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El servicio militar obligatorio y la degradación de la defensa
Archivo nº 5   |  1 de Mayo de 1992
 
Política Exterior
 
Mientras no se produzca un desarme universal y generalizado, o mientras el mundo siga sin una autoridad reconocida y legítima por encima de los estados , la defensa seguirá siendo una necesidad. Y lo correcto sería que esa necesidad se satisficiera de la mejor de las maneras imaginables: con una defensa adecuada, moderna , al menor coste humano y financiero posible. Desgraciadamente, el mayor obstáculo para que España disfrute de una defensa razonable y eficaz es, hoy por hoy, el mantenimiento a ultranza del servicio militar obligatorio.
 
Dos son, al menos, las razones para ello: Cuando se fuerza a una persona a hacer algo, es poco razonable esperar que lo haga con entusiasmo y que el resultado sea lo mejor que podría haberse obtenido. Y en eso, el servicio militar no es diferente. La recluta forzosa choca de frente con el reiterado sentir de la mayoría de los jóvenes y una gran parte de la población, quienes ven en "la mili" una pérdida de tiempo, en el mejor de los casos, o un duro y absurdo sacrificio personal, en el peor de ellos. En cualquier caso, la entrada en filas se produce en medio de una gran desmotivación, y la desgana de los reclutas repercute directamente en su nivel de rendimiento e, inexorablemente, en la moral de los mandos. El servicio militar obligatorio erosiona, así, la imagen social de la defensa y de las fuerzas armadas a la vez que se convierte en el enemigo número uno del espíritu militar.
 
En segundo lugar, el servicio en filas durante unos pocos meses (para muchos reclutas en una espera meramente vegetativa cuando no en funciones que nada tienen que ver con la defensa nacional), impide el grado de preparación psicológica, de entrenamiento físico, de adiestramiento técnico y de especialización, vitales para los ejércitos del mañana que, como bien sabemos por la experiencia del Golfo y de Yugoslavia entre otras, de ser utilizados serán en guerras donde ya no se luche contra quien se pensaba, ni donde se imaginaba, ni con los medios acostumbrados. El servicio militar obligatorio contribuye íntimamente a la falta de especialistas y merma las posibilidades de fuerzas reducidas pero tecnificadas, flexibles y altamente móviles.
 
Ahora bien, la recluta universal obligatoria hoy vigente en nuestro país, es una realidad impuesta muy recientemente en la historia de España y sólo conseguida plenamente bajo el franquismo. No hunde sus raíces en un remoto pasado y, como todo en el tiempo, puede estar sujeta a grandes modificaciones. El artículo 8 de la Constitución española dice que "Las fuerzas armadas (...) tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional". Por su parte, el artículo 30 establece que "los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España." Los poderes públicos son responsables de garantizar el eficaz cumplimiento de las tareas asignadas a las fuerzas armadas y de la articulación de los mecanismos que permitan una satisfactoria participación de toda la sociedad en esta tarea. De ahí que sea la Ley orgánica 6/1980, de 1 de julio, por la que se regulan los criterios básicos de la defensa nacional y la organización militar, el instrumento sancionador de la obligatoriedad del servicio militar para todos los españoles como método de participación en la defensa nacional. Pero, precisamente, no deja de ser más que eso, una Ley orgánica.
 
Es más, el servicio militar no es un fin en sí mismo, se trata de un medio para dotar a las fuerzas armadas del volumen de tropa marcado por sus exigencias; es sólo un medio de otro medio, los ejércitos, verdaderas herramientas de la política de los Estados. Y si los ejércitos cambian de acuerdo con las circunstancias estratégicas, no hay razón para pensar que su fórmula de extracción de personal debe quedar inmutable. Lo importante, desde el punto de vista de la seguridad no es cómo se recluta, sino que se sostengan las Fuerzas Armadas. Y que éstas sirvan eficazmente a la defensa.
 
La nueva Ley del servicio militar
 
Cuando la política o sus actores son incapaces de dirigir los acontecimientos, son estos mismos los que en realidad acaban por controlar la política. Y eso es lo que, desgraciadamente, ha sucedido con el debate sobre nuestra defensa donde el tema del servicio militar obligatorio se ha convertido en el único punto en el orden del día. Es más, un orden del día redactado no por el gobierno, ni por los partidos, ni por los propios militares, sino por los ciudadanos, en armas o camino de vestir el uniforme, por los reclutas, por los electores.
Que esto pueda ser así depende en buena parte de la acción de los políticos y, en gran medida, del partido en el Gobierno quien mayores recursos tiene para sostener o modificar cambios en la opinión pública. Es de lamentar aquí que la política informativa de la defensa que ha desarrollado el gobierno socialista haya tomado como objetivo anular toda información, primando el oscurantismo sobre la transparencia, el titubeo sobre la claridad, la exculpación sobre la valentía.
Es verdad que no es fácil encontrar o promover un debate serio sobre cuestiones de defensa en España. Muy probablemente debido a nuestra falta de cultura estratégica, esa conciencia nacional sobre la defensa tan común a otros países que no han atravesado décadas de orgulloso aislacionismo ni múltiples injerencias del poder militar en la esfera civil. Tal vez la primera oportunidad histórica de homologarnos en el razonamiento estratégico la tuvimos con el debate sobre la entrada de España en la OTAN, pero se perdió por la miopía conque gobierno y oposición lo condujeron. Y lo que es peor, marcaría su impronta para la posterior discusión de cualquier tema relacionado con la seguridad internacional y nuestras fuerzas armadas, ya se tratase de nuestra participación en la guerra del Golfo como de la operatividad de nuestros aviones: Las cuestiones de defensa, cuando llegaban al gran público, eran una "patata caliente" en manos del gobierno y un arma arrojadiza en la lucha electoral de los partidos. De ahí que lejos de explicar e intentar convencer, las fuerzas políticas se hayan lanzado, en lo tocante a "la mili", a una insensata carrera por ofrecer aquello que les supone en teoría el menor peligro -o el mayor beneficio- electoral: el ablandamiento de las condiciones de prestación y la reducción del tiempo en filas.
Si alguna razón de ser tenía una nueva Ley del servicio militar ahora en España, era doble: por un lado, recomponer la imagen pública del servicio militar, en dramática erosión en los últimos años: y, por otro, intentar mejorar la eficacia de las Fuerzas Armadas mediante la adecuación de los mecanismos de reclutamiento y una mejor disposición del recluta forzoso a cumplir con sus tareas.
 
Desgraciadamente, el texto que ha presentado el gobierno socialista al Parlamento para su discusión y posterior aprobación difícilmente puede mejorar la imagen del servicio militar y, desde luego, no contribuye en nada al incremento de la eficacia operativa de nuestros ejércitos.
 
En primer lugar se trata de una Ley condenada al fracaso. A pesar de que el Gobierno ha querido presentar su propuesta como un modelo de cambio e innovador, el proyecto de Ley orgánica resulta, por contra, esencialmente continuista en sus presupuestos y no da satisfacción a las expectativas de cambio generadas en la sociedad a raíz del amplio debate suscitado por esta cuestión así como durante su gestación legislativa.
 
La aireada idea de una "mili a la carta" ha resultado, al final, ser una falacia. La única innovación significativa es la reducción del tiempo de prestación en filas de los actuales 12 meses a los 9 propuestos. Todo lo demás, o bien estaba ya recogido en distintas normas aunque de manera dispersa (tal es el caso del capítulo 4: Derechos y deberes de los militares de reemplazo), o bien queda a la discreción de las autoridades del ministerio. Así, por ejemplo, las posibilidades de elección por parte del interesado respecto al momento de la incorporación, el ejército en el que servir, el lugar de prestación, y el área de actividad que mejor se ajuste a su formación y aptitudes personales, quedan en suspenso a tenor del punto 4 del artículo 12, según el cual: "la manifestación de estas preferencias tendrá carácter de simple manifestación de opciones, no determinará derechos subjetivos, y será atendida en la medida en que lo permitan las necesidades de reclutamiento". (énfasis añadido)
 
El riesgo está, en buena medida, en que la presente reducción temporal de tres meses, lejos de acallar las demandas de cambio, al quedar circunscrita al mayor, si no único, elemento de mejora del servicio, alimente que el descontento hacia la "mili" acentúe sus peticiones de mayores recortes temporales. Y ya sabemos que la oferta y la demanda electoral no es un buen mecanismo regulador para la seguridad de un país, porque irremisiblemente lleva a poner la defensa, sus instituciones y sus hombres, en saldos. Y si no, recordemos el bochorno de contemplar en la pasada campaña electoral, no tan lejana, cómo el PSOE prometía la "mili" de nueve meses, el PP de ocho, las Juventudes socialistas de seis, pero en dos bloques de tres meses cada uno, y el CDS de tres.
En segundo lugar se trata de una Ley de imposible aplicación. Efectivamente, esta Ley podría funcionar en el caso de que se viese complementada con un costoso programa de modernización de las Fuerzas Armadas que atendiera a: 1) la mejora de la calidad de vida durante la prestación;2) la mejora de los programas de formación y adiestramiento de la clase de tropa;3) el incremento de la operatividad de las unidades mediante el aumento del número de ejercicios y maniobras, horas de vuelo, días de navegación, etc.; 4) la modernización del material; y 5) la reestructuración de unidades a tenor de los cambios en el entorno estratégico. No es imposible en teoría. Al fin y al cabo, las personas están normalmente dispuestas a pagar por conseguir aquéllo que quieren, incluso, a veces, con notables sacrificios. Desgraciadamente, en materia presupuestaria el Gobierno de Felipe González ha dado muestras suficientes de que la defensa le interesa bien poco o nada.
Efectivamente, satisfacer estos requerimientos choca directamente con la actual política presupuestaria del Gobierno que, habiendo llevado durante su mandato los gastos de defensa del 2% del PNB al 1'5%, recorta una vez más los gastos de la defensa. El último reajuste presupuestario llevado a cabo en julio de 1991, significó recortar en más de 108 mil millones de ptas. el gasto aprobado para ese mismo año, cuyo presupuesto inicial ya se había visto disminuido en más de 12 mil millones respecto al del año 1990.
 
Es comúnmente aceptado que por debajo del 2% del PNB, el gasto en defensa sirve para muy poco. Máxime si el PNB no es muy alto. Así lo reconocieron los diputados que durante más de un año han trabajado en la ponencia sobre "El modelo de Fuerzas Armadas en conexión con el servicio militar", quienes subrayaban en su dictamen parlamentario la necesidad de estabilizar el gasto en defensa español en dicho porcentaje.
 
Paradójicamente, pocos días después de hacer público el dictamen (consensuado entre los grupos socialista y el popular de la cámara), el Gobierno anunció los recortes del ministro Solchaga en los que Defensa resultaba ser uno de los departamentos que más ahorro absorbía. Mucho ingenio debe desarrollar el Ministerio de Defensa para lograr hacer mucho más (recuérdese la promesa de pagar 10 mil ptas./mes a los soldados, por ejemplo), con mucho menos.
 
En tercer lugar, la nueva Ley augura un impacto negativo en la eficacia de los ejércitos. Así, una reducción de una cuarta parte del tiempo de prestación del servicio militar implica reducciones en el contingente operativo de las clases de tropa de casi un tercio del mismo. Por un lado, la imposibilidad de limitar los tiempos de instrucción básica por debajo de los límites actuales así como, por otro, la de reducir los días perdidos por muy diversos motivos (permisos especiales, incorporación, licenciamiento, etc.), hace que el recorte temporal afecte esencialmente al período de formación específica y a la vida operativa del soldado. Por tanto, reducir el tiempo conlleva disminuir sustancialmente el contingente operativo de las Fuerzas Armadas. Lo que no es más que reducir la eficacia de la defensa en general.
 
Es más, las reducciones en el tiempo de servicio no sólo afectan negativamente al volumen de las fuerzas, sino que tienen un impacto negativo en la eficacia individual del soldado al disponer de un período menor de adiestramiento y de familiarización con sus unidades. A su vez, la merma de la adecuación e integración individual del soldado repercute negativamente en la cohesión interna de las unidades, esencial, como ha quedado demostrado en el Golfo (en su aspecto positivo) o en el intento de golpe de estado en la URSS ( en su vertiente negativa), para la eficacia militar.
 
En fin, que el Gobierno crea que su Ley cierra el debate sobre el futuro del servicio militar es loable, pero dudoso. El servicio militar obligatorio sólo resultará aceptable si se asume previamente una función importante para los ejércitos. Si éstos se perciben como viejos dinosaurios en los que vegetar durante unos meses, ninguna ley del servicio militar, por blanda y a la carta que se quiera presentar, tiene su futuro garantizado. Es verdad que un servicio militar más corto, mejor pagado, más confortable en su cotidianidad, estará mejor considerado que otro donde los soldados no encuentren más que la penuria mental y material.
 
Pero todo tiene un límite y los ejércitos no son ni agencias de viajes, ni grupos de entretenimiento, ni escuelas profesionales. Son instituciones peculiares cuyo fin no puede ser otro que el uso defensivo de la fuerza. Conllevan sacrificio y riesgo. Y no puede ser de otra manera. Por tanto, discutir sobre la vida en los cuarteles es imprescindible, pero no suficiente. El servicio militar tiene que juzgarse siempre en conexión con el modelo de fuerzas armadas que un país está dispuesto a poseer. Pues de nada vale una cómoda prestación individual que no mejora la seguridad colectiva. Como de nada vale retener a la fuerza 12, 9 o 6 meses a un individuo si con ello sólo se logra que el recluta cumpla mal con sus tareas y, tras licenciarse, aborrezca de los ejércitos. Los soldados no son masoquistas a los que castigar, sino una pieza esencial de nuestra seguridad colectiva.
 
La esencia de los ejércitos
 
El papel básico de las fuerzas armadas es garantizar la seguridad de la nación y sus gentes. En tiempo de paz esto se logra mediante la existencia de un volumen de material y hombres adecuado. En tiempo de guerra mediante el combate exitoso, pues, no puede olvidarse, la esencia de la guerra es la lucha. Sin embargo, el inusitado y dilatado período de paz que hemos conocido en la Europa de postguerra, ha generado y extendido una concepción de los ejércitos como instituciones prácticamente asimilables a las corporaciones que conocemos en el mundo industrial o de los negocios.
 
Por un lado, puede argüirse, los ejércitos son monstruos voluminosos que exigen una gran dedicación para su gestión del día a día. Basta con darse un paseo por los despachos del Ministerio de defensa o de los Estados Mayores para encontrarse con los mismos comité de planificación, compras, financiación, estadística, administración de personal, promoción, y miles otros, que se encuentran en las grandes empresas, actividades que poco tienen que ver con el arte de mandar tropas y combatir.
 
Es más, puede continuarse, los oficiales cada día siguen una educación más parecida a la universitaria, si no llegan a poseer un título oficial en sí, y sus grados de especialización son muy semejantes a los habituales en la vida civil. De hecho, el valor del ejército como escuela de formación de especialistas competitivos en el mundo civil, no deja de ser subrayado por las autoridades pertinentes. A la lógica burocrática se suma la laboral.
Sin embargo, nada más alejado de la realidad. La lógica de lo civil y lo militar nunca pueden ser idénticas porque la lógica de la paz y de la guerra son muy distintas. El peligro es acabar con unas estructuras defensivas meramente ocupacionales y muy burocratizadas en sus procedimientos e ideas.
 
Por suerte o por desgracia, en la función militar la relación entre los medios que se emplean y los fines que se consiguen no es tan lineal como en otros campos. Los ejércitos no son coches a los que se pisa el acelerador cuando se pretende ir más deprisa ni centrales térmicas en las que el rendimiento se puede calcular a tenor de una fórmula matemática. Y no es así, en primer lugar, porque la estrategia encierra una lógica peculiar que al buscar la sorpresa, se escapa al razonamiento tradicional (así, el camino más fácil puede no ser el más seguro, ni el más corto el más rápido); en segundo lugar, porque el enfrentamiento entre ejércitos es un duelo entre actores activos, que no sólo reaccionan sino que también pueden anticiparse afectando a los planes propios; en tercer lugar, porque en la base del funcionamiento de los ejércitos se encuentran una serie de intangibles importantísimos para la vida y el éxito militar, tales como el liderazgo, la cohesión, la moral, cuya justa medida no puede ser más que arbitraria.
 
Ahora bien, vivimos en una era absolutamente fascinada por la cuantificación y presa de la relación coste-eficacia. En toda organización se cuenta lo que entra y cómo se procesa para medir y evaluar la eficiencia de lo que sale. El resultado es, no obstante, que todo aquello que no se puede cuantificar, no cuenta. Del arte de la guerra se pasa así a la ciencia de la administración. Del guerrero al gestor. No es casualidad que para sostener 5 divisiones, el Ejército español requiera casi un cuarto de millón de hombres.
 
Lógicamente, la falta de puestos de mando de tropa ahonda en la pérdida del espíritu militar y en la burocratización. Un excelente administrador no tiene por qué ser un capaz conductor de hombres. Es más, probablemente los requerimientos técnicos y humanos tengan que ser muy distintos para ambos puestos.
 
Por su parte, el desarrollo del llamado "estado del bienestar", ha impulsado un creciente confort en todas las capas de la población, particularmente en los jóvenes quienes, por suerte para ellos, se encuentran con muchas dificultades resueltas. No es que la vida en el campo de batalla les sea algo ajeno, es que la vida en el campo, a secas, también tiende a serlo.
 
Es verdad que el entrenamiento básico del servicio militar pone el acento en la formación física. Pero no es ese el problema. Más que una buena forma física lo que se necesita en un buen soldado es capacidad de aguante y resistencia, entrega para soportar las inclemencias del tiempo, una difícil orografía y, lo peor, el peligro del enemigo. Esto es, disposición psicológica, actitud. Es cierto que el campo de batalla moderno está lleno de peligros para la vida de los combatientes, lo que sirve para explicar en parte el numeroso índice de bajas psiquiátricas o mentales que se han experimentado en las últimas guerras. En la guerra del Yom Kippur, por ejemplo, el 30% de los heridos eran bajas psicológicas. No obstante, como los propios israelíes admiten, en las unidades aerotransportadas y de elite, indistintamente de la intensidad de los combates, no hubo ninguna baja psicológica o mental. Esa profesionalidad explica también que de los 777 heridos británicos en las Malvinas, sólo unos 30 sufrieran daños psicológicos que requirieran su baja y tratamiento médico.
 
En nuestro país, un conjunto de factores, algunos afortunados, como la ausencia de conflictos, otros menos, como la injerencia política de los militares de tarde en tarde, se han combinado para acabar con el espíritu bélico de la institución militar. El clima internacional actual, también favorece la pregunta de ejércitos para qué y hay muchos que ven en el caqui, por escoger un cuerpo, un barato servicio de apagafuegos.
 
Cuando el PSOE ganó las elecciones generales de 1982 y se alzó con el poder, una de sus tareas inmediatas fue acabar de una vez por todas en España con el secular "problema militar". Diez años más tarde su labor se puede considerar tan exitosa que no sólo ya no existe el "problema militar", sino que a duras pena logra sobrevivir lo militar. La nueva Ley del servicio militar no hace sino reforzar la tendencia a la socialización de los ejércitos. Se trata de que el joven se encuentre lo más parecido a su casa, que no se distancie mucho de su mundo. Lo que no deja de ser una sorpresa si tenemos en cuenta que los últimos combates siempre se han librado lejos del suelo patrio y en condiciones materiales nada parecidas a las del hogar.
 
Sólo quien no cree en la posibilidad del uso de la fuerza puede permitirse el lujo de jugar despreocupadamente con la formación de sus soldados, puesto que si no se va a luchar, qué más da que los jóvenes adquieran alguna o ninguna moral de combate. Porque flaco favor se le presta a una persona si se la piensa enviar a los rigores de la batalla sin que sepa de qué se trata y sin preparación para hacer frente a sus riesgos.
 
El valor de la entrega
 
La historia y la estrategia suelen premiar al pesimista. Y la verdad es que una mirada sucinta al mundo poco espacio deja para la complacencia. Tampoco un vistazo a nuestra sociedad permite una alegría desbocada. Ahí queda la experiencia del Golfo (y no sólo) y las distintas llamadas a la insumisión y a la deserción justificadas desde medios de comunicación y algunos grupos sociales.
 
Morir por los intereses de uno es absurdo, porque los muertos ya no tienen intereses; morir por los intereses de otro, sobre todo cuando ese otro es una entidad abstracta como el Estado, resulta aún mucho más absurdo. Pero sin embargo hay quien está dispuesto a luchar y a asumir el riesgo de ser muerto. Las causas varían según las circunstancias y el tiempo. En la edad media, al igual que en el Islam de hoy, se mataba y moría en nombre de Dios; en el oeste americano y en Serbia por el destino de la nación.
 
La visión materialista de los ejércitos diría que muchos lo hacen por dinero, presentando a los soldados voluntarios como modernos mercenarios y negándoles, extrañamente, los honores que, sin embargo, si se le atribuyen a un oficial de carrera, al fin y al cabo alguien que también percibe un salario a cambio de sus servicios en combate. Esta es una visión muy extendida cuando se habla de ejércitos profesionales: los soldados sólo entrarían motivados por el dinero. Y puede que sea así. Pero no deja de ser una contradicción situarse en primera línea de fuego por una soldada. La participación en combate, aceptar el riesgo de la muerte obedeciendo órdenes, está, sin ninguna duda, más allá del interés individual. Sobre todo del monetario. Otra serie de afectos, lazos, ideales entran en juego. Nada más emocionante que ver llorar de miedo a un soldado británico, camino de Port Stanley, mientras que recordaba sus obligaciones para con su país, quien le había estado alimentando en sus años de profesión.
 
La guerra exige, ante todo, sentido del deber, camaradería y una fuerte ligazón personal, confianza, en los mandos. No hay material sofisticado ni arma exótica que pueda suplir esta faceta humana. ¿Tienen nuestras fuerzas esa fibra que hay que tener? Con las encuestas en la mano es difícil ofrecer una respuesta afirmativa. Pero eso no es lo malo.
Lo peor es que la política del Gobierno ahonda aún más en la desmilitarización de las fuerzas armadas. Con lo 9 meses de servicio militar se está humanizando el tiempo de ineficacia y aburrimiento en los cuarteles, pero nada más; con las ofertas de altísima regionalización se favorece la idea de que nadie tiene que moverse de su terruño justo cuando los compromisos internacionales y nuestros intereses más allá de nuestras fronteras políticas obligan a intervenir en zonas lejanas.
 
El servicio militar no puede ser un mero trámite temporal en el que unos fingen que sirven y otros aceptan el engaño porque más vale eso que nada. Se trata de la seguridad de todos lo que está en juego. Autoridades militares han expresado su temor de que España se quedara indefensa de avanzar a unos ejércitos totalmente voluntarios y profesionales porque nadie quisiese alistarse. Es un temor razonable que se ha producido en todos aquellos países que han experimentado un cambio en el modelo de reclutamiento. Sin embargo, dice muy poco de su confianza en la población e ignora que una de las claves de la desconfianza mutua entre civiles y militares radica, precisamente, en el servicio militar obligatorio cuyo mantenimiento enrarece dramáticamente el clima social.
Los ejércitos que nos merecemos
 
Ya no es el tiempo de las reformas. Si no se quiere tener unos ejércitos que sean sólo una ficción y si de verdad se busca un acercamiento de la sociedad española a sus fuerzas armadas y a su política de defensa, la única vía posible que queda son los ejércitos de voluntarios.
 
Siempre es una difícil tarea preparar a los soldados para el combate desde las condiciones que permite la paz. A diferencia de las empresas e industrias con las que frecuentemente se comparan, los ejércitos no se encuentran en su medio natural, el combate, más que excepcionalmente. De ahí que los reclutas no encuentren las más de las veces ningún sentido en lo que hacen.
 
Y sin embargo ese es el cometido educacional de los ejércitos: preparar al soldado para sobrevivir y ganar, para mandar y ser mandado, para conducir a sus hombres a la victoria, o a la muerte. Una vez en el uniforme, lo importante no es lo que se conoce hoy, sino lo que se sabrá hacer mañana, en unas condiciones radicalmente diferentes y ante un enemigo cuyo objetivo es nuestra destrucción.
 
Es verdad que las fuerzas armadas se entrenan y hacen maniobras, aunque cada vez menos dado los constreñimientos presupuestarios. Sin embargo, ejercicio y movimiento no son sinónimos automáticamente de una actividad adecuada. Decir que un piloto, por ejemplo, vuela una media de 20 horas al mes es no decir casi nada. ¿Qué es lo que hace en vuelo? ¿Se le permite volar bajo? ¿Qué maniobras realiza? El plácido cielo azul de Extremadura poco tiene que envidiar al polvo del desierto o a la niebla alpina.
 
Pensar que con el volumen de efectivos actuales es posible un entrenamiento realista, es mucho imaginar. Desear hacer con un recluta forzoso lo mismo que con un voluntario, sólo por su actitud, es loable. Pretender hacerlo en 9 meses en lugar de 8 años es, simplemente, descabellado.
 
En fin, España necesita estar orgullosa de sus Fuerzas Armadas y que éstas sean conscientes del apoyo que reciben y para qué lo reciben. Toda nación requiere un brazo armado que salvaguarde su seguridad. Lo que no se necesita son ejércitos a los que se les condena a la inanición material y moral. Ni tampoco fuerzas faltas de imaginación e iniciativa. España exige unas fuerzas armadas modernas y afirmadas.
 
La combinación de factores internacionales e internos sitúa a nuestro país en un momento apropiado para acometer la reforma de sus estructuras defensiva más acordes a los tiempos. Por un lado, la distensión permite menores fuerzas. Pero por otro, éstas tendrán que ser más móviles, versátiles y flexibles y los hombres y mujeres que en ellas sirvan más dedicados y entregados. La única vía para lograrlo pasa por la abolición de la recluta obligatoria y el paso hacia una fuerza de voluntarios.


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