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El populismo en Iberoamérica, ya se ve las orejas del lobo
GEES en los medios nº 12   |  28 de Septiembre de 2006
 

Cuando Evo Morales ganó las elecciones de Bolivia y comenzó a
fotografiarse junto a Hugo Chávez y a Fidel Castro, parecía que el
populismo se cernía sobre una Iberoamérica harta de Gobiernos
corruptos. Ante las puertas de las urnas se encontraban unos no
menos populistas Ollanta Humala, en Perú, y Andrés Manuel López
Obrador en México. Los países occidentales –los grandes
inversores en el subcontinente americano– miraban con
escepticismo cómo se complicaba la situación política por la
precariedad económica y la falta de estabilidad política. Pero esas
imágenes triunfalistas de hace unos meses han dado paso a
nuevas escenas: los populistas han empezado a verle las orejas al
lobo.


Los votantes peruanos, primero, y los mexicanos después, se
decantaron por aparcar el populismo y mantener contenta a la
inversión extranjera, imprescindible para las economías de estos
países. Hugo Chávez, Evo Morales y Fidel Castro despertaron de
un sueño que apenas duró unos meses, el de una Iberoamérica de
izquierdas que acabara con lo que ellos consideran un capitalismo
que les explota. Y, al despertar, se dieron de bruces con la dura
realidad.


Problemas para Evo Morales


A Evo Morales, que lo primero que hizo al llegar al poder fue
nacionalizar el petróleo, se le complicó enormemente la gestión de
la indudable riqueza del país, que antes estaba en manos de
petroleras extranjeras. El siguiente paso fue una huelga seguida de
manera masiva en las regiones que levantan la maltrecha economía
boliviana. Y las protestas contra algunas decisiones poco
democráticas tomadas en cuanto al proceso de elaboración de la
futura Constitución.


«El futuro a corto plazo pinta mucho mejor que a principios de año»,
explica a Alfa y Omega el profesor Fernández Barbadillo,
colaborador del Grupo de Estudios Estratégicos y experto en
cuestiones relacionadas con Iberoamérica. Y «parecía que la ola de
populismo antioccidental en Iberoamérica era imparable», añade
este investigador, en un estudio que titula Los iberoamericanos
rechazan la Internacional Populista.


Sin duda, el mapa político se ha transformado con los resultados de
las últimas citas electorales. El último ejemplo, el mexicano, ha sido
una clara muestra de ello. La población se ha dividido por completo
entre el candidato populista, Andrés Manuel López Obrador, y el
conservador, Felipe Calderón, que ha ganado por un margen
mínimo de votos, algo más de doscientos mil. Eso significa que
cerca de quince millones de electores votaron a los populistas y
otros quince millones de electores votaron a los conservadores.
Como explica don Pedro Fernández Barbadillo, eso no puede
significar que haya quince millones de pobres que abogan por el
populismo y quince millones de ricos que abogan por el liberalismo
económico, porque es obvio que en México no hay quince millones
de ricos. Lo que ha ocurrido es que los votantes han aprendido la
lección en carne ajena. Han visto el ejemplo de Bolivia, las
reticencias de la comunidad internacional a aceptar a unos
Gobiernos que llegan al poder a través de las urnas pero que, nada
más ocupar la presidencia, actúan como si hubieran dado un golpe
de Estado.

Es lo mismo que ha ocurrido en Perú, donde, en palabras de
Sephen Johnson para el Grupo de Estudios Estratégicos, los
electores «escogieron el menor de dos males y devolvieron a la
presidencia a un izquierdista moderado, en lugar de a un demagogo
en ciernes, deseoso de imponer las políticas autoritarias de la Cuba
de Fidel Castro y de la Venezuela de Hugo Chávez».

Brasil está ya en tiempo electoral y todo apunta a que volverá a
subir a la Presidencia el socialista Luiz Inacio Lula da Silva. Este
antiguo sindicalista, líder del Partido de los Trabajadores, que hizo
temer a todas las empresas europeas y norteamericanas cuando
llegó al poder, ha resultado ser bastante pragmático en el terreno
económico, de modo que Brasil no caerá en el populismo. Tampoco
es en absoluto populista, aunque sí de izquierdas, la Presidenta de
Chile, Michelle Bachelet, que ha optado por una política económica
basada en la buena gestión y en la búsqueda de acuerdos
comerciales con la Unión Europea y Estados Unidos.

A pesar de estos signos positivos, no se pueden echar las
campanas al vuelo. Por un lado, la economía iberoamericana sigue
siendo inestable y el populismo perjudica. Por otro, en el seno de
cada país se empiezan a vislumbrar graves tensiones que podrían
convertirse en brotes violentos fácilmente. En México, por ejemplo,
los seguidores de Andrés Manuel López Obrador no han aceptado
el triunfo de Felipe Calderón y amenazan con un Gobierno paralelo.
En Bolivia, Evo Morales ya ha recurrido al Ejército para acallar a los
huelguistas que se oponen a su política económica. Pero, sobre
todo, lo que puede empeorar las cosas es una recesión económica.

La Historia se repite

El empobrecimiento de la población por la falta de crecimiento
económico ocasionada por la carencia de infraestructuras generará
un tremendo descontento social que, en el mejor de los casos,
acabe en una vuelta a las urnas. El problema es que la historia de
Iberoamérica hace pensar en un ciclo diferente. Como recuerda el
diplomático español don Raimundo Bassols, buen conocedor de la
realidad del subcontinente, el ciclo político iberoamericano, con
ciertas excepciones y ritmos distintos, se ha basado en este
esquema: primero llegaron los Gobiernos populistas que alzaron a
los pueblos contra la metrópoli; después, ante la incapacidad para
sacar los Estados adelante y evitar la pobreza, se sucedieron los
golpes militares y las dictaduras de distinto signo y crudeza. Por fin,
tras las dictaduras llegaron las democracias más o menos liberales
y la apertura de los mercados; por último, y ésta puede ser la etapa
actual, ante la corrupción generalizada del poder y la desconfianza
en la clase dirigente, el pueblo vuelve a elegir para su Gobierno a
líderes populistas como Evo Morales, Hugo Chávez, o incluso
Néstor Kichner en Argentina. Según este esquema, el fracaso del
populismo podría suponer el retorno de los militares y el fin de la
democracia, un panorama muy poco alentador.

Aún hay otra posibilidad peor: las guerras civiles. Si se toma el
ejemplo de Bolivia, aunque ahora una contienda militar pueda
parecer remota o poco probable, no sería tan fácil de descartar. Los
bolivianos no son, ni mucho menos, todos iguales. Evo Morales
salió elegido por una sorprendente mayoría del 53,7%, pero
representa a unos grupos muy específicos de la población. Es un
indígena que da voz a los miles de indígenas del país y, en
particular, a los cocaleros. Pero la vida de estas poblaciones, las
más empobrecidas, no tiene nada que ver con la vida de los que
han prosperado en la región de Santa Cruz. Allí la población, en su
mayoría criolla, se ha sumado al tren económico mundial. De
hecho, hay muchas voces entre la población santacrucina que
solicitan una mayor autonomía. En una situación de extremado
descontento no sería irreal pensar en un conflicto bélico.

Las circunstancias empeorarían mucho si lo que se ve como un
populismo ideológico cargado de buenas intenciones para con los
más pobres, se transforma en un sistema de corrupción parecido al
que criticaba Evo Morales, pero con diferentes destinatarios para
las ganancias. La corrupción es la gran lacra de Iberoamérica. Con
las necesidades primarias apenas cubiertas, es fácil que los nuevos
políticos de izquierdas caigan en la tentanción de llenar su saca de
la misma manera que antes lo hicieron otros políticos de signo
contrario. Esto no significa que este dirigente o aquél sean unos
ladrones. De hecho, posiblemente ellos sean los que mejores
sentimientos tengan y los que no toquen para sí el dinero público.
Pero ¿se puede responder de todos los cargos políticos de un
Gobierno? Por desgracia, la corrupción ha sido el gran mal de la
política iberoamericana.

La versión optimista

La llegada de Evo Morales al poder, el acercamiento a Hugo
Chávez, a Fidel Castro, a Néstor Kichner y a Luiz Inacio Lula da
Silva no es vista con malos ojos por todos. Muchos consideran que,
gracias a estos políticos, se han evitado sangrientas revoluciones
protagonizadas por el enorme descontento social. De hecho, es
verdad que tras estos populistas hay una justa reclamación por
parte de las sociedades de los países subdesarrollados y en vías de
desarrollo, para evitar la excesiva explotación de sus recursos
naturales.

Posiblemente, las empresas extranjeras contra las que tanto
protestan algunos Gobiernos de izquierdas iberoamericanos tiene
contratos abusivos. En el caso de Bolivia, se sabe que otros
muchos países subdesarrollados están sacando mucho más partido
a la inversión extranjera. Si con la nacionalización se consigue que
se quede más dinero en el país, se habrá avanzado mucho. El
problema es que ese dinero no se quede en manos de unos pocos.
Y es ahí donde habrá que esperar para ver qué son capaces de
hacer los nuevos gestores.

Si el capital no se marcha

Respecto al riesgo de fuga de capitales, puede no ser tan real.  Es verdad que los nuevos gobernantes populistas han llegado pisando
fuerte, con medidas que han hecho estremecerse al capital, pero
también es cierto que, probablemente, no tienen lo que se podrían
llamar tendencias suicidas, es decir, son conscientes de que les
interesa negociar, llegar a acuerdos por los que las empresas
extranjeras ganen algo, aunque ganen menos. A pesar de los
riesgos, para las empresas europeas, Iberoamérica es un mercado
necesario en el que desarrollar su actividad. Además, los ánimos
se han serenado enormemente al comprobar que el primer impulso
populista, que amenazaba con transformar el panorama político
iberoamericano, ha perdido mucho fuelle y se modera cada día
más.


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