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Ecocensura: cambio climático y sociedad abierta
Análisis nº 183   |  25 de Abril de 2007
 
Extensión política mundial y capacidad técnica planetaria constituyen las dos características de Naciones Unidas que han encontrado en el cambio climático el casus belli de la humanidad. Convertidos en voz del hombre, las Naciones Unidas y las ONGs subsidiarias hablan en nombre de la humanidad, y como tal, declaran la teoría del cambio climático como una verdad planetaria incuestionable.
 
Conocimiento científico y sociedad abierta
 
En 1934, plena borrachera totalitaria en centroeuropa, Karl Popper sienta, en La Lógica de la Investigación Científica, las bases de su concepción filosófico-científica; el austriaco se sumaba a la reflexión humana acerca del método, el alcance y la validez del conocimiento científico, reflexión que por derecho propio pertenecía a la filosofía y la teoría del conocimiento, y a la que se habían referido desde Aristóteles a Newton, y que preocupaba a los miembros del Circulo de Viena en medio de la ascensión del mal en Alemania y Austria.
 
Popper aborda el tema fundamental, el de la maldición que persigue al científico desde el principio: ¿Cómo inferir leyes necesarias de casos particulares? El experimento en el laboratorio nada dice en sí mismo de su validez universal; la experiencia probada habla del pasado, pero no del futuro. El experimento se agota en el espacio y en el tiempo; ¿Cómo explicar entonces la existencia de leyes universal y eternamente válidas? ¿Cómo explicar las leyes, las teorías?¿Cómo explicar la ciencia?. Confiado en un conocimiento innato o adquirido, el racionalista afirma la infalibilidad de la razón pura, bajo la que recae cada experimento. El empirista, Hume o Berkeley, desdeña el valor de las ideas, y propone la construcción de leyes universales a partir de casos particulares, pero sólo retrasa la pregunta; ¿cómo explicar un en todo caso a partir de en estos casos? Relación imposible desde la experiencia, que no evita, sin embargo, la existencia de leyes y teorías científicas aceptadas por todos; ¿qué papel juega el científico en el progreso científico?
 
Entre el escepticismo y el positivismo puro, Popper establece el método criticista; la lógica de la investigación científica no está en la elaboración y construcción de leyes, sino precisamente en su falsación, en la búsqueda y demostración de aquellos casos que muestran que una ley no es universal; que no es ley. Es el falibilismo; Por falibilismo entiendo aquí la idea, o la aceptación del hecho, de que podemos equivocarnos, y de que la búsqueda de la certeza (e incluso la búsqueda de una alta probabilidad) es una búsqueda equivocada. (“La sociedad abierta y sus enemigos”, Addenda I)
 
Sorprendentemente, la ciencia no avanza descubriendo nuevos casos, sino haciendo lo contrario; descubrir los errores científicos: todos los ejemplos históricos conocidos de falibilidad humana -incluyendo todos los ejemplos conocidos de equivocaciones en la justicia- son ejemplos del avance de nuestro conocimiento. Cada descubrimiento de una equivocación constituye un avance real en nuestro conocimiento... Por tanto, podemos aprender de nuestros errores. Esta perspectiva fundamental es, en realidad, la base de toda la epistemología y la metodología..."(Ibíd.)
 
El enemigo del progreso científico es para Popper la pretensión científica de una verdad incuestionada e incuestionable; la ciencia consiste, precisamente, en cuestionar verdades y teorías, como escribe en “La lógica de la investigación científica”: Se ha comprobado que el antiguo ideal científico del saber -un conocimiento absolutamente cierto y demostrable - era un ídolo. El requisito de la objetividad científica hace inevitable que cualquier enunciado científico deba tener siempre un carácter tentativo. La verdad se adquiere desde la conciencia del error, y se ve molestamente acompañada en cada paso de la crítica y la discusión científica.
 
Indignante a los ojos del sociólogo, Popper traslada la lógica de la investigación científica a lo social; puesto que la ciencia consiste en someter a crítica las distintas teorías, la condición indispensable para el progreso científico es una comunidad de científicos libres. En la Introducción a una obra ya póstuma (“El mito del marco común”, 1994), Popper retrocede al comienzo de su carrera, y aboga por una manera de pensar e incluso una manera de vivir: una disposición para escuchar argumentos críticos, para buscar los errores propios y para aprender de ellos. Es, en lo fundamental, una actitud que he tratado de formular (quizá por primera vez en 1932) en estos dos versos: Quizá esté yo equivocado y tú tengas razón, quizá con un esfuerzo a la verdad nos acerquemos... Los puse en cursiva para indicar que los considero importantes, pues fueron un intento de resumir una parte particularmente central de mis artículos morales de fe. Al punto de vista que los mismos resumen lo llamé "racionalismo crítico".
 
Razón y libertad constituyen las dos condiciones de posibilidad del progreso científico; y más allá de eso, Popper lo extiende a la metafísica, la filosofía, la política. Su reacción contra las filosofías de Platon y Marx (“La miseria del historicismo”, 1944), se basa en su opacidad a la crítica; tanto el materialismo dialéctico como el maximalismo moral platónico son inalcanzables para la crítica humana, verdades supremas incuestionables. Y será en “La sociedad abierta y sus enemigos”; donde establezca la relación entre la libertad política y el criticismo científico. Una sociedad en que la crítica desaparezca, deja de ser una sociedad libre y racional:
 
El rol del pensamiento es llevar a cabo las revoluciones por medio de la violencia y la guerra; que la gran tradición del racionalismo occidental es librar nuestras batallas con palabras en vez de con armas. Es por eso que nuestra civilización occidental es esencialmente pluralista y, también es por eso, que fines socialmente monolíticos significarían la muerte de la libertad; de la libertad de pensamiento, de la libre búsqueda de la verdad, y, con ello, de la racionalidad y dignidad del hombre (Ibíd., Addenda I)
 
La sociedad cerrada; el caso AEI
 
A principios de febrero de 2007, Naciones Unidas hace pública la primera parte del cuarto informe sobre cambio climático. Masivamente recogido en periódicos y televisiones, las noticias sobre el trabajo recuerdan tres ideas: En el informe han trabajado 3000 científicos de todo el mundo; los científicos dan por probado que el calentamiento global es un hecho; el culpable del calentamiento global es, muy probablemente, el hombre. La segunda parte se presentaba en Bruselas a principios de abril. En la conclusión, se daba por segura la subida de 2ºC, la aniquilación del 30 % de las especies, y la extensión de la hambruna y el caos por el globo; 3200 millones de personas padecerán penurias de todo tipo. Apocalipsis futuro que se impone a los humanos del presente.
 
Pero redactado sobre proyecciones futuras, el producto del trabajo del IPCC es, estrictamente hablando, una teoría; establece predicciones, dibuja escenarios a partir de los datos empíricos del presente. ¿Hemos de concluir, como los escépticos, a la manera de Berkeley, que nada no mostrado por nuestros sentidos puede guiar nuestros pasos?¿que el informe del IPCC es, como dice Jorge Alcalde en Libertad Digital, una simple bola de cristal?¿o confiar en los modelos informáticos, en las fórmulas matemáticas de los científicos  de la ONU como incuestionadas formas de democracia (Carlos Martínez y Antonio Lafuente, El País 17- 3-2007)
 
Entre la confianza ciega en la certeza catastrófica de la ONU y la sospecha permanente sobre el trabajo científico, la razón crítica exige, al menos, la posibilidad de poner en duda las hipótesis del trabajo; la misma posibilidad que Karl Popper, Raymond Aron o Fiedrich Hayek sitúan en el origen mismo de la sociedad abierta. Hoy es el día en que la metodología empleada, los datos obtenidos, las hipótesis de futuro interesan al científico; las condiciones de la crítica, la posibilidad de debatir libre y abiertamente las teorías científicas, interesan al ciudadano, al político, al analista. En ellas se pone en juego la libertad humana, y con ella la posibilidad misma de la ciencia. Y a partir de ello es cuando temores humanos y no científicos, se extienden sobriamente desde el pasado febrero
 
El 2-2-2007, The Guardian publicaba una noticia que se extendió velozmente por el mundo: un grupo de presión norteamericano había ofrecido miles de dólares a aquellos científicos que desacreditaran el informe de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. ¡Escándalo!, rugían las Naciones Unidas. El grupo de presión sería el American Enterprise Institute (AEI); ¡Escándalo!, clamaban las ONGs.  Y además, informaba que “este grupo de presión está financiado por una importante industria petrolífera, la Exxon Mobile”. Para colmo, “es un grupo cercano a la administración del  presidente Bush”.
 
De la denuncia de The Guardian se desprendía, inmediatamente, que quien a la teoría del cambio climático se oponía era un grupo de presión; pese a que el AEI es un conocido instituto de investigación y análisis político. En cuanto tal, la autoridad del AEI es intelectual, lo mismo que la del propio The Guardian o el panel del IPCC, pero no fue obstáculo para que el diario lo lanzase al infierno de los grupos de presión. A partir de ahí, The Guardian recuerda las palabras fetiche de la sospecha habitual; miles de dólares, ofrecimiento, desacreditar.
 
Pero la noticia de The Guardian iba más allá, y añadía dos palabras fetiche a la información; Bush y petroleras. Informaba de la relación entre el AEI y la administración Bush. ¡Escándalo, el vaquero de Irak!, clamaban los pacifistas. Información cierta a condición de reconocer que en las sociedades occidentales todos los grupos intelectuales o multimedia buscan influir en el poder, en Estados Unidos o Europa; The Guardian no es una excepción. Pero, vana esperanza, sin excesivos miramientos el diario practicaba la descalificación preventiva; puesto que es un grupo de presión cercano a Bush, nada bueno podía salir del AEI, que quedaba convertido en marioneta del vaquero texano. Grupo de presión, además, financiado por petroleras millonarias. Por si quedase algún tipo de duda aún, la mención al diablo desacreditaba finalmente al AEI; las petroleras. Siempre son las petroleras.
 
Las tres ideas del artículo de The Guardian, tenían un punto en común; el AEI no puede poner en duda el cambio climático, porque no está moralmente legitimado para hacerlo, puesto que reúne en sí mismo la presión, Bush y las petroleras. Escándalo de repercusiones mundiales. Capitaneando la denuncia en España. El diario El País reproducía el escándalo, y se ponía a la cabeza de la nueva censura; “Un grupo ligado a Bush ofreció dinero a científicos y economistas para desacreditar el informe de París”. A continuación, reproducía la mención al diablo; grupo de presión, Bush, petroleras; El infierno.
 
La ecocensura unió por primera vez a El País y El Mundo en la defensa de una versión oficial. El 3 de febrero, El Mundo titulaba; “10.000 dólares por cuestionar los datos de la ciencia. Una de las mayores compañías petroleras intentó sobornar a expertos para que pusieran en duda el informe”. El periódico ya ni siquiera citaba al AEI. Se trataba directamente de una petrolera.  En la información, firmada por el mismo Ian Simple, el periódico dirige la noticia hacia el soborno y la compra; “se ofrece dicha cantidad de dinero a los mencionados expertos por cada artículo que publiquen destacando, de forma manifiesta, cualquier posible defecto que eventualmente pudiera detectarse en el informe elaborado por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Además de la mencionada suma en metálico, se les ofrecen, también, otros ingresos adicionales y viajes con los gastos pagados”. El Mundo ya convertía la noticia en escándalo de chantaje y compra: “Científicos especializados en temas medioambientales describieron el envío de estas cartas como un intento de sembrar dudas sobre la existencia de «evidencias científicas incuestionables» relacionadas con el calentamiento global”.
 
Unos días después, (7 de febrero) Pablo Pardo contextualizaba en parte la información publicada en su periódico, informando de la respuesta del AEI y de su propia naturaleza; “El American Enterprise Institute es uno de los centros de estudios conservadores con más solera de Washington. Entre sus investigadores están la esposa del actual vicepresidente, Lynn Cheney, el padre del movimiento neoconservador en EEUU, Irving Kristol, y la principal figura el monetarismo, después del recientemente fallecido Milton Friedman, el economista Alan Meltzer”.
 
El diario ABC se sumó también a la campaña por una censura mayoritaria, con titular escandaloso; “Ofrecen dinero a científicos para cuestionar el IPCC”. En la información, ABC ofrecía las únicas dos ideas: el AEI es un grupo financiado por Exxon Mobil; y sus miembros son cercanos a la administración Bush. También elconfidencial.com se sumaba al estrépito mediático contra “ese grupo de presión, financiado por Exxon Mobil y con estrechos vínculos con el gobierno de George W. Bush”. El Confidencial, escasamente curioso en este asunto, cita al representante de Greenpeace, Ben Stewart: “Según Ben Stewart, de la organización ecologista Greenpeace, el American Entreprise Institute es algo más que un 'think tank' ya que funciona "como la Cosa Nostra intelectual de la administración Bush”. Greenpeace daba el paso definitivo, al identificar al AEI con la mafia; “Son los sicarios de la Casa Blanca en los últimos estertores de la campaña negacionista del cambio climático. Han perdido la batalla científica, han perdido la batalla ética. Y lo único que les queda es una maleta llena de dinero”.
 
¿Simple despreocupación multimedia y liberticidio verde de Greenpeace? Periódicos de medio mundo clamaban por la censura preventiva contra quienes osaban discutir la verdad del IPCC. Y el “escándalo” llegó a los EEUU. El 6 de febrero los senadores Sanders, Leahy, Feinstein y Kerry se dirigen a Christopher DeMuth, presidente del AEI, donde directamente y sin disimulo, exigen que cesara cualquier tipo de critica o empeño en tratar de hacerlo, el informe de Naciones Unidas; los candidatos a liderar la sociedad libre clamaban por la sociedad cerrada. Soliviantado, el AEI responde con una contundente carta de DeMuth a los tres senadores, recordándoles lo que ni The Guardian ni los políticos alcanzaban a ver, esto, es que la critica y la discusión científica están en la base de la sociedad abierta.
 
Naciones Unidas y la econcensura que viene
 
Del contenido de la carta, The Guardian informó someramente, recalcando que se pagaba dinero por combatir el informe de la ONU.¿Qué provocó la furia, no ya de Greenpeace o Naciones Unidas, sino la de periodistas y medios de comunicación situados a izquierda y derecha del espectro político? Las cartas, que The Guardian no publicó, fueron publicadas íntegramente por el AEI, junto a las recibidas y enviadas por DeMuth en el mes de febrero.
 
¿Cuál era el contenido? La noticia de The Guardian se refiere las enviadas por el miembro del AEI, Kenneth Green. En la primera, enviada a un profesor texano, el AEI comunica su intención de lanzar una investigación independiente acerca del cambio climático, al margen de la realizada por el IPCC de la ONU. Posteriormente comunica los aspectos técnicos de la colaboración ofrecida; extensión y tipo de artículo, honorarios y aviso de que la asistencia a los seminarios, celebrados en Washington, correrá a cuenta del AEI. En la segunda carta, Green comunica la situación de la cuestión; la división en la comunidad científica entre los escépticos ante el informe del IPCC y la necesidad de someter a análisis y crítica el documento de Naciones Unidas. Reafirma que los honorarios serán de 10.000 $, además de los viajes para la asistencia a las conferencias.
 
Es decir, el American Enterprise Institute ponía de relieve dos ideas que, por lo demás, venía tiempo defendiendo: En primer lugar la necesidad de realizar una investigación independiente de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. En segundo lugar, la revisión crítica de un informe científico, por científicos y con criterios científicos de la conclusiones del IPCC; ¡sorpresa¡ es La Lógica de la Investigación científica. Es La sociedad abierta.  Pero ni una cosa ni la otra son hoy aceptadas como decentes; la versión de la ONU sobre el cambio climático es incuestionable, y exige que ninguna otra proyección sobre el futuro del planeta puede hacerle sombra. Considerada la verdad incuestionable sobre nuestro futuro, las conclusiones del IPCC, verdaderas o no, son las únicas legítimas. A ello se lanzaron entusiastas The Guardian y los periódicos de medio mundo. En medio de aspavientos y en nombre de la libertad, unos y otros parecen querer sacrificar la sociedad abierta y la libre discusión en nombre de la ecología.
 
¿Lógica histórica necesaria? Reunión mundial de democracias y dictaduras, las Naciones Unidas poseen un ansia de mundialidad que convierte todo conflicto en un conflicto civil, y a todo enemigo de la Asamblea General en enemigo de la humanidad; ahora incluso intelectualmente. Hoy, cada gobernante, tirano caribeño o genocida coreano, representa a la humanidad y sus intereses tanto como el misionero o el presidente parlamentario. Cuando la Asamblea General o el Consejo de Seguridad detectan una amenaza para la seguridad del hombre, todos los políticos a lo largo y ancho del planeta son interpelados por el Estado Mundial, cuyas leyes son de obligado cumplimiento so pena de ser considerado enemigo de la propia humanidad o marioneta de neocons, petroleras o republicanos.
 
Desesperación de románticos y libertarios, la globalización técnica impide esconderse y escapar de los asuntos que la humanidad considera universales. Lo que ocurre en la selva más remota o en el desierto más apartado se retransmite inmediatamente a los despachos de los diplomáticos en Nueva York o Bruselas. Y las decisiones tomadas en los despachos de Ginebra o la First Avenue son de efectivo cumplimiento en los polos o las cumbres más alejadas. La verdad del IPCC es de extensión total; no puede ser discutida ni por el científico ni por el analista del AEI. Uno y otro se plegarán al método científico que extiende su universalidad sobre ellos o quedarán fuera de la comunidad científica, arrojados al cajón de la cosa nostra o el negacionismo.
 
Extensión política mundial y capacidad técnica planetaria constituyen las dos características de Naciones Unidas que han encontrado en el cambio climático el casus belli de la humanidad. Convertidos en voz del hombre, las Naciones Unidas y las ONGs subsidiarias hablan en nombre de la humanidad, y como tal, declaran la teoría del cambio climático como una verdad planetaria incuestionable. Al tiempo, el panel de científicos del IPCC, convertidos en representación científica del mundo, decreta una teoría que es la verdad del mundo, del presente y del futuro.
 
¿Dónde queda la sociedad abierta o la comunidad libre de científicos de Popper? Ni Naciones Unidas, ni Greenpeace, ni la comunidad de científicos ni una gran parte de los medios de comunicación, parecen querer salvaguardar la sociedad libre por encima de la verdad científica oficial. La urgencia del peligro mostrado por las predicciones y modelos informáticos, justifica la negativa a discutir o someter a crítica el IPCC; ¿cómo osan ustedes negar la verdad de Naciones Unidas?, se indignan los senadores norteamericanos; negar la teoría del IPCC es propio de mafias, apostilla Greenpeace. Ni unos ni otros parecen haber leído a Popper; el criticismo, en la era de la econcensura, está fuera de lugar. El problema es que éste es la base misma de la sociedad abierta.
 
¿Fija la econcensura el futuro de las Naciones Unidas? Con un ansia ideológico de representar a la humanidad en sí, y una capacidad tecnológica y material cada vez mayor, las Naciones Unidas amenazan con convertirse en la más grave amenaza contra la libertad, no ya política, sino intelectual y científica de la humanidad. El “caso AEI” amenaza con convertirse en el primer acto de una historia que parece apuntar hacia la progresiva unificación de la humanidad en torno a unos principios considerados superiores, tanto a la sociedad abierta, como a la propia lógica científica. Como afirma Popper, fines socialmente monolíticos significarían la muerte de la libertad; de la libertad de pensamiento, de la libre búsqueda de la verdad, y, con ello, de la racionalidad y dignidad del hombre.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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