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La ruleta rusa de la política
Colaboraciones nº 1678   |  8 de Mayo de 2007
 

(Publicado en The Heritage Foundation, 26 de abril de 2007)

Boris Yeltsin, que pasó a mejor vida el 23 de abril de 2007 a la edad de 76 años, fue un insólito revolucionario. Miembro triunfador de la clase gobernante soviética, hizo hasta lo imposible por aniquilar el sistema comunista. En el proceso, lideró el desmantelamiento de la Unión Soviética, intentando crear por primera vez en la milenaria historia de Rusia, un estado nacional moderno. Casi lo logró.
 
Yeltsin, hijo y nieto de campesinos de los Montes Urales que fueron castigados por Stalin, era un leal apparatchik (burócrata) en la gran ciudad industrial de Sverdlovsk, corazón del complejo militar-industrial soviético. Sobrepasó afanosamente las cuotas de construcción y lideró la iniciativa para que se demoliera la Casa Ipatyev, donde Nicolás Romanov, el último zar de Rusia, su familia y su séquito fueron detenidos y brutalmente ejecutados por los bolcheviques en 1918.
 
Pero cuando fue ascendido y llevado a Moscú por Mikhail Gorbachev para convertirse en el jefe de construcción del país y luego secretario del Partido Comunista de la ciudad de Moscú, Yeltsin se transformó en un populista y desafió al reinante Politburó. Lo echaron en 1988, pero volvió como miembro electo del Soviet Supremo y como el primer presidente del Parlamento ruso elegido competitivamente. En 1991 ganó de manera convincente las elecciones presidenciales de Rusia.
 
Yelstin lideró con valentía al Parlamento y a la multitud de ciudadanos que se levantaron contra los tanques rusos en el golpe de estado organizado por los comunistas de la línea dura en agosto de 1991. Cuando el golpe de estado fracasó, Yeltsin marginó a Gorbachev y gestionó el divorcio de las repúblicas de la Unión Soviética que finalizó en diciembre de 1991. Poco después, justamente el día de Navidad de 1991, la Unión Soviética expiró.
 
El nuevo estado que Yeltsin lideró, la Federación Rusa, se tuvo que enfrentar a unas arcas vacías, saqueadas por los comunistas. No tenía instituciones que funcionasen pero sí una inflación galopante. Los comunistas y sus aliados nacionalistas querían la revancha. El país entró en un estado de agitación.
 
Al despedir a su principal reformista económico, Yegor Gaidar, en diciembre de 1992 y nombrar al ex ministro del gas Víctor Chernomirdin como primer ministro, Yeltsin ralentizó el ritmo de las reformas y eso permitió que la corrupción floreciese. A diferencia de Polonia, la República Checa, Hungría y los estados bálticos, las reformas rusas se desarrollaban de manera poco sistemática y les faltaba una seria base legislativa que tuvo que completarse después.
 
Rusia tampoco tenía una constitución y el Soviet Supremo, que era antireformista, amenazó a Yeltsin con una impugnación en busca de acumular poderes. En el verano de 2003, Yeltsin presentó su plan de reforma política para someterlo a un referéndum popular, que ganó, y luego ordenó la disolución del Soviet Supremo. Envió tropas para evitar que la legislatura se reuniera. El Soviet Supremo y sus defensores intentaron una insurrección armada. El poder de Yeltsin estaba en peligro por segunda vez en dos años.
 
A pesar de haber sofocado la insurrección, Yeltsin no logró disolver el Partido Comunista o purgar al sistema de esos partidarios. A diferencia de los líderes de Solidaridad en Polonia, Vaclav Havel en la República Checa y los anticomunistas de los países bálticos, Yeltsin era parte integral del viejo sistema y no podía llenar el gobierno con anticomunistas porque no tenían ninguna experiencia administrativa o de seguridad. 
 
Yeltsin no consiguió emprender acciones legales contra el Partido Comunista, no depuró los servicios de seguridad (algo crucial para el futuro) y lanzó una guerra contra la separatista Chechenia, esto  jugaría un papel clave en el resbalón ruso de vuelta al autoritarismo. Nunca consiguió elaborar un paquete efectivo de reformas económicas y la corta recuperación de 1996-1997 acabó en la desastrosa crisis financiera de 1998 que trajo al duro Yevgeny Primakov al cargo de primer ministro y puso a los reformistas al final de la cola. 
 
Sin embargo, Yeltsin no usó sus poderes para suprimir a los partidos de la oposición y permitió una libertad sin precedentes a los medios de comunicación. Después que destituyera a Primakov, nombró al ex minsitro del Interior Sergey Stepashin como primer ministro, para tener que reemplazarlo pronto con el leal y duro jefe de la policía secreta, el Servicio Federal de Seguridad. El nuevo primer ministro, nombrado aquel verano de 1999, fue Vladimir Putin.
 
Para ese entonces, la salud de Yeltsin se había deteriorado. Había sufrido dos ataques al corazón, ambos relacionados con sus batallas políticas, el primero en 1988 cuando se convirtió en el primer hombre que se opuso al Politburó soviético y de donde salió vencedor. Su segundo ataque al corazón sucedió durante la peligrosa campaña para las elecciones presidenciales de 1996 donde acortó distancias yendo de un bajísimo apoyo que no superaba un dígito en febrero para pasar a ganar las elecciones en el verano. En otoño de 1996, Yeltsin se sometió a una operación de bypass quíntuple en el corazón. Los medios y sus conocidos hablaban de serios problemas con el alcohol.
 
Yeltsin dejó a Rusia débil pero relativamente libre. El país tiene una difusa estructura de poder, que incluye la presidencia, el poder legislativo, gobernadores regionales electos y unos medios de comunicación sin pelos en la lengua. La clase media ha empezado a crecer y se consagraron la libertad de religión y movimiento.
 
Hoy, Rusia es mucho más rica, tiene un crecimiento estable del 7% anual desde el año 2000. Tiene un tipo marginal único (el conocido como “flat tax”) del 13% y un impuesto de sociedades del 24%. La inversión extranjera fluye a un nivel sin precedentes y la fuga de capitales es algo casi del pasado.
 
Sin embargo, Yeltsin no consiguió proteger su más preciado logro – la libertad – más allá de su presidencia. La constitución que introdujo a trancas y barrancas a finales de 1993 daban poderes inéditos al presidente. La centraliazación de poder de la era post Yeltsin incluye el nombramiento de gobernadores, un parlamento blando, control estatal de todos los canales de televisión, la mayoría de radios y medios escritos así como el quebrantamiento del poder político de los oligarcas.
 
Las manifestaciones masivas que sucedieron con Gorbachev y Yeltsin son impensables hoy en día; hace poco 9.000 policías antidisturbios armados hasta los dientes fueron a disolver una manifestación pacífica de 2.000 personas. Si Yeltin no logró dejar en pie un estado de derecho, sus sucesores desmantelaron lo que quedaba.
 
Yeltsin, como su predecesor y su sucesor, es una figura de transición en el largo camino del imperio comunista de Rusia a un destino que aún no conocemos.
 
Pero recordaremos a Boris Nikolayevich Yeltsin como alguien que tuvo buenas intenciones y trabajó para que su país volviese a la familia de naciones, a la libertad y a la humanidad, detalles que han faltado tan a menudo en la atormentada historia de Rusia.


 

 
 
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©2007 Traducido por Miryam Lindberg


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