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La música de los planetas
Colaboraciones nº 1557   |  14 de Marzo de 2007
 

(Publicado en The Washington Post, 2 de marzo de 2007)

Puede que no lo haya notado, pero rompimos otro récord el mes pasado cuando el astronauta Michael López-Alegría registró 67 horas de paseo espacial. Si usted considera eso el equivalente al récord Guinness de velocidad con saltador (23,11 millas en 12 horas y 27 minutos) -- sorprendente, pero inútil -- estoy de acuerdo con usted. No hay nada tan bello como la estación espacial y la lanzadera que la abastece, y nada parece tan inútil.
           
Bien, eso se puede decir de muchas cosas: una acrobacia de gimnasia sobre potro, un soneto de Shakespeare, un problema de ajedrez de Nabokov. Pero ninguna de estas cosas está financiada por el contribuyente y ninguna reclama utilidad. Están ahí por motivos de estética, y quizá ocio.
 
No se puede justificar un presupuesto de 17 mil millones de dólares de la NASA, o 6 mil millones de dólares dedicados a la exploración tripulada, con argumentos tales. Tiene que haber más que eso, y en la exploración espacial nunca lo hubo. Será recordada como una de las aberraciones más extrañas y elegantes de la historia de la tecnología. Fue nuestro Spruce Goose, el enorme avión de ocho motores de Howard Hughes que solamente voló una vez.
 
Pero el Spruce Goose no costó 4 mil millones de dólares en dinero del contribuyente para funcionar. Que es el motivo por el que la inminente jubilación de la lanzadera es tan celebrada. Aún más celebrada fue la decisión de la administración Bush de dedicar todo el esfuerzo espacial tripulado a establecer una base en la luna.
 
Sepa usted que no será hasta el 2020, medio siglo desde que llegásemos por primera vez a la luna. Las futuras generaciones tendrán dificultades en comprender el hiato. Pero para los dos grupos de críticos -- la izquierda ludista y los puristas científicos -- cincuenta años no es suficiente tiempo. Ellos no construirían ninguna base lunar en absoluto.
 
Los ludistas se vienen oponiendo desde hace mucho a la exploración tripulada como un desperdicio de recursos cuando, como reza el mantra, tenemos tantos problemas aquí en la tierra.
 
Encuentro incomprensible esta objeción. ¿Cuándo dejaremos de tener problemas aquí en la tierra? En un mundo en desgracia de problemas interminables, eso no nos impide dedicar recursos a desafíos que encontramos bellos, excitantes y enervantes -- la opera, el esquí alpino, el cine -- pero que no solucionan ningún problema social.
 
Además, la base lunar no carece de propósito. Las lanzaderas se encontraban en un viaje sin final a la baja órbita terrestre perdida. La luna es un destino. La idea esta vez no es ir a plantar una bandera, dar unos golpes de golf e irse, sino quedarse y constituir una verdadera colonia humana extraterrestre y autosostenida.
 
Cierto, Marte sería mejor. Tiene abierta la posibilidad de vida y podría incluso tener agua bajo su superficie hoy. Pero más vale lo malo conocido. Marte está simplemente muy lejos, es demasiado peligroso, demasiado difícil y demasiado caro. No iremos allí en 100 años.
 
Tampoco es cierto que no haya nada de uso o incluso interés en la luna. Existen todo tipo de materiales a explotar, observaciones del cosmos que hacer, y conocimiento sobre cómo vivir mejor de la tierra lejos de la Tierra a obtener.
 
Hace un siglo tampoco parecía haber nada en la Antártida. Fuimos allí primero en busca de aventura, después de descubrimientos. Los avances científicos concretos que la Antártida ha aportado (respecto al cambio climático y la capa de ozono, por ejemplo) han sido tan importantes como inesperados.
 
Una crítica más rigurosa a volver a la luna no viene de los ludistas, sino de los puristas. Ellos quieren ciencia, y aciertan en que la exploración robotizada es un modo de obtenerla más eficiente desde el punto de vista del precio. La ciencia aportada por vehículos no tripulados, como sondas pasadas y futuras a la superficie helada de Europa o los lagos de hidrocarburos de Titán, es realmente excitante. Y libra al libra, dólar a dólar, la exploración tripulada sí aporta menos ciencia que los robots.
 
Pero aún nos trae ciencia. Los humanos pueden descubrir cosas a través de la intuición y el reconocimiento de patrones que el pensamiento computacional en algoritmos no conoce. Imagine las posibilidades científicas si hoy tuviéramos a seres humanos recorriendo Marte en lugar de los brillantemente programados pero todavía limitados carritos de golf te ahora rondan por la superficie.
 
Y después ahí está la gloria. Si usted encuentra algún valor, alguna compensación para el espíritu en una bella demostración matemática, en un elegante giro de ballet, en alguno de las miríadas de desafíos que no tienen otra utilidad que la belleza sobrecogedora, entonces usted debería sentir algo cuando nuestra pequeña especie tiene éxito en establecer vida nueva en un vacío que durante toda la eternidad ha sido el dominio de los dioses. Si usted no siente eso, usted -- no se lo tome personalmente -- es sordo a la música de nuestro tiempo.


 

 
 
Charles Krauthammer fue Premio Pulitzer en  1987, también ganador del National Magazine Award en 1984. Es columnista del  Washington Post desde 1985.
 
 
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