(Publicado en ABC, 16 de marzo de 2007)
Dentro de unos días, bajo la presidencia de Angela Merkel, la Unión Europea festejará su cincuenta aniversario. Habrá, incluso, una declaración solemne que marque el rumbo al futuro para nuestra ya madura Europa. ¿Pero será así de verdad? Me temo que no. Esta Europa que tenemos es como el tristemente célebre Titanic, que navegaba al desastre entre platos de caviar y bailes de salón.
Europa se comprometerá a luchar contra el cambio climático reduciendo sus emisiones de dióxido de carbono; a estimular una integración social en el respeto a todas las minorías que lleguen a su suelo; a buscar las energías alternativas que apunten a una menor dependencia de fuentes externas, y se comprometerá a resolver sus propios problemas institucionales. Esto es, a arreglar de alguna forma el desaguisado de la llamada Constitución europea.
Los europeos guardarán silencio, sin embargo, sobre una defensa razonable contra las amenazas terroristas, incluida la última de Ayman Al Zawahiri contra Alemania, Austria y España; evitarán también entrar en la situación en Irak; no mencionarán los problemas que existen en Afganistán y el papel que deberían jugar allí; no condenarán a Irán por seguir engañando con su programa nuclear; y no cortarán sus lazos con grupos terroristas que sólo buscan el final de Israel. No, la UE prefiere tener una Constitución a resolver de verdad los problemas del mundo.
Los europeos piensan en corto y olvidan que junto a su cincuenta aniversario en junio se cumple otro: el sesenta de la puesta en marcha del Plan Marshall. Sin aquella apuesta norteamericana, los europeos no estaríamos hoy discutiendo sobre nada. Como aprendieron los americanos entonces, replegarse sobre sí mismos nunca trae nada bueno. Europa es una potencia en el mundo pero no una potencia mundial. Cayendo en la tentación de la retórica grandilocuente pero evitando hacer frente a los problemas reales de la calle y del mundo, la Unión Europa va derecha contra su iceberg. Y no habrá quien la pare.