Sarkozy: sí, pero...
(Publicado en ABC, 7 de mayo de 2007)
Los franceses fueron a votar sabiendo que tenían ante sí dos opciones muy distintas. Sarkozy, el candidato conservador, representaba el cambio. Él mejor que nadie había diagnosticado el conjunto de problemas que habían llevado a la República a la situación de estancamiento económico y decaimiento moral en que hoy se encuentra. Pero él también, como nos recordaba ayer Germán Yanke, asumió la responsabilidad de presentar un programa de reanimación, una terapia, hecho a la medida de aquellos problemas. A la gente no le gusta oír malas noticias. Cuando un político en campaña habla de hacer sacrificios sabe que está cavando su propia tumba. Tiempo atrás Mario Vargas Llosa hizo algo semejante en Perú y acabó facilitando el ascenso de Fujimori. Sarkozy asumió el riesgo y demostró valor, en la confianza de que la madurez de la sociedad francesa y la claridad de su discurso le encumbrarían hasta el Palacio del Elíseo. Tuvo razón, una razón convenientemente escoltada por unas condiciones políticas excepcionales y mucho oficio. Ante la res de una campaña de desprestigio que trataba de presentarle como un hombre de la extrema derecha dispuesto a poner patas arriba la República, se atuvo a las normas clásicas en su versión orteguiana, de D. Domingo no de D. José: paró, templó, cargó la suerte y mandó.
Sarkozy rompe con la política seguida desde los años setenta para recuperar el pulso de los fundadores de la V República. Frente al relativismo, multiculturalismo, estancamiento económico y paro que caracterizan la Francia de nuestros días, él vuelve a los valores republicanos, a la creencia en el mérito y el trabajo bien hecho, a un menor intervencionismo del Estado y a una mayor asunción de responsabilidad individual. En este sentido, Sarkozy es un continuador de De Gaulle, Schuman o Aron, en las antípodas de Chirac, Villepin o Royal.
Sarkozy es catalogado como liberal y puede que lo sea en la perspectiva francesa o alemana, pero no más allá. Francia inventó la Monarquía Absoluta y, desde el siglo XVII, los franceses tienen una confianza exagerada en el Estado. Una dolencia que comparten con sus vecinos alemanes para desgracia de todos los europeos. Mientras no se demuestre lo contrario, Sarkozy va a tratar de reanimar el mecanismo heredado, no de cambiarlo. En esto coincide con Merkel, esa discreta gran figura que viene de los Länder orientales para recuperar el espíritu renano.