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Yeltsin: él derribó la URSS
En letra impresa nº 749   |  3 de Mayo de 2007
 
(Publicado en La Razón, 1 de mayo de 2007)
 
El entierro del comunismo y la demolición del imperio soviético fue la obra a dúo de una pareja mal avenida. En la perestroika como salvación del sistema creyeron al principio tanto su inventor como él, pero Yeltsin se la tomó tan al pie de la letra que terminó convenciéndose de que el comunismo no tenía reforma posible, mientras que Gorbachov no se enteró hasta que ya no existía. Por un prodigio de la historia, verdadero milagro para providencialistas e inverosímil proeza del azar para materialistas, el antagonismo entre de la fe del segundo y la infidelidad del primero engranaron con tal perfección que llevaron a cabo la peligrosa labor de derrumbamiento mucho antes, con mucha mayor celeridad y de forma mucho menos traumática de lo que nadie hubiera podido esperar, ni dentro ni fuera.
 
Factores personales desempeñaron un papel importante en tamaño cataclismo histórico. Yeltsin fue promocionado por Gorbachov en la primera fase del proceso como valioso agente de su política, por la profundidad y coherencia de sus convicciones y prácticas reformistas, para ser poco después destituido sin piedad por ir demasiado deprisa y lejos. Fulminado sin contemplaciones no fue a dar con sus huesos a Siberia. Ya aquí podemos ver el camino recorrido por la perestroika a la altura de 1988, en sólo tres años. El despecho arrasó su fe en el sistema y la enconada competición con quien habiendo sido su padrino se había convertido en rival se confundió con la furiosa arremetida contra el régimen. En el vano intento de reflotarlo Gorbachov ya le había abierto varias grietas por donde se coló Yeltsin. Su aparatosa caída y su choque frontal con lo establecido lo hicieron inmensamente popular. Las elecciones, cada una un poco más auténtica que la anterior, fueron su autopista al poder, dotándose de una legitimidad democrática que el promotor de todo el proceso nunca tuvo.
 
La herramienta política de Yeltsin no fue una coherente alternativa liberal sino el nacionalismo ruso. Rusia como la primera víctima del imperio soviético. Ni siquiera, a diferencia de las otras 14 repúblicas, tenía partido comunista propio. El suyo era el del conjunto. Ideología, régimen e imperio formaban un todo. Yeltsin mantuvo su popularidad empleándose a fondo en destruir la Unión, la URSS, la corteza más externa de ese conglomerado, para liberar a la patria rusa de gravosos lastres. Al conseguirlo dio al traste con todo. El aliado de su nacionalismo era el de los demás. Azuzó a las nacionalidades sometidas a que rompieran amarras y emprendiesen el vuelo, mientras Gorbachov, que había tratado de obscurecer su puesto de secretario general del Partido creando el de Presidente de todo el tinglado, trataba de sujetarlas. Pero la inmensa Rusia, en su ininterrumpida expansión desde el siglo XIV hasta Afganistán, se había tragado muchos pueblos, no sólo los de la periferia más externa, a los que los soviéticos habían concedido el inerte honor de titularse repúblicas federadas. La campaña de Yeltsin no se detuvo en ellas. Alentó también a las autónomas que estaban dentro de las fronteras de Rusia, la república madre. La frase “tomaos toda la soberanía de la que seáis capaces” se la dijo a los chechenios.
 
La gloria del advenedizo alcanzó su cenit cuando los auténticos comunistas trataron de echar el freno recurriendo, los adoradores de la revolución, a un golpe de estado clásico, en agosto del 91. Encaramándose a un tanque Yeltsin dio la medida de su arrojo y abortó el intento, salvando, probablemente, la vida de Gorbachov, y haciéndose con las riendas de la situación para completar a final de año su labor de liquidación de la URSS. Sin Unión que presidir dejó en el paro a quien tres años antes lo había cesado, mientras que en su puesto, elegido, de presidente de la federación rusa lo era todo.
 
Pero el que fue ariete para derribar no supo ser puntal para construir y si el derrumbe rayó en lo milagroso lo que vino después confirmó muchos negros temores. Hijo del comunismo, en el que creyó más que muchos de sus camaradas, su idea de la democracia eran tan elemental como la de su propio pueblo, de quien puede decirse lo que se dijo en los 60 de muchos africanos: el día siguiente de la soñada independencia era como el despertar de una terrible borrachera. Las desaforadas expectativas de la gente tuvieron su correlato en los alocados métodos de su líder. Pareció creer que bastaba con estatuir los principios. De esa manera procedió adelante a toda marcha con la demolición, originando un caos en el que la democracia perdió su lustre, lo destruido resultó irreversible y mucho de lo creado frágil. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, decretó un día la libertad de precios, otro la de la propiedad y otro la del comercio. No se ensañó con sus enemigos y no intentó amordazar las críticas. No tuvo ningún plan y fue errático. En su descargo hay que decir que nadie lo tenía y que la tarea era hercúlea. Los marxistas peroraron sobre la transición del capitalismo al socialismo, pero la del comunismo a la economía liberal estaba virgen. En la hora de su muerte se ha visto que a pesar del resentimiento por el precio pagado todavía hay muchos en Rusia que le están agradecidos.


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