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Irak, la CIA y el «Slam Dunk»
En letra impresa nº 752   |  7 de Mayo de 2007
 
(Publicado en La Razón, 7 de mayo de 2007)
 

El slam dunk de la CIA sobre Irak en versión Tenet, exjefe de espías,  hace furor en estos momentos en Estados Unidos.
 
Esas dos palabrejas designan en la jerga del baloncesto lo que aquí se llama mate, un enceste que el jugador hace saltando debajo de la canasta hasta alcanzar el aro y metiendo el balón con la mano. En sentido figurado es dice de algo que es seguro, que está en el bote, que no puede salir mal.
 
George Tenet fue director de la CIA con Clinton y Bush lo mantuvo por recomendación de su padre. Un tipo simpaticote y campechano que sabe lo que hay que decir y callar en cada momento para hacer carrera política. Y un carrerón fue lo que hizo hasta que sus complacencias y escamoteos le estallaron en la cara. El consumado prodigador de amabilidades no considera justo que le salpiquen también a él los fallos de inteligencia que embarraron la intervención en Irak. Su pataleta es el libro autojustificatorio que acaba de salir en América, del que no he podido leer más que las citas que sus numerosos comentaristas y críticos entrecomillan o referencian. Pero en ellas está la polémica y ese es mi tema.
 
De acuerdo con su pretensión de ser todo para todos pero ante todo para sí mismo ha conseguido proporcionar munición de grueso calibre y amarga bilis tanto a derecha como a izquierda. Se ha superado a sí mismo dejando a cada quisque al mismo tiempo contento y descontento. Ha sido recibido con desprecio y jolgorio a diestro y siniestro, lo que garantiza escándalo, publicidad y hacerse millonario, con un adelanto de $4 millones, que no deja de ser un consuelo y uno de sus legítimos objetivos.
 
Sus memorias, En el Centro de la Tormenta, Mis años en la CIA., tienen como ojo de huracán la expresión slam dunk, por la que considera que ha sido cruel e injustamente crucificado. Fue pronunciada en una sesión en el despacho oval de la Casa Blanca en diciembre del 2002, cuando la crisis de Irak estaba en plena marcha, ante todos los principales actores del gobierno Bush en el tema. La reunión fue narrada por primera vez por Bob Woodard en su libro de 2004 Plan de Ataque. Desde entonces hasta ahora, en todo el proceso de la guerra contra la guerra de los demócratas y los medios americanos de izquierda, esas palabras han dado miles de vueltas. En diversos momentos Tenet las negó, pidió disculpas por ellas o les quitó importancia. En el libro dice que no se acuerda pero que en todo caso no se referían al absoluto convencimiento de todas las agencias de que Sadam estaba en posesión de armas de destrucción masiva, como siempre se ha entendido, si no a lo fácil que sería presentar al público esas conclusiones de los analistas de la CIA como parte de la propaganda de guerra. Cualquiera diría que si era fácil de argumentar sería precisamente porque los hechos parecían obvios. En todo caso una distinción sutil que no niega, sino confirma, la profunda creencia de que a Sadam los inspectores de la ONU no le habían destruido todo lo que tenía y que había seguido tratando de aumentarlo.
 
Tenet se queja amargamente de que se pretenda que la guerra dependió de esas dos palabras. Por supuesto, es grotesco. Igual que achacársela a las dieciséis del discurso sobre el Estado de la Unión de enero de 2003 en las que se dice que “el gobierno británico cree saber que Sadam Husein ha tratado recientemente de conseguir uranio de Níger”, las cuales también han dado muchas vueltas al mundo.
En su defensa el autor critica mucho y a muchos en la administración Bush, aunque no al presidente, para indignación de enemigos que en ningún momento le agradecen la abundante munición que les ha proporcionado y se muestran implacables con el personaje y su papel, arruinando uno de los objetivos de la empresa, que era conseguir una nueva aproximación a los demócratas, de donde había partido. A pesar de que la obra dé pábulo a los odiadores de Bush para una nueva ronda de denuestos y acusaciones, los antiguerra tienen también mucho de lo que dolerse. En primer lugar, la confirmación de que él, como todo el mundo, creía que Sadam tenía la armas. Es más, creía también que los inspectores sin la colaboración del gobierno iraquí, que jamás existió, nunca podrían encontrarlas pero que aparecerían en cuanto los soldados americanos pusieran pie en el país. Esa convicción es en sí misma el hecho clave que es imprescindible destruir para poder seguir tergiversando todo lo que se refiere al origen de la guerra y seguir explotando políticamente las inmensas dificultades que trajo consigo, para lo cual esos explotadores nunca han dejado de poner sacas y sacos de arena. 
 
No menos mortificante para éstos es la insistencia en que está ampliamente documentado que a lo largo de una década hubo numerosos e importantes contactos entre al Qaida y el aparato de seguridad de Sadam. Pero tampoco eso es tan importante. Es una obviedad que Sadam apoyaba a terroristas de diversas layas y se valía de ellos. Todo se sabía desde Clinton, pero como Tenet afirma, después del 11-S pareció un peligro inaceptable.

 


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