(Publicado en ABC, 1 de mayo de 2007)
Miles de turcos expresan en las calles su inquietud por el futuro de su país. Desde la revolución que liderara Ataturk, Turquía ha sabido superar el hundimiento del Califato y emprender el camino de la democracia y la modernización, con resultados notables.
No puedo dejar de simpatizar con aquellos que expresan su temor porque su sistema de convivencia, su opción de progreso está en peligro. El peligro es real, Erdogan no es una garantía y son muchos los dirigentes islamistas que están dispuestos a conquistar el poder con las leyes democráticas para luego gobernar con la sharía. Sin embargo, el reto de la democracia turca es integrar a una parte de la población islamista para desbaratar los planes de los más radicales. Un sistema de convivencia no se puede articular contra la mayoría del país, algunos de sus argumentos son razonables, y los partidos laicos no siempre han sido modélicos en el respeto de la ley.
Según los especialistas en el tema, el auge del islamismo en Turquía va unido a la migración campo-ciudad, un hecho traumático que en España vivimos intensamente en los años sesenta y setenta. Esa gente sufre el desarraigo y el choque de valores entre un mundo tradicional y unas urbes secularizadas. Es normal que reivindiquen unas señas de identidad que les permitan afrontar una situación difícil. Más aún, cuando en Turquía, como en el conjunto del Islam, las fuerzas islamistas gozan de una imagen de honradez y de sincera preocupación por la situación de los más humildes.
Las Fuerzas Armadas, los demócratas turcos y la Unión Europea tenemos que actuar conjuntamente para facilitar la incorporación de ciertos sectores islamistas al sistema político, buscando un equilibrio entre su reivindicación de unos valores tradicionales y la democracia liberal. No va a ser fácil, pero no hay opción. Si lo conseguimos, Turquía será de nuevo un modelo de transición para el conjunto del Islam. Si fracasamos, el futuro nos deparará golpes de estado o un nuevo estado islamista.