(Publicado en ABC, 6 de abril de 2007)
El presidente de Irán se ha querido presentar como un ser magnánimo liberando a los quince marineros que tenía en su poder desde el 23 de marzo. Haríamos mal (sobre todos los británicos) en aceptar esa imagen. Porque es falsa. Ahmadinejad se ha comportado, en realidad, como un matón de barrio, quien a través de la intimidación lleva a sus víctimas a que le perdonen y le agradezcan, además, no matarlas.
La imagen del líder iraní choca con la realidad. Para empezar, los soldados británicos no eran prisioneros de guerra, sino que fueron secuestrados no dentro de Irán, sino en aguas iraquíes. Cacharros como el GPS han dado prueba de ello. Por lo tanto, Ahmadinejad no ha hecho concesión alguna, sino que ha resuelto una situación de detención ilegal. Segundo, Teherán no ha respetado la normativa relativa a todo prisionero de guerra. Se les ha filmado, se les ha exigido declaraciones de culpabilidad e, incluso, se ha forzado a la soldado Faye Turney a cubrirse con el jihab.
El “perdón” de Ahmadinejad se basa en una mentira, pues los soldados británicos no habían hecho nada por lo que tuvieran que ser perdonados. Pero Ahmadinejad ha logrado con su gesto pasar de lo que era, culpable de secuestro y detención ilegal, a ser visto como un dirigente justo y generoso. Lo que no es.
Que se acabe saliendo con la suya depende ahora de lo que haga y diga el gobierno de Tony Blair. Su reacción hasta la fecha ha dejado mucho que desear, pues entre balbuceos públicos asomaba la resignación de seguir el juego de un largo secuestro. La vuelta a casa de sus soldados debería ponerle en el rumbo correcto. Para empezar, que los quince expusieran cómo fueron extraídas sus declaraciones mientras estaban en cautividad; en segundo lugar, prestándoles todo su aparato legal para que ellos mismos interpongan las desmandas pertinentes y reclamen las indemnizaciones debidas. No es necesario ir a la guerra, pero no se debe dejar que Ahmanidejad salga como ganador también en este caso.