(Publicado en ABC, 20 de marzo de 2007)
Hace apenas tres años las elites políticas norteamericanas discutían las tesis del historiador británico Niall Ferguson sobre la necesidad de que Estados Unidos asumiera su condición imperial. No se trataba de un imperio clásico, caracterizado por la incorporación de territorios, sino de su versión más moderna definida por el grado de influencia global. Para Ferguson no era una opción, sino una necesidad. Sólo EE.UU. tenía intereses globales y capacidad de actuar sobre todo el planeta.
La mayoría de los analistas rechazaron la propuesta del británico, contraria a su historia y fundamentos constitucionales; al fin y al cabo eran una colonia que se levantó contra un imperio. Sin embargo, los análisis de sus «Think Tanks» y de sus diferentes administraciones son los propios de un imperio de nuestros días.
Estados Unidos vive su dimensión internacional de forma contradictoria y se comporta en consecuencia. Creen que pueden iniciar una guerra y retirarse cuando las cosas no salen como estaba previsto, como si fuera normal que las guerras salieran como estaba previsto.
Estados Unidos es el primer imperio postmoderno, llegado a este estatus siendo una democracia. Nunca antes la opinión pública, los medios de comunicación y los representantes políticos habían tenido tanta importancia en la definición de la política de un imperio. La primera consecuencia está a la vista. Estados Unidos es incapaz, como muchas otras democracias, de mantener una política durante un tiempo prolongado.
Felipe II o la Reina Victoria se encontraron con problemas mayores pero no cejaron en su empeño. EE.UU. tiene medios militares de sobra para barrer del mapa a la insurgencia, pero no es capaz de utilizarlos. Por mucho que se quieran engañar los demócratas, la retirada será una huida fruto de una derrota, que dañará enormemente el prestigio de EE.UU. y abocará Irak a mayores tensiones. Quieran o no, serán responsables.