"¿Qué le pasa a Dick Cheney?" pregunta Michelle Cottle en el primer número del recién relanzado New Republic. A continuación dedica las 1900 palabras siguientes a disponer las pruebas que sugieren que su enfermedad cardiaca le ha dejado mentalmente incapacitado y demente.
La parte encantadora de este artículo imprescindible (titulado nada menos que "
Heart of Darkness"
[1]), es que se enmarca como ejercicio de compasión. Puesto que Cottle sabe que el único modo en que sus lectores del
New Republic ven a Cheney es que él es el mal -- "
la próxima vez que vea a Cheney comportándose de manera extraña, no asuma automáticamente que es un loco", aconseja -- ciertamente lo generoso a hacer por parte de un progresista es declararlo simplemente como una cabra. En el escenario imaginario del progresismo, Cottle está intentando defender a Cheney ofreciendo la defensa de la enfermedad mental.
No parece comprender que ilustrar cómo pueden afectar al cerebro los problemas circulatorios no demuestra nada a menos que demuestres primero la existencia de un desorden psiquiátrico. Pero Cottle no ofrece nada en los síntomas incipientes o el comportamiento de Cheney que justifique un diagnóstico psiquiátrico de cualquier tipo, por no decir demencia senil.
¿Qué comportamiento cita ella como prueba de la locura de Cheney?
(a) Utilizar la palabra de cuatro letras en un intercambio con el Senador Patrick Leahy. Dios bendito, según ese rasero, hace tiempo que yo debí haber sido internado y todo el conglomerado de Brooklyn puesto en cuarentena.
(b) "¿Disparas a un hombre en la cara y no te molestas en llamar a tu jefe hasta el día siguiente?" Otro modo de describirlo es este: Después de un accidente de caza, Cheney intentó componer las cosas antes de hacer un anuncio público. No es la mejor decisión, como escribí en aquel momento, pero es perfectamente comprensible. Y si eso es ser mentalmente inestable, qué tiene usted que decir del joven Teddy Kennedy siendo mucho menos directo en algo mucho más serio -- ¿cómo llegó a abandonar una mujer muerta en el fondo de una charca? No estoy juzgando a nadie. Simplemente estoy señalando lo abrumadoramente estúpido que es atribuir tal comportamiento a la enfermedad mental.
(c) El socio veterano Brent Scowcroft citado diciendo, "Ya no reconozco a Dick Cheney". Bien. Tras el 11 de septiembre del 2001, Cheney adoptó una opinión en materia de luchar contra el jihadismo, el nuevo enemigo existencial de América, que difería radicalmente del enfoque "realista" de la política exterior que había compartido una década antes con Scowcroft. ¿Eso es un síntoma psiquiátrico? Según cualquier rasero, Saúl de Tarsus, Arthur Vandenberg, Irving Kristol, Ronald Reagan - por escoger al azar de entre miles de casos de hombres que cambian profundamente de visión del mundo -- son casos psiquiátricos. En la práctica, por esa regla, Andrew Sullivan está como unas maracas. (Bien, quizá no sea el mejor de los contraejemplos).
Yo también conozco a Dick Cheney. Y sé un poco de los efectos de la enfermedad física sobre el funcionamiento mental. En mi juventud, escribiendo en el Archives of General Psychiatry, identifiqué un síndrome psiquiátrico ("Segundomanía", el título del artículo) que estaba asociado por completo a desórdenes orgánicos (es decir, físicos subyacentes). La revista médica británica The Lancet encontró este descubrimiento lo bastante notable como para dedicarle un editorial y advertir al personal clínico de buscar síntomas presentes.
Como ex residente jefe del servicio de consultas psiquiátricas del Hospital General de Massachusetts -- mi personal y yo éramos llamados para diagnosticar y tratar a los internados (muchos de ellos en postoperatorio, muchos con enfermedades cardiacas) que habían desarrollado síntomas psiquiátricos -- sé algo de demencia de origen orgánico. Y reconozco la basura pseudocientífica cuando la veo.
Al principio me incliné por pasar por alto en artículo de Cottle como un timo inusual -- cuando la gente se enfada particularmente con esta administración, es difícil de saber -- pero su seria y larga acumulación de investigación médica en materia de senilidad y enfermedad cardiovascular sugiere que es bastante seria.
Y supinamente estúpida. Tamaña estupidez tiene pedigrí, se figurará. Se encuentra entre la gran tradición de la encuesta de psiquiatras de 1964 que diagnosticaban clínicamente paranoico a Barry Goldwater. Habiéndose convertido Goldwater a lo largo de los años en el conservador predilecto de los progresistas (a causa de su libertarismo), no se escucha una palabra hoy de que esté mentalmente enfermó o sobre el vergonzoso mal uso en año electoral de la autoridad médica por parte de los psiquiatras que respondieron a la encuesta. La enfermedad que vieron en Goldwater fue, en la práctica, desviación del progresismo, que hoy sigue siendo tan incomprensible para algunos que debe explicarse recurriendo placas arteriales y desprendimientos de cálculos cardiacos.
Si hay un diagnóstico a establecer aquí, es éste: otro caso más del otro síndrome que tengo el mérito de identificar, un cuadro médico que confunde el cerebro de periodistas normales de otra manera y que ataca sin avisar -- Síndrome de Obsesión con Bush, variante Cheney.