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Afganistán es una guerra
En letra impresa nº 715   |  22 de Marzo de 2007
 

(Publicado en La Razón, 21 de marzo de 2007)

Afganistán es una guerra, pero casi no un país. Todos son creaciones de la historia, de la acción humana por tanto, pero los lazos que unen son mucho más claros en unos que en otros. Afganistán es un producto de los intereses de sus vecinos y del rechazo de los locales respecto a aquellos. Podía haber pertenecido a la Asia Central rusa o a la India británica. Con mayor lógica geográfica y étnica hubieran podido repartírselo entre los dos imperios utilizando como divisoria el enorme espinazo central de las montañas del Hindu Kush, pero decidieron mantener sus fronteras alejadas para que no saltasen chispas, montando entre ambos un estado bien poco nacional. Sus heterogéneos habitantes tienen en común el disgusto por los foráneos, pero tampoco derrochan mucho amor entre ellos, así que un país les venía bien siempre que el poder central fuera mínimo.
 
Lo que hoy llamamos Afganistán es un popurrí de pueblos porque en todo o en parte ha pertenecido a muchos estados con un centro de gravedad externo y ha sido cruzado en todas direcciones por toda clase de conquistadores. Ninguno se ha quedado mucho tiempo y cada uno ha dejado detrás sus rezagados. Se ha dicho que de Alejandro Magno a los soviéticos pasando por los británicos victorianos ha sido una tumba de imperios. Con susto o regodeo muchos lo recordaron cuando Bush se lanzó a la loca aventura de derrocar un régimen recalcitrante en tan inaccesible territorio. Nunca tan negras predicciones fueron tan rápidamente desmentidas. Resultó un paseo militar y los supuestamente incorregibles xenófobos afganos vitorearon a los liberadores del otro lado del mundo. Tanta facilidad resultó engañosa respecto a Irak, pero también respecto al mismo Afganistán.
 
Con Al-Qaida en fuga y los talibán reducidos a unas hilachas de resistencia, el país desapareció de las primeras planas de los periódicos y la ayuda que recibió fue un chorrito comparado con la magnitud abrumadora de las necesidades de un país muy pobre como punto de partida y hecho trizas por lo que se acerca ya a treinta años de guerra. Añádase, porque con algo hay que solazarse, un crecimiento demográfico galopante.
 
Las fuerzas internas y externas que han querido reconstruir el país han contado a su favor con el deseo de paz y el hartazgo de desorden, abusos y violencia. En su contra han tenido la desestructuración de la sociedad afgana. Las heroicas votaciones del 2004 y 2005 demostraron que una mayoría de ciudadanos quieren ser como todo el mundo y se sienten orgullosos de contar con un gobierno representativo pero no se atreven a renunciar a la elemental protección que suponen las poderosas identidades tradicionales, de tribu o etnia. Los señores de la guerra, que caracterizan la imagen internacional del país, han existido siempre. Los khans en la grafía anglosajona que hemos aceptado para el sonido de nuestra jota, caciques locales, jefes hereditarios de tribus, con su ejércitos particulares más o menos poderosos, que actúan como partidas de bandoleros, que protegen, esquilman e intimidan, crean desorden y prosperan en él. Contra ellos no hay fuerzas suficientes y con ellos no se va a ninguna parte.
 
Añádase, como algo que no es esencialmente distinto y está sometido a la misma dinámica, la economía del opio. Con ella Afganistán es prácticamente un narcoestado. Pero no se la puede suprimir de la noche a la mañana sin alienarse a la población que depende de su cultivo, enfrentarse a los señores de la guerra que la comercializan y dar pábulo a los talibán que explotan políticamente toda esa situación.
 
La ayuda internacional de todo tipo ha aportado progresos indudables, pero sin seguridad todo se puede venir abajo. Los talibán no fueron capaces de impedir las elecciones pero empezaron a levantar cabeza en 2005 y se han ido convirtiendo en una seria amenaza a lo largo de 2006. El riguroso invierno congela muchas actividades bélicas pero nos prometen todo clase de horrores para cuando empiecen a retroceder las nieves. Las fuerzas internacionales tratan de adelantarse y ya han iniciado su ofensiva. Esas fuerzas se han ido fundiendo en una organización única. Al principio hubo una misión de paz de Naciones Unidas, ISAF, inicialmente circunscrita a la capital, y una coalición de guerra encabezada por Estados Unidos que seguía con la operación llamada Fuerza Duradera, que prolongaba el combate contra los restos del régimen derribado, en las zonas próximas a la frontera con Afganistán. Al mando de ISAF, donde están las fuerzas españolas, estuvieron siempre miembros de OTAN hasta que se hizo cargo la organización como tal. Mandato ONU pero mando OTAN. También la composición. La presencia de países ajenos a la Alianza Atlántica es mínima. Desde finales de año las fuerzas casi exclusivamente anglosajonas que dirigidas por Estados Unidos proseguían una tarea de guerra han ido integrándose en ISAF-OTAN. A cambio la misión de ésta se ha hecho más bélica y el papel de Estados Unidos más directo.
 
Si volvemos la mirada cinco años atrás, las consecuencias de un fracaso en la lucha contra el jihadismo rampante deberían resultar obvias. Si retrocedemos un poco más, al 99, debemos recordar que OTAN hubiera dejado de existir si se hubiera cruzado de brazos ante los desmanes de Milosevich en Kosovo. El desafío es ahora el mismo.


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