entendieron también que el menosprecio al legado judeo-cristiano y a los fundamentos del parlamentarismo liberal había supuesto la ruina de la convivencia. Europa se había introducido en un camino que sólo llevaba al horror. Los europeos se esforzaron en reconstruir su mundo perdido desde una vuelta a sus raíces seculares. La democracia reinó como nunca antes, se lograron pasos  excepcionales en el terreno de la solidaridad y la justicia social, así  como en la reconciliación entre los pueblos.
 
La reconstrucción de Europa es impensable sin el establecimiento de lo que se dio en llamar el “vinculo atlántico”, es decir el compromiso norteamericano con el futuro del Viejo Continente. Durante décadas los norteamericanos habían creído que su seguridad y bienestar dependía del aislamiento. Cuanto menos se vieran involucrados en los asuntos de Europa, mejor. Más aún cuando la imagen que se tenía de Europa, impresa en la conciencia nacional desde los tiempos de la colonización y la Independencia, era muy negativa. La geografía parecía jugar a su favor. La distancia les permitía evitar compromisos peligrosos. Sin embargo la técnica y, con ella, el proceso de globalización, acercó pueblos e intereses y, poco a poco, los norteamericanos entendieron que no podían desentenderse de las locuras del Viejo Continente, como en nuestros días, poco a poco, van comprendiendo que, quieran o no, están abocados a tener que actuar con mentalidad global.
 
Europa estaba destruida y asediada. Por una parte tenía que reconstruir una sociedad rota por las crisis política y bélica. Por otra, se encontraba ante la amenaza soviética, nueva forma de la ya conocida amenaza comunista. Un problema se relacionaba con el otro. La Unión Soviética trataba de amedrentar para apoyar la expansión de los partidos comunistas e impedir el desarrollo de la libertad. Estados Unidos comprendió que tenía que impedirlo y que el campo de batalla central estaba en los espíritus. Tanto el Plan Marshall como la Alianza Atlántica iban dirigidos a dar confianza a los europeos, además de medios económicos y militares, para asegurar su capacidad de ser ellos mismos. El “vínculo” no se estableció contra alguien o algo, sino a favor de un concepto civilizador. Americanos y europeos entendieron que formaban parte de una misma comunidad de valores y que la amenaza que se cernía sobre ellos no era divisible. Sólo reivindicando ese tronco común podrían sobrevivir. El Plan Marshall se diseñó para acelerar el proceso de reconstrucción y, de esta forma, dar garantías a la población de que tendría un futuro digno. Si una familia tiene ante sí la posibilidad de que sus miembros tengan un trabajo correctamente remunerado, dispongan de una vivienda digna, unos servicios de salud y educación, lo más probable es que se mantenga en el ámbito de los valores tradicionales y renuncie a cualquier tentativa revolucionaria. Europeos y norteamericanos extraían consecuencias de la historia reciente. El gran canciller Konrad Adenauer explicaba en sus Memorias el proceso seguido por la sociedad alemana hacia la dictadura nacional-socialista:
 
“El rápido desarrollo de la industrialización, la concentración de grandes masas de población en las ciudades y el desarraigo de la persona que todo ello suponía, dejaron el camino libre para el devastador contagio del concepto materialista del mundo en el pueblo alemán. Este concepto materialista llevó forzosamente a una sobreestimación del poder, y con ellos del Estado, en el que se englobaba y reforzaba el poder, a costa de una desvalorización de los valores éticos y de la dignidad del individuo”[2]
 
Este proceso de deshumanización unido a las consecuencias de la I Guerra Mundial estaba en la mente de todos. De ahí que el presidente norteamericano, Harry S. Truman, optara por una estrategia centrada en un principio humanista: devolver la dignidad y la expectativa de futuro a cada europeo occidental.
 
La Alianza Atlántica no se hubiera formado sin la amenaza soviética, pero en sus documentos fundacionales se optó por evitar mencionar al enemigo para centrarse en lo fundamental: se unían un conjunto de democracias para defender tanto sus valores como su independencia. La nueva estrategia norteamericana daba sentido a cada uno de sus pasos y el resultado se hizo evidente con el transcurso del tiempo. Hoy es un lugar común afirmar que la OTAN ha sido la Alianza más exitosa de la Historia y es verdad. Un logro tan importante no se hubiera conseguido sin que detrás hubiera una gran estrategia común, bien enraizada en unos valores igualmente comunes. 
 
Para evitar ese temido resurgir del materialismo, la reconstrucción de Europa se hizo tratando de superar las insuficiencias del parlamentarismo liberal decimonónico. Junto a la defensa de la libertad individual se hizo de la solidaridad el segundo gran pilar de los nuevos regímenes políticos. La Administración tuvo que crecer para hacerse cargo de un amplio abanico de políticas sociales dirigidas a garantizar a los ciudadanos un conjunto de servicios. Era el comienzo del moderno “estado de bienestar”, donde un estado fuerte e intervencionista y una alta imposición fiscal permitían dar satisfacción a las demandas de protección de las clases más humildes. La paz social parecía garantizada sin dañar gravemente la capacidad productiva. La generalización de la educación permitía a su vez la promoción social, aportando una extraordinaria cohesión a las sociedades europeas a la altura de los años sesenta.
 
Durante los años de la Guerra Fría, entendida ésta en su sentido más amplio hasta la caída del Muro de Berlín, Europa se encontró bajo la continua presión de la Unión Soviética en tres frentes tan distintos como complementarios.
 
1.              El comunismo ruso representaba la vanguardia en la defensa de una interpretación materialista de la Historia. Dios era una mentira felizmente desvelada y el hombre, a partir de la ciencia marxista, podía descubrir las leyes del desarrollo social. Muchos en Europa Occidental siguieron esta visión y, consciente o inconscientemente, ayudaron en la empresa de tratar de minar, una vez más, los cimientos de Occidente. Algunos, con el paso del tiempo, denunciaron el comportamiento antidemocrático y perverso de la Unión Soviética, pero continuaron defendiendo el materialismo histórico, el fundamento ideológico que había llevado al comunismo, en la Unión Soviética y en los restantes estados en los que llegó a imponerse, a todo tipo de brutalidades. Las democracias occidentales fueron capaces de superar esta presión. A pesar del peso que consiguieron en ambientes universitarios y culturales, el contraste entre el bienestar occidental y el espectáculo de las repúblicas populares al otro lado del Telón de Acero fue suficiente para contener su influencia.
 
2.              En el plano diplomático la Unión Soviética trató en todo momento de romper el “vínculo” atlántico y someter a los estados de Europa Occidental a un moderno vasallaje. Fue lo que se denominó “finlandización”, en referencia al estatuto de soberanía limitada de Finlandia ante su poderoso vecino. Los gobiernos europeos se mantuvieron firmes, aunque con el paso del tiempo fueron perdiendo respaldo social. Las nuevas generaciones, nacidas y formadas después de la II Guerra Mundial, abandonaron las posiciones heredadas y replantearon de forma crítica los fundamentos de la política seguida hasta entonces. Estados Unidos dejó de ser la nación amiga que había salvado a Europa de su derrumbe para trasformarse a sus ojos en la potencia imperial que privaba a Europa de su libertad de acción. La Unión Soviética no era ya la dictadura comunista que ahogaba tanto a sus ciudadanos como a los estados que habían caído bajo de su área de influencia, sino el estado agredido por el imperialismo norteamericano tras la II Guerra Mundial.
 
3.              En el terreno militar, la Unión Soviética estableció el Pacto de Varsovia y con él un poderoso ejército con gran capacidad en medios convencionales. La presencia de esta fuerza obligaba a los estados de la Alianza a mantener un elevado gasto militar y confiar en la disuasión nuclear. Las alternativas eran aterradoras. Si se producía una crisis y las fuerzas soviéticas avanzaban, su sólo paso supondría la destrucción de buena parte de Europa Occidental. Si para frenar su avance se utilizaba el arma nuclear, se iniciaría una escalada de ataques y contraataques con consecuencias aun peores. Muchos dudaron de su eficacia y estaban dispuestos a buscar un entendimiento con la Unión Soviética, la “finlandización”, pero no llegaron a tener suficiente mayoría. El tiempo jugaba a su favor. Los debates sobre el uso del arma nuclear y sobre el despliegue de los misiles Cruise y Pershing, como respuesta a los SS-20 soviéticos, mostró hasta qué punto había crecido la posición pacifista, en particular entre los más jóvenes. La descomposición de la Unión Soviética, por agotamiento de la dictadura comunista, evitó un posible derrumbe de las posiciones europeas.
 
El proceso de unificación europeo fue quizá la mejor representación de los esfuerzos por superar el pasado, pero también de los graves problemas que amenazan nuestro futuro. Su origen está en el Plan Marshall, en concreto en la imposición norteamericana de un organismo europeo que administrara los fondos enviados. Lo que en perspectiva técnica era un mecanismo para distribuir de forma ordenada unos recursos financieros, en realidad era mucho más. Era una vía para comenzar a superar comportamientos nacionalistas que habían estado en el origen de muchos de los problemas padecidos en las décadas anteriores. El tiempo consolidaría este proceso y Europa se ha convertido en la única área del planeta donde la colaboración entre estados ha llegado a tal punto que ha puesto en duda la viabilidad futura del estado-nación. Los mercados comenzaron a abrirse y las empresas disfrutaron de un mercado mayor. Pero desde un primer momento la aventura europeísta fue mucho más que una apuesta económica. La existencia de regímenes democráticos fue condición para incorporarse al club. Era una asociación regional comprometida con los valores democráticos que proyectaba sobre el espacio común lo que desarrollaba en el propio: sistemas complejos de protección social. Las instituciones europeas se hicieron eco de las rigideces y de la vocación intervencionista de los gobiernos que las integraban, aumentando la carga burocrática que recaía y recae sobre las espaldas de los europeos. Europa, con su activo y su pasivo, se convirtió para las generaciones de la postguerra en el polo sobre el que concentrar casi todas sus aspiraciones. Para unos y para otros, populares o socialistas, la Europa que iba tomando forma estaba dirigida a superar los problemas de antaño y proyectar al Viejo Continente, ya profundamente renovado, hacia el siglo XXI. La Unión Europea es la estrategia de modernización asumida por todos y de ahí la gravedad del actual parón. Por encima de tratados concretos, sobre el futuro de la Unión pende la contradicción entre modelos incompatibles, problema que, una vez más, la Unión recibe de sus estados miembros.
 
¿La crisis definitiva?
 
La crisis europea se hizo evidente para todos con la II Guerra Mundial. Para entonces ya había perdido su posición central en la política internacional. Sus ejércitos ya nunca serían los más poderosos y adiestrados, dispuestos a ser enviados a cualquier punto del planeta para defender los intereses nacionales. Otras potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, recogían el testigo, dotadas de una dimensión física y demográfica más acorde con los retos de globalidad propios de los tiempos. La penosa situación económica, la ruina de sus ciudades, el desánimo de la población eran elementos que, a la vista de todo el planeta, daban muestra de todo un cambio de época. Sin embargo, la impresionante recuperación de los estados de Europa Occidental, tras la aplicación del Plan Marshall, y el proyecto original y positivo de la unificación continental dieron a los europeos una confianza en sí mismos que ocultó, a propios y extraños, parte de la realidad subyacente: la decadencia. En el plano diplomático y militar, Europa se convirtió en el “teatro central” de las operaciones de la Guerra Fría. En torno al “Telón de acero”, divisiones y misiles se apostaban para un enfrentamiento de resultados apocalípticos. Todo giraba en torno a Europa, lo que, en cierta forma, le devolvía la centralidad perdida.
 
La Guerra Fría “congeló” muchos problemas y situaciones. Las guerras balcánicas fueron una prueba, la decadencia continental otra. Viejos y nuevos problemas se acumulan como lastre que, por ahora, impide que los estados y la Unión acaben por incorporarse plenamente al nuevo siglo con el dinamismo necesario.
 
El auge del materialismo estuvo en la crisis que llevó a la II Guerra Mundial. Desde entonces ha seguido presente entre nosotros, aunque sus alas fueran recortadas por la reacción ante la amenaza soviética. Hoy el materialismo ha perdido su optimismo positivista, su arrogancia cientifista, y se manifiesta en un tono más discreto. El europeo medio de nuestros días siente muy lejanos los tiempos de la postguerra o, más aún,  la crisis de los años treinta. Es un hombre crecido en el estado de bienestar europeo, acostumbrado a un amplio número de comodidades y garantías. Es consciente de que vive en la región más afortunada de la Tierra y que el cúmulo de servicios de que goza pasa por una alta fiscalidad. Pero es un hombre que se ha olvidado de cuáles fueron los cimientos sobre los que se levantaron los pilares de ese extraordinario edificio político. Ya no recuerda que la libertad siempre está en peligro, que la solidaridad es algo más que pagar impuestos y que su sociedad está en permanente cambio y, por lo tanto, en permanente riesgo. Es un hombre que se ha instalado en una posición cómoda y que trata de huir de las responsabilidades. Una gran mayoría ha abandonado las iglesias cristianas y tienden a rechazar la reflexión sobre los valores. Delega en el estado, en la lógica parlamentaria, la resolución de ese tipo de problemas.
 
La pérdida de la fe y una mal entendida interpretación de la democracia han favorecido la emergencia de una actitud relativista. No es de buen tono creer en algo y no me refiero sólo al ámbito religioso. Se defiende que nadie está en posesión de toda la verdad y que lo fundamental es llegar a puntos de encuentro para resolver los posibles problemas derivados de posiciones distintas. El mecanismo de resolución de conflictos se convierte en un fin en sí mismo, desvelando la profunda falta de ideas. Más que pluralidad hallamos en muchos casos el vacío. Resta sólo el egoísmo de cada cual tratando de vivir lo más cómodamente posible.
 
El relativismo deja el espacio libre para aquél que sí sabe lo que quiere y no está dispuesto a respetar las reglas del juego. El multiculturalismo, una bien intencionada aproximación a los problemas derivados de la integración, ha llevado en muchos casos a la violación del marco constitucional y a la creación de estados dentro de estados. La falta de valores tan presente en la sociedad europea provoca, en algunos grupos de emigrantes, desprecio y actúa como involuntaria invitación para ignorar el orden legal y tratar de trasladar a las sociedades europeas comportamientos y normas propias de los lugares de origen.
 
Junto a este materialismo acomodaticio y relativista hallamos otro más agresivo, el derivado de la descomposición del marxismo. Durante más de un siglo el socialismo revolucionario ha sido una doctrina que creía comprender las leyes del comportamiento social y que, por lo tanto, aportaba una metodología y una estrategia para construir una nueva sociedad. Sabían lo que querían y cómo lograrlo. El derrumbe del Muro de Berlín, la descomposición de la Unión Soviética, la paulatina trasformación de China en una potencia capitalista acabaron con sus esperanzas, pero no con sus sentimientos. Esta izquierda política rechazó siempre el legado judeo-cristiano y el liberalismo político, negó a Occidente, con su historia y sus valores, y trató de transformarlo a través de la revolución. Conscientes de que perdieron la Guerra Fría y, mucho peor, la guerra ideológica, se disponen ahora a destruir lo que odian, aun sin tener una alternativa clara. De una posición positiva y optimista han pasado a otra negativa. Sus programas son un cocktail de medidas que no responden a una idea central. Buscan transformarse en una plataforma de agraviados por un modelo de sociedad que condenan desde sus cimientos. Muchas de estas ideas proceden de Estados Unidos, de sectores intelectuales no marxistas, pero sí profundamente críticos con la política de su país, tanto en su versión republicana como demócrata. Denuncian una culpabilidad norteamericana sobre un elevado número de problemas internacionales, rechazan el peso de las iglesias cristianas en la formación de la conciencia cívica y promueven un cambio radical de valores.
 
Hay en el comportamiento de buena parte de la nueva izquierda un componente suicida. Son conscientes de que minan el modelo social y que otros, con ideas mucho más claras, acabarán aprovechando la oportunidad. Pero parecen preferir el hundimiento de Occidente antes que permitir su continuidad. En el día a día, esta nueva izquierda avanza en su defensa de lo colectivo frente a lo individual. Su particular interpretación del bien común le lleva a legislar tratando de limitar el margen de libertad de elección y buscan, mediante el uso de los medios de comunicación de masas, establecer nuevas pautas de conducta.
 
Una nueva variante del viejo colectivismo es la nueva “democracia participativa”, un supuesto paso adelante frente a la anquilosada “democracia parlamentaria” que tiene como objetivo sacar la política del Parlamento, del ámbito más técnico y elitista de los jefes de fila de cada partido, para trasladarlo, a través de los medios de comunicación y de organizaciones de base, a la calle. Bajo un supuesto avance democratizador se esconde un nuevo intento de recortar el margen de acción de las instituciones representativas y de trasladar la iniciativa política a las movilizaciones callejeras.
 
La falta de fe en la propia civilización y la ausencia de un modelo alternativo viable se hace notar en el comportamiento de la actividad económica. Europa está dejando de generar patentes. La investigación decae y no por falta de investigadores vocacionales. La Universidad se encuentra agarrotada por un exceso de reglamentismo y una actitud corporativa del profesorado. Las empresas sufren también el peso de las ordenanzas, con dificultades para adaptarse a un entorno cambiante. La productividad cae y la producción se aleja de los índices de Estados Unidos y de las potencias emergentes: China e India.
 
Esta combinación de relativismo y materialismo tiene también su efecto en la política exterior. Dos situaciones de partida condicionaban el comportamiento de los estados europeos: las dos crisis bélicas con carácter mundial y el cierre de la etapa colonial. El uso de la fuerza se asocia en la conciencia de los europeos a los desastres que caracterizaron dramáticamente el siglo XX. Hay, por lo tanto, un rechazo a volver atrás. Este rechazo era campo abonado para el desarrollo del pacifismo, corriente para la que el uso de la fuerza es rechazable en todas, o en casi todas, las circunstancias. Se afirma que la fuerza nada resuelve, sino que agrava los problemas. La diplomacia, reforzada por los organismos internacionales, es el único medio legítimo y práctico. Un mensaje que no soporta el más mínimo contraste con la realidad. El uso de la fuerza ha ocasionado desastres innecesarios e injustificables, algo tan cierto como que, en otros casos, ha sido fundamental para preservar la libertad. Sin el uso de la fuerza el nazismo se hubiera extendido por toda Europa. Sin la disposición de los estados de Europa Occidental a combatir para defender la soberanía, la Unión Soviética hubiera impuesto su voluntad sobre el conjunto del Viejo Continente.
 
La pérdida de las colonias y el proceso de reflexión posterior llevó a la generación, fomentada desde el sistema escolar hasta los medios de comunicación, de una mala conciencia colectiva por el comportamiento abusivo de las metrópolis respecto de los territorios colonizados. Un análisis maniqueo y primario que requiere de mucha matización para poder valorar esa experiencia con mayor rigor. Como resultado se reforzó la corriente pacifista. Los europeos no quieren ver a sus fuerzas armadas interviniendo en territorios que fueron previamente colonia, para evitar tener que enfrentarse a la acusación de imperialismo. De igual manera actúan con excesiva complacencia ante comportamientos violentos o corruptos, por una supuesta falta de legitimidad debida a su pasado colonial.
 
Paradójicamente, Estados Unidos es responsable, si bien de forma involuntaria, de estas actitudes. Desde la firma del Tratado de Washington en 1949, momento fundacional de la Alianza Atlántica, hasta la fecha, la potencia norteamericana ha garantizado la seguridad de Europa a través de la combinación de un despliegue de unidades militares en el Viejo Continente y la disuasión nuclear. De hecho, tal fue el compromiso que con razón podemos afirmar, siguiendo a Brzezinski, que Estados Unidos estableció un “protectorado” en Europa. El inconveniente de una acción de estas características es que genera dos reacciones tan previsibles como comprensibles. En primer lugar, los europeos perdieron la conciencia de defensa, la preocupación cívica por reflexionar sobre cuáles eran las amenazas que pendían sobre su seguridad y cuáles eran las estrategias posibles para evitarlas. Si durante siglos Europa había sido el centro de reflexión estratégica, esta disciplina académica abandonó este continente en busca de mejor acomodo en ultramar, dejando su espacio a los nuevos “estudios sobre la paz”. En segundo lugar, todo protectorado implica una humillación. Es verdad que los europeos lo pidieron y trataron de mantenerlo durante décadas, pero eso hacía aún más incómoda la situación. La presencia norteamericana ponía en evidencia la incapacidad europea para resolver un problema esencial al concepto clásico de soberanía, su ejercicio. La toma de decisiones sin contar con el afectado, irritaba al mismo tiempo que se comprendía. De ahí que la desaparición de la Unión Soviética supusiera para muchos una liberación, tanto para enemigos como para amigos.
 
Una sociedad cuyo pasado agarrota y que teme intervenir activamente en la política internacional por miedo a verse arrastrada a situaciones difíciles que pueden requerir del uso de la fuerza es una sociedad dispuesta a la claudicación. Si el relativismo ha llevado a los europeos a no creer en casi nada, a no reivindicar sus valores originales; si el pasado actúa como una losa que impide mantener acciones de firmeza; si la experiencia colonial bloquea cualquier intento de actuar con decisión en la resolución de conflictos… sólo queda buscar la componenda. La conjunción entre relativismo moral y pacifismo aboca a una política exterior apaciguadora. No es que los europeos crean, a pesar de las obvias enseñanzas de la Historia, que ahora sí van a funcionar políticas que antes fracasaron. Es que no tienen alternativa, porque no son capaces de hacer otra cosa. Países concretos pueden salvarse de este comportamiento general, pero ésta es la tónica de la acción internacional del Viejo Continente.
 
La imagen de Estados Unidos en la actualidad es muy ilustrativa de la situación interna europea. El antinorteamericanismo no es nuevo en Europa y tampoco ha sido privativo de la izquierda. Durante décadas el rechazo a la realidad estadounidense y al papel de esta gran potencia en el mundo era expresión del rechazo a los valores sobre los que se ha constituido su sociedad y, muy especialmente, a su carácter profundamente liberal. Ningún otro estado representa mejor que Estados Unidos el triunfo del liberalismo político[3]. No es de extrañar que Jean –François Revel haya afirmado que
 
“La función principal del antiamericanismo era –y lo es aún hoy- la de difamar al liberalismo en su encarnación suprema. Disfrazar a los Estados Unidos de sociedad represiva, injusta, racista, casi fascista, era una forma de clamar: ¡ya veis cuál es el resultado de la aplicación del liberalismo!”[4]
 
Sobre esta base, el antinorteamericanismo se ha centrado tanto en la crítica a acciones concretas de política exterior derivadas de ese trasfondo ideológico como, y sobre todo, a la globalización. Tras el derrumbe del Muro de Berlín ninguna ideología política tiene la legitimidad de la democracia liberal. Este es un hecho fácilmente contrastable cuando se estudian sondeos realizados en distintas partes del planeta o se habla con personas de a pie o analistas de diferentes países. Como se está viendo en Palestina, Líbano, Afganistán o Iraq, la gente quiere votar y decidir sobre su propio destino. En todas partes se rechaza la dictadura, el abuso y la corrupción. Hay valores universales que están por encima de las diferencias nacionales o de civilización. Son muchos los que critican la política norteamericana, la de los europeos y los fundamentos de la democracia liberal, pero desde la desintegración de la Unión Soviética los grupos críticos no han sido capaces de pergeñar un programa alternativo. El proceso de globalización del planeta, que deriva de avances técnicos ajenos a la voluntad de las partes, facilita el comercio de bienes y el intercambio de ideas, lleva a una mayor presencia de las naciones occidentales en los lugares más distantes y a un avance de las ideas democráticas en sociedades muy alejadas de nuestra tradición[5]. Este hecho revolucionario supone para los enemigos de la democracia liberal su mayor fracaso y la causa de su movilización. El movimiento anti-globalización recoge en gran medida los restos del marxismo y concentra su acción de nuevo en un objetivo negativo: impedir el desarrollo del comercio y de las ideas democráticas. No tienen una alternativa, de ahí que estén dispuestos a apoyar cualquier movimiento local que comparta el rechazo a unos valores determinados. El auge de este movimiento en Europa supone un ejemplo extraordinario de negación de sí mismo, de rechazo a la propia historia y al propio éxito, la incompatibilidad entre los valores que han dado forma a una civilización y las actitudes que caracterizan la sociedad de nuestros días.
Hacia un nuevo humanismo
 
La situación por la que pasa Europa no invita al optimismo, pero tampoco nos puede llevar al derrotismo. La sociedad europea tiene capacidad para reaccionar, ante el evidente resultado negativo de las políticas que se están llevando a cabo. Tan cierto es que los valores que dieron empuje a estos pueblos están en crisis, como que todavía están presentes. Los europeos se debaten entre la coherencia y la dejadez, entre asumir su responsabilidad o tratar de sobrevivir con el menor riesgo. Si son capaces de afrontar la realidad tal cual es, están en condiciones de reaccionar y de actuar de forma efectiva. Europa tiene los conocimientos y los medios para rehacerse y asumir el papel que le corresponde en el siglo XXI.
 
La experiencia norteamericana nos proporciona interesantes ejemplos. En los años sesenta y setenta la sociedad estadounidense sufría de una cierta crisis de valores, resultado del cansancio producido por los años de la guerra y de la postguerra y por las experiencias de Corea y Vietnam. Las revueltas del 68, el movimiento anti-Vietnam y el folklore hippie pusieron de manifiesto el sentir de las nuevas generaciones y el cansancio tras décadas muy duras. La gente abandonó las iglesias, el consumo y el bienestar se convirtieron en objetivos para todos, el multiculturalismo ganó terreno, grandes cantidades de dinero fueron hacia los núcleos de pobreza en el marco de la política de Great Society, el pacifismo arraigó en la política exterior con Jimmy Carter... Un conjunto de hechos que recuerdan mucho la situación por la que Europa pasa en la actualidad. La sociedad norteamericana tocó fondo y fue capaz de rehacerse.
 
Los mismos que habían provocado la ruptura con el pasado, mayor o menor según los casos, comprendieron con el paso del tiempo que se había ido demasiado lejos. Los resultados estaban a la vista y no animan al optimismo. Después de Carter la sociedad norteamericana dio un giro copernicano y durante dos legislaturas eligió a Ronald Reagan, que inició una rectificación en profundidad, que afectó tanto al conjunto de la sociedad como a los dos grandes partidos. De nuevo la política se fundamentó sobre una clara definición de principios y valores, se dejó atrás el relativismo y se restableció un rumbo claro. Estados Unidos derrotó a la Unión Soviética, que se desintegró tras la demolición del Muro de Berlín. Mientras tanto, en un proceso paralelo, los norteamericanos recuperaron su espíritu familiar, el gusto por las tradiciones y por la fidelidad a los viejos valores. En el plano religioso las viejas polémicas entre distintas iglesias dieron paso a un escenario distinto. Ante la amenaza de un laicismo relativista, los distintos credos judeo-cristianos se fueron reuniendo, de forma paulatina, en asociaciones comunes. Poco a poco el diálogo les ayudó a  redescubrir todo lo que les unía, ese tronco común que ha dado sentido a Occidente.
 
Si Estados Unidos rectificó y aprendió de sus errores no hay razón para pensar que Europa no puede seguir el mismo camino, aunque su situación sea más grave. Necesita situarse frente a un espejo y reflexionar sobre su propia identidad. Su declive es tan evidente como antiguo. No es un fenómeno de nuestros días, aunque determinadas actitudes decadentes sí lo sean. Para reponerse tiene que empezar revisando sus cimientos, rescatar los principios y valores sobre los que edificó su propia identidad. Por encima de todo, Europa requiere un nuevo humanismo.


 

 


[1]  BURKE, Edmund Reflexiones sobre la Revolución Francesa (1790) , Prólogo y traducción de Enrique Tierno Galván. Madrid. Centro de Estudios Constitucionales, 1978. Págs. 157 a 159.
[2]  ADENAUER, Konrad  Memorias (1945-1953) Madrid. Ediciones Rialp, 1965. Pág. 39.
[3]  Para un estudio sobre cómo el legado liberal ha sido aplicado en distintas naciones occidentales ver HIMMELFARB, Gertrude The roads to modernity New York. Knopf, 2004.
[4]  REVEL, Jean-François La obsesión antiamericana. Dinámica, causas e incongruencias. Barcelona. Editorial Tendencias, 2003. Pág. 27.
[5]  MANDELBAUM, Michael The ideas that conquered the World. Peace, democracy and free markets in the twenty-first century. New York. PublicAffairs, 2002.


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