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La defensa española y el nuevo ambiente estratégico: las opciones de cambio
Archivo nº 1   |  11 de Septiembre de 1990
 

Testimonio de Rafael L. Bardají, director del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), ante la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados en su ponencia sobre el "modelo de las fuerzas armadas en conexión con el servicio militar".


Hombres y estrategia: La adaptación a los cambios
 
En esta intervención voy a intentar exponer y defender dos tesis que me parecen complementarias: La primera, que el debate sobre el modelo de reclutamiento, sobre si "mili" si o "mili" no, no debería realizarse al margen de consideraciones estratégicas, sino en íntima relación con los objetivos y requerimientos de nuestra defensa. En teoría, el proceso lógico de la planificación de la defensa comienza con la determinación de las amenazas a la seguridad de una nación (o de una alianza) y su concreción en escenarios de conflicto plausibles; a continuación, habiendo analizado cuál es la mejor estrategia con la que enfrentarse a dichas amenazas militares, se establece el nivel de fuerzas requerido para ejecutar la o las estrategias elegidas; en tercer lugar, se asignan unos recursos financieros para cada ejército de tal forma que cada uno pueda cumplir con su contribución a la estrategia global; finalmente, sólo tras haber establecido la estructura de fuerzas que se juzga adecuada, se plantea la necesidad de dotar las unidades y los sistemas de armas con el personal necesario.
 
Esto es, en contra de la práctica habitual de considerar el factor humano ya un input ya un constreñimiento de la defensa, habría que considerarlo, al menos en su determinación numérica, un subproducto del proceso de planificación estratégica. La pregunta lógica que cabría hacerse, por tanto, no es qué se puede hacer con los hombres que tenemos sino cuántos hombres se requieren para mantener el nivel de fuerzas necesarias para anular o hacer frente satisfactoriamente a las amenazas.
 
Por ello, aunque en la actualidad sean cuestiones candentes tanto la duración como la forma de prestación del servicio militar, el sistema como se recluta y el personal que se recluta no son cuestiones ajenas al tipo de fuerzas armadas de que dispone un país -los medios que en última instancia garantizan su soberanía e independencia- y, por tanto, la posibilidad del mantenimiento o del cambio del actual modelo de servicio militar universal y obligatorio imperante hoy en España tienen que ser juzgadas no sólo desde el punto de vista de su impacto en las fuerzas armadas que tenemos, sino, muy especialmente, de sus implicaciones para las fuerzas armadas que queremos poseer.
 
La segunda tesis que quiero defender: A pesar de su juventud y de estar aún en plena formación, el modelo de seguridad español tiene que ser revisado en profundidad, no sólo en lo que atañe a la modalidad del reclutamiento, sino a los objetivos de su política de defensa, la estructura de fuerzas y el gasto militar.
 
Las razones para ello son dos: en primer lugar, la modificación del clima de confrontación política entre el Este y Occidente. Las transformaciones políticas de 1989 en centroeuropa, así como el nuevo entendimiento entre los grandes, han tenido un impacto directo en los sistemas militares nacidos de la guerra fría. Las alianzas pierden su carácter militar, la negociación para el control de armamento se hace posible no sólo a nivel estratégico sino también convencional, y los países, incluso, avanzan en medidas unilaterales de desarme en una acelerada búsqueda de eso que se llama "los dividendos de la paz". Y todo ello justo cuando España se hallaba concretando su contribución militar en la OTAN, comenzaba a participar en la toma de decisiones de la UEO, cooperaba en misiones multilaterales de pacificación y proseguía con un proceso de modernización de sus ejércitos coherente con los objetivos estratégicos marcados por el gobierno.
 
Sin embargo, 1982, 1984, 1986 o cualquier otra fecha que se adopte como hito en la definición del actual modelo de seguridad español es, a la luz de los acontecimientos de 1989, una fecha "prehistórica", si se me permite la expresión. Cualquier política de defensa pre-1989 respondía a una realidad muy distinta, de requerimientos militares absolutamente diversos, originados y perpetuados desde los años 40 y que hoy, en gran medida, ya no tienen sentido. Sin embargo, el nuevo Plan Estratégico Conjunto aprobado por el Gobierno el pasado mes de julio no ha sido capaz de incorporar aparentemente ninguna de las tendencias de cambio que se están consolidando en Europa, apuntalando objetivos, distribución de misiones y recursos ya fijados en anteriores PECs. Desde mi punto de vista, y aprovechando precisamente la actualidad del debate sobre el servicio militar obligatorio, es una necesidad urgente que analistas, miembros de las Fuerzas Armadas, el Parlamento y el Gobierno repiensen de verdad qué defensa para la España de los 90 y más allá, en el contexto de las nuevas relaciones Este/Oeste y con el horizonte de los posibles requerimientos ante nuevos riesgos mundiales, así como ante las amenazas específicamente nacionales.
 
La segunda razón responde a circunstancias estrictamente internas de nuestro país pero de repercusiones mucho más amplias: Hoy por hoy, puede que la "mili" sea una de las amenazas más grave para la propia seguridad de España. Ninguna nación se defiende si su población no muestra la voluntad para ello, se tenga un ejército de conscriptos o profesional. Igualmente, ningún ejército saldrá exitoso de un conflicto si no se beneficia de una tropa con moral de combate. Desgraciadamente en España difícilmente se cumple alguna de esas dos condiciones. Las diversas y negativas declaraciones de reclutas a comienzos, mediados y finales de su servicio militar sobre su disposición personal para desplazarse al Golfo, llegado el caso, pueden que se juzguen artificialmente desmesuradas en su contenido y acientíficas en su método de recolección, pero me temo que no hacen sino ahondar en la pésima valoración que los jóvenes han venido reiteradamente mostrando sobre el servicio militar, su obligatoriedad y sus condiciones de prestación, en los últimos años.
 
Es más, quizá lo más grave, sean sus repercusiones inmediatas: por un lado, la caída de la moral durante el período de servicio militar de los reclutas incide de manera obvia en la propia moral de los mandos quienes se encuentran, de hecho, ante dos tipos de unidades: las de voluntariado especial y el resto, con menor disponibilidad y efectividad y escasa -por no decir nula- motivación. En segundo lugar, el rechazo juvenil a la "mili" enrarece la relación de las Fuerzas Armadas con su sociedad, culpabilizándolas de algo que en realidad no son responsables, y estigmatizando la función defensa del Estado así como la porción de los gastos generales dedicados a la misma.
 
Desde esta perspectiva, el problema estriba en conseguir una aceptación mayoritaria no de la "mili" en sí, sino de los ejércitos y de la defensa. Y eso, hoy por hoy, yo al menos así estoy convencido, sólo puede lograrse gracias a un cambio total en la obtención de personal adecuado para las FAS, pasando de un servicio militar obligatorio a uno voluntario y, en última instancia, a unos ejércitos de profesionales.
 
Se trata, sin duda, de una proposición radical, aunque no tanto como a veces suele decirse. Tenemos que ser conscientes de que un nuevo sistema de "mili" es, en realidad, un nuevo sistema para el Ejército de Tierra, quien más se ve afectado ahora por esa crisis juvenil y social y quien más se vería implicado en el cambio, puesto que Marina y Aire se nutren ya de un número considerable de voluntarios. De todas formas, reconozco que sería un paso no sólo difícil de tomar -dado el carácter marcadamente ideológico que ha tomado la polémica- sino de realizar. Es más, estoy convencido de que, en lo que toca a la defensa, cualquier alteración radical puede resultar muy negativa y por eso debería ser bien estudiada y debatida.
 
Dado que ante ustedes desfilarán personas que podrán hablarles desde una perspectiva interna así como de la opinión pública, los jóvenes y el servicio militar, y dado que mi especialidad son los estudios estratégicos, en mi exposición subsiguiente me centraré, sobre todo, en las implicaciones del nuevo escenario internacional en las estructuras de fuerzas en Europa y su posible repercusión para los ejércitos españoles. No obstante, al final de la misma retomaré algunos puntos del ambiente interno español cuando avance las opciones de cambio pertinentes según mi análisis.
 
El emergente mapa militar en Europa
 
Los esfuerzos militares de los aliados occidentales desde finales de los años 40 han estado causados por la necesidad de contrarrestar una amenaza soviética claramente percibida. A su vez, el rígido sistema que ha enfrentado militarmente a la Alianza Atlántica y al Pacto de Varsovia no ha sido sino la expresión de la profunda división política del continente europeo surgida tras la II Guerra Mundial y la política expansionista soviética. Ahora bien, la modificación del enfrentamiento político entre los bloques en un nuevo clima de distensión, normalización y entendimiento, no puede sino tener su corolario en la transformación de sus respectivos sistemas militares, como se esta viendo.
 
La primera gran novedad puede que sea la desaparición del Pacto de Varsovia como organización militar bajo el control operativo de Moscú. El Pacto era una organización muy desigual tanto en su composición como en su cadena de mando, semejándose más a un sistema de dominación soviética que a una verdadera alianza. De hecho, la contribución militar activa de los países centroeuropeos no superaba el 20% del total, correspondiéndole el 80% restante a la URSS. La contribución pasiva, sin embargo, parecía más importante, en la medida que esos países eran receptores de un gran número de unidades del Ejército Rojo que no sólo albergaban en su suelo, sino que contribuían a mantener. Por otro lado, los países satélites de Moscú estaban excluidos en tiempo de paz tanto de la planificación estratégica como de los puestos claves de mando. Es más, en tiempo de crisis o guerra, acuerdos secretos de la URSS con cada uno de los miembros del Pacto garantizaban que fuese el Alto Mando soviético quien tuvieran el mando y el control operativo de todas las unidades, fuesen soviéticas o no.
 
La garantía última de esta subordinación militar a Moscú estribaba, evidentemente, en los gobiernos de los distintos partidos comunistas y su abdicación ante el PCUS. 1989, con el colapso del comunismo en los países de centroeuropa, quiebra esa garantía última. Dos son los factores que apuntan a una disolución de hecho de la Organización del Tratado de Varsovia: En primer lugar, la reducción paulatina y final desaparición de tropas soviéticas en suelo de estos países, lo que no sólo obliga a modificar la planificación del Kremlin sino que, además, distancia operativamente a los ejércitos del Pacto. En segundo lugar, los nuevos gobiernos democráticamente elegidos han adoptado una política de eliminar los controles ideológicos impuestos por los partidos comunistas sobre las fuerzas armadas, que les daban de hecho un gran poder, y subordinar los ejércitos a los parlamentos, estableciendo una clara línea de responsabilidad política ante las autoridades nacionales, lo que no puede conducir más que a la progresiva nacionalización de las políticas de defensa de los antiguos países "del Este", a una creciente divergencia en la percepción de amenaza, que no podrá ser impuesta más por Moscú, y a una reestructuración de fuerzas coherente con esta nueva visión nacional. De hecho, todos estos países han iniciado una senda de reducciones de sus fuerzas y de sus presupuestos de defensa de una manera absolutamente descoordinada y sobre criterios exclusivamente nacionales.
 
Junto al súbito desmoronamiento del Pacto de Varsovia, es innegable que estamos observando una disminución importante de la amenaza convencional soviética sobre Europa. Debido a diversas razones y expresándose en distintas fases. En primer lugar por una reducción cuantitativa de los efectivos. Unilateralmente, Mijail Gorbachov anunció en diciembre de 1988 ante las Naciones Unidas un plan de recortes sustanciales de tropas (un 10% global) y del gasto militar de la URSS (un 14'2%) que sería ejecutado antes de finalizar 1991. A un año de cumplirse este límite temporal, no sólo se han conducido los recortes anunciado, sino que se plantean la salida de todas las tropas soviéticas de Hungría y Checoslovaquia para esa misma fecha, posteriormente de Polonia y a medio plazo de la, hasta ahora, RDA.
 
Igualmente, las negociaciones CFE que tienen lugar en Viena desde marzo de 1989 entre los 16 miembros de la OTAN y los 7 del Pacto persiguen una reducción de los efectivos en la Europa del Atlántico a los Urales de tal suerte que se logren eliminar las disparidades numéricas que hoy existen entre la Alianza y el Pacto, lo que ahonda en esa tendencia a la disminución de la amenaza soviética.
 
No obstante, incluso tras conseguir un acuerdo CFE, la URSS seguirá siendo la superpotencia convencional en Europa por excelencia, al menos en términos cuantitativos. Si la URSS remodelara sus fuerzas en la dirección que el Alto Mando soviético ha estado experimentando en años pasados (cuerpos unificados, divisiones acorazadas "aligeradas", mayor blindaje sobre ruedas y mayor transporte de personal blindado y de combate...) parece claro que las reducciones numéricas no afectarían a las capacidades bélicas de las unidades. Bien al contrario, ganarían en flexibilidad, movilidad y apoyo logístico sin perder potencia de fuego.
 
Sin embargo, dada la descomposición del poder central que hoy se vive en la URSS resulta difícilmente imaginable esa reestructuración militar en la URSS. No siendo impensable si las circunstancias internas cambiasen, sí parece poco probable a corto plazo bajo la política de Gorbachov. Es más, aunque los militares soviéticos no perdiesen el papel del que han disfrutado en las decisiones y en la política moscovita, la amenaza convencional de la URSS también se ha visto disminuir en términos cualitativos. Uno de los aspectos militares más desestabilizadores hasta el año pasado era el despliegue avanzado, a pocos kilómetros de las fronteras occidentales, de las mejores tropas de combate soviéticas -mejores tanto en entrenamiento, como en dotación y en disponibilidad- que otorgaba al Pacto ( o a sus unidades soviéticas) la capacidad de lanzar un ataque sorpresa con escaso o nulo tiempo de preparación. Pues bien, aún suponiendo el mismo nivel de preparación y disponibilidad, el factor fundamental hoy reside en la distancia que esas divisiones tendrían que recorrer hasta llegar a la zona de contacto. Una vez retiradas de los países centroeuropeos, la URSS ha perdido la opción de la sorpresa. Cualquier ataque a gran escala requeriría de una movilización y preparación que se complicaría con la necesidad de atravesar territorios que, lejos de ser aliados, posiblemente opusieran algún tipo de resistencia, posiblemente armada.
 
Las implicaciones militares más inmediatas para los aliados occidentales tanto de la desaparición práctica del Pacto como de la disminución de la amenaza convencional soviética son, en primer lugar, disponer de un plazo de tiempo de alerta ante una agresión mucho más dilatado que antes (el mando supremo OTAN en Europa jugaba con un preaviso de 48 horas, mientras que ya habla de dos meses y otros analistas norteamericanos todavía alargan más ese tiempo); en segundo lugar, y por derivación, la posibilidad de reducir las unidades de cobertura, en activo y desplegadas en el Frente Central, y hacer reposar la defensa más y más sobre fuerzas en reserva, la regeneración de unidades en cuadro y fuerzas de despliegue rápido, basadas en suelo nacional pero capaces de ser reintroducidas en centroeuropa o desplegadas en zonas de crisis de forma rápida.
 
En cualquier caso, dos son los fenómenos que se aprecian ya en el seno de la OTAN: en primer lugar, la reducción de las fuerzas en presencia en centroeuropa y de las unidades en activo en la mayoría de los países miembros; en segundo lugar, una progresiva tendencia a la reducción de los presupuestos dedicados a la defensa.
 
La primera medida de reducción de efectivos viene marcada por las conversaciones CFE de Viena que establecen unos techos máximos para cinco sistemas de armas (carros de combate, blindados de personal y de combate, piezas de artillería, helicópteros de combate y cazas) y, por derivación, del personal que los atiende y usa. Los recortes a conducir por los aliados occidentales en esta etapa no son muy importantes y varían según las zonas geográficas establecidas, pero las posibilidades de proseguir con unas CFE bis o CFE II son muy altas y se habla de la viabilidad de reducir entonces los efectivos en un 50% respecto a los niveles actuales.
 
Ya por esta posibilidad, ya por la constante presión de la opinión pública, ya por la necesidad financiera de aprovechar "los dividendos de la paz", el hecho es que los Estados miembros de la OTAN están adoptando medidas unilaterales que ahondan en esta doble tendencia ya apuntada de menos hombres y menor gasto.
 
Así, por ejemplo, en el Reino Unido se ha venido produciendo desde comienzos de 1990 una revisión de los postulados esenciales de su defensa, por un lado en el seno del Ministerio de Defensa donde se ha conducido un estudio titulado "Opciones para el Cambio" y, por otro, en el Parlamento, donde se produjo en julio de 1990 el informe "Las implicaciones de los acontecimientos recientes para la defensa". El Gobierno ha hecho público finalmente ante la Cámara de los Comunes, el 25 pasado de Julio, un plan de reestructuración militar en el que, básicamente, se prevén los siguientes cambios: En primer lugar, una reducción de la fuerza aérea estratégica de tres escuadrones; en segundo lugar, el recorte de las fuerzas asignadas al BAOR y la defensa del continente europeo: de cuatro a dos divisiones, de 18 a once escuadrones de aviones, así como la mitad de sus bases aéreas en la RFA; en tercer lugar, la reducción de las fuerzas navales aproximadamente en 11 submarinos de ataque, 10 destructores y fragatas y un 15% de los aparatos de reconocimiento y guerra antisubmarina; finalmente, esta nueva estructura de fuerzas se traduciría a su vez en recortes notables de personal en todos los servicios: la Armada pasaría de 63 mil a 60 mil, el Ejército de 160 mil a 120 mil, la RFA de 89 mil a 75 mil y los civiles empleados por defensa de 141 mil a 120 mil.
 
En la RFA, el plan de modernización "Ejército 2000" en el que ya se preveían serias disminuciones de personal, ha sido alterado por el doble fenómeno de la reducción de la amenaza soviética y la absorción de la RDA. Si bien en principio la voluntad política parece ser la de mantener el gasto militar cercano a los niveles actuales, todo parece indicar que los efectivos van a reducirse notablemente, tal vez pasando de los 390 mil hombres de la Bundeswehr según el plan citado más arriba a unos 250 mil. Igualmente, los costes de la unificación apuntan a una gran presión financiera para transferir dineros de la defensa a la modernización económica y social de la antigua RDA.
 
En otros países europeos este fenómeno se manifiesta primero, intentando ahorrar en partidas que ya no se estiman necesarias, muy particularmente despliegues en suelo de la RFA, como pueda ser el caso belga; después en ahorro directo al eliminar unidades, como es el caso italiano donde se habla de reducir las brigadas desplegadas en el norte y cuya justificación era la defensa contra un ataque soviético a través de Austria y Yugoslavia; en tercer lugar, rebajando el gasto a expensas de ralentizar la producción de nuevos sistemas de armas, especializando las unidades y priorizando unas fuerzas sobre otras, como es el caso del nuevo presupuesto de defensa galo que ha caído casi un punto para situarse en torno al 3'2% del PNB y que parece apuntar a reducciones aún mayores del recién aprobado el año pasado plan "Armées 2000" y en el que ya se preveía una reestructuración del Ejército de Tierra, que veía reducir su fuerza en dos divisiones y 35 mil hombres.
 
Pero tal vez el caso paradigmático sea el de los EEUU donde se ha producido a la vez una reevaluación estratégica de las tareas de las fuerzas armadas en el mundo de la "postguerra fría" y una reevaluación del esfuerzo económico destinado a la seguridad básicamente motivado por el déficit federal del gobierno. Así, desde la primavera se viene sucediendo la elaboración y revisión de informes por cada rama de las fuerzas armadas cuyo destino ha sido la elaboración de un borrador para el "Program Objective Memoranda for 1992-1997" del Pentágono. Sin haberse tomado todavía una resolución oficial sobre el mismo y siendo los detalles material clasificado, el plan establece: primero, una caída del 2% anual , en términos reales, del presupuesto de defensa; en segundo lugar una reducción del 25% del personal militar, que pasaría de contar con algo más de dos millones a uno y medio; en tercer lugar, una reducción de las unidades: de 18 a 12 divisiones para el Ejército, 180 mil marines en lugar de los 196 actuales, y un recorte de 12 alas tácticas, pasando a contar con sólo 25. Igualmente, la marina perdería al menos 2 grupos de combate y vería reducir sus misiles de cruceros en casi un tercio, así como dilatar la entrega del nuevo submarino de ataque. a su vez, el pentágono piensa terminar o cancelar unos 34 sistemas de armas en producción o en desarrollo. Los recortes son coherentes con la reevaluación estratégica defendida por el Jefe de la Joint Chiefs of Staff, el general Colin Powell y que básicamente consiste en un redimensionamiento de la amenaza soviética, de los tiempos de reacción y de nuevas contingencias a lo largo del globo. Para él, las fuerzas armadas norteamericanas deberían reorganizarse en cuatro componentes: una Fuerza Atlántica, prácticamente acorazada, que sirviera para hacer frente a una nueva amenaza soviética si ésta se reprodujera, pero dado los tiempos para ello, esta fuerza no tendría que estar desplegada necesariamente en su totalidad en Europa; una Fuerza del pacífico, básicamente aeronaval y cuyo objetivo sería la defensa de Corea y los aliados de los EEUU en la zona; una Fuerza de Contingencia, de alta movilidad, con la que dar una rápida respuesta a estallidos en el Tercer Mundo; por último, la Fuerza Estratégica, capaz de asegurar la disuasión nuclear frente a la URSS y posibles poseedores hostiles de cabezas nucleares. Si bien la invasión de Kuwait por Irak puede haber frenado algunos impulsos a perder ciertos sistemas de armas muy sofisticadas, no parece que el conflicto invierta esta tendencia a la reestructuración. bien al contrario, agudizará la necesidad de reducir la presencia americana en Europa, disminuir el énfasis en escenarios acorazados contra los soviéticos y primar fuerzas eficaces en contingencias alejadas de la metrópoli americana y de Europa.
 
Los conflictos del futuro
 
De los generales suele criticarse que preparan las guerras futuras pensando en las pasadas sin tener muy en cuenta que el mañana no es la prolongación automática del ayer. Y siendo esto relativamente cierto, también es verdad que la única forma de arrojar algo de luz sobre el futuro es conocer bien el pasado y el presente e inducir de ese conocimiento las tendencias relevantes que van a configurar el mañana. En esa medida, en este apartado voy a intentar recalcar algunas características que me parecen básicas de los conflictos sufridos en las últimas décadas y que, a su vez, también juzgo relevantes para los posibles enfrentamientos que puedan surgir en los próximos años.
 
En primer lugar, y como puede inferirse de mi falta previa de referencia a ello, un conflicto nuclear entre las superpotencias parece altamente improbable y cada día lo será más, al menos bajo las presentes circunstancias políticas internas e internacionales entre los grandes.
 
No obstante, el mantenimiento de una disuasión máxima con el mínimo de sistemas seguirá siendo una necesidad no sólo en el juego Este/Oeste sino como garantía ante posibles nuevos poseedores del arma atómica. Una de las perspectivas más sombrías de futuros conflictos estriba en la proliferación nuclear y en la cada vez más alta probabilidad del recurso a dichos sistemas de armas tanto en conflictos exclusivamente regionales (Pakistán/India, por ejemplo) como en enfrentamiento de países del Tercer Mundo con occidentales, limitados pero nuclearizables.
 
Igualmente, una ofensiva a gran escala en Europa es difícilmente imaginable y, en cualquier caso, los focos de crisis que pueden abrirse productos de los nacionalismos y las descomposiciones estatales amenazan cuando más con intervenciones pacificadoras, limitadas tanto en intensidad como en extensión.
 
Sin embargo sería absurdo deducir de ello que en otras zonas no se va a recurrir al uso de la fuerza para solucionar disputas políticas. Así lo ha sido en el Sudeste asiático, en Africa, en Latinoamerica y en Oriente Próximo durante las décadas pasadas y lo sigue siendo en la actualidad, como ha puesto súbitamente de relieve la invasión iraquí de Kuwait. Nada puede hacernos pensar que no seguirá siendo así.
 
Pero lo que es importante de subrayar es que esos hipotéticos conflictos regionales o limitados se han producido y se producirán en áreas bien alejadas tanto de Europa como de EEUU y Canadá. El Reino Unido pasó por la experiencia de montar operaciones militares a más de 10 mil kilómetros desde la metrópoli cuando la guerra de las Falkland/Malvinas y EEUU y los europeos lo están sufriendo en la actualidad con el envío de unidades al Golfo, en el que, por ejemplo, los buques españoles consumirán unas tres semanas hasta llegar a sus puestos de operaciones.
 
Los ejemplos de las Malvinas y del Golfo son relevantes también por el factor sorpresa de las agresiones ante las que había que responder eficazmente desde lejos. La invasión soviética de Afganistán también vino de la mano de la sorpresa. Nada hace pensar que éste sea un factor que tiende a dejar de ser utilizado en la medida en que los servicios de inteligencia se relajan, el acceso militar se vuelve cada día más complicado en ciertas zonas del mundo y la desmovilización psicológica y material limita severamente la flexibilidad para reaccionar.
 
Las distintas guerras abiertas en el pasado reciente indican también una constancia en lo que se refiere al terreno donde se libran: todas se han luchado en orografías y climatologías especiales, jungla, montaña y desierto, bajo temperaturas extremadamente frías, tropicales o abrasadoras. El actual conflicto del Golfo no viene sino a confirmar esta tendencia, siendo bien conocido de todos los problemas sanitarios y logísticos que las tropas, especialmente las occidentales, están encontrando en el desierto.
 
En lo referente a los enemigos encontrados, casi todos los conflictos, desde Vietnam a Afganistán, han reincidido en el mismo esquema: ejércitos tradicionales (con su énfasis en las divisiones pesadas) contra unidades de infantería ligera o grupos guerrilleros. Sólo el Oriente Próximo ha combatido con los medios mecanizados tradicionales y explotando la aviación táctica. Así como en las Malvinas también se dio la batalla aérea y el único enfrentamiento naval reciente. En fin, salvo en Oriente Próximo, donde se da una concentración importante de medios blindados y mecanizados, el tipo de conflicto más extendido y con más visos de perpetuarse es la llamada "guerra de baja intensidad". Al menos, cabría decir, la probabilidad de que un conflicto llegue a estallar es inversamente proporcional al nivel de violencia y extensión en el que se desarrollaría.
 
Dos factores más parecen importantes para los países occidentales en caso de crisis o guerra. Primeramente, la ventaja tecnológica que ha jugado siempre en favor de occidente se ha perdido en los últimos años. La proliferación horizontal y la estructura del mercado internacional de armamentos ha puesto a disposición de la mayoría de países un arsenal altamente sofisticado y de una gran capacidad de destrucción. El actual caso de Irak es bien patente: las tropas multinacionales se enfrentan a carros, blindados, cazas y misiles de última generación. Igualmente, la ventaja doctrinal también se ha perdido ya que tanto las unidades regulares como los grupos de insurgentes han sido adiestrados ya por occidentales, ya por orientales o por terceros previamente educados por aquéllos.
 
La proliferación de armamento químico es un punto a considerar especialmente ya que no parece descabellado que países del Tercer Mundo amenacen y recurran al uso de tales sistemas de armas incluso contra potencias occidentales. Pocos ejércitos y pocas unidades en su seno están preparados para la conducción de operaciones en un ambiente químico hostil. De ahí que estos sistemas resulten de un gran valor disuasorio e intimidador por su simple posesión, así como muy relevantes para las doctrinas y ejecución de combates.
 
Una última característica que se ha venido agudizando con cada nuevo conflicto en los países occidentales es la extremada sensibilidad de la opinión pública ante las pérdidas en combate. Ninguna democracia occidental podría permitirse hoy perder 60 mil hombres en un día como los británicos perdieron en el Somme, los 8929 de los americanos en la II Guerra Mundial ni posiblemente los 678 de la guerra del Vietnam. Baste recordar cómo la muerte de 241 marines en Beirut a manos de un comando terrorista bastó para retirar las tropas norteamericanas del Líbano. Cálculos que, en fin, estuvieron bien presentes en la conducción de las operaciones en las Malvinas, por parte británica, así como en las invasiones de Granada y Panamá. Manifestaciones de familiares de los reclutas embarcados en las unidades españolas asignadas al Golfo no hacen sino reforzar este aspecto. Mientras los conflictos futuros sean lejanos tanto en su geografía como en los intereses envueltos, el rechazo popular seguirá jugando un peso decisivo en la planificación política y, por derivación, en la militar.
 
El tipo de fuerzas y soldados del mañana
 
Los ejércitos aliados se han construido en Europa, por lo general, alrededor de las divisiones acorazadas y mecanizadas como la única forma de hacer frente a una ofensiva soviética siempre pensada con un gran componente aeroterrestre. Por otro lado, la necesidad de presentar una defensa homogénea a lo largo de todo un frente de contacto frente a un enemigo superior en casi todas las categorías de armas, exigió el despliegue de una alta densidad de fuerzas en activo y con un gran índice de preparación y disponibilidad. La difuminación de un ataque de envergadura soviético sobre Europa vuelve en gran medida irrelevante tanto el modelo de despliegue como el número de fuerzas concentradas en centroeuropa. Igualmente, los conflictos limitados que se dibujan en el escenario estratégico mundial requerirán, por su propia naturaleza, fuerzas menores en tamaño. Por ello, la primera característica de las fuerzas del mañana será su reducido tamaño respecto a los niveles de fuerzas actuales, algo a lo que los constreñimientos económicos también contribuirán.
 
Menores fuerzas significa, ante todo, menos fuerzas en activo y una mayor dependencia, en caso de que se produzca una crisis con riesgo de un conflicto de envergadura, de las unidades en reserva. Esto es, las fuerzas del mañana dependerán para sus completas capacidades bélicas de un eficaz proceso de movilización en mucha mayor medida que en la actualidad donde los ejércitos ya mantienen fuerzas capaces de sostenerse en enfrentamientos prolongados. El mantenimiento de unidades en cuadro, con un mínimo de oficiales y el equipamiento en almacén, será la clave para una regeneración de unidades de combate de una forma competitiva, esto es, el encuadramiento de personal y su entrenamiento en un tiempo más breve que el de un hipotético agresor.
 
Si bien el tiempo necesario para convertir una unidad de reserva en disponible como tal unidad, esto es, la duración del encuadramiento y preparación del personal, se ve dilatado sobre todo en lo que se refiere al escenario en Europa y también fuera del Continente, donde serán necesarias fuerzas más pequeñas, la alta probabilidad de que las crisis en el Tercer Mundo estallen de manera súbita, como se ha visto de nuevo con la invasión iraquí de Kuwait, exigirá que la disponibilidad para el combate, esto es, el tiempo necesario para que una unidad alcance sus posiciones de combate desde su base en tiempo de paz, tenga que ser, por contra, más reducida. Lo que a su vez implica que la preparación y el entrenamiento de esas unidades en activo, o las más disponibles de ellas, deban ser necesariamente elevados.
 
Una más baja densidad de fuerzas en activo así como la necesidad de desplazarse a zonas alejadas del suelo nacional ponen un premio en el diseño de fuerzas ligeras y móviles frente a las pesadas de hoy. Los ejércitos europeos y norteamericanos han hecho reposar el grueso de sus fuerzas, como ya hemos dicho, sobre unidades pesadas, acorazadas y blindadas, generalmente sobre cadenas. Lo que les otorgaba una gran potencia de fuego y una movilidad táctica no desdeñable pero no así una capacidad para moverse en un teatro de operaciones por no decir de un teatro a otro. la necesidad futura de cubrir un mismo terreno a defender pero con menos unidades y tropas obligará a adoptar doctrinas de maniobra para fuerzas capaces de ejecutarlas. la aparición en los últimos años de fuerzas de despliegue rápido en diversos países europeos como Francia, el Reino Unido e Italia pueden considerarse como un preaviso del tipo de unidades de choque del mañana: fácilmente transportables, veloces al haber sustituidos las cadenas por ruedas, móviles al basarse primordialmente en blindados de personal y con un gran apoyo aéreo táctico gracias a la integración de los helicópteros de combate y cazacarros.
 
Si los escenarios de actuación se alejan cada vez más del suelo europeo y se abren en diversas zonas del mundo, con distintas características geográficas, climatológicas, y ante enemigos de diversa naturaleza, lo ideal sería especializar las unidades en la medida de lo posible. Parece lógico que no es fácil identificar el entrenamiento de un alpino con el de un marine de asalto anfibio o con elementos de las operaciones especiales. De todas formas, fuerzas reducidas no se podrán permitir el lujo de disponer unidades especializadas para todas las contingencias imaginables, particularmente si se sigue pensando en términos de divisiones. Alzar la brigada a la unidad de combate tipo y no la división es una de las opciones que hoy se discute y que permitiría flexibilizar la fuerza.
 
Por otra parte, la necesidad de tener un impacto positivo en un combate breve exige una alta potencia de fuego lo cual se puede conseguir mediante una combinación de fuerzas que prime los elementos de combate sobre los de apoyo y servicios o bien, explotando sistemas de tecnologías emergentes. La complicación de esta última opción es la necesidad de mantener sistemas muy delicados y no siempre de un uso sencillo aunque, paradójicamente, ésta ha sido la tendencia a lo largo de la historia militar y, muy especial y aceleradamente, de la dos últimas décadas.
 
Fuerzas Armadas más pequeñas pero más tecnificadas, especializadas, flexibles y móviles dibujan un claro perfil del soldado que las integre, empezando por la primacía de la calidad más que la cantidad a la hora del reclutamiento y continuando por un entrenamiento intensivo y tendente a la especialización pero también, paradójicamente, a la versatilidad.
 
 Igualmente, fuerzas sujetas a un gran entrenamiento y con una alta disponibilidad, capaces de reaccionar en un tiempo breve para sus despliegues y de combatir en distintas zonas hostiles piden un espíritu y una moral de combate muy alejada de la concepción burocrática de la defensa que hoy prima en muchos de los ejércitos, particularmente en aquéllos sin una reciente experiencia de lucha, como es el caso español. Las fuerzas del mañana requerirán revivir los valores guerreros de los soldados.
 
La movilidad táctica y operacional así como el enfrentamiento en zonas de difícil geografía o condiciones ambientales plantean la necesidad de crear y mantener una estrecha cohesión en el seno de las unidades, particularmente de las medianas y pequeñas. La única vía conocida y ensayada hasta la fecha es el entrenamiento continuado y la convivencia en condiciones en activo durante un plazo dilatado de tiempo. La necesidad de cimentar las relaciones entre los hombres y sus mandos seguirá siendo un requisito imprescindible de la eficacia en combate, particularmente en condiciones adversas y operaciones especiales, donde el factor fundamental no es tanto la ventaja tecnológica como las cualidades tácticas, el liderazgo reconocido, el espíritu de combate y la moral de la unidad, tal y como se vio en las Malvinas.
 
Soldados bien dispuestos para la lucha y soldados que conozcan bien a sus compañeros y mandos sólo se construyen en un período amplio de tiempo, más de lo que normalmente se pasa cumpliendo el servicio militar. De ahí que si se quiere mantener la operatividad y eficacia de las fuerzas armadas del mañana no quede otro remedio que plantearse seriamente la vuelta a ejércitos profesionales, formados por voluntarios.
 
Algunas implicaciones para España
 
El emergente ambiente estratégico conlleva una redefinición de las amenazas en Europa y en el mundo, así como una reevaluación de los requerimientos militares conque hacerles frente. Aunque en los temas de seguridad los estados siguen siendo soberanos, sería absurdo no reconocer que la política de defensa de nuestro país, como la de otros, ha experimentado un proceso de internacionalización notable en los últimos tiempos. De ahí que España no pueda quedar material ni formalmente al margen de las tendencias de cambio apuntadas.
 
La primera consecuencia es que España contará en el futuro con unas fuerzas más pequeñas para hacer frente a sus necesidades defensivas. Para comenzar, España forma parte, por primera vez en su historia reciente, en unas negociaciones sobre desarme convencional de sistemas terrestres y aéreos, las CFE de Viena cuyos compromisos finales vincularán legalmente a nuestro país, obligando a determinadas reducciones de fuerzas. En segundo lugar, la prolongación de las actuales CFE, o CFE II, no sólo aumentarán los límites impuestos a las fuerzas terrestres y a la aviación de combate, sino que, presumiblemente fijarán techos para el personal. Igualmente, parece poco plausible que no se inicien conversaciones para lograr algún tipo de acuerdo para el control de las armas navales. La consecuencia será que, a medida que se avance en los 90, nuestro país dispondrá de unas fuerzas armadas con niveles de fuerzas inferiores a los actuales.
 
De una forma menos inmediata, aunque no por ello menos importante, nuestro país se verá en la tesitura de dar respuesta a las nuevas misiones que el emergente escenario militar en Europa puede exigir. Los compromisos adquiridos en la defensa aliada, así como con los miembros de la UEO, se han centrado hasta ahora en los aspectos aeronavales y, con la excepción de la agrupación naval en el Golfo, no se han extendido más allá de la llamada "zona de interés estratégico nacional". Esto ha sido posible por la propia configuración de fuerzas aliadas en centroeuropa cuya densidad y despliegue no requería en tiempo de paz de ningún nuevo añadido terrestre. En el futuro, por la disminución de fuerzas en presencia y por el necesario énfasis en la regeneración y reintroducción de unidades, cobrará una importancia especial las capacidades de refuerzo rápido y de proyección de fuerzas terrestres. Particularmente desde la periferia aliada, como es el caso español. La posibilidad de que, incluso, un número reducido de tropas -o de unidades- resulte militarmente significativo será muy alta, particularmente si esas unidades pueden desplazarse en un tiempo breve a la o las zonas de crisis, ya que para contrarrestar una hipotética amenaza soviética no serán imprescindibles tantas fuerzas como hoy, al menos en los primeros momentos.
 
Es más, funciones de pacificación, interposición o de "policía" en conflictos menores , pero muy desestabilizadores, que puedan derivarse de la desintegración nacional tanto de la URSS como de otros países, requerirán la intervención directa de unidades terrestres, por muy reducido que sea su número.
 
El modelo de fuerzas armadas que poseamos en el mañana puede estar determinado tanto por el peso de la tradición y la inercia -y entonces los ejércitos correrán el riesgo de no adecuarse a las realidades del momento-, como por procesos multinacionales en los que no siempre podremos tener la última palabra - y entonces el peligro será disponer de unas fuerzas que no se corresponden con los requerimientos nacionales de seguridad-. O, por contra, se puede seguir una guía que ligue una visión estratégica a la construcción de una determinada estructura de fuerzas y, de esa forma, los ejércitos se adapten tal y como queremos a los cambios.
 
El principio fundamental que debe guiar la planificación de nuestros ejércitos para los 90 y más allá es el de movilidad. Movilidad táctica y capacidad para la proyección de fuerzas hacia zonas alejadas del suelo peninsular. La movilidad será un sine qua non de la defensa porque, como hemos visto, fuerzas más pequeña no pueden estar presentes en todas partes y porque los posibles conflictos que amenazan con afectarnos se abren cada vez más lejos de nuestro suelo. Es más, llegando más lejos garantizamos una mayor disuasión en los escenarios específicamente españoles, como la defensa de los archipiélagos y de las plazas de soberanía en el norte de Africa.
 
El incremento de la movilidad obligará a dar más importancia no sólo a los medios de transporte, sino al sostenimiento y mantenimiento de las tropas en zonas alejadas y, por tanto, a los servicios y apoyos logísticos.
 
Otro principio guía a tener bien presente es el de la flexibilidad. Menores fuerzas por fuerza tienen que ser versátiles para cubrir todas las contingencias que se puedan presentar, por un lado. Por otro, la incertidumbre sobre qué contingencias van a presentarse, y dónde se concretarán las amenazas, vuelve imprescindible que las unidades puedan realizar distintas misiones en diversos escenarios.
 
Igualmente, la dependencia de reservistas para contingencias mayores, o para la defensa operativa del territorio cuando las unidades en activo sean desplegadas fuera, conlleva un mecanismo de movilización gradual bien establecido, ensayado y eficaz. La posibilidad de poder llenar unidades en cuadro con reservista especiales o de generar nuevas unidades se vuelve muy importante, incluso como política disuasiva, en un medio con fuerzas en activo reducidas. No sólo los ejércitos tiene que ser competitivos sino también los procesos de movilización, tal y como se está viendo hoy en día en el Golfo por parte de los EEUU y de Irak.
 
En cualquier caso, estos cambios afectan y afectarán de manera desigual a cada uno de los tres ejércitos siendo, de momento, el más concernido el Ejército de Tierra. En primer lugar, porque junto al del Aire, es el que se ve inmediatamente afectado por el control de armas; en segundo lugar, porque será el que más urgentemente necesite adaptar sus misiones, fuerzas y despliegues a los nuevos tiempos.
 
Podría decirse que desde 1982, los gobiernos de Felipe González han condenado al Ejército de Tierra a una misión imposible: existir sin saber muy bien para qué. Hasta la fecha, el grueso de la política de defensa española, así como el énfasis de nuestra cooperación militar, ha residido en sus elementos y aspectos aeronavales. El concepto estratégico de defensa y control del Eje Baleares-estrecho-Canarias y la imposibilidad política de comprometer, enviar y estacionar fuerzas terrestres allende nuestras fronteras, ha relegado necesariamente todo aquello que no flotara o no volara y eso se ha plasmado e institucionalizado en las directrices de vinculación de España a la OTAN, donde la tierra se contempla esencialmente como soporte para la recogida y distribución de apoyo y refuerzos. Sin embargo, ni la fuerza aérea ni la marina pueden ni podrán resolver satisfactoriamente el refuerzo de nuestro suelo no peninsular ni el de nuestros aliados, ni hacer frente a los escenario más probables del futuro que exigirán, como se ha señalado, la proyección de fuerzas terrestres, aunque si puedan jugar un papel relevante en otro tipo de misiones, como operaciones conjuntas cuyo objetivo sea el control del mar, como se ha pensado para la contingencia del Golfo.
 
Ante las nuevas circunstancias tres, al menos, son las funciones de nuestro Ejército: Primeramente, y como es lógico, la salvaguarda de nuestro propio suelo. Esa es una tarea consustancial a cualquier ejército, la defensa del territorio. Paradójicamente, el plan META de modernización del Ejército de Tierra acabó con la estructura anterior de las brigadas para la defensa operativa del territorio (BRIDOT) porque se pensaba que una unidad superior siempre podría acometer misiones inferiores, además de que las BRIDOT resultaban dolorosamente incómodas desde una perspectiva politizada de nuestro pasado. El resultado ha sido tal vez un Ejército más apto para la guerra de blindados -aunque ningún país europeo haya luchado una guerra mecanizada pesada desde 1945- pero poco apto para las amenazas no ortodoxas que son, precisamente, las que cobran mayor relevancia con las transformaciones que están teniendo lugar en el mundo. Piénsese solamente en la amenaza iraquí del arma terrorista, Asegurar, por tanto, una capacidad de reacción contra operaciones especiales, actos de sabotaje, u otras contingencias de baja intensidad es un requerimiento urgente de nuestra defensa.
 
En segundo lugar, el Ejército de Tierra puede jugar un papel muy relevante en el futuro esquema de seguridad en Europa, política y estratégicamente. De continuarse sin sobresaltos con el clima de distensión entre las superpotencias y las alianzas militares, de avanzarse en el control de armas y con el desarme convencional, nos encontraremos, como se ha apuntado ya, con una situación militar en Europa en la que haya un vaciamiento de unidades de su zona centro y en la que los ejércitos estarán más y más atados a sus propias fronteras, sin despliegues en otros países. Un panorama tal resulta, sin duda, más defensivo, pero en tiempo de crisis -y nadie puede afirmar que nunca se va a producir una crisis-exigiría una capacidad de reacción importante. Dotar al ET de esa capacidad de reacción mediante la movilidad, le convertiría en un instrumento de solidaridad con los aliados y en un valor militar disuasorio y de combate.
 
Lógicamente, para poder encontrarse con su papel, el Ejército tiene que pasar por una serie de cambios importantes cuando no dramáticos. Y no sólo de organización y reestructuración. Tal vez el más importante sea el cambio de mentalidad. Condición previa, desde luego, es que el Gobierno le libere de los constreñimientos geográficos actuales para que, superado el "síndrome de los Pirineos" que la aqueja, la planificación militar identifique nuestras fronteras estratégicas allí donde realmente están. Sólo así podrá resolverse luego, y nunca antes, la correcta composición de las fuerzas y cómo van a obtenerse éstas.
 
El debate interno: La "mili" y el coste de la defensa
 
Hasta el presente, contrariamente a toda lógica estratégica, el debate sobre el presente y futuro del servicio militar en nuestro país se ha llevado a cabo atendiendo más al estado de opinión de los jóvenes y sus familiares que mirando al modelo de fuerzas armadas que necesitamos y queremos. De hecho, lejos de haber un debate acerca de los objetivos y medios de nuestra defensa lo que se ha dado, por contra, ha sido un continuo ofrecimiento de "milis" cada vez más y más reducidas en su duración y benévolas en su ejecución. En la medida en que una buena parte de responsabilidad la tienen los partidos políticos, no es de extrañar el lamentable espectáculo que ha rodeado la partida de los tres buques españoles en camino hacia el Golfo.
 
Un país en el que la obligatoriedad de la prestación del servicio militar genera, permite y justifica una llamada a la insumisión y a la deserción desde medios públicos y grupos sociales, es un país que está sembrando graves dudas sobre sus opciones defensivas, cualquiera que sea la eficacia de sus ejércitos. Ninguna nación se defiende si sus ciudadanos no muestran la conciencia y voluntad para ello.
 
Pero a su vez, un país que reduce el tiempo de servicio militar buscando un compromiso político con su opinión pública, es un país que, más que seguramente, estará reduciendo la eficacia de sus fuerzas y, por derivación, su seguridad. Primero porque se ve forzado a reducir el personal de todas las unidades por igual, aligerándolas, o a reducir la disponibilidad de algunas de sus unidades, puesto que no todas pueden estar al completo, o recortar el número de unidades para mantener la proporción de cobertura humana, lo que implica, a su vez, una eliminación de cuadros de mando. En segundo lugar, porque disminuyendo el tiempo uno se sitúa en la tesitura de elegir entre una reducción del período de entrenamiento básico, lo que repercute en el rendimiento posterior de las unidades, o preparar soldados que cuando llegan a su período de familiarización y máximo rendimiento están a pocos dias de su licenciamiento. En ambos casos, la eficacia global se ve afectada negativamente.
 
Evidentemente, todo ello podría compensarse con el incremento del voluntariado especial, pero este aumento tendría que ser tan notable que cuasiprofesionalizaría el servicio militar, quebrando el sustento ideológico que hoy lo mantiene según algunos sectores: el principio de la igualdad. Principio, dicho sea de paso, que quedará en entredicho si los ejércitos se reducen sustantivamente y la capa de jóvenes útiles aumenta, como parece que lo hará al doblar el siglo. Altos índices de exentos por cupo, elegidos al azar, no cuadra bien con la democratización de los derechos y deberes. En cualquier caso, no está garantizado que se consiguiera atraer a suficientes voluntarios inmersos, como estamos, en un ambiente de repulsa y desprestigio no sólo de la "mili" sino del Ejército.
 
Reducir la "mili" a 9 meses, tal y como se propone el Gobierno, puede que la ve la cara al servicio militar por algún tiempo, pero no está mejorándolo ni reforzando nuestra seguridad, sólo humanizando el tiempo de ineficacia. Pero cabe preguntarse si los beneficios marginales que esa decisión puede conllevar superan los gravísimos costes que implica para la defensa de España. Es más, cabe esperar que tras un cierto tiempo, surgiera la necesidad de mayores reducciones, pues, al fin y al cabo, el problema último no es el tiempo que se pasa en los cuarteles, sino la falta de un entendimiento claro de por qué se pasa y de a qué responde un dispositivo militar.
 
Desde mi punto de vista, sólo un ejército profesional, totalmente voluntario, puede ser el punto de base para un acercamiento de la sociedad española a sus fuerzas armadas y a la política nacional de defensa, seguridad y paz, o como se la quiera llamar. Pero no es la condición suficiente. Es necesaria una reeducación desde el Gobierno que haga ver los objetivos de la defensa, la justicia de sus medios y la profesionalidad de sus hombres, porque sin esta comprensión popular, los ejércitos, por muy voluntarios y profesionales que fuesen, seguirían siendo considerados una especie de cáncer social.
 
Y esta labor es también imprescindible cuando se traduce la defensa a números, a las pesetas del presupuesto, una cuestión agudamente contestada desde muchos grupos sociales. es obligación del Ejecutivo defender que mientras no se produzca un desarme multilateral y completo o mientras no nazca una autoridad mundial por encima de las naciones, garantizar la seguridad y la tranquilidad de los ciudadanos, esto es, su defensa, sigue siendo un imperativo político de todos los Estados. Un imperativo que cuesta dinero, pero que tiene su utilidad.
 
Es más, cualquier opción que se tome en favor de una "mili" obligatoria o unos ejércitos profesionales no puede resultar barata, salvo que se deje hundir a los ejércitos en una progresiva obsolescencia. Tanto la adaptación de nuestras fuerzas armadas al nuevo clima internacional, si se produce en la dirección arriba indicada, como la transición a unos ejércitos profesionales requerirán una amplia factura. Y eso hay que hacerlo ver. La opinión pública mundial, y la española por contagio, está encandilada con los llamados "dividendos de la paz", pero si de verdad pretendemos tener unas fuerzas modernas y eficaces hay que evitar la tentación de recortar dramáticamente los gastos de defensa.
 
Dos razones básicas hay para ello: en primer lugar, que gastando la mitad de lo que nuestros aliados gastan como media, tenemos un menor margen de maniobra para cualquier reforma de nuestra estructura de fuerzas; en segundo lugar, porque nuestros ejércitos parten de un diferencial de equipamiento, respecto a los ejércitos europeos, que también dificulta su adaptación sin un proceso de inversiones importante.
 
 Ahora bien, la política de inversiones y de adquisiciones -una de las facetas más oscura del Ministerio de Defensa- también tienen que amoldarse a las nuevas circunstancias, ya que los requerimientos futuros determinarán qué sistemas de armas serán necesarios y cuáles no. El énfasis en la movilidad, por ejemplo, acentúa un giro desde los carros con cadenas a blindados sobre ruedas, así como hacia aviones de transporte y buques de asalto.
 
Opciones y recomendaciones políticas
 
Siendo coherente con todo lo aquí expuesto, es lógico que crea que la defensa española se halla ante un doble fenómeno que presiona para el cambio: por un lado el giro radical de las circunstancias estratégicas globales y, por otro, el clima de erosión progresiva de la "mili" y las reivindicaciones de cambio. Su efecto combinado, lejos de parecerme pernicioso, si se aprovecha y racionaliza, creo que abre una oportunidad única para la reforma que nuestra defensa, en su política y en sus medios, necesita.
 
Para ello sería necesario:
1) el abandono del servicio militar obligatorio por principio, e iniciar el estudio de la transición a unos ejércitos completamente profesionales;
2) la reestructuración del Ejército de Tierra, creando una Fuerza de Intervención Rápida, disminuyendo sus unidades y hombres, y otorgándoles misiones de actuación más allá del suelo nacional;
3) reequilibrar la importancia en objetivos, papeles y presupuestos entre los tres ejércitos, atendiendo a los criterios de movilidad, flexibilidad y actuación fuera de área;
4) estabilizar el presupuesto de defensa y mantenerlo en su actual proporción respecto al PIB o en su relación a los gastos generales del Estado;
5) el desarrollo de una campaña de educación y "socialización" de la política de defensa.


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