El avance de la marea populista en Latinoamérica parece imparable. Tras casi medio siglo del “tiranosaurio” Castro, la llegada al poder de Chávez en Venezuela ha servido para hacer germinar en todo el subcontinente, a excepción de Chile, opciones políticas revolucionarias de izquierdas, de marcado carácter populista, que abrazan una ideología derrotada, fracasada y abandonada en el resto del mundo, especialmente en Asia. Sus enseñas ideológicas son la lucha contra el capital, el nacionalismo rancio, el estatismo, el proteccionismo económico y el odio hacia los Estados Unidos y todo lo que la democracia más antigua del mundo representa.
La llegada de Lula al poder en Brasil produjo inquietud en muchos ambientes empresariales, pero la sensatez del Presidente brasileño tranquilizó los ánimos. Tras la victoria de Kirchner en la Argentina, con una inquietante deriva estatista y proteccionista, las opciones populistas radicales han alcanzado también el poder en Bolivia, con Evo Morales, que abiertamente opta por la nacionalización y el ataque a la empresa privada. El Perú, ahora, y México y Colombia, dentro de unos meses, son los próximos escenarios de batallas electorales en los que concurren opciones revolucionarias de izquierdas con sólido respaldo en votos.
El Perú se encuentra a punto de sucumbir a la opción populista, que en este caso tiene dos caras: una mala, la de Alan García, con un pasado marcado por episodios de corrupción, y otra peor, la de Ollanta Humala, que encarna la opción revolucionaria de corte castrochavista.
La única opción ideológicamente razonable para evitar la catástrofe es la de la candidata del centro-derecha, Lourdes Flores. Flores es la candidata que merece hoy apoyo con arreglo al sentido común, y la opción que representa una línea más continuista con la gestión del actual Presidente, Alejandro Toledo, que puede presumir de ofrecer un balance de gobierno francamente positivo.
Llama la atención, por otra parte, el hecho de que las opciones políticas auténticamente liberales del Perú son hoy en día electoralmente muy minoritarias, a pesar de contar con el sustento intelectual de la talla de Mario Vargas Llosa, Álvaro Vargas Llosa, Hernando de Soto o el equipo académico de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Todos ellos aportan una base ideológica de primer nivel mundial al discurso liberal que, desafortunadamente, no ha encontrado respuesta en el electorado peruano.
El riesgo de vuelco electoral puede resultar, de cierto modo, sorprendente, visto desde el exterior, teniendo en cuenta la buena situación general del Perú. En efecto, la economía peruana creció en 2005 más de un 5%, lo que supone la continuidad de un período de intensa mejora en la prosperidad económica. El crecimiento es saneado, con estabilidad de precios y con estabilidad presupuestaria. La economía ha mejorado sensiblemente en su financiación, con tipos de interés oficiales y de la deuda pública relativamente moderados. Toledo ha dado, además, pasos significativos en la apertura económica y comercial frente al exterior, firmando un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos de América. Otro activo frecuentemente infravalorado de su gestión ha sido el fortalecimiento institucional del Perú durante estos años. La seguridad jurídica, el cumplimiento de la ley, el respeto al funcionamiento de las instituciones y la ausencia de corrupción son factores esenciales para el progreso y el gobierno de Toledo ha avanzado mucho en este terreno.
¿Por qué, entonces, encuentra acomodo en el electorado peruano el mensaje populista revolucionario, como lo ha hecho en Bolivia y como puede suceder asimismo en México? La respuesta hay que encontrarla en la evolución de las tasas y niveles de pobreza. Hay todavía muchos ciudadanos peruanos – lo mismo ocurre en otros países latinoamericanos-, en particular, algunas comunidades “indígenas”, que no han conseguido tocar aún con las manos las mejoras de bienestar que el crecimiento económico continuado acaba reportando. El problema reside en que el progreso en la lucha contra la pobreza exige algo de paciencia. Los frutos del crecimiento económico acaban por extenderse a las capas de población menos favorecidas, como la experiencia asiática se ha encargado de demostrar. Los trabajos de Sala i Martín, de próxima publicación en el Quarterly Journal of Economics, son concluyentes y así lo atestiguan. Decenas de millones de ciudadanos chinos, indios, coreanos o vietnamitas han conseguido salir de situaciones de pobreza (menos de un dólar al día) y progresar económicamente, pero debe subrayarse que China, por ejemplo, abrazó el mercado y abrió su economía en el año 80.
Perú, de progresar en la línea de apertura económica, estabilidad institucional, estabilidad presupuestaria, privatizaciones, liberalización y competencia puede registrar en los próximos años enormes progresos económicos y sociales, y cosechar así esos mismos frutos en forma de reducción generalizada de la pobreza.
Ésta opción sólo puede encarnarla Lourdes Flores. Alan García o, peor aún, Ollanta Humala, sólo pueden producir parálisis en el progreso, en el mejor de los casos, y un terrible retroceso social, en el peor –y más probable- de ellos. Al final, como está ocurriendo en Venezuela, quienes suelen pagar el pato de estas lamentables derivas ideológicas suelen ser los más débiles.