(Del libro Ensayo sobre las libertades, de Raymond Aron. Editorial Alianza. Madrid, 2007)
En “Ensayo sobre las libertades”, Raymond Aron recoge tres conferencias pronunciadas en Estados Unidos en abril de 1963, justo cuando el teléfono rojo ponía en contacto por primera vez a Kennedy y Kruschev; a un presidente del gobierno americano con un secretario general del PCUS; a una forma de entender la democracia con otra absolutamente diferente. En las conferencias, pronunciadas ante el Jefferson Lectures, Aron hace un análisis filosófico-histórico de la cuestión de la libertad en la era moderna, a partir de las figuras de Tocqueville y Marx, en relación con las instituciones, la economía y la técnica modernas.
En el enfrentamiento global que enfrentó a la democracia constitucional-pluralista con el monopartidismo soviético, que Aron había definido como “guerra improbable, paz imposible”, el filósofo francés había tomado partido definitivo por el bando occidental. Pero no lo había hecho por razones ideológicas, sino por necesidades filosófico-existenciales; Aron es liberal a fuerza de ser pesimista, no demasiado alejado del existencialismo, por su constatación del carácter dramático de la historia del hombre. Carácter dramático demasiado alejado del mito prometeico socialista.
Contrariamente a otros liberales, el francés coincide en no poco con las tesis marxianas. Sociólogo, Aron coincide con Marx o Tocqueville en observar el cambio profundo que la sociedad moderna conlleva en relación con el mundo antiguo, y no escatima elogios ante la magnitud del esfuerzo de Marx por demostrar el papel insustituible de la economía en la sociedad moderna; ¿cómo olvidar el papel que juega en la sociología, en la política? enunciado cierto, pero limitado en su validez; este es el punto donde el economicismo marxista, pero también el liberal, cometen el error de subordinar la política a la economía. Este es el punto donde Aron apuesta por Tocqueville frente a Marx, por la sociología política frente a la economía.
Más pesimista que liberal, o liberal por pesimista, Aron no deja de reconocer las miserias de la sociedad moderna; ¿acaso no tenía razón Marx cuando denunciaba el hacinamiento de obreros en torno a las industrias? Cualquier ingenuidad que pase por alto el carácter contradictorio de nuestras sociedades carece de fundamento. La injusticia que soliviantaba a Marx a propósito de las condiciones de vida del proletariado debiera indignar a cualquier ser humano; Aron no es una excepción. No es la preocupación humanitaria lo que separa a Aron de Sastre o Althuser, sino su negativa a una confianza ciega en ideologías salvadoras.
Por ello cualquier parecido acaba aquí; Marx ofrece una visión catastrofista de su tiempo, la misma que el progresismo ofrece hoy del nuestro. Da igual la alienación obrera, el cambio climático que el terrorismo islámico, el marxista ofrece una visión del presente insoportable, que amenaza con volverse aún más desastrosa. Profetas de la catástrofe, los progresistas, comunistas o no, convierten el día a día en una realidad insoportable.
Al tiempo, prometen un futuro radiante, donde los problemas serán solucionados para siempre; Marx es un autor tan absolutamente pesimista en el presente como absolutamente optimista respecto al futuro. Pero entre uno y otro, la revolución es el momento culminante de la historia, la guerra final. El momento culminante de la historia es desencadenado contra el orden existente, reducido a cenizas para construir uno nuevo.
Por el contrario, Tocqueville es un pesimista tan relativo a corto plazo como respecto al futuro. Observa los problemas de la moderna sociedad industrial, pero no se indigna exaltado como Marx; vaticina que algunos de ellos se irán solucionando con el tiempo, y prevé otros nuevos. Tocqueville desconoce las leyes de la economía que sí domina el de Tréveris, pero intuyó lo que Marx no quiso o no pudo ver; la economía moderna es progresivamente igualitaria, y en vez de pauperizar, tiende a elevar el nivel de vida de los más desfavorecidos. Previsión poco épica, pero sin duda más realista.
Marx veía al final de la edad moderna el advenimiento de la dictadura del proletariado, y tras ella, de la sociedad perfecta; camino necesario moral y científicamente, que Tocqueville jamás soñó; a sus ojos, el futuro podría ser democrático, pero no por ello necesariamente radiante. Su presentimiento acerca del despotismo paternalista se funde con las antiutopías del siglo XIX y los temores de Max Weber al burocratismo administrativo. La democracia puede gozar de una excelente salud; la libertad puede quedar sepultada bajo el despotismo de la mayoría. Con la ventaja del tiempo, Aron constata cómo ni las predicciones de Marx ni los temores de Tocqueville, se habían cumplido. Por ahora.
Y es que las libertades formales que Marx despreciaba, no sin razón, debieran ser acompañadas de las libertades reales en el paraíso socialista. La distinción marxista entre libertad real y libertad formal no es en absoluto gratuita; ¿qué importa la libertad de votar cada cuatro años cuando la vida humana se reduce a la fábrica?, ¿qué valor tiene la libertad de prensa cuando la supervivencia del día a día es la preocupación de los trabajadores? El liberalismo de Aron jamás buscó justificar una situación humana que es, de hecho, inaceptable. Pero como Tocqueville presintió, y Aron comprobó, el sistema democrático es el único en el que la libertad real y la libertad formal tienden a coincidir, y la condición económica de los más desfavorecidos mejora conforme lo hace el bienestar de toda la sociedad. La superación de la pobreza no depende de la revolución proletaria, sino de la capacidad de la comunidad para lograr un aumento progresivo de su bienestar.
La distancia entre libertad real y libertad formal no fue menor en la Unión Soviética que en Estados Unidos; el vertiginoso ascenso económico soviético no sólo no procuró las libertades formales de que gozaba occidente, sino que tampoco consiguió convertir al proletario en un hombre nuevo libre de las cargas laborales. El liberalismo, prometiendo poco, no consigue demasiado; el progresismo, prometiéndolo todo, alcanza bastante menos que aquel.
Aunque las tradiciones políticas occidentales hayan concretado el ideal democrático de muy distintas formas, como un Tocqueville del siglo posterior, Aron constata el abismo institucional que separa la Francia heredera de la Revolución Francesa, de la Bastilla o de Maurras de la Norteamérica del Capitolio, de las Enmiendas, de la bandera de barras y estrellas en cada casa. Como pocos autores, Aron estudió en profundidad el funcionamiento institucional de Francia, Estados Unidos, Inglaterra e incluso la Unión Soviética. Contra los mitos progresistas, aclaró el funcionamiento de la Cámara de los Comunes, de la Asamblea Nacional o del Tribunal Supremo americano.
Y por encima de ello, advirtió como pocos el papel creciente que la ciencia y la técnica juegan en la sociedad moderna, papel ante el que toda la sociedad se pliega de una forma u otra. Poder científico-técnico consustancial al poder político, económico e institucional, que encuentra la sociedad liberal su mejor justificación, al menos su justificación más humana, con un hombre “capaz de dar vida y excelencia a las instituciones, libre en relación con la sociedad de la que él respeta sus derechos y denuncia las imperfecciones, libre porque reivindica y obtiene el derecho de buscar, sólo si es preciso, la verdad y su salvación”