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Golpe de timón a la derecha
En letra impresa nº 744   |  23 de Abril de 2007
 

(Publicado en La Razón, 23 de abril de 2007)

Zarko, mucho esperamos de ti.
 
Sin duda más de lo que un hombre puede hacer. Por algo De Gaulle decía que el poder es la impotencia. Muchos poderosos lo han experimentado con sorpresa, como si no fuera más desesperante no tenerlo.
 
Llegue quien llegue al Elíseo se encontrará con una Francia distinta, una Europa diferente y un mundo que tiene poco que ver con todo lo que Chirac representaba. Muchos desafíos que el actual presidente no ha sabido abordar, o lo que es peor, lo ha hecho de pena. Adivinar cómo alguien ejercerá el poder por su trayectoria anterior es un arte azaroso, porque cuando se llega a todos les faltan antecedentes como número uno. Pero Zarkozy tiene carácter e ideas. Las adecuadas. Qué le dejarán hacer y cuantas lanzas romperá por ellas es ya harina de otro costal.
 
De una socialista como Ségolène sólo puede esperarse más de lo mismo y de eso lo que se necesita es mucho menos. Con Chirac hemos tenido ya bastante. El verdadero y positivo cambio está en un golpe de timón a la derecha. Sin complejos. Lo difícil es venderlo en una Francia confusa y una Europa anestesiada que quisiera quedarse como está y espera que, de cesión en cesión, sea posible por los siglos de los siglos. Las curas suelen ser más dolorosas cuanto más necesarias. Como tener que dejar de fumar in extremis. Muchos prefieren no enterarse. Otros, dejarse matar. Pero las civilizaciones, perecederas, no tienen muerte a plazo fijo. Con vitalidad y ganas pueden tener siglos por delante. La nuestra, porque tiene semillas universales y da respuesta a profundos anhelos humanos, cambió el mundo, en general para mucho mejor. ¿Por qué deberíamos conformarnos con el conformismo?
 
Por encima de un catálogo de importantísimas reformas pendientes es nada menos que con un desafío de civilización con lo que tendrá que enfrentarse el nuevo presidente. Y con todas las reservas que el futuro depara la apuesta más razonable es que sólo Zarkozy puede.
 
Hay un “mal francés” que acecha al próximo inquilino del Elíseo, pero carece de remedios específicos, no se trata de esta medida o la otra. Aun reconociendo que viven muy bien, los franceses están insatisfechos y no saben realmente por qué. Explicaciones hay para todos los gustos pero un estado de ánimo tan generalizado debe tener raíces profundas. Francia tiene que reconciliarse con su posición en el mundo y en Europa. Lo que es, no está nada mal y otros lo quisiéramos pero no es tanto como han creído durante mucho tiempo. Bien estuvo mientras lo hubo, deberían decir, y afanarse en construir sobre lo que ahora son. Han sabido venderse magníficamente y golpear por encima de su peso durante dos siglos, pero después de Waterloo Francia nunca volvió a ser ni la de Napoleón ni la de Luis XIV. Explotó muy bien el temor de los demás de que sí podría, a nada que un conquistador se pusiese a su cabeza. Se labró un imperio mundial cuando nosotros perdíamos el nuestro, pero también eso fue una apariencia de grandeza. Cuando se vino abajo, el prosopopéyico pero genial de Gaulle, sobre la fe de sus convicciones, todavía mantuvo en alto el pabellón francés.
 
Pero las cosas como son. Francia ya no es una potencia mundial ni puede seguir mangoneando Europa a placer mediante una alianza con Alemania cuyos fundamentos han desaparecido. No se va a rendir preventivamente, como la España de Zapatero, pero tiene que apuntar a metas más realistas. Tiene que rehacer su base. Demasiado intervencionismo estatal. Después de generación y media la integración de las economías europeas no ha superado mucho el medio camino. El instintivo proteccionismo francés es un obstáculo y un mal ejemplo. En emigración Francia es un compendio de todos los problemas que acosan a Europa. Si fuera capaz de enseñarnos cómo integrar a los foráneos y dosificar razonablemente su llegada nos haría un favor a todos. Si el cacareado esprit fuera una máquina de soluciones Francia podría reverdecer sus laureles. Y entre las lecciones que esperamos es la que concierne a la estupidez suicida del antiamericanismo, sin entrar en la mezquindad de un continente tres veces salvado desde la otra orilla del Atlántico. Todo eso esperamos de Sarkozy.


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