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Europa tras la Guerra Fría. Un orden en transformación
Archivo nº 3   |  20 de Septiembre de 1990
 
Introducción
 
Tras cuatro décadas marcadas por la estabilidad, Europa entra de nuevo en un período de cambio profundo de sus relaciones y estructuras cuyo resultado final están aún lejos de poder vislumbrarse.
 
La caída del muro de Berlín, a comienzos de noviembre de 1989, fue recibida con la alegría característica de ver, por fin, cómo la división de Europa, impuesta artificialmente por la fuerza de las tropas soviéticas al término de la Segunda Guerra Mundial, se venía abajo. El muro había condensado simbólicamente la confrontación entre dos sistemas de vida opuestos, la democracia y el comunismo soviético, y su destrucción no podía augurar más que el reordenamiento del mapa político en la llamada Europa del Este, un cambio de actitud por parte de la URSS, y una nueva etapa para la comunidad occidental, quien debería contar ya con la perspectiva real de una Alemania unida.
 
El alborozo de final de 1989 se vería relativamente enfriado durante 1990. Por un lado, se comprendería que el proceso de descomunistización de los países centroeuropeos se revelaba más complejo de lo previsto, particularmente en el terreno económico, dada la debilidad de sus estructuras; por otro, los problemas internos de la Unión Soviética, en donde la reforma económica lejos de dar sus frutos parecía estancarse y llevar al país a la ruina inmediata, modificaban el optimismo occidental pro-Gorbachov en un creciente pesimismo tanto sobre el futuro de la URSS como sobre las implicaciones del fracaso de las reformas para toda Europa; finalmente, la nueva Alemania, absorbida en su reunificación amenaza con convertirse en un lastre del proceso de integración de la Comunidad Europa. del que hasta ahora había sido siempre un líder.
 
En compensación, los europeos veían cómo, junto con el orden político, el mapa militar en Europa se transformaba también radicalmente con la desaparición operativa del Pacto de Varsovia, la retirada de tropas soviéticas de centroeuropa y el acuerdo de desarme convencional CFE, que instauraba la paridad numérica entre la OTAN y el Pacto.
 
Con la invasión iraquí de Kuwait, en agosto de 1990, todos estos problemas quedarían momentáneamente fuera del foco de atención política, pues los europeos debieron concentrarse en dar respuesta a una agresión que les afectaba muy directamente. No obstante, la crisis del Golfo añadiría nuevos rasgos negativos a la capacidad de los europeos de tomar decisiones conjuntamente en el seno de la organizaciones colectivas. Es cierto que la UEO alcanzó cotas de actuación nunca antes vistas, pero tampoco deja de ser verdad que en la mayoría de las ocasiones la UEO respondía a las decisiones ya adoptadas por Francia y por el Reino Unido. Por otra parte, los titubeos alemanes para comprometerse en la crisis, ahondaron un creciente sentimiento de desconfianza hacia Alemania; las querellas atlánticas en torno a la ayuda a Turquía en caso de ataque, así como las críticas a los EEUU por su política de bombardeo que se hicieron sentir por algunos aliados (entre ellos España), reflejaban la falta de la cohesión tradicional de la que había disfrutado la OTAN previamente.
 
Sin embargo, sería 1991 el que acabara enfriando totalmente el optimismo y convirtiera en pesimistas a los escépticos y dubitativos. El final del conflicto en el Golfo marcó una breve ola de euforia de superioridad occidental de pronto contrastada con los acontecimientos en la propia Europa. En primer lugar, el desencadenamiento de los nacionalismos se hizo ya una realidad irreversible. La Unión Soviética parecía a punto de estallar internamente y desaparecer como tal bajo la presión de las repúblicas bálticas, Bielorusia, Ucrania, Kazajstan y la propia Rusia, entre otras; minorías étnicas importantes comenzaban a buscar sus lazos con los suyos incluso más allá de las fronteras políticas, tal como se veía entre Rumania y Hungría, Rumanía y Turquía y, más calladamente, Alemania y Polonia; por último, Estados impuestos artificialmente por el comunismo, como el caso yugoslavo, saltaban literalmente por los aires de manera violenta, provocando inestabilidad y consecuencias negativas para todo el continente.
 
En segundo lugar, la supervivencia de Gorbachov al frente de la URSS así como la viabilidad de la perestroika estaban seriamente en entredicho. Durante todo el año, el líder soviético había estado basculando y apoyándose en las fuerzas más conservadores en Moscú, evitando tomar las medidas que podían salvar la economía de su país; igualmente, su aproximación a la independencia de las repúblicas bálticas, con el uso indiscriminado de la fuerza, revelaba los límites de su política. Todo ello se agudizaría en agosto, con el intento de golpe de estado a manos de sus propios colaboradores personales. Desde entonces la URSS se ha sumido en un proceso que está lejos de saberse el resultado, pero cuyo impacto más inmediato es el establecimiento de nuevos Estados en Europa.
En tercer lugar, como la propia crisis yugoslava ha mostrado, Alemania, sin dejar de seguir vinculándose a las instituciones en donde ya estaba, parece apostar decididamente por una política de claras esferas de influencia. Ha enseñado una especial atención hacia Polonia, una fuerte penetración económica en Austria y, más importante, Checoslovaquia. Tiene un ojo sobre Croacia, los bálticos y la misma URSS. Los primeros síntomas malignos de esta aproximación nacional, se han dado en el seno de la CE en lo tocante al ritmo de su integración. Por un lado, Alemania muestra un menor interés en la profundización sin expansión; por otro, varios países, temerosos de una futura Alemania hegemónica en Europa, realinean sus intereses tanto para anclar más estrechamente a Bonn/Berlín a la comunidad occidental, como para representar un contrapeso al emergente poder germano.
 
No obstante, las instituciones fuertes que podrían servir para ello, la CE y la OTAN, se encuentran en una seria recesión, mientras que otras, como la UEO, se encuentran impotentes y paralizadas ante la enorme cantidad de problemas que se les plantean de una forma simultánea. De ahí que no sea de extrañar que algunas naciones se escoren calladamente hacia una nacionalización de sus políticas, en la medida de lo posible. Parecería que nadie quiere apostar por la destrucción de lo que se ha conseguido, pero que todos se preparan a ser testigos de la misma. Ahí está el caso italiano volcándose sobre Eslovenia.
 
1992 tenía que ser el año de la Europa unida, pero no va a serlo más que de la incertidumbre sobre su futuro. Se pensaba que la construcción de un orden era loable y posible, pero ese orden estaba limitado a las estructuras de los 12. Posteriormente, desde finales de 1989, con el resurgir de la Europa Central, los esfuerzos se tornaron en gran medida en la construcción de una nueva arquitectura para una Europa que ya no era la comunitaria, sino que iba de Portugal a Polonia. Sin embargo, la inevitable expansión se ha vuelto contra la misma Europa. Si algo han hecho los líderes europeos durante 1991, ha sido intentar limitar los daños y frenar el creciente caos que la destrucción del orden de Yalta estaba generando. El resultado ha sido desigual, por un lado resulta milagroso que la transición en la URSS se haya logrado, hasta ahora, con sólo un puñado de muertes; por otro, no obstante, parece imposible que no se logre acabar con la sangría que los serbios están ejecutando en Croacia.
 
Que en 1992 se puedan comenzar a poner las bases de un nuevo sistema político y de seguridad en Europa o que, por el contrario, el continente se hunda otra vez más en los nacionalismos y en las políticas de poder, depende de muchos y complejos factores, algunos de los cuales, incluso, se encuentran fuera de Europa. En este trabajo intentaremos delinear los posibles escenarios de futuro que se abren ante los europeos. Para ello, primeramente, recordaremos de forma breve cuales han sido las características esenciales del orden nacido en 1945; después repasaremos la transformación del mapa político y militar tras 1989; para, finalmente, avanzar las evoluciones posibles de los próximos años.
 
Las bases del orden de postguerra
 
El sistema naciente en Europa tras el final de la II Guerra Mundial sólo puede entenderse en el contexto de la confrontación Este-Oeste. La preeminencia histórica de Europa se verá irremediablemente traspasada por la influencia de dos nuevos actores internacionales con el status de superpotencia, los EEUU y la URSS, ambos, hasta entonces, marginales en el concierto europeo, mientras que las grandes potencias saldrán derrotadas de la conflagración mundial (Alemania e Italia) o victoriosas , pero exhaustas (Francia y el Reino Unido).
 
Siete características básicas darán forma al orden europeo de postguerra:
En primer lugar, el decisivo papel de las superpotencias quienes, por la fuerza o por asociación voluntaria, van a suplir a los focos tradicionales de poder en Europa, incapaces de llenar los vacíos de poder creados con la guerra.
 
En segundo lugar, la continuada rivalidad entre los dos grandes, lo que se plasmará en una rígida división de Europa en dos campos, el occidental atlántico y el mundo socialista, cuyas relaciones serán siempre el resultado del clima político entre EEUU y la URSS, con muy poco espacio para la actuación autónoma.
 
En tercer lugar, la presencia permanente en el continente de tropas norteamericanas en tanto que garante físico y visible del compromiso de los EEUU en la defensa avanzada y temprana de la Europa Occidental.
 
En cuarto lugar, la extrema dependencia de las armas nucleares como guardianes de la paz. La política de disuasión nuclear permearía toda la estrategia occidental desde que las armas nucleares se consideraran sistemas muy distintos de los convencionales tanto por su naturaleza como por sus implicaciones, así como ante la incapacidad, por parte aliada, de montar una defensa convencional creíble en sus números frente a las superiores fuerzas de la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia. Esta dependencia del arsenal nuclear reforzaba automáticamente el carácter bipolar del sistema, ya que, siendo los arsenales francés y británico muy reducidos, sólo los EEUU y la URSS podían hacer creíble el inaceptable escenario del holocausto nuclear.
 
En quinto lugar, la división de Alemania de ambivalentes significados. Por una parte, no era ni más ni menos que la expresión condensada de la división y rivalidad en Europa, despertando, en consecuencia, rechazos y deseos de acabar con tal anormal situación. Es más, siempre era un foco de tensión entre las superpotencias, tal y como las sucesivas crisis sobre Berlín pusieron de relieve; sin embargo, por otra, mantener una Alemania dividida significaba una mayor tranquilidad para muchos, en la medida en que el principal foco de inestabilidad en el continente se veía firmemente reducido e impotente.
En sexto lugar, el carácter bipolar del sistema hacía que los países neutrales no pudieran tener más que un papel muy marginal en la escena político-estratégica.
Por último, un denso entramado institucional ataba estrechamente a los europeos entre sí y, a su vez, con los americanos, aumentando la interdependencia entre ellos y facilitando la resolución diplomática de sus disputas.
 
El resultado fue, durante más de 40 años, una fortísima densidad de tropas y sistemas de armas de todo tipo en el suelo continental y sus aguas adyacentes, un clima político-estratégico naturalmente tenso y a veces crispado, pero, paradójicamente, un marco estable para el desarrollo económico y social de los países occidentales.
 
Cuatro fuerzas profundas estarían minando, no obstante, dicho sistema y su combinación acabaría definitivamente con el orden salido de Yalta. Esas fuerzas eran:
En primer lugar, el estancamiento y crisis del sistema económico en la URSS, único ejemplo del "socialismo desarrollado". La conjunción de un sistema de economía planificada centralmente, de gravísimos problemas estructurales, con unas pésimas políticas coyunturales de desarrollo industrial y un énfasis desmesurado en la producción militar obligaba a una seria revisión del sistema soviético. El encumbramiento de Mijail Gorbachov en 1985 como un líder para sacar a la URSS del crecimiento negativo, no podía ser más que el síntoma de que, en la esfera de poder moscovita, la reforma comenzaba a sentirse una imperiosa necesidad.
 
En segundo lugar, el fracaso del socialismo autoritario centroeuropeo de las "democracias populares". A comienzos de la década de los 80, con los acontecimientos de Polonia, se hizo claro que los satélites de Moscú no habían conseguido con 40 años de represión ni comunistizar a sus gentes ni calmarlas en sus demandas sociales. Con el inicio de la perestroika en la URSS, los dirigentes del Este se encontraron progresivamente faltos del apoyo legitimador desde Moscú e impotentes ante el ejemplo de riqueza y libertad que desde la CE se daba a sus ciudadanos.
 
En tercer lugar, la creciente integración económica y política de la Europa Occidental. Efectivamente, con el desarrollo impulsado gracias a las Comunidades Europeas, el papel de los 6, luego 9 y más tarde 12, no dejaría de crecer en el mercado internacional; igualmente, la creciente unión económica impulsaría los deseos por construir una unión política, con una política exterior y de defensa común. El proceso de unificación europea, positivo en términos generales para los 12, no dejaría de enrarecer, cuando menos, el vínculo transatlántico, puesto que una Europa unida, autosuficiente en su defensa y agresiva en el mercado mundial, chocaba en gran medida con los intereses de los EEUU, creando a veces tensiones intraatlánticas.
 
Por último, una redistribución del poder mundial. La emergencia de nuevos actores y nuevos centros de poder hacía que la posición dominante de las superpotencias se debilitara relativamente. Esta tendencia se acabó plasmando en una fuerte corriente intelectual en los EEUU en la que se auguraba una inevitable decadencia del poderío mundial americano, económica y estratégicamente. Indudablemente, más allá de la exageración de una súbita caída del imperio americano, era evidente que ni política ni económicamente la situación privilegiada de norteamérica podía ya sostenerse. Los EEUU pasaban en los años 80 de ser un país acreedor a ser el deudor más importante; su arsenal estratégico y convencional parecía cada vez más irrelevante en términos políticos; y sus intervenciones en el Tercer Mundo, así como su firmeza ante la URSS no dejaban de levantar críticas desde los aliados de la OTAN. El líder lo era cada vez menos.
Este era el trasfondo en el que se va a producir el colapso del orden político y militar de postguerra.
 
La muerte del orden de postguerra
 
La caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, va a significar la transformación del orden político en Europa y, consecuentemente, en la medida en que derivaba de éste, la del mapa militar en el continente.
 
Tres serán los detonantes del viejo orden político europeo:
Primeramente, el estallido y desaparición del bloque socialista, de la llamada Europa del Este, y la reafirmación independiente de los ex-satélites de Moscú como naciones centroeuropeas. Efectivamente, la primavera de 1990 reveló una vez más que allí donde los ciudadanos pueden expresarse libremente, nadie opta por el sistema comunista. De esta forma, impulsados inicialmente por el fracaso económico en sus respectivos países, las demandas se transformarían en revoluciones pacíficas de las que saldrían nuevos líderes y unas estructuras políticas semejantes a las democracias liberales.
Los problemas de los países centroeuropeos no eran pocos, desde el temor a una intervención soviética, a la propia debilidad institucional política y económica nacional que arrojaban serias dudas sobre la viabilidad de los cambios. A pesar de ello, la creencia básica comúnmente compartida era que no había más camino que el ajuste económico y social porque no en el mundo no hay alternativas al mercado y al liberalismo.
En segundo lugar, la progresiva marginalidad de la URSS para hacer sentir su peso en lo que se consideraba su tradicional glacis y que no era más que el reflejo de la debilidad interna soviética, falta del relanzamiento económico, carente de cohesión social y amenazada por la fragmentación política.
 
Evidentemente, las transiciones democráticas fueron factibles en los países centroeuropeos con sus acelerados e incruentos ritmos gracias a la falta de oposición por parte de Moscú ante los movimientos claramente renovadores así como al abandono de los políticos y dirigentes comunistas hasta hacía bien poco amigos íntimos de los planificadores del Kremlin. Pero que Gorbachov estuviera actuando conforme a un plan sobre el futuro de sus aliados, claramente definido, parece poco probable como puede parece indicar el tímido apoyo a las reformas en Hungría y Polonia antes del verano de 1989 y las veladas críticas compensadas con relativos apoyos a los dirigentes checoslovacos a finales del mismo año.
 
Que hubiese sido capaz de doblegar las voluntades de las gentes, tampoco parece probable. Una salida a lo Tiannamen hubiese acabado en la condena internacional y con las posibilidades de ayuda occidental a su política de reformas. Praga no es Pekin. Ni tampoco parece sensato pensar que hubiese gozado de la capacidad real para imponer una vuelta atrás en centroeuropa. Gorbachov, tras 4 años al frente de la URSS, se encontraba sumido en un mar de profundos problemas, incapaz de optar por las medidas económicas necesarias para hacer que la perestroika diera más frutos que el hambre para su población.
 
Es más, sintiendo el resurgir del independentismo y las fuerzas nacionalistas en el seno de la URSS, el centro de atención de Gorbachov sería durante 1989 y los primeros meses de 1990, el mantenerse en el poder, incrementando sus resortes para la ejecución de su política, incluso a costa de tener que buscar un complejo equilibrio entre neo-andropovitas (partidarios de las reformas pero dentro de las estructuras soviéticas), radicales (descontentos con el languidecer del proceso reformador), comunistas nacionales e independentistas. La URSS de Gorbachov se encontraba al borde del colapso económico y todo parecía augurar a finales de 1989 que se encaminaba a su fragmentación política.
En tercer lugar, el resurgir de una Alemania unida cuyos fantasmas se verían avivados tanto en la URSS como en los aliados occidentales, especialmente tras las ambigüedades de la campaña electoral de 1990, en la que la idea de una Gran Alemania (que recuperase sus territorios cedidos a Polonia, incorporara los Sudetes y ejerciera un estrecho protectorado sobre Austria), tuvo su influencia.
 
Productos de las tácticas electorales o no, lo cierto es que una Alemania unida significaba una inmediata reestructuración de la distribución de poder en Europa. Por un lado sus recursos humanos, industriales y agrícolas, su economía exportadora, así como su poderío militar, le confieren un potencial papel hegemónico en la zona, ampliando enormenente la esfera de influencia germana, desde el Báltico al Adriático. Por otro, el mero hecho de la reunificación exige una alteración de la participación alemana en las instituciones europeas, acorde con su potencia agregada.
 
El impacto de la transformación política sobre el mapa militar sería inmediato y se dejaría sentir tanto en el Este como en la Europa aliada:
En primer lugar, la ruptura del bloque soviético tendría como consecuencia la desaparición del Pacto de Varsovia. En primer término de forma operativa, al retomar el mando de sus tropas las distintas autoridades civiles y no comunistas que las urnas daban en los países centroeuropeos, pero, sobre todo, con la aceptación por parte de Moscú de la retirada de todos sus efectivos desplegados de forma avanzada (con la excepción de las guarniciones en la ex-RDA, que podrán permanecer ahí hasta finales de 1994); finalmente, de manera formal al sellar diplomáticamente su defunción el 1º de abril de 1991.
En segundo lugar, el clima de entendimiento reinante entre el mundo occidental y la URSS permitió el avance serio de las negociaciones sobre desarme convencional en la Europa del Atlántico a los Urales que tenían lugar en Viena bajo las siglas CFE. Con la firma en París, en noviembre de 1990, de dicho acuerdo, la URSS aceptaba reducir asimétricamente su volumen de fuerzas, admitiendo la paridad cuantitativa con los países de la OTAN, en niveles entre un 15 y un 20% más bajos que los poseídos por los países de la Alianza en ese momento. Esto es, la alta densidad de fuerzas en Europa comenzaba a rebajarse sustancialmente.
En tercer lugar, fuera del Pacto de Varsovia, los centroeuropeos iniciaron simultáneamente, aunque de manera descoordinada, un proceso unilateral de desarme que les permitiera reducir sus gastos militares y trasvasar los ahorros a los gastos civiles. Igualmente, se iniciaba la reestructuración de sus fuerzas acordes con las percepciones nacionales de amenazas a su seguridad.
En cuarto lugar, al difuminarse la amenaza de un ataque sorpresa por parte de Moscú contra la Europa occidental, y al ganarse un espacio de seguridad y un tiempo de alerta significativos, la OTAN comenzaría la revisión de su estrategia militar así como la naturaleza de su compromiso político. Así, la "defensa avanzada" que tras la reunificación alemana era, de hecho, defensa de retaguardia, tenía que ser abandonada. El estado de preparación y disponibilidad de las tropas de primera línea podía relajarse. El rol concedido a las armas nucleares tácticas perdía, igualmente, importancia.
 
De esa forma, la OTAN, reaccionando a los cambios en el Este y en la URSS, revisaba prudentemente gran parte de su dispositivo militar, favoreciendo una alianza de carácter más político. La reciente declaración de desarme unilateral hecha por el presidente Bush no es sino la culminación de ese proceso de adaptación aliado a las nuevas realidades.
Por último, intentando obtener el máximo beneficio de eso que se conoce como "los dividendos de la paz", la mayoría de los países occidentales emprendieron una revisión de sus modelos de fuerzas armadas, así como del nivel del esfuerzo presupuestario en materia de defensa. El resultado son fuertes reducciones unilaterales de efectivos unidas a recortes sustanciales del gasto militar, muy por encima de las cotas establecidas en las CFE de Viena. Este proceso se desarrolla de manera unilateral, independiente y descoordinada, y las más de las veces en contradicción con cuanto se dice en la Alianza Atlántica. Se prima lo nacional.
 
Los determinantes de un nuevo orden
 
En diciembre de 1989, el Secretario de Estado norteamericano, James Baker, hablando en el Club Internacional de Prensa de Berlín, popularizaría el concepto de "nueva arquitectura europea". Para él, el final de la guerra fría abría enormes posibilidades para las relaciones políticas en el Viejo Continente, que se prometían pacíficas e irreversiblemente cooperativas. Los principales elementos que permitían ser optimistas eran:
 
En primer lugar, la democratización y occidentalización de los países centroeuropeos, a medida que iniciaban su descomunistización.
Segundo, la aparente marcha de la Unión Soviética en la dirección de reemplazar su sistema de economía centralizada por uno de libre mercado, en el que prevalecieran los elementos liberales.
Tercero, la decidida meta comunitaria, simbolizada en el año 1992, de avanzar hacia una mayor integración económica y política entre los 12.
Cuarto, la creciente cooperación en materia de defensa realizada por los europeos, especialmente en el seno de la Unión Europea occidental (UEO), reactivada desde mitad de los 80.
Quinto, la revitalización de instituciones de alcance continental, tales como el Consejo de Europa.
Sexto, las promesas de que la CSCE pudiera convertirse en un órgano eficaz para la resolución pacífica de controversias y garante de la estabilidad en Europa.
A menos de dos años de distancia, la nueva arquitectura sigue sin concretarse. Es verdad que durante 1990, se celebró a bombo y platillo la firma de la Nueva Carta de Europa, texto emanado de la CSCE, pero distintos retos internos y externos revelarían dramáticamente la debilidad de los cimientos sobre los que edificar un nuevo sistema de seguridad para los europeos.
 
En primer lugar, la ruptura de la bipolaridad ha conllevado una difusión del poder con dos consecuencias inmediatas: por un lado, el incremento del número de actores ( viejos y nuevos estados) y, por otro, la creciente obsolescencia del concepto Europa occidental en beneficio de una Europa expandida, aunque de fronteras aún confusas. En cualquier caso, el resultado está siendo una creciente complejidad a la hora de gestionar los asuntos "europeos".
 
En segundo lugar, la distribución del poder relativo entre los Estados está dando paso a una nueva jerarquía. Desgraciadamente no puede confiarse que este proceso se desarrolle de forma libre de espasmos, ni que el resultado sea aceptable para todos. Los centros dirigentes tradicionales disminuyen su papel, sobre todo la Unión Soviética, cuyo futuro hoy en día, incluso tras el frustrado golpe de estado del pasado agosto, continúa plagado de interrogantes. Por un lado, el proceso de redefinición de sus fronteras no ha acabado aún, puesto que los independentismos no concluyen con los países bálticos; por otro, el papel que se le va a conceder al centro frente a la asociación libre de repúblicas está por determinar. Pero parece que, sea cual sea el resultado, la URSS que conocíamos no la vamos a volver a ver más y que cada vez será más débil.
 
Por otra parte, una Alemania más decidida y firme en su política europea e internacional, que no se sienta constreñida por los compromisos que anteriores generaciones de líderes políticas habían admitido, podría reavivar los tradicionales miedos en cancillerías de la Europa occidental y en capitales de centroeuropa, así como también en lo que quedase de la Unión Soviética. Hoy por hoy, el gobierno de Bonn reafirma sus compromisos tanto hacia la OTAN como hacia la CE, pero cada vez con menos credibilidad.
 
En tercer lugar, las fuerzas residuales que conserven las nuevas entidades -o las viejas tras cumplir con los límites impuestos por los tratados de desarme- seguirán siendo altamente significativas, pudiendo agudizar inestabilidades. Esto es particularmente apropiado para el arsenal nuclear soviético, sobre todo, si la URSS avanza hacia una mayor fragmentación, puesto que eso podría resultar, de hecho, en una proliferación de las capacidades nucleares. Es más, en la medida en que el sistema de control de la decisión nuclear en la URSS se ha basado en la fidelidad política más que en mecanismos externos, el temor a que comandantes de campo pudiesen utilizar el armamento nuclear táctico, si así lo desearan, no es descabellado.
 
En cuarto lugar, la despresurización política producida por el retraimiento de la presencia y el poder de las dos superpotencias, ha abierto la puerta a la aparición de conflictos étnicos-nacionales que minan la estabilidad doblemente. Por una parte, buscando realocaciones o derechos especiales para las minorías nacionales que residen en territorios de otros; por otra, en el rechazo de las fronteras existentes y los distintos intentos por revisarlas, pacífica o violentamente. Peticiones como la alemana de que sus minorías en la URSS sean trasladadas a la frontera occidental polaca son un peligro de futuro para el frágil status quo alcanzado en esa región. Situaciones como las que se producen en Armenia y Azerbaian, en la Unión Soviética, amenazan con convertirse en endémicas, libanizando la región y volviendo imposible la paz allí. El conflicto en Yugoslavia alcanza un nivel de violencia que la intervención de otros países ajenos a la región se vuelve más y más probable.
 
En quinto lugar, frustraciones de las poblaciones de las nuevas democracias derivadas por los costosos procesos de ajuste a la economía de mercado, pueden trocar el descontento actual en fuertes sacudidas que desestabilicen sus propios sistemas políticos, todavía muy endebles y carentes de una tradición. Acontecimientos como los rumanos podrían extenderse a otras naciones, creando una zona altamente volátil.
En el plano externo, los europeos -Europa- va a sufrir la presión de diversos fenómenos, justo en un momento en el que su dependencia de materias estratégicas no europeas aumenta:
 
Primero, la periferización de sus riesgos militares. El Frente Central es ya un concepto digno de la arqueología del saber, mientras que los flancos se alzan como zonas de nuevos peligros, aunque con pocas características en común. Particularmente, el Mediterráneo será un área de mayor atención. Sin embargo, lo que es especialmente evidente para los ribereños no lo es tanto para los centroeuropeos, preocupados con la evolución de la URSS, lo que potencialmente aumenta las divergencias sobre las prioridades políticas.
 
Segundo, la imparable proliferación de sistemas de destrucción masiva y convencionales de alta sofisticación, convierte a buena parte del Tercer Mundo en una seria amenaza militar para los países occidentales, quienes no sólo verán disminuir relativamente su poder militar, sino también su deseo de utilizarlo.
 
Tercero, la incapacidad para desarrollar sus sociedades, está generando en muchos países flujos migratorios hacia los tradicionales focos de riqueza (los países europeos de la CE) que no tienen visos de disminuir, sino todo lo contrario, con la posible dislocación del equilibrio social de los países receptores. Los europeos se encuentran sometidos a la doble presión de las personas que abandonan el Este y de las masas de emigrantes del norte de Africa, que no dejan de incrementarse año tras año. Es más, una vez asentados en sus nuevas ciudades, gran parte de la emigración se resiste a la asimilación, generando bolsas autóctonas de creciente importancia, tanto por su número como por sus negativas implicaciones sociales.
 
Finalmente, y en la medida en que la guerra tradicional, conducida por los gobiernos y ejecutadas por los ejércitos, está dando paso a una clase de conflicto más difuso, en el que los grupos sociales, amalgamados por diversas creencias, juegan un papel notable, es previsible un aumento del terrorismo, tanto autóctono como internacional.
 
En fin, a resguardo de inestabilidades y conflictos en su continente, los europeos han podido desarrollar un complejo mundo institucional así como un movimiento hacia la integración mutua, tanto económica como política.
El nuevo clima en Europa tras el final de la guerra fría, permitiría pensar que dicho camino hacia la unidad resultaría ahora más suave y fácil. Es más, podría argüirse que es justo ahora cuando más necesaria es esa Europa unida, capaz de hacer frente a sus responsabilidades internacional y a los retos del mundo del mañana.
 
Sin embargo, no siempre las necesidades encuentran los mecanismos para ser satisfechas. En pleno 1991, puede defenderse que la bipolaridad sirvió como invernadero para la integración de los europeos occidentales, pero su fin, sin eliminar los deseos de una única Europa, vuelve más difícil el proceso. El cúmulo de problemas que se abren ante los europeos, de tan diversa naturaleza y con tan heterogéneas influencias e impactos, en lugar de presionar para una mayor cohesión, también aumentan las presiones para que cada país adopte según sus criterios, ritmos e intereses, las medidas que considere necesarias, al margen de cuanto puedan hacer los demás.
 
Es verdad, todavía nadie se atreve a denunciar las estructuras multinacionales y comunitarias, entre otras cosas porque, seguramente, todos saquen algo positivo de su mantenimiento. Pero no es menos cierto que los signos apuntan a que todos, a su vez, se preparan para aceptar la desaparición de las mismas.
 
En ese sentido, la posibilidad de que se avance hacia una mayor y más profunda integración entre los 12, con una posterior ampliación, o que, por el contrario, se retroceda a una fragmentación y a una tradicional política de poder y de equilibrios coyunturales, son igualmente imaginables.
 
¿El triunfo de la integración?
 
Hoy por hoy, el único motor que permita la construcción de una Europa más estable, es la CE y su proyecto de una mayor y más profunda integración.
 
Dos grupos de condiciones parecen necesarios para que la CE se convierta en el corazón de una nueva Europa. Por un lado, aquéllos relacionados directamente con el continente como un todo, a saber, unas relaciones de creciente cooperación con la URSS, y una creciente interdependencia con los países centroeuropeos; por otro lado, factores internos a los propios países comunitarios, tales como el ajuste ante los nuevos poderes, la expansión y el logro de las metas ya fijadas para la integración en los tiempos previstos.
En la actualidad, tres parecen ser las alternativas abiertas para el futuro de la integración de la CE: por un lado, la constitución de un polo de atracción en torno a Francia; en segundo lugar, una CE dominada por Alemania; finalmente, una CE reconstituida sobre instituciones democráticas y fuertes, capaces de disolver cualquier hegemonía nacional.
Efectivamente, dos han sido los actores esenciales que han impulsado las decisiones para lograr dichas metas, Francia y la RFA. Sin embargo, esos actores se encuentran en la actualidad en un momento de transición de sus relaciones, transición que está condicionando toda la vida comunitaria. Así, Francia ve ahora en la emergente Alemania unida no sólo una ayuda para la integración, sino un peligro para los objetivos del liderazgo francés en dicho proceso y en la nueva Europa. De hecho, en los últimos años, a pesar de la entrada de España y Portugal, la importancia de la RFA era notablemente creciente, en la dirección de ajustar su poder político e institucional al económico.
Francia se encuentra así en la exigencia de buscar apoyos con los que compensar el poder de Alemania. Y esta necesidad perentoria marca tanto las posibilidades de ampliación de la CE como las de su profundización. Por un lado, Francia puede intentar contar con otros países comunitarios, pero Italia sufre de debilidad política crónica, España de peso económico y político específico, y el Reino Unido de decidida voluntad política europeísta.
 
Otro camino para Francia es buscar sus apoyos mediante la ampliación a nuevos Estados. No obstante, no todos los países deseables como balancines desean entrar hoy en la Comunidad y los más deseosos de integrarse (los centroeuropeos), no cuentan con peso suficiente como para inclinar la balanza comunitaria a favor de Francia.
Es más, queda por ver que muchos de los 12 quieran sentirse liderados por París.
Una segunda vía alternativa de organizar la vida de los 12, reside en la admisión del nuevo potencial alemán y su reconocimiento como potencia hegemónica, capaz de gestionar eficientemente el destino económico y político comunitario. Para algunos sería una opción deseable o mejor que ninguna. Sin embargo, al menos dos problemas la vuelven problemática: en primer lugar, es dudoso que Alemania acumule el poderío suficiente para actuar como hegemón de los 12 (hoy disfruta del 25% del PNB de la CE; con la ex-RDA, suma entre un 5 y 7%; en el mañana aún podría aumentar quizá hasta un 35-40% de la Comunidad, pero no más). En segundo lugar, la perspectiva histórica de Alemania, contribuye a alimentar resistencias que hagan dificultoso su liderazgo.
 
Ahora bien, sin alianzas de otros miembros que contrapesen su auge, la vía alemana a la integración se hace inevitable. Salvo que los 12, incluyendo a la propia Alemania, confíen su suerte a instituciones más fuertes, trasvasando mayores competencias a las autoridades supranacionales. También se haría necesaria la democratización del proceso de decisión comunitario, otorgando al Parlamento auténticos poderes.
 
Un elemento clave en el proceso de integración comunitario ha sido la fijación de un objetivo-fuerza en torno al 92, el mercado único y la lógica unidad monetaria, como precondiciones para la unión política. Estos objetivos son para algunos más importantes que nunca, ya que se han convertido en el auténtico salto adelante para construir una Comunidad fuerte. Sin embargo, a medida que se acercan las fechas, continuas divergencias se hacen presentes. Diferencias sobre ritmos y metas políticas obligan a pensar en una Europa subdivida regionalmente con distintas velocidades. O si se prefiere, una CE de círculos concéntricos.
 
Que una Europa subdiferenciada contribuya a la creación de un mundo institucional capaz de resistir la ascendencia de Alemania es, hoy por hoy, dudoso.
 
Además, los problemas internos de la CE se traducen a su vez en su actuación exterior. Los 12 están todavía muy lejos de llegar a una política exterior y de seguridad común, tal y como la experiencia del Golfo, o la más cercana de Yugoslavia, evidencian. La falta de cohesión ante los acontecimientos externos lejos de reforzar la cohesión interna parece, por el contrario, agudizar las contradicciones en lo tocante a las decisiones de los 12 para la marcha de su integración económica, lo que, igualmente, como un círculo vicioso, alimenta mayores diferencias externas.
 
¿Europa fragmentada?
 
La posibilidad de que bajo el empuje de los acontecimientos históricos, el proceso de integración de la CE se vea detenido y con él, la unidad de Europa, puede llegar a realizarse. Primeramente en tanto que fragmentación parcial de las políticas de unificación y, en su caso extremo, a través de una completa renacionalización de las políticas de cada uno de los principales actores.
 
Las condiciones para que esto ocurra son, primeramente, una progresiva desvinculación tanto por parte de los EEUU como de la URSS de los acontecimientos en el continente europeo. Mientras que el peso de la URSS se ve ya reducido dado su colapso interno, la pérdida de la imagen de la URSS como una amenaza para la seguridad, en los EEUU, puede contribuir a esta situación, provocando una retirada americana de Europa y el desplazamiento de su centro de interés a otras áreas.
 
Igualmente se necesitaría una caída del miedo europeo a la Unión Soviética, puesto que cualquier atisbo de rivalidad con la URSS, supondría reavivar la necesidad de una defensa común contra el posible agresor, aunando los esfuerzos y conteniendo, así, la erosión de las relaciones entre los propios europeos.
 
La fragmentación podría suceder, paradójicamente, mientras se incrementan los niveles de interdependencia económica, no tanto entre los europeos, cuanto con los EEUU y la URSS, particularmente con ésta, ya que el punto de partida es muy bajo si no cero, en muchos casos.
En cualquier caso, el resultado, globalmente hablando, sería una Europa muy débil, de hecho inexistente en tanto que tal, pero con actores importantes y poderosos.
Dos pueden ser los desencadenantes de este proceso de renacionalización: por un lado, el miedo a Alemania; por otro, la imposibilidad de dar respuestas a los múltiples problemas conque se enfrentan ahora los europeos.
 
Lo más lógico, es que el "problema alemán" resurgiera por diversas causas acumuladas. Ya estamos viviendo el temor al potencial económico de la Alemania unida y sus deseos de influir en sus alrededores. En el mañana, si Alemania disputase los territorios que le pertenecían en 1937, provocaría de nuevo el fantasma del III Reich. Ahora, dada las circunstancias políticas actuales, esta posibilidad (con la que, no obstante se jugó en las elecciones de 1990) parece remota. Por una parte, exigiría una transformación del mapa político alemán en favor de partidos nacionalistas o muy conservadores, como el Republicano, algo que, de momento, los electores no parecen desear; por otra, que no se creara una alianza de países con el objeto de disuadir a Alemania para que no llevara a cabo ningún expansionismo.
 
En cualquier caso, Alemania siempre puede optar por una penetración indirecta o transnacional, gracias a la exportación de capital, ayuda técnica o realojamientos de grupos germanos en zonas de interés, en un intento de diluir el problema de las fronteras, primando la idea de la unión de las regiones y pueblos.
 
En ambos casos, el resultado más plausible es una creciente parálisis de las instituciones colectivas que hoy conocemos, llevando a una progresiva fragmentación, en la que unos se situarían junto a la emergente Alemania, y otros en el bando opuesto, actuando de contrapeso.
 
Dada las circunstancias actuales, no obstante, el camino más sencillo para la desintegración de las estructuras europeas, es, simplemente, la incapacidad institucional para seguir la marcha de los acontecimientos. Cuando se producen respuestas, es siempre demasiado tarde, habiéndose solucionado el problema por otros medios, o transformado, o dado paso a otros mayores (el ejemplo de Yugoslavia y la pésima gestión occidental en sus comienzos, es una buena prueba de ello).
 
Las demandas puestas sobre Europa son inmensas: Alemania quiere su hegemonía en centroeuropa; Francia su liderazgo a través de la integración; los países mediterráneos un sistema subregional en el que puedan actuar como líderes; la URSS un sistema de ayuda y de seguridad colectiva del Atlántico a los Urales; los anglosajones un sistema CSCE que efectivamente funcione... Y todo ello, jalonado de sobresaltos por doquier.
 
La fragilidad de este mundo institucional, en el que la ruptura de un eslabón puede conducir al colapso de todo el entramado (particularmente si ese eslabón en Alemania o la URSS), ha tenido como resultado la emergencia de una corriente política de creciente importancia que podría ser definida de "neonacionalismo". Sobre todo en Francia, en donde personajes como Pasqua o Chevènement argumentan que Alemania será inexorablemente más fuerte en el futuro, y que su poder no podrá ser compensado en el seno de ninguna organización internacional. En consecuencia, mejor que cada uno (en su caso Francia) deje de ceder soberanía (que quedaría a merced del dominio Alemán) y que guarde su independencia tanto como pueda.
 
tros países, entre los que pudiera contarse España, comienzan a temer que si Europa se derrumba, sus escenarios estratégico-militares más probables (en el Norte de Africa) van a quedar desguarnecidos de la protección colectiva, en la que se confiaba, y que, por tanto, una vuelta a la planificación nacional tiene su sentido. Lo mismo ocurre con otros flancos.
En fin, no se trata tanto de que los actores encuentren más cosas positivas en la vuelta a los nacionalismos, cuanto que ven crecientes vulnerabilidades en sostener un proceso de integración y seguridad colectiva que va a terminar por colapsarse o imponerse contra los intereses de casi todos. Si eso ocurre, mejor que se esté preparado. Lo paradójico es que esta prudente actitud se puede convertir en una profecía que se autocumple, minando cualquier intento de mejorar la cooperación supranacional.
 
En cualquier caso, dependiendo de la actitud alemana, el futuro de la URSS, así como de los nacionalismos subestatales, esta fragmentación tomará forma de una manera desbocada y maligna, llevando a los países a competir por áreas de influencias, o bien se producirá de una manera benigna, en la que la competición se desarrolle de forma ordenada. Este nuevo concierto europeo podría, a su vez, tener diversas formas, dependiendo si se prima la relación bilateral o colectiva. No obstante, el punto de arranque actual bien podría ser la propia CSCE, que sirviera de amortiguador de las rivalidades así como de mecanismo de arbitraje. Al fin y al cabo, eso es lo que establece su recién votada Carta de Europa.


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