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Conservadurismo verde
En letra impresa nº 750   |  3 de Mayo de 2007
 

(Publicado en Expansión, 3 de mayo de 2007)

La bandera de los “verdes” ha estado en manos de la izquierda. Sin razón aparente más que la derecha no ha sabido articular un mensaje coherente respecto a la conservación del planeta.
 
Pero ser “verde” no tiene que ser sinónimo de ser progre. Es más, no debe serlo. Por una sencilla razón: la ideología de izquierda está impregnada hasta la médula de totalitarismo, estatismo, injerencia gubernamental en todas las esferas de la vida, populismo y demagogia.  Por eso no es de extrañar que las recetas que se despachan para poner freno a la degradación de nuestros recursos naturales siempre pasen por castigar a la producción y al consumo, por poner más y mayores impuestos o eco-tasas, más competencias para el Estado y, en general, más normas y regulaciones. Eso es lo que siempre le ha gustado a la izquierda. Y allí donde se han puesto en práctica está lejos de ser verdad que se ha mejorado la salud del medio ambiente, aunque las burocracias, los impuestos y la regulación gubernamental no hayan dejado de crecer.
 
Conservar el planeta es una obligación que tenemos contraídas con nosotros mismos y con las generaciones venideras, pero no al precio del empobrecimiento generalizado ni mucho menos al coste de tener un gobierno que controle nuestra vida, lo que consumimos y cómo lo hacemos.
 
Recientemente están saliendo líderes de la derecha sensibles al tema climático y la conservación. Cameron en Inglaterra, por ejemplo. Pero los conservadores harían muy mal queriendo ser, en esto, el ala derecha del socialismo y los “verdes”, con la única política de moderar su alarmismo y frenar sus ansias normativas. Newt Gingrich en los Estados Unidos está dando la batalla ideológica a favor de un eco-conservadurismo que proteja el planeta desde una óptica y unas políticas consistentes con el credo de la derecha. Porque es posible. El propone, por ejemplo, menos gravámenes y más incentivos fiscales encaminados a reorientar los hábitos del mercado y del consumo.
 
No hace falta creer en la teoría del calentamiento global para saber que es necesaria una política energética consistente con la protección del medio ambiente. Y lo digo yo que desde comienzos de los 90 tengo acumulados varios premios internacionales por la defensa de los tiburones. Pero el cuidado medioambiental no puede divorciarse de las exigencias del crecimiento ni de la seguridad energética. Ahora bien, sólo el desarrollo científico y tecnológico (y para eso hay que estimularlo) nos librará algún día de nuestra dependencia económica y política de teócratas y dictadores cuyo único mérito es estar sentados sobre las mayores  bolsas de gas y petróleo del planeta. Sólo por eso ya merecería dejar atrás la era del petróleo. Pero sólo el desarrollo, no el crecimiento cero, nos traerá esas nuevas fuentes energéticas alternativas.
 
Mientras tanto no nos quedemos con el discurso apocalíptico de Al Gore o la pasividad absoluta.
 

Si queremos de verdad comenzar una transición hacia otro modelo energético y ecológico, apostemos ya por las nucleares. Es lo mejor que tenemos a mano.


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