(Publicado en ABC, 13 de marzo de 2007)
El cambio se ha producido gradualmente, pero ya es una realidad. Los que se reían del «comando Dixán», culpabilizando al Gobierno Aznar de tratar de crear un ambiente de tensión para justificar su política exterior, ahora reconocen, sin explicar las razones de tan monumental cambio de posición, que estamos amenazados. Los que aseguraron que el atentado del 11-M era consecuencia directa de nuestra política exterior ahora admiten que seguimos amenazados y que, en cualquier momento, podemos sufrir uno nuevo de características semejantes. Y es que la vergonzante retirada de Irak no libró a España de estar en el objetivo, como demostraron los intentos fallidos de volar la Audiencia Nacional o de atentar en la zona de la Villa Olímpica en Barcelona.
La Guerra de Afganistán puso fin a un modelo de organización de Al Qaida. Campos de adiestramiento junto con centros de mando y control desarrollaban su actividad con la tranquilidad propia de una multinacional. Todo eso quedó atrás. Hoy los islamistas han tenido que reorganizarse para adaptarse a un nuevo entorno. Sin embargo, el cambio no ha sido tan brusco como cabía esperar. La posibilidad de perder Afganistán está prevista así como los pasos a dar a continuación.
Mustafa Setmariam Nasar, un ciudadano sirio nacionalizado español, pasa por ser el dirigente de Al Qaida que diseñó la nueva estrategia. Desde luego fue quién la popularizó y hoy, desde la cárcel en la que se encuentra, puede sentirse orgulloso. Al Qaida desarrolló una estructura centralizada cuando las circunstancias lo hicieron posible y aconsejable. El atentado del 11 de Septiembre fue un claro ejemplo de una acción planificada y ejecutada siguiendo el modelo centralizado. Sin embargo, los dirigentes islamistas no parece que consideraran que este modelo fuera perfecto. Era el apropiado para una circunstancia determinada. Tampoco la información disponible permite aventurar que Osama bin Laden y sus compañeros consideraran que la guerra que habían declarado sería la guerra de Al Qaida. La organización tenía vocación de avanzadilla, de detonador de un movimiento mayor, el que ahora comienza a hacerse visible.
Osama buscaba dar confianza a los radicales de todos los confines del Islam demostrando que era posible derrotar a Satán, es decir a usted, y enseñarles la forma de actuar. A partir de ahí el resurgir del «auténtico» Islam debía hacer el resto. En estos últimos años hemos podido constatar situaciones diferentes que nos permiten prever el futuro inmediato.
Jefes locales de Al Qaida han asumido la condición de emir y han comenzado a trabajar con autonomía. Los contactos con el mando central se mantienen, pero son limitados y hacen referencia a líneas generales de actuación. En otros casos, jefes religiosos han desarrollado, o han permitido, en torno a su mezquita una acción de proselitismo, que ha llevado a algunos jóvenes a aceptar el martirio en su tierra o lejos de ella. Por último, nos hallamos ante un fenómeno característico del siglo XXI, la generación espontánea de células islamistas como efecto de la información de los medios de comunicación y de la propaganda radical en Internet. En Canadá un grupo de jóvenes decidió constituirse en unidad terrorista después de pasar horas delante de un ordenador visitando páginas vinculadas a Al Qaida, en las que aprendieron tanto ideología como tácticas de combate o la elaboración de explosivos.
No basta con reconocer que estamos en peligro, tarde y sin explicar porqué ahora sí y antes no. Es necesario asumir que nos han declarado una guerra no por lo que hacemos sino por lo que somos y que, en el mejor de los casos, vamos a sufrir sus acciones durante muchos años. No se puede vencer si no se asume la realidad y si no se está dispuesto a luchar en defensa de los propios valores.
Cuando se niega lo obvio, cuando al primer zarpazo se huye del campo de batalla, cuando en vez de defender los propios valores se presenta una Alianza de Civilizaciones que no es otra cosa que una cesión humillante a sus exigencias, lo único que se consigue en mostrar debilidad. La debilidad genera el mismo «efecto llamada» que las regularizaciones de emigrantes. Ya saben que si nos golpean cedemos. Salimos de Irak con la cabeza gacha. Ahora toca Afganistán. Luego será la exigencia del doble sistema legal, la Sharía o Ley Coránica para los musulmanes y el régimen ordinario para los restantes. Ya somos la vanguardia del derrotismo. Veremos qué nos deparan los próximos años.